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Los de enfrente

Leonardo Novak, autor de Monjas chinas (Alción, 2012), comparte con nosotros este relato inédito que versa sobre los devenires vitales de un técnico de básquet: Aldo.

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Lejos del aspecto achacoso que ya lucía para 1995, cuando era nuestro vecino, Aldo había sido, casi tres décadas atrás y en otro pueblo, un hombre enérgico, desenvuelto y locuaz, de una hilaridad serena y respetuosa que hacía de su rol pedagógico un puntal de autoridad y a la vez de cercanía. Según los rumores, tenía varias condecoraciones provinciales como basquetbolista que lo habían llevado a integrar los seleccionados juveniles que representaban al país. No se sabe qué impedimento físico lo obligó a saltar de las canchas al banco de suplentes y, en poco tiempo, a la dirección técnica del equipo de su pueblo, en el que a una edad prematura supo conjugar equilibrio y astucia, sensatez y fogosidad, cualidades que el conjunto de muchachitos que apalabraba durante las semanas sabían llevar al campo de juego los sábados y los domingos cuando, con una gracia pocas veces vista, despachaban a los rejuntes más o menos caóticos de adolescentes que llegaban a desafiar al campeón invicto. Y si bien muchos rivales se acercaban con la mente carcomida por los borrachines frustrados que dirigían sus equipos en las sociedades de fomento de pueblos vecinos, bajo las órdenes explícitas de, en caso de perder escandalosamente, como era lo usual, pudrir el partido hasta tanto alguno de los aviones de Aldo —así los llamaban en razón de sus destrezas aéreas— resultara herido, lo cierto es que la elegancia de la victoria trituraba a los contrincantes materialmente, por así decirlo, aunque los reconfortaba en espíritu, alcanzados por el aliento de la virtud que esparcía el designio ganador y respetuoso de Aldo hacia horizontes insospechados.

Como no podía ser de otra manera, el hombre era vanagloriado por los padres de sus dirigidos que integraban el seno más renombrado del pueblo, entre los que se contaban terratenientes ilustres, empresarios exitosos, jueces de alcurnia y mujeres de té, quienes valiéndose de lo incuestionable de los resultados habían decidido pasar al olvido el origen desclasado del director técnico y lo habían aceptado casi como a un hijo no sanguíneo. Al menos esto se decía. Fueron años de acrecentar una imagen sobria, una sobriedad y ausencia de triunfalismo que no muchos de los admiradores de Aldo profesaban, pero sin embargo veían como uno de los rasgos más valorables del director técnico, creyendo que era la actitud adecuada, cuando no el precio a pagar, por permitirle manipular a sus hijos, a quienes, en razón de sus trayectorias minadas de chanchullos, no podían predicarles aquellas virtudes aunque les hubiera encantado, según fantaseaban en algún costado altruista de su intimidad.

Fue de lo más natural que el éxito de sus dirigidos le acarreara el beneplácito de las señoras y la mirada insidiosa de las jovencitas que se habían casado demasiado pronto con hombres demasiado maduros, y si bien él aceptaba los halagos, incluso los piropos luego de cada entrenamiento, sabía sortearlos fácilmente con palabras lisonjeras que redundaban en alguna enseñanza para los hijos, de modo que cada cual terminaba satisfecho, el adolescente admirando a su maestro y la señora, calmada y expectante. Cierto exotismo en Aldo, tal vez la piel marmolada o quizás el origen plebeyo, mítico y salvaje del que se conocía bastante poco, las congregaba en los tablones de la tribuna al costado de la cancha y, mientras el hombre pitaba y daba consejos pacientes, de los que pueden sustentar la ética de un hombre para toda la vida, las señoras echaban el ojo y sacaban chispas de sus conciencias replegadas en la oscuridad, temerosas y acechantes como fieras en los matorrales.

