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El desierto y el agua

Luciano Barreras acomete el primer tomo de Desierto y nación (Caterva, 2017), con textos de María Pia López y Juan Bautista Duizeide que, inscribiéndose en la tradición de la ensayística argentina, merodean en torno a la cuestión de las lenguas.

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Desierto y nación
Tomo I. lenguas
María Pía López, Juan Bautista Duizeide
Editorial Caterva, 2017

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Este primer tomo de la colección “Desierto y nación” (pergeñada por los editores a partir de una serie de encuentros en la Biblioteca Nacional entre 2013 y 2014) nos ofrece dos ensayos que exploran un tópico crítico del siglo XX argentino: los límites de la imaginación liberal a la hora de pensar la nación. En efecto, tanto el “desierto” como el mar, temas de ambos textos, constituyen para aquella una suerte de obstáculo o límite con el que sólo cabe un intercambio violento: referencias geográficas que muestran que, más que de construir una comunidad nacional, se trató de conquistar y administrar un territorio. Facundo y Radiografía de la pampa conforman el trasfondo, casi nunca explícito, de buena parte de los argumentos que se despliegan en ambos textos. Y el binomio civilización-barbarie ya no representará aquí un clivaje ordenador, sino polos de una interrogación que asocia estos términos a veces, otras los invierte, y casi siempre los disloca.

En el primero de los trabajos, “Banquetes, cautivas y revoluciones”, María Pía López propone una imagen compleja del tópico de lo indio en la literatura y el ensayo latinoamericano. La primera parte del recorrido está articulado por el problema político de la lengua tramado desde una perspectiva que privilegia los procedimientos por sobre las representaciones. Dicho de otro modo: más que sobre las ideas en torno a lo indio (y sus transformaciones), el texto se pregunta por los procedimientos efectuados para transculturar una lengua heredada de la empresa colonial. En efecto, esa es la hipótesis de partida: “la lengua colonial es rehecha en la boca de los subalternos, renueva tonos e inflexiones, pierde sonidos y durezas”, “con esa materia, nuestra lengua, la que se quiere sustraer del cauce de la reproducción y la que todo deglute en su persistencia insomne, queremos pensar lo indio, lo que se fue definiendo como lo otro: tentación, objeto de conquista o conjura, promesa redentora”. Una doble resonancia se percibe detrás de estas afirmaciones: por un lado, la lengua pasa a ocupar el lugar que la cultura tenía en los trabajos gramscianos; por el otro, la noción vanguardista del trabajo con los materiales (el lenguaje, en el caso de la literatura) completa una imagen que encuentra en Mariátegui a su antecedente más ilustre y en Arguedas a su ejecutor predilecto, aquél que logra traducir la experiencia india, que indianiza el castellano.

Incrustadas en esta mirada centrada en los procedimientos (en donde veremos aparecer los nombres de  Guimarães Rosa y Aimé Césaire) hallamos otras operaciones críticas. La principal es aquella que extiende la representación argentina del desierto a otras latitudes latinoamericanas, en donde se transforma en lo indio negado (Perú), disuelto (México) o mezclado (Brasil). Este último caso reviste particular complejidad en tanto lo indio se cruza con lo negro, como muestran los dos hechos lingüísticos ubicados en la base del nacimiento de la nación brasilera, el tupí-guaraní y el portugués brasileño: “si este surgió de la dicción africana de las esclavas y la dulzura de su entonación frente a los niños blancos que criaban; la lengua artificial construida por los jesuitas implicó una alianza con los niños indios”. Curiosamente, una de las fuentes centrales para abordar lo indio en Brasil no es ni la literatura ni el ensayo sino las memorias del célebre etnólogo franco-belga, Claude Lévi Strauss. La lectura que López propone lo coloca en una serie junto a Lucio V. Mansilla: ambiguos y taimados, ambos construyen un relato que niega el desierto imaginado por las elites decimonónicas. En su lugar proponen una imagen rugosa, plagada de culturas, lenguas y lazos comunitarios, en la que se desliza también la mirada del deseo, del placer y de una vida liberada de las restricciones burguesas. Lo indio aparece aquí como promesa de una vida distinta, prefigura una cosmovisión alternativa a la del capitalismo: “la afirmación de una diferencia de modos de vida de los subalternos en el cual anclar la crítica a la explotación de personas, de relaciones sociales, comunidades, territorios (…) buscando como revés de la trama de la indofobia una suerte de indofilia; que si transforma la consideración del sujeto subalterno es porque interroga su potencia de refundación. Su promesa para todas y todos”.

