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La presentación de un libro

Daniel Krupa, autor de Serpientes y Gelp!, en este relato inédito narra una insólita situación de presentación de libro, en tono paródico.

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Hubo más de una razón por la que tomé la decisión de pensar la presentación de mi quinto libro –un texto que quizá, de alguna manera, con los años sea asociado a una “literatura de deriva”– como si se tratara de la última. Por un lado, una editorial volvía a apostar a una novela breve con mi firma sin pedirme otros pesos más que los de la compra de una caja de vino tinto, tres botellas de blanco y tres gaseosas sin azúcar –dispongo del correo en el que detallaban esas cantidades, a las que agregué algo de champagne para el brindis final, cuando ya estuvieran todos arriba; como bien se sabe, es en las presentaciones donde se recupera algo así como un veinte por ciento de lo invertido en el libro, fondos que suelen estar destinados al pago de diseñadores gráficos y primera cuota a la imprenta.

Por el otro, y mirando hacia atrás, cada una de las cinco presentaciones anteriores habían cumplido a rajatabla el guión convencional de este tipo de eventos culturales: a) palabras del/los editor/es, b) palabras de un autor amigo, c) palabras de un autor con trayectoria, d) música en vivo a cargo de un músico amigo, e) brindis y firmas del autor a los presentes que osaron adquirir un ejemplar. Digresión: una vez, el entrañable E.G. me compartió una genialidad… la mejor forma de estampar una firma de agradecimiento a un lector es preguntándole el nombre para escribirlo luego entre signos de admiración: “¡Rogelio!”, “¡Macarena!”, a lo que sólo se debía agregar el mes y el año en curso arriba del gancho en cuestión. Y listo el pollo: el lector reconocido por el autor y el autor liberado de pensar en frases imposibles. La única víctima, la hoja “de cortesía” del libro.

Fue la elección del escenario lo que me facilitó visualizar cómo debería concluir la jornada de presentación.  Había pensado en un gimnasio con sauna –es más, fui a verlo. Me dejaron recorrer las instalaciones gracias al puente que me había hecho un amigo en común con el dueño, pero si la capacidad máxima permitida era de diez personas, ni a punta de pistola iba a lograr que entraran treinta o cuarenta. También contemplé la posibilidad que me ofrecía un frigorífico de Los Hornos, cerca de un matadero –acá sí había lugar suficiente, pero me encontré con un problema similar al del gimnasio: según mis cálculos, tenía que armar tres o cuatro grupos de más o menos diez personas por heladera, con lo cual, sospechaba algún inconveniente de logística; quiero decir, era altamente probable que más de uno se resistiera a ingresar por voluntad propia. Y si se sublevaba un grupo, los otros dos o tres tomarían la misma actitud. Era un hecho. ¿Y cómo hacía yo solo, sin apoyo de ningún tipo, para domar a los rebeldes, ubicados en diferentes distancias entre sí?

Así que llamé al Chaco, un amigo de toda la vida, al que conocí en el Colegio Nacional Rafael Hernández de La Plata, donde fuimos compañeros desde 1990 a 1994, para chusmear si a pesar de que hacía siglos que no nos veíamos, podía prestarme su casa-quinta en Punta Lara. Yo no recordaba si aquel lugar contaba con muelle propio, pero sí me acordaba de las tres o cuatro veces que había llevado mi humanidad por ahí, que daba a uno de los tantos arroyos internos del delta bonaerense. No recordaba su calado, pero sí de haber visto más de una lancha y un tránsito considerable de canoas y kayaks.