Una foto en blanco y negro que exhibió Aldo durante un almuerzo en casa mostraba la felicidad de aquella época extinta: un grupo de diez adolescentes de musculosa, sentados o en cuclillas alrededor de una pelota y un cuadrito que anclaba la eternidad de la imagen al régimen pasatista de los hombres: “2 de julio de 1974, aniversario 80 de nuestra institución”. En el medio, de estatura mediana pero erguido, con una camisa blanca y un bigote finísimo, Aldo apoyaba las manos en los hombros de dos de sus dirigidos y miraba a cámara con un gesto dolido que buscaba enterrar debajo de la sonrisita obligada por la celebración y cuya aparición se daba en el marco de una desgracia que llegaba desde la capital del país, que lo excedía y le era constitutiva al mismo tiempo. Era una desgracia que Aldo no podía medir en su interior. Había una muerte que no estaba ligada a lo familiar y sin embargo lo afectaba en términos personales, en una intimidad que desconocía, común a muchos otros hombres de su época tal vez. Aunque no hubiesen abrazado concretamente ningún ideal, sí habían encontrado una identificación que, al borrarse, prometía llevarse consigo todo lo individual ligado a ella. En el fondo del cuadrito, hundiéndose en las sombras percudidas del papel fotográfico, un grupo de hombres de bigote ancho, saco, anteojos tipo aviador y aspecto tabacoso reía ampulosamente con la mirada puesta justo encima del lugar desde donde se disparaba la foto. A cada uno de los márgenes, como si el fotógrafo hubiese dispuesto adornar el retrato con un reborde suntuoso, un grupo de mujeres de vestidos estampados sonreía, encasquetadas bajo unos peinados que desafiaban todas las leyes de la física. Todas sonreían. Todas menos una.

De Marta, la mujer de Aldo, es más difícil afirmar alguna cosa que sobre cualquier otro ser humano, sin embargo algunos detalles sueltos nos han llegado. Quienes han creído que la embargaba una tristeza sempiterna han errado tanto como quienes han teorizado sobre un cinismo desvergonzado. Lo más cercano a alguna forma de verdad sería decir que le resultaba indistinto absolutamente todo, a excepción de una sola voluntad que era la de ser madre. Al ver esa chance frustrada una y otra vez, volvía a su atmósfera de desidia que el paso de los años fue transformando en un rictus amargo, una pequeña náusea instalada en la cara con la que debía afrontar cada una de sus actividades y, como era aplicada a todo sin ninguna contemplación, bien podía decirse que no sentía asco por nada verdaderamente. Cuando Aldo la conoció los dos ya ingresaban a los cuarenta años. Ella daba clases de piano en un salón apartado del club, donde las chicas podían estudiar sin el ruido de la suelas de goma en el piso de la cancha y sin el repiqueteo constante de la pelota. De las mujeres que deambulaban por el lugar, era la única que no reparaba en Aldo ni había intercambiado ninguna palabra con él.

Se dice que tenía una belleza singular, esa belleza que hace equilibrio en el exotismo y, según el día, depara ensueños o pesadillas. La acompañaba, por no decir que era lo único que le daba forma a su contingencia, una infancia y todo un pasado solitario, producto de la muerte de la madre mientras ella nacía y un padre encarcelado cuando las fechorías surgidas del desempleo lo dejaron con las manos en la masa y a la vista de todo el mundo. La adoptó una familia de clase media, sensible, discreta y sin mayores complicaciones que la de abrigar un catolicismo furioso que encontró en Marta no una propaladora, pero sí uno de esos llamados conejillos de Indias que responden satisfactoriamente a cuanto experimento se practica en ellos. A pesar de estas salvedades, no le faltaron candidatos ni propuestas de todo tipo, a las cuales fue respondiendo con una ambigüedad rayana en el desprecio, por lo que, al pasar los años, fue alimentando el mito de la solterona con que tan rápidamente le gusta a los señores describir todo lo que cae fuera de las tranqueras de su entendimiento.

Aldo comenzó a interesarse por ella los días posteriores a la foto en cuestión, días que, según sus palabras escuetas, marcaron un antes y un después en su relación con el club, con el deporte, con el pueblo, con la vida. Una especie de tristeza inexpugnable lo abombaba y sus movimientos vitales se descomponían en la cancha a favor de un arrastre penoso que llamaba la atención de las mujeres y encendía la alarma en la comisión directiva. Él negaba cualquier motivo para esa actitud y, sin dar mayores precisiones, alegaba un desgaste natural luego de tantos años de trabajo con adolescentes. Rechazaba todas las invitaciones al descanso en medio de la temporada y no aceptaba los convites del Círculo Náutico local para encontrar en las aguas tranquilas del paisaje un poco de inspiración autóctona. Sin confesárselo más que a su mujer muchos años más tarde, de acuerdo a las versiones que escuchamos, juzgaba que todo ese tipo de invocaciones a los regionalismos y a la fuerza estimulante de lo nacional se habían vaciado de sentido aquellos días. El único confort pasajero que lo sacaba del estado nebuloso de su conciencia era estacionarse en la puerta del salón apartado del club para observar la clase de piano, donde la maestra, derecha e impasible como un púlpito vacío, se dedicaba a corregir los dedos atrofiados de las chicas, que una vez que Aldo se aparecía por allí no podían frenar las risitas cómplices y las miradas endiabladas con las que fantaseaban una relación apasionada entre los dos adultos. La maestra, sin embargo, no exteriorizaba emoción alguna y, más allá de alguna venia respetuosa y distante, no mostraba la más mínima voluntad de acercamiento. Aldo sonreía con lo que por entonces era una dentadura envidiable, lustrosa como las mismísimas teclas del piano, sonrisa por la que más de una de las señoronas de la tribuna le hubiera enviado la mejor res de su estancia, pero que en la apatía de la maestra era imposible surtir efecto.

