FacebookFacebookTwitterTwitter

Una escritura del crepúsculo

Silvio Mattoni ejerce una lectura precisa del primer libro de Antonio Oviedo, Dos cuentos (1975) publicado por Burnichon Editor en Córdoba, libro nunca reeditado, lo que convierte a este texto en una redención.

.

.

..

.

.

..

.

.

.

.

..

.

El primer libro de Antonio Oviedo, narrador de una obra tan considerable y consistente como poco conocida todavía para el fantasioso “mercado” editorial del país, fue editado por Alberto Burnichon con las peculiares características que su amor a los objetos para ser leídos les imprimía: papel grueso y texturado, como de viejo libro francés, bordes superiores de las hojas cortados rústicamente, una tipografía sumamente elegante, la tapa a dos tintas, negra y roja, con delicados arabescos entre las palabras, que reza: “Último visitante y El señor del cielo cuentos de Antonio Oviedo con dibujos de Gregorio Zeballos y Carlos Zolla”. Cada dibujante ilustra un cuento, con un grabado a página completa y otro más pequeño en la mitad superior de la hoja inicial de cada cuento, que comienza con una rigurosa letra capitular. El libro, como todo libro quizás, mira desde el pasado, quiere llamar a una lectura que no le resultaba cercana. Los verbos parecen asumir su comentario en pretérito imperfecto: un libro que decía algo, que tenía dibujos, que estaba signado por un cuidado puesto al servicio de la literatura. Esos verbos en pasado aluden al editor, Burnichon, que supo leer en los relatos del joven e inédito Oviedo un estilo y un mundo que debían compartirse. “Noviembre de 1975”, dice el pie de imprenta de una tirada de mil ejemplares. Unos cuatro meses después, el editor fue asesinado. ¿Habrán circulado esos mil libros con dos cuentos, la mayoría de ellos, o habrán sido quemados por unas manos ágrafas que la ligera pluma literaria nunca podría rozar?

Los dos relatos del libro se narran en primera persona. En ambos, el yo es un habitante de pensiones, de piezas de alquiler en antiguas casas cuyo pasado esplendor aún persiste en detalles decorativos, aunque castigados por el tiempo y el descuido. Las imágenes que provocan en el narrador esas casas en decadencia, con sus empapelados ajados, sus baldosas de colores hinchadas por humedades insidiosas, se acercan a una poesía sórdida e implacablemente precisa, que sólo podría compararse con algunos pasajes de relatos de Kafka o de Felisberto Hernández. Ese habitante de piezas, pasajero y testigo de una decadencia que amenaza con desembocar en la muerte, percibe las cosas y los gestos ajenos con una intensidad desmesurada. No son infrecuentes en el libro observaciones tan sutiles como ésta: “No podía establecer una relación evidente, aunque notaba como un dominio del azar, un eco, disimulado tras esa opulencia de lo que se repite.” Y lo que se repite es precisamente el resto, el residuo de un símbolo ya acuñado, pero roto en la memoria de quien narra. Por ejemplo, un mañoso y charlatán vividor de la oscura pensión, apodado “el Tucán”, llega a cautivar con sus maneras al suspicaz narrador que, asediado por relámpagos de recuerdos de su también ambiguo y contradictorio padre, no puede más que escucharlo y por ende obedecerlo. Tal sería la explicación del título del más extenso de los cuentos, más bien una nouvelle: “El señor del cielo”. Alegóricamente acaso, el cielo podría estar en la pieza más aireada de la casa, en medio de un patio, que un pintor senil ocupará hasta morir pero que la amistad interesada del Tucán esperará heredar. Esto no impide que sea el único admirador del anciano pintor que dibuja siempre lo mismo: pájaros, cabezas de pájaros. Pero el Tucán, cuando se ha apropiado de la pieza, habla más de lo que vuela. Parece constantemente a punto de revelar algo que nunca llega a decir. Y aunque su charla tramposa no revele nada, el narrador permanece a la escucha, “sumido en una impaciencia casi demente por despreciar el miedo”, según comenta en otra escena. ¿A qué le tiene miedo? ¿Al recuerdo de un padre cuyas órdenes contradictorias o demasiado suplicantes no era posible descifrar? ¿A una oferta sexual cuya sordidez y cuyo absurdo le impiden toda descripción elocuente? ¿A la muerte? Al contrario que el Tucán, deseoso de una mejor piecita para su ocio, el narrador puede imaginar la agonía del pintor: “Pensaba intensamente en el agonizante viejo esperando la muerte, tendido en la cama y mirando la danza inmóvil de los pájaros dibujados.” Al final, la muerte sucede, nada más, el sexo furtivo se olvida, o casi, y el padre se sumerge, junto a su caricatura en un hombre que se hace llamar Tucán, como dentro de un líquido que oscureciera todo lo que se percibe, allí donde el cuento vacila antes de entregarse al silencio después de sus últimas palabras.