El Chaco –el Chaquito, con el paso del tiempo–, me atendió con todo el amor del mundo, típico en él, como si no hubiera pasado el tiempo y ahora estuviéramos comunicándonos en la noche previa a un examen de Lógica de la Prof. Blarduni. Con absoluta generosidad, me ofreció las instalaciones sin que tuviera que explicarle nada. Me sentí incómodo cuando  intenté recordarle que había publicado algunos libros de ficción y él me paró en seco para recriminarme que había estado en la presentación en Buenos Aires, en el Malba. La verdad es que sigo sin recordar si realmente estuvo ahí. Creo haber desconfiado de ambos y creo haber ido a la carpeta de fotos de aquella noche de agosto de 2006, pero no lo vi en ninguna. Quizá fue a otra presentación, sin saber si era mi primer libro o el segundo. Suele pasar. Además, debo reconocer por mi lado que no lo he llamado para sus cumpleaños y que he gritado “ausente” en los bautismos de sus dos hijos.

En esa primera charla, ajustamos los primeros detalles, como la fecha –que yo tenía que reconfirmar con la editorial a partir de la fecha de salida de imprenta de los libros. Otra digresión más: ¿se imaginan la presentación de un libro sin libro? Si hubieran trabajado conmigo en Ediciones del Tilo, sabrían que todo es posible en el mundo editorial– y el horario. Me parece que le resultó extraño que haya programado el encuentro a la noche. Le expliqué con una parte de la verdad: mosquitos. Cuando baja el sol, en zonas abiertas como su quinta, los dípteros desaparecen, de manual. Era raro que él no tuviera ese dato.

Tirada al aire una primera posible fecha, me animé a soltarle la pregunta que más me inquietaba: si su casa-quinta contaba con un muelle como para salir a dar una vuelta con los invitados. Pensé que me iba a cortar o que me iba a gambetear. No sólo me contestó que sí, sino que lanzó una de sus características carcajadas que lo hacen tan adorable: “Ah, nene, pero vos la querés completa, eh”, me respondió. Y acá viene lo mejor: cuando le consulté si conocía a alguien que me pudiera facilitar, pago mediante, una lanchita símil a la colectiva que te lleva a la Isla Paulino, como para dar una vuelta de veinte minutos con los asistentes al encuentro, me dijo: “Anotá”. Cuando cortamos la comunicación, tomé la instantánea decisión de no invitarlo. En realidad, tomé la decisión de evitar que formara parte de la presentación. Me salió así.

Con el lugar disponible y confirmado, me ocupé de exigirle a la editorial que me armaran un flyer que sería algo así como una postal o invitación para hacer circular en redes sociales y contactos de correo electrónico. Aclaro, si acaso sirve de algo, que pedí una invitación con dos fechas: una, para el jueves 14 de noviembre para el Listado Oficial de Invitados y otra para el Chaquito, estipulada para el viernes 15 de noviembre.

Para que esta vez el compromiso fuera, por decirlo de algún modo, más formal, destiné un dinero a una amiga que había hecho un curso de Ceremonial y Protocolo en la UCA con el objetivo de que fuera ella quien se ocupara de hacer los llamados a ciertos invitados que podríamos ubicar en la categoría “Ni tan íntimos ni tan desconocidos”. El resto, como mis padres, era un asunto mío, personal.

Vale dejar asentado que fue esa misma amiga la que se encargó de tomar contacto con tres críticos de Buenos Aires. La cifra no fue obra de la casualidad. Eran tres chances, sabiendo de antemano que llevábamos las de perder. Contar con la presencia de uno solo era suficiente. Me retracto: no era “suficiente”, era la gloria. Ningún crítico que hiciera setenta kilómetros, iba a hacerlo en vano. Su presencia era garantía de reseña publicada, que a su vez traía la visibilidad que todo nuevo texto reclama. Otro amigo –un bohemio con guita– se ofreció a solventar los costos para traer en remís al crítico que dijera que sí. Era su forma de decir “yo estuve ahí”.