La información escasea sobre el cómo, el cuándo y el porqué un día la maestra notó que los nocturnos de Chopin, con los cuales intentaba educar las manos porfiadas de sus discípulas, levantaban el ánimo derrumbado del director técnico y, al confirmarlo, los repetía con el objetivo explícito de tener una incidencia positiva en él. Si bien se especulaba con que la maestra habría preferido el clavecín de la iglesia para establecer un contacto más lejano y a la vez más profundo, o sea, más religioso, de todos modos el piano le bastó para alcanzar una comunicación musical, silenciosa y sin gestos mediante la cual ambos confirmaban sus intenciones que, de tan veladas, adquirían un carácter de aventura impensable para el orden rutinario de sus encuentros. Con el paso de los meses, la tristeza de Aldo se fue disolviendo en las horas promisorias de la relación que lo mantenía en vilo, para la cual soñaba un futuro plagado de armonías, delicadeza y serenidad. Pero, como se sabe, lo que vino en aquellos años fue muerte, muerte y más muerte, que si bien no le ensartó a él el guadañazo que quizás hubiera preferido, tampoco se puede sostener que lo dejó intacto.

Todo se inició mal porque el mismo día que se acercó para conducir la relación a un terreno más físico, por así decirle al deseo que lo aguijoneaba, la maestra lo anotició, con la frialdad cerámica de una virgen, de que, primero y para cualquier cosa, debían casarse, a lo cual el director técnico no supo cómo responder en su momento, especialmente porque no distinguía si se trataba de una propuesta o de una amonestación. No supo responder claramente.

Entretanto, el equipo de básquet había perdido el invicto luego de cuatro años de victorias consecutivas y en el vestuario afloraban los mismos temores que se alzaban en la conciencia vacilante del entrenador. Los adolescentes levantaban sus miradas dubitativas y los ojos, brújulas sin norte, se agitaban desesperados como suplicándole al maestro una guía que no los dejara caer en la perdición. Pero Aldo ya no estaba atinado y las indicaciones fluctuaban entre el objetivo de levantar el ánimo y los cambios abruptos de táctica, lo cual desconcertaba a un grupo de jugadores ya acostumbrado, por no decir domesticado, en un mismo sistema que los había mantenido a salvo de cualquier interrogación. Al poco tiempo, ninguno sabía qué función desempeñaba en la cancha, malestar que se trasladaba a la comisión directiva del club y a los padres, que en un primer momento habían aceptado la derrota como un obstáculo que fortalecería a los muchachos pero también la imagen de comunidad tolerante en la que se idealizaban. La respuesta afirmativa de Aldo y el casamiento inminente calmaron los ánimos porque se proyectaba un nuevo equilibrio en el entrenador luego de que lograra saciar la voracidad biológica de la especie. Sin embargo, las esperanzas duraron menos que el instante mecánico en que la maestra dijo sí. Esa pequeña palabrita sirvió no tanto para cambiar la actitud inexpresiva y sin entusiasmo de Marta como para alterar su comportamiento exterior, ya que prontamente abandonó las clases de piano, se recluyó en el hogar y se afanó en un deseo que hasta entonces había pasado inadvertido para los demás pero, a juzgar por la meticulosidad y la militancia que lo azuzaban, había sido una voluntad oculta e impostergable —según dicen, constitutiva de su negación a contactos físicos previos al matrimonio—: ser madre.