En el otro cuento, aquel que designaría el título, el “último visitante”, podría ser el narrador, presa de ataques físicos, de hundimientos que sólo un miedo sin objeto acude a explicar, tal vez porque sea un temor al final, al carácter último de episodios banales en las postrimerías de una vida. Pero el narrador es joven, y acaso su lugar de último aluda al ocaso de otra vida, un hombrecito aún más miedoso que él, o bien una mujer de conducta indescifrable, que se entrega a los habitantes de esa casona en ruinas como si estuviera dormida con los ojos abiertos, por lo que en ocasiones se venda la cara, para no seguir viendo el sueño que no la deja despertar. La mirada del narrador persigue la nada de esa mujer extraviada a través de pasillos, patios, galerías, en medio de otros moradores que no se identifican, “algunos hombres con los rostros todavía tensos por el sueño”. ¿Qué busca, si no el registro de algún detalle singular, el brillo o la súbita negrura que pudieran salvar ese deslizamiento monocorde hacia la nada? Aunque la búsqueda misma sea nada; traduzco: escribir no significa nada. Cito: “Hubiera deseado continuar tras esa nada, aun cuando el miedo me hundía el pecho hasta cortarme la respiración.” ¿Será esa casa regenteada por servidores casi teatrales un amplísimo vestíbulo de la muerte, donde el miedo obliga a las más asombrosas excentricidades? El narrador parece elegir el ocio, la desidia, dejarse descomponer en su pieza, dejarse llevar para que la contemplación de la oscuridad creciente no sea perturbada por ningún acto: “La muerte empezaría con una sombra en los ojos en un azar siempre desdibujado.” Hacia los últimos párrafos del cuento, se compara la manera en que la pieza se va ensombreciendo con la espesa lentitud de una gota de tinta que se dispersa en un vaso de agua.

¿Leemos en este viejo libro de cuentos, nunca reeditado, una escritura que no pretende iluminar, ilustrar nada? En todo caso, la nada de lo real que arde en su centro no se refiere a ningún simulacro realista, a ninguna documentación. No hay en estos cuentos ni época ni lugar. Escritura del crepúsculo, con el libro de Oviedo habría de terminar una atmósfera de esperanza cuyo personaje utópico, casi irreal, era el editor amante de la poesía y la pintura que recorría el país para difundir siempre buenas nuevas, o lo nuevo como bondad. Pero también Dos cuentos es un comienzo: una literatura que no reivindica otra cosa que su propia fe en la práctica de escribir, sin pausa, para nadie, para que sea dicho.

Notas relacionadas

Flor Monfort comparte con nosotros tres poemas de su próximo libro Luna Plutón, que será publicado por la editorial Caleta Olivia.

Daniel Krupa, autor de Serpientes y Gelp!, en este relato inédito narra una insólita situación de presentación de libro, en tono paródico.

Noe Vera, autora de Cuatro paredes (Determinado rumor, 2012) y Captcha (Vox, 2015), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas de su próximo libro Selva Ociosa.

Marcos VIeytes, autor de Subjetiva de nadie (Entropía, 2014) nos presenta un relato seductor, que se construye a partir de una misteriosa obsesión con las imágenes.

Ángel Faretta, en esta ensayística relectura de La pérdida del reino (1972) de José Bianco, aborda el pathos simbólico que atraviesa las peripecias de su personaje.

Mario Nosotti, autor de Parto Mular (Último Reino, 1998) y El proceso de fotografiar (Viajera Editorial, 2014), comparte con nosotros tres poemas de su próximo libro La casa de playa.

Fernanda Nicolini, autora de Ruta 2 (Gog y Magog, 2008), las plaquetas Rubia y Once, y coautora de Los Oesterheld (Sudamericana, 2016), comparte con nosotros poemas de su próximo libro El cuerpo en la batalla.

Esteban Dipaola, autor de Comunidad impropia. Estéticas posmodernas del lazo social (Letra viva, 2013) y En tu ardor y en tu frío. Arte y política en Adorno y Deleuze (Paidós, 2008), entre otros libros, reflexiona en este ensayo sobre Artaud y la conciencia desbordada.

Leonardo Novak, autor de Monjas chinas (Alción, 2012), comparte con nosotros este relato inédito que versa sobre los devenires vitales de un técnico de básquet: Aldo.

Cristian Molina, autor de Un pequeño mundo enfermo (La bola Editora, 2014) y Sus bellos ojos que tanto odiaré (Caleta Olivia, 2017), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos de su libro Un jardín chiquito en el balcón.