A partir de ese apoyo económico, entonces, le pasé cinco nombres –decidí ampliar las chances a último momento– a mi amiga y para mi más absoluta sorpresa, uno de los críticos apuntados dijo que sí. Esto es: vendría desde Buenos Aires (Palermo) hasta Ensenada (Punta Lara) para decir presente en la puesta en marcha de mi nuevo libro. De la emoción, me contó mi amiga, cuando lo encontró a las cinco de la tarde en la redacción del diario en el que colaboraba, y luego de ajustar detalles de logística entre su agenda y el remís, le hizo una pregunta de la que al principio no me reí nada: “Maxi, ¿quisieras tomar algo durante el viaje? ¿Una cerveza, quizá?”. La legítima inquietud de mi amiga apuntaba a que quizá el crítico podía ser pasado a buscar por su casa de Palermo –escribo “Palermo” y escribo “Punta Lara” en un mismo párrafo y sigo sin poder creerlo– con su bebida favorita suministrada por el chofer a la temperatura que correspondiera. No costaba nada, y en eso le doy la razón, desplegar ese detalle. Insisto: siquiera en las presentaciones de libros que se llevan a cabos en Buenos Aires se pueden encontrar críticos de Buenos Aires. Con lo cual, cotejen ustedes mismos el valor de la presencia de un crítico de Buenos Aires en Punta Lara. Mi amiga me comentó que al principio, el crítico no entendió la pregunta. Cuando finalmente captó la esencia de la consulta, respondió escuetamente que él se ocupaba de su botella de agua, aclarando que aceptaba la invitación a condición de que a las veintidós ya estuviera de regreso en Capital, porque tenía una cena en la embajada de la India. “Pero agradeció el gesto”, me dijo mi amiga.

Cuando llegó el día previo a la presentación, pasé por la oficina del Chaco a buscar las llaves de la tranquera y de la puerta principal de la casona, y me fui hasta la quinta en la que sucederían los hechos.

Al llegar, valoré la importancia de haber programado este último acto a la noche, porque en la oscuridad es bastante más complicado que se perciban los detalles que genera la falta de mantenimiento de un predio. Envalentonado, me subí al auto y me fui a la quinta de al lado a buscar un casero que por unos mangos se ocupara de cortar el pasto, podara una Santa Rita que molestaba en la salida al parque trasero, arreglara las luces de la galería y revisara las instalaciones sanitarias. Mi intención era que los invitados se sintieran cómodos y no sospecharan nada acerca de mis intenciones. O sea, no quería que un inodoro rebalsando cada media hora ahuyentara a mis veinte o treinta lectores antes de tiempo.

Me ocupé, también, de limpiar el lugar. Había llevado productos de limpieza, guantes, bolsas varias. Como me había olvidado el secador de piso, tuve que subirme de nuevo al auto e ir hasta lo del casero de la quinta de al lado para pedirle uno prestado, sin tener certeza alguna posible fecha de devolución.

Empecé a los baldazos en el comedor, en los pasillos. Recuperé vidrios, bordes de ventanas, sacudí, y casi rompo, un mosquitero de marco oxidado, lavé vasos, saqué con Cif las manchas de sarro de la pileta del baño. Repasé los espejos del living. Sacudí una alfombra persa que olía a perro, gato, hámster, elefante, mono-araña y jirafa. Paré unos minutos para regalarme unos mates. En ese instante de descanso, me llamaron desde dos radios locales para preguntarme de qué se trataba mi nuevo libro. En ninguno de los dos casos lo habían leído. Esto llevó a que las preguntas fueran un recorrido por los lugares comunes de la producción literaria. En ambas notas, subrayaron que al día siguiente, en una quinta de Punta Lara, se realizaría tal presentación. En ese contexto, recordé lo más importante de mi visita anticipada al predio: llamar y coordinar un encuentro con el dueño de la lancha a la que se subirían los invitados.