Qué era lo que sucedía en esas cuatro paredes, nadie puede asegurarlo porque ni un solo ruido confirmaba amor o recelos, y lo más llamativo, además del semblante tortuoso que iba adquiriendo la figura de Aldo, era la delgadez extrema que seguía conservando su mujer, a quien las señoras de la vecindad le habían prendido más de una vela, acaso como si buscaran, por medio de un obsequio alquímico, darle la alegría al técnico que no habían podido darle en cuerpo. Se comentó más de lo que se supo acerca de sus visitas al médico, de los inservibles tratamientos de fertilidad, de la angustia mensual ante cada manifestación del ciclo biológico de Marta y de la posibilidad de que el responsable —en esos términos, aparentemente, se manejaba el asunto— fuera uno u otro. Pasó más de un año en el que se dedicaron a una actividad desapasionada, práctica, puesta al servicio de un sueño que había perdido todas las bondades de su realización potencial para caer en la disciplina y la culpa de un mandato católico, un ejercicio que había empezado a derruir a la pareja y a cada una de sus actividades individuales, prolongándose más allá de lo estrictamente personal e incidiendo en el humor de los vecinos y de los amigos del club. Viceversa, el caso se transformó en el chivo expiatorio de una situación traumática más amplia, tal vez política y nacional, y por eso mismo más difícil de observar, que suscitaba un seguimiento minucioso y un parloteo colectivo escabroso sobre el comportamiento de Aldo y Marta, víctimas inconsolables no se sabía ya si de algún impedimento físico, de una atrofia psíquica, de un orden social en estallido o de todo eso junto.

Lo cierto es que, decidido a satisfacer a su mujer como fuera, Aldo se propuso asumir toda la responsabilidad y sin que ella se lo pidiera se encargó de difundir que él era quien acarreaba “el problemita” y en cualquier conversación mundana aprovechaba para introducir no sólo la situación sino incluso detalles morbosos acerca del tratamiento, sobre los cuales a nadie le interesaba escuchar, al menos no en público. Desagradablemente sorprendidos, aunque también compasivos, los amigos lo atendían obsequiosos pero, si lo podían esquivar, lo hacían sin tapujos. Un buen día, en medio de su sonrisa beatífica apareció un agujero negro, un hueco que parecía introducir la oscuridad que lo iba ganando: se había volado una paleta haciendo no sé sabía qué tarea improbable en la casa. La reemplazó con una pieza de un material percudido que acaso era peor que el agujero mismo y, cuando se le volvió a caer, ya no la repuso. Uno de sus rasgos más comunes pasó a ser la entrada y salida de la punta de su lengua que, siempre nerviosa, lamía y relamía el filo de los otros dientes, de modo que toda charla se hacía prácticamente imposible de sobrellevar a causa de la atención que suscitaba el movimiento obsesivo de la lengua y el aspecto maniático de Aldo.

La otra noche, le contó a sus dirigidos en el vestuario, en lo que se conoció como una de sus últimas charlas técnicas, soñé que estaba solo en un galpón donde había una mesa larga con muchos platos y copas y cubiertos, como si estuviera por empezar un gran almuerzo, pero el único invitado era yo. Enterado de que no vendría nadie, me dispuse a comer un poco de asado y mientras roía un hueso se me salía un diente y, en vez de quedarse incrustado en la carne, caía en el plato de al lado; cuando lo iba a buscar ya no lo encontraba, pero en cambio me recibía un hueso igual de atractivo, sino más, que el anterior, por lo cual me disponía a devorarlo con el mismo entusiasmo hasta que, otra vez, se me volaba un diente; lo curioso es que cada vez que llegaba hasta el plato siguiente no podía frenar el hambre, cuya voracidad me estaba haciendo perder toda la dentadura y, a más apetito, menos dientes y más angustia. Perdidas todas las piezas, directamente masticaba con las encías hasta sentir que sangraban o que directamente dejaban salir al aire los huesos del cráneo. De pronto alguien abría una puerta y se ponía a caminar alrededor de la mesa, yo no lo veía pero podía oír el eco de sus zapatos repicando en el galpón. Sin mediar palabra, apartando el plato que tenía delante, dejaba una franela sobre la mesa que envolvía todos y cada uno de mis dientes y se retiraba con el estilo de un sirviente inglés.

