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Releer La pérdida del reino

Ángel Faretta, en esta ensayística relectura de La pérdida del reino (1972) de José Bianco, aborda el pathos simbólico que atraviesa las peripecias de su personaje.

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La pérdida del reino de José Bianco vuelta leer una vez más. Serán ya unas diez veces que lo hago desde su primera edición en 1972 y que todavía poseo, con su letra minúscula y desvaída, su papel basto, y su reproducción en tapa de un retrato de Modigliani –El señor Baranowky- y del que no alcanzo a ver su relación con la novela. A diferencia de Las dos cortesanas del Carpaccio que tan bien iluminara la portada de la reedición conjunta de sus dos nouvelles, Las ratas y Sombras suele vestir.

Mi ejemplar no está acribillado de subrayados ni de corchetes, porque por entonces no subrayaba los libros que leía por imprudente vanidad juvenil. Confiaba en que todo podía retenerlo. Luego en las sucesivas lecturas -dos por década más o menos- seguí con la misma tesitura por razones de superstición particular. Ahora sí, lo he hecho con una media docena de párrafos y frases que luego he subido al facebook.

Rufo Velázquez, su absorbente protagonista, sigue siendo un ser querible, con el que es imposible llevarse mal o señalarle sus fallas y errores. Creo que Bianco creó, acuñó una figura, un tipo de argentino y de porteño ejemplar, tanto como el Emilio Gauna de Bioy en El sueño de los héroes,  El Camilo Canegato de Rosaura a las diez de Marco Denevi, el propio narrador de El banquete de Severo Arcángelo de Marechal y –así lo espero- que el Lenz de mi Tempestad y asalto.

Pero Rufo es la contrapartida o, tal vez, la convergencia de todos estos otros tipos. Cierta reticencia, poquedad, flojera de carácter, pero de consuno y bajo continuo un gusto por la belleza, por lo estético, pero sin caer en el coleccionismo ni en el esteticismo. Eso lo redime a nuestros ojos, como también su a veces altanera afirmación de temas en disonancia con el tono mayoritario de las preferencias pasajeras. Esa es su valentía, su “coraje sereno” -como dijo Jean-Pierre Melville de Claude Sautet.

Francamente debo reconocer que fue en ésta lectura de las últimas semanas cuando vislumbré el porqué de la enfermedad que lleva a Rufo a la muerte y a dejar sus papeles a un narrador anónimo para que escriba finalmente la novela que “ahora” estamos leyendo.

Ese extraño, súbito problema en sus piernas que lo lleva a la semi parálisis para luego terminar con su vida, parece simbolizar a la propia Argentina. Su origen culto, tal vez un poco amanerado, parco y vehemente a un tiempo, otras callado, siempre demorando todo, pero con su pasión casi iniciática por la amistad y un rumiar sobre el amor siempre con un matiz rencoroso y otro sentimental.

Emblema de esto último, el tango; que aquí y como danza aparece de manera oblicua. Como casi todo en la novela, salvo algún excurso ensayístico que todo buen lector agradece. Porque la novela de peripecias sin la reflexión de aquello que está sucediendo more dramático, redunda en una calistenia narrativa o en un acto algo similar a ojear un libro de estampas.

Pero hablábamos del pathos simbólico en cuanto a su correspondencia física. La enfermedad es la de esa misma Argentina –al menos de entonces- pudorosa, algo altanera, sentimental pero discontinua, con proyectos siempre comenzados y no siempre finalizados, hasta que ese mismo vaivén la termina por conducir a la parálisis.

Creo que ésa es también “la pérdida del reino” a que refiere su título tomado de unos versos de Darío. No solo al amor larvado, soterrado de Rufo por su compañero de escuela secundaria y luego de toda la vida, Néstor Sagasta. Esto es cierto, claro; pero es solo una parte del phylum simbólico. Ese reino perdido que estaba al alcance de la mano, como el dintel frente al punto omega de Teilhard, o el apólogo de Kafka, representa también las posibilidades no realizadas, paralizadas, de la misma Argentina.

Así Rufo -que no es nunca Ru/fino- oscila entre las diferentes latitudes espirituales del país aquel. La diégesis de la novela se despliega aproximadamente desde la Argentina de muy a comienzos de los años veinte hasta fines de los cuarenta, y tal vez un poco más.

Primero lo religioso, luego lo vital, siempre la interrupción de lo estético. Si se dice que el más o menos nuestro Guillermo Enrique Hudson apuntó que siempre había emprendido el estudio de la metafísica, pero que también siempre lo había interrumpido la felicidad, a Rufo Velázquez el amor o la necesidad carnal, el trabajo de abogado y un poco el de franco mirón de una clase más rica que la suya -un poco a la manera proustiana- siempre son interrupciones para su vocación estética.