Cachulo debe tener unos sesenta años, aparenta el doble. Pero no importan ahora sus rasgos físicos, que son miles. La única cuestión de la que tomé nota enseguida era de su vespertino aliento a Gancia, un dato que me facilitaría todavía un poco más el devenir de los hechos. Sin que hiciera falta que le propusiera ir a ver la lancha, me preguntó si quería dar una vuelta en ese mismo instante. Como no observaba en su mirada posibilidad de objeción alguna, le propuse un dinero a condición de que fuera a buscar la lancha cuanto antes y la dejara amarrada al muelle de la quinta. Seguí con mis cosas contemplando a medida que pasaban las horas y los mates con Criollitas, la posibilidad de que la lancha nunca apareciera y la presentación de mi libro se resolviera de otra manera, a partir de la puesta en marcha de un Plan B que ya tenía diseñado, debo aclarar.

Tres horas más tarde, cuando el sol ya estaba adentro del agua, escuché un motor. Me acuerdo ahora muy bien de haberme dado vuelta muy lentamente, de cierta resistencia a abrir los ojos porque me costaba creer que cada idea se fuera concretando según mis antojos. Y ahí estaba: un lanchón, con el típico techo de lona a rayas verdes y blancas, acercándose al muelle con una luz blanca en proa apuntando al agua y para mi sorpresa las reglamentarias luces roja a babor y verde a estribor. Tomé nota mental: en algún momento, tenía que romperlas, taparlas o desconectarlas.

Cachulo gritó un nombre que no era el mío pero no había otra persona que yo en todo el predio. Caminé unos veinte metros hasta el puente de madera, bajé unos escalones resbaladizos por obra y gracia de una alfombra de  verdín y agarré la soga que me había tirado para dejar el vehículo atado. De un salto largo, mostrando una inusitada elasticidad, Cachulo volvió a tierra firme con una sonrisa de satisfacción reconocible a una legua.

Al constatar que mis ideas se plasmaban a partir del desempeño de actores involuntarios del guión que había escrito en mi cabeza, me encontré anticipándole al chofer de la lancha un porcentaje de sus honorarios. Al hacerlo, viendo cómo ingresaban esos dos billetes en sus bolsillos, confieso que un rapto de arrepentimiento me estrujó el pecho. ¿Y si con esa guita se empedaba esa misma noche, caía fisurado y me dejaba clavado en la presentación? Con lucidez, me avivé de pedirle dirección y teléfono. Aproveché la ocasión para darle una indicación que no se abordó en la primera charla telefónica: del evento no se podía enterar nadie. Absolutamente nadie. Ni su mujer ni sus hijos si es que tenía, aclaración que lo llevó a agregar con tono lacónico: “No se preocupe, don, que ando solo yo”. Era una manera de guardarme alguna carta de último momento y una señal de que no estábamos jugando. Era vital que al día siguiente estuviera en el muelle cuatro horas antes de que llegaran los invitados. En ese tiempo, Cachulo tenía que explicarme cómo arrancar el motor y cómo acelerar; por mi lado, yo tenía que ponerle uno o dos o tres palazos en la cabeza, meterlo en una bolsa, y tirarlo al río con unas piedras o ladrillos, que a esa altura del partido todavía no había encontrado, siquiera de camino a la quinta. Y eso que me había fijado en más de un tramo.

 

Lamenté que hubiera venido cierta gente querida a la que me resultaba imposible no invitar. Cuando los agregué en la lista, lo hice con profunda pena. Peor me sentí cuando los vi bajar de sus autos –algunos, dadas sus edades, con cierta dificultad. Por algún momento pensé en decirles algo fuera de lugar, a escondidas, una frase escueta que los ofendiera para siempre y dejaran la quinta odiándome. Pero no encontré la ocasión porque es habitual que, como en los cumpleaños de quince, todos los presentes quieran palmear al autor e intercambiar palabras sobre el nuevo libro.

Creo que no lo dije antes, pero además de las bebidas retocadas, había comprado una cantidad infernal de empanadas de carne y verdura. Iba a comprar pizzas y fiambres. Lo pensé. En serio. Lo juro. Pasa que no le encontré sentido.