El comentario general era que Aldo había sido más víctima de una profecía que de una pesadilla: años más tarde, por una infección mal curada, perdería los dientes hasta quedarse únicamente con los dos incisivos que lo distinguen hasta hoy. Fue desconcertante para los muchachos en el vestuario que Aldo creyese que su historia podía ser digerida como una moraleja sobre la recuperación del hambre con la cual intentaba reencauzar la senda victoriosa del equipo, ya al borde de la pérdida de categoría. Lo que no llamó la atención fue que la anécdota, por el resultado nefasto que había obtenido, trascendiera los tan mentados códigos de vestuario y cayera como una bomba en la comisión directiva, harta de los chismorreos en los que se veía envuelto todas las semanas el entrenador. Así, el mismo día que le agradecían sus diez años en el club, lo condecoraban con una plaqueta alusiva y lo llenaban de recuerdos que lo iban empujando cada vez más hacia las horas perimidas de la institución, lo anoticiaban del cambio de entrenador, de la nueva era y de la cosecha grande que sus semillas se encargarían de darle al básquet local.

La pareja, agarrada entre sí con el afán de conseguir el primogénito que les devolviera la fe, se hundía en su propia desgracia y cada uno era incapaz de sacar un brazo hacia afuera para intentar asirse de algún elemento externo que les permitiera mantenerse a flote. Al chalet celeste y pequeño donde vivían comenzaron a crecerle los yuyos y no era infrecuente, a la tardecita, a la hora del mate digamos, verlo salir a Aldo, con la vista confusa y aturdida después de largas horas de encierro, apenas encorvado, alimentando la giba que hoy lo deforma, en musculosa, con las crenchas de pelo negro igualmente desordenadas, apoyar las manos en los pilares de hormigón que separaban su jardín de la vereda, observar hacia los costados de la calle sin prestar atención a nada verdaderamente, como si esperase alguna cosa de la cual él mismo desconociera la forma, rascarse las axilas y darse vuelta para contemplar algún detalle de la casa, las tejas que se habían volado con alguna tormenta pasada y nadie había reemplazado, los postigos de hierro apenas abiertos o la canilla de boca redonda en la que se formaban unos círculos de agua de los que se desprendían, a intervalos exactos, pequeñas gotas que estampaban una aureola húmeda alrededor de la rejilla, entre las baldosas surcadas que le daban un reborde al jardín y sobre las cuales, debajo de la ventana, Marta depositaba todas las noches un platito de chapa con bolitas de carne picada para alimentar un gato que no había visto nunca, pero oía maullar en el techo. Después de observar este cuadro, Aldo podía pararse en medio del jardín para sacar algún escombro o bien para no hacer nada más que estar ubicado en otro sitio y, luego de unos minutos, se agachaba, tomaba el platito vacío y grasiento y, con él en las manos, se iba disolviendo en la negrura del hueco de la puerta que la mujer comenzaba a abrirle justo antes de tocar siquiera el picaporte.

Debieron pasar meses así. Del hombre gracioso y desenvuelto parecía no quedar nada. Y la lengua, serpenteando entre los dientes compulsivamente, lo ahogaba todavía más en su imagen de pobre loco. Hasta que una tarde uno de los hombres de la comisión directiva, el más petiso, silencioso y formal del grupo, un contador que se ocupaba de las finanzas del club, llegó un día al chalet y se sentó con ambos en la mesa del comedor. Habían entablado una amistad, quizá no profunda pero sí directa, a causa de que uno de los hijos del contador padecía una enfermedad mental sobre cuyas consecuencias Aldo no había reparado para dejarlo integrar su equipo de basquetbolistas. Por supuesto, no se saben los detalles de la reunión, ni siquiera el motivo sorpresa que de pronto empujó a ese hombre a los márgenes olvidados del pueblo. Sí un vecino, que se encontraba regando las plantas aquel día, rescató dos elementos que permiten aventurar el contenido central y probablemente oscuro de la charla.

El primero tenía que ver con las condiciones de llegada al chalet, llamativas porque, según recordaba el vecino, era la primera vez que veía a Minaverry, ese era el apellido del contador, con un chofer, algo sólo usual en muy pocos hombres del Círculo Náutico. Las interpretaciones del vecino dejaban ver que entre él y el contador mediaba cierta familiaridad, a punto tal de que el vecino, encargado de velar por las embarcaciones del Círculo durante las noches, se permitía llamarlo “mojarrita”, como tantos otros, en función del tamaño casi minúsculo de Minaverry y de su pasión por nadar horas y horas en las aguas marrones del río. Aquella intimidad lo habilitaba a arriesgar qué cosas eran frecuentes y cuáles no en la vida del contador. Al dato del chofer, se sumaba una carpetita llena de folios que Minaverry mantuvo en las manos hasta tanto Aldo le abrió la puerta, lo cual le daba un aire ligero de vendedor o de oferente y que era particularmente extraña porque más bien solía trabajar con un maletín negro. La forma del viaje y la carpetita le sugerían al vecino un comportamiento inusual y casi lo obligaban a imaginar que el contador procedía de un lugar que no era su casa y con una propuesta de la que él era simplemente un intermediario.