Si, como señalamos, el ensayo de López es heredero de las vanguardias (en tanto se trata de salir del orden de la lengua -herencia colonial- para encontrar una poética del lenguaje que es, inexorablemente, hipótesis política y política de la lengua) Duizeide procede de un modo más bien tradicional: explora las representaciones argentinas en torno al mar (y en menor medida a los ríos en tanto vías navegables). Y es precisamente en este objeto en donde encontramos la mayor originalidad de su trabajo. En efecto, así como la imagen del desierto niega al indio y sus modos de vida, la imaginación liberal argentina del XIX construye una representación del territorio en la que lo que aparece negado es el mar: una suerte de desierto de agua, contrapartida del mar de tierra que describe a la pampa bárbara en el Facundo. Duizeide recorre, con una alta dosis de melancolía, el enorme alcance de los límites de este imaginario  sobre la cultura argentina, en donde, efectivamente, no encontramos una cultura marinera en sentido amplio (lo que agrupa desde las prácticas náuticas hasta la literatura marinera, pasando por la limitada imaginería argentina en torno al mar, asociado casi exclusivamente a las vacaciones en la costa atlántica y, en menor medida, a la guerra de Malvinas). Tampoco encuentra el autor una política estatal que ejerza soberanía sobre el mar, por el contrario, todo allí es raquítico o corrupto: la marina mercante, los astilleros, la prefectura, la marina de guerra, los puertos.

Esta tesis general es argumentada de diversos modos. Uno de los procedimientos privilegiados consiste en emparejar la serie literaria (o cultural en sentido amplio) y la política. Por ejemplo, a la compleja construcción simbólica (literaria y periodística) del Río de la Plata como espacio sucio, indeseable y peligroso, le corresponde un correlato real bien macabro: el Río como tumba de los desaparecidos. Otro de los recursos que despliega Duizeide es el de la yuxtaposición de imágenes: el contraste entre el Canal de la Mancha un día de verano, infestado de ferrys, guardacostas, torpederas, destructores, buques tanque e incluso veleros familiares, por un lado. Por el otro, el litoral atlántico argentino, en el que prácticamente no se cruzan barcos y de los pocos que se avistan una absoluta minoría lleva el pabellón albiceleste: “pesqueros oxidados con una chillona escolta de gaviotas, suppliers, algún petrolero de porte menor. De veleros ni hablar”. El procedimiento recuerda otra vez al Facundo, en el que se contrastan  imágenes que conducen a una cultura, a un sistema de vida (civilizado o bárbaro). Pero, a diferencia de Sarmiento, Duizeide disloca las implicaciones del contraste con invocaciones al antiimperialismo: el velero llamado Drake y el carguero argie intercambian insultos en la escena del Canal de la Mancha. En efecto, en la economía general del texto, el tópico del antiimperialismo conduce a Malvinas y a las múltiples representaciones que las islas tienen en la cultura popular argentina, y en particular a la figura de la cautiva (esa imagen con la que López piensa también la situación de la mujer).

Duizeide efectúa también un repaso por la literatura nacional en torno al agua. Si bien sus conclusiones son en principio poco alentadoras (no existen autores argentinos identificados a lo largo de toda una obra con la navegación; no hay un subgénero –aunque sí un corpus- vinculado al mar), sin embargo el recorrido que presenta tiene el notable efecto secundario de sentar las bases para un canon: recupera olvidados, postula el mérito de escritores contemporáneos, discute con la tradición, reposiciona a los “raros” y, por último, propone a un gran narrador del agua: Haroldo Conti. Este esbozo de canon conforma la primera instancia de un esfuerzo de recuperación de núcleos de buen sentido en torno al agua, que se extiende en las letras excepcionales de Spinetta (“sueñas y escapas/así nunca encontrarás el mar”), así como en el antecedente remoto de los puelches, yámanas y mapuches, navegantes de ríos, lagos e incluso del estrecho de Le Maire, una de las zonas más difíciles del mundo. En esta estela, el autor (quien además es marino mercante) propone una representación que se mueve a contrapelo de la imagen que emana de la constelación liberal: la Argentina como isla, alejada de los grandes centros mundiales, sostenida material y simbólicamente por los intercambios que se producen por vía marítima.

Si bien ambos textos presentan diferencias notables en cuanto a los procedimientos y temas (mientras que en el texto de López nos encontramos con un tópico visitado, pero pensado desde un prisma novedoso, en el de Duizeide nos topamos con un tema infrecuente trabajado de una manera tradicional), el vínculo profundo entre ambos hay que encontrarlo en su común inscripción en la tradición ensayística argentina, no sólo por la constelación de discusiones en la que se inscriben (además de Sarmiento y Martínez Estrada, podemos agregar Indios, ejército y frontera, de Viñas) sino especialmente por el valioso cruce entre lo cultural y lo político que ambos proponen: la indofilia como promesa de una vida alternativa a la del capitalismo en el caso de López; la posibilidad de encontrar en el mar una imaginería que ponga en cuestión los mitos fundantes de la Argentina contemporánea, en el de Duizeide.

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