Ese llamado que coronaría una vida de fracasos sería la escritura de esa novela que finalmente vivió o creyó vivir, y que tienen que escribir manos ajenas –que por cierto jamás lo habían intentado- tras dejar una caja con un caótico contenido de notas, diarios, cartas, esbozos capitulares, fotos de todo tenor.

¿Qué son esos fragmentos que una segunda mano debe editar, “poner de pie”, mientras Rufo ya no puede hacerlo? Los proyectos y planes de la Argentina, muchos truncos pero finalmente salvados por un heredero a quien apenas se conoce.

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Tal vez la primera edición de La pérdida del reino tuviera la paradójica mala suerte de salir al ruedo munida de solapa con interpretación propia. Tal la que escribiera Enrique Pezzoni para la novela de su amigo José Bianco. Ya para entonces Pezzoni era un reputado crítico, así como un señero editor y profesor universitario.

Su hilo conductor fue que Rufo Velázquez practicaba una serie de uniones –por cierto no muchas- para no hacerlo o hacerlo vicariamente con quien verdaderamente hubiera querido, su amigo desde la adolescencia y de toda la vida, Nestor Sagasta, cultor de una virilidad sin cortapisas, de una seguridad, franqueza, habilidad y de todas las virtudes -o astucias- que Rufo hubiera deseado poseer.

Esa interpretación de una vida amorosa vicaria por no enfrentar el eros homosexual se fijó como una de esas substancias que usan los lepidopterólogos para desplegar contra el panel de corcho al ejemplar antes atrapado. El propio Bianco por razones de amistades particulares, la aceptó y la repitió cada vez que lo reportearan o se le preguntara al pasar, y así quedó fijada como tantas cosas. Sobre todo por aquí, donde se oscila entre la fuga permanente y el inmovilismo; tal cual Rufo Velázquez.

Desde luego que lo apuntado por Pezzoni es cierto; existe en la novela tal deriva dramático-simbólica, pero claro está que no es la única y menos que agota el trasfondo de la novela.

Ya hemos apuntado aquí sobre la relación que establece Bianco entre Rufo y  su entorno familiar y amistoso con la Argentina. Su phylum histórico, sus derivas anímicas. Así la enfermedad del héroe sería correlato de la parálisis del país llegado a cierto punto de condensación espiritual. Tal vez cabría agregar que Bianco veía a este ciclo condensación-parálisis como recurrente y a la vez como ya terminado por entonces. Tanto el final diegético de su relato –ca. 1950- como el de su escritura y edición –ca. 1970.

Pero también existe la cuña espiritual religiosa que en ese autor estuvo siempre presente, aunque se manejó con ella de una manera similar a la de sus personajes y de esos segundos personajes de ficción que son nuestros héroes literarios. En Bianco si no me equivoco fueron tres: James, Proust y Julien Green.

Cristo se había sacrificado por los hombres, pero esos hombres que mientras más perfectos, menos se parecían a su Redentor, turbulentos, eruditos, complicados, astutos, destructores, insatisfechos, sensuales, débiles, curiosos…Y al margen de aquel rebaño vegetaban otros seres en un estado de misteriosa bienaventuranza, desasidos de la realidad y despreciados por los demás hombres. Pero Cristo los amaba. Eran los únicos, en el mundo, con posibilidades de salvación”.

Así se lee en un aparte de Sombras suele vestir, hacia el final exacto del capítulo segundo. Más que nunca es un “aparte” como aquí. Puesto en este relato de compleja lectura y donde dos interpretaciones son posibles, a la manera de Otra vuelta de tuerca, expresión que -por cierto- inventara el propio Bianco para su traducción de The Turn of the Screw.

En un epos fantástico similar, la única irrupción desde el centro de la realidad de la voz del narrador para acotar semejante párrafo para nada ambiguo (con James y con Bianco si no se sabe qué decir póngase “ambiguo” y listo) no parece para nada una acotación casual, un parche púrpura, ni menos un ripio.

Esa voz primera del narrador o segunda, según se vea, que ocasionalmente salta a la palestra épica para afirmar o negar algo, para condimentarla todavía más de incertidumbre y de indirectas o directamente para dar su voz a opiniones contundentes -como pasa con Tolstoi, por ejemplo-, nunca puede ser tomada al azar. Digamos mejor: no puede ser recibida-leída al azar, porque no puede haber sido acuñada al azar.