El segundo elemento que rescató el vecino se derivaba del combo anterior y era, más bien, una sensación. Durante varias noches, Minaverry y él habían conversado extensamente en el muelle de tablones que se adentraba en el río, luego de que el contador saciara el espíritu deportivo que la oscuridad y el agua sabían despertarle. Y mientras el vaivén indetenible del agua zarandeaba los botes y Minaverry se dejaba secar por la brisa nocturna, los dos opinaban desembozadamente sobre algunas trivialidades del día o bien comentaban alguna especificidad de navegación, aunque derivándose hacia los más insondables miedos personales, no estableciendo un intercambio exactamente sino compartiendo dos monólogos distintos en esa contemplación interna que resulta de abordar un tema cualquiera ante la fastuosidad del cielo y la lejanía de las estrellas. Para el vecino, Minaverry era un hombre enérgico pero tranquilo, aunque había algo esas noches en el bamboleo constante sobre sus talones que también resaltaba cierta inquietud.

Ensimismado, se refirió varias veces a Aldo de una manera en que parecía estar hablando de una especie de dios al que fuera necesario ofrendarle sacrificios para pagar la dicha sin intereses que había traído. Porque fue el único, decía un Minaverry obnubilado por el brillo de los astros, y cuando digo único estoy implicando a toda la comisión directiva del club, miembros también de este Círculo Náutico, que no se horrorizó ante el pedido de incluir a mi hijo en las actividades, fue el único que no reparó en su mente atípica, así prefiero llamara, el único que no se escudó en la imagen a preservar, que no se escondió, que no me trató sencillamente de contador como si fuera una actividad secundaria anexada o dependiente de las más ejecutivas, contador cuya membrecía, cuyo pago religioso de la cuota social valía, al parecer, bastante menos que la del resto. Mi derecho a asistir con la familia a las instalaciones estaba garantizado aunque de un modo parcial, totalmente caprichoso, un derecho mancillado por todos menos por un hombre, un hombre que sabe que la popularidad es, sobre todo, una responsabilidad pedagógica, un hombre que entiende que la autoridad se refrenda todos los días con ejemplos que escapan a la norma, y a ese hombre no hay que abandonarlo nunca, mucho menos en la desgracia y haré, estimado centinela de las barcas —Minaverry se ponía solemne y teatral, contaba el vecino, aunque eso a él, a pesar de que le llamaba la atención, también le agradaba—, haré lo que sea para satisfacer a ese hombre, para darle lo que más anhela, aun si es necesario incurrir en algunas desprolijidades.

La sensación personal que el vecino intentaba transmitir era que ese endiosamiento de Aldo, sumado a la palabra “desprolijidades”, se podía ligar estrechamente a la llegada de Minaverry al chalet, a la carpeta con folios, así como también a los días venturosos que, de una forma abrupta y desconocida para todo el mundo, se le presentaron a la pareja con la adopción de un niño varón. Cuando al vecino se le consultaba por el modo en que estaban vinculados un hecho y otro, sólo abría los ojos y levantaba los hombros, como dando a entender algo sabido por todos que de tan increíble pasaba por mentira, y sobre lo cual el vecino, por obra de una reserva moral dudosa, prefería no afirmar nada. La sensación personal, partiendo de un hecho que podría considerarse positivo, el amor de Minaverry por Aldo, unido a la llegada al chalet, cobraba un matiz especulativo extraño y cuando, luego de que dos años después, en 1979, el hijo de Aldo fuera arrollado por un camión de soda, encima se le anexaron los rumores sobre la forma de adopción, que pudieron haber incidido o no en la muerte mafiosa de Minaverry —apareció flotando en el río con los brazos atados a remos y con una nota colgada al cuello particularmente dispuesta para ser leída y que llamativamente no se deshizo en el agua, rezando lo siguiente: “a la mojarrita le faltaban las aletas y entender que los pescados no hablan”—, esa sensación personal con el tiempo se había vuelto una acusación de hecho que se encargó de salpicar a Aldo y su mujer, tanto que se vieron en la necesidad de abandonar el chalet, vendiéndolo a un precio irrisorio, para comprar el rancho enfrente de casa, donde viven hoy.

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