Bianco vuelto figura más o menos pública luego de años de labor casi oficinesca en Sur, donde llevó adelante una revista que en buena medida armó, corrigió y rescribió, toma la actitud de aceptar la lectura de Pezzoni así como de desentenderse de ciertas cosas escritas por él como el párrafo antes citado de Sombras suele vestir.

Así cuando se le preguntó por este párrafo, lo daba como ejemplo de algo que era necesario al relato pero que no se correspondía con su punto de vista ¿actual o del momento de su escritura? Eso no se dice.

En la propia La pérdida del reino hay un diálogo casi al final bastante característico:

 “Rufo de pie, a su lado, murmuró instintivamente el padrenuestro en latín. Lebergh le preguntó si era católico.

-No -dijo Rufo

-Como rezaste el padrenuestro…

-Hice el bachillerato en un colegio de jesuitas.

-Esas cosas dejan una huella.

-En la memoria, por lo menos. Hace más de treinta años que no rezo.

-¿No crees en nada? ¿Perdiste la fe?

-Poco a poco. Empecé a rogarle a Dios que no se ocupara de mí.

Lebergh se echó a reír.

-¿Y Dios te concedió ese pedido tan original?

-Supongo. Además, no puedo decir exactamente que no crea. Me conmueve la figura de Cristo, y de algún modo me parece Dios. Me cuesta considerarlo un hombre como tú o como yo. Al mismo tiempo, la vida futura, la inmortalidad me molesta. Me gusta que los hombres mueran, como mueren todas las cosas, y que los prolonguen otros hombres semejantes a ellos; humanos, falibles, corruptos, perecederos.

-¿Y por qué Cristo te parece Dios?

-Porque es a tal punto superior a todos que entre él y los demás hombres, por sublimes que sean, no hay una diferencia de grado sino de naturaleza.

-Entonces crees en Dios.

-No sé, no sé. Es una cuestión que no me preocupa.

Lebergh se quedó callado y no hablaron más del asunto”.

 

La actitud de Bianco, del Bianco autor de ficciones decimos, no fue la de autor fuera del ámbito religioso sino que continuó marcada por ello. Que el escritor argentino, el artista e intelectual en general haya a su vez tenido durante todo el siglo pasado, o buena parte del mismo, una actitud dual al respecto; una podría llamarse actitud de vaivén, no puede sorprendernos.  No el cristianismo en general, diluido en evangelismo fuera del mundo y como actitud de pietas privada o privatizada, sino el catolicismo ha sido siempre el testigo llamado al banquillo de los acusados intelectuales cuando se trataba de lo religioso, o tan siquiera se rozaba diegéticamente su presencia, sobre todo en el epos novelístico.

Finalmente Rufo, tras llevar y mantener tantas relaciones vicarias, alcanza casi misteriosamente una función de vicariato diestro al unir sobre el tiempo, la distancia y el olvido a las dos hermanas separadas desde siempre…Hijas ambas de una mantenida de lujo llamada “Morocha”.

Su fracaso como escritor, como amante, su rol de mero intermediario alcanza al final una providencial irradiación de justa intermediación. Su sacrificio inútil o su desperdicio vital logran una suerte de curiosa epifanía.

“A la segunda vez Inés Hurtado comprendió. Le decía: ‘Laura te quiere mucho’ “

Y remata in fine:

“Sonreía y apretaba los dientes para que no le brotasen la las lágrimas. No quería que Rufo la viera llorar”.

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Nota bene. La primera edición de La pérdida del reino es de editorial Siglo XXI  y como se ha dicho fue publicada en 1972.

La primera edición de Las ratas es de editorial Sur 1943, y Sombras suele vestir fue escrita para la en trance de ser editada Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, publicada en 1940. Al no llegar a tiempo para incluirse allí, fue editada el año siguiente en Cuadernos de la Quimera preciosa colección de relatos breves de Emecé. Fueron reeditadas conjuntamente también por Siglo XXI, en 1973 luego que la edición de La pérdida del reino se convirtiera en un afortunado pero fugaz éxito editorial.

Finalmente en la segunda edición de la Antología (1967) sí fue incluido este relato sin lugar a dudas uno de los más perfectos de la literatura fantástica y de la literatura toda.

Bianco ha editado también un tomo de relatos juveniles, La pequeña Gyaros (1932), que el autor se negó a reeditar hasta que lo fue por Seix Barral en 1994. Allí figura el relato “El límite”,  primero de los que publicara, y que es como la figura matriz de la toda la ficción de este autor.

También editó un tomo de ensayos (1977) Ficción y realidad en Monte Ávila de Venezuela.

Desde luego Las ratas dio lugar a una versión cinematográfica debida a Luis Savlasvski de 1962, que si bien cambia determinados detalles de la nouvelle original, logra una obra maestra de su propio cuño.

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