Algo que tampoco comenté antes, fue la elección de la música en vivo que marcan el ritmo de este tipo de eventos. En esta oportunidad, había cotejado la posibilidad de ir en busca de algún músico amigo. Los dos que contacté me explicaron, como si se hubieran puesto de acuerdo, que no tenían problema, que les encantaba la idea, siempre y cuando pudieran disponer de algunos ejemplares de sus discos para venderlos durante la presentación, junto a mi libro. Una locura. Una falta de respeto. Les ofrecí dinero, ambos me respondieron lo mismo, de nuevo: que no podían cobrarme. Ahí fue cuando se me ocurrió un acto de justicia divina: contratar a un DJ.

Párrafo aparte para la llegada del crítico, que bajó del remís con mocasines sin medias, una camisa color salmón, campera de hilo en la mano, un jopo controlado y un envidiable –más que el jopo mismo, diría– perfume francés que lo deben haber disfrutado hasta en Colonia del Sacramento, República Oriental del Uruguay. De lo que no pude disfrutar fue de su cara de tránsito lento. Le doy la derecha en que hacía más calor de lo deseable y que la quinta estaba, desde el punto de visto arquitectónico,  a años luz de cualquiera de los auditorios del Malba. Es cierto, sí… Sin embargo, nadie lo había obligado a venir. Debo decir de todos modos que me impresionó verlo ahí, tan lejos de su centro de operaciones, para llevarse un libro de mi autoría. Gran trabajo de mi amiga, a la que le pedí explícitamente que no viniera esa noche.

No quiero dejar pasar que pese a mis ruegos en los días previos, mi madre bajó del remís que la trajo con una bandeja elefantiásica de sánguches de miga y una canasta de mimbre con tres botellas de Brahma para uso personal. Se lo había implorado.

Media hora más tarde de lo señalado en las invitaciones electrónicas, se apagaron los reflectores y bajo una lamparita de ciento veinte watts, uno de los editores empezó a repasar detalles de producción sobre la gesta del libro. Luego, fue el turno de los colegas. Uno de ellos dijo algo tan magnífico y revelador sobre mi texto que deseé con todo el cariño del mundo que alguien lo llamara de urgencia y lo sacara de la quinta. No sólo no recibió ningún llamado, sino que fue el primero en mostrarse alcoholizado. Fue uno de los dos o tres amigos que sin intuir mis intenciones, me ayudó a que todos subiéramos a la Doña Isabel.

La noche sin viento –el Río de la Plata parecía una laguna–, la humedad de la casa y lo que quedaba del blíster de Clonazepam disuelto por mí en cada una de las jarras de vino y gaseosas sin azúcar disponibles, fueron ingredientes que facilitaron que los invitados se animaran a abordar al Doña Isabel sin demasiadas resistencias. Fui testigo de fugaces discusiones de pareja en la que una parte u otra señalaba lo demencial de la idea. Las cuatro o cinco veces que detecté esa postura, me acerqué con mi mejor cara de perro mojado a destrabar el conflicto señalando que pocas veces en la vida podían darse el lujo de atravesar por una experiencia así. En uno de los casos de rebeldía, agregué que quedaba una última sorpresa, y que resultaba vital que todos se subieran unos segundos al Isabel, cuyo interior había decorado con tres tiras de luces de Navidad que me costó bastante conseguir y encender; la calidez de ese detalle, convenció a más de uno, junto a mi poco habitual estado de sobriedad, que ayudó a terminar de convencerlos. Fue, digamos, y sepan los deudos disculpar la humorada, una empresa titánica.

Con todos los invitados arriba de la lancha, incluido un fotógrafo colombiano que apareció a último momento y que debió haber sido contratado por mi amiga, serví unas copas de champagne de medio pelo para que la distensión no se viera interrumpida. Vi bostezos, vi risas desmedidas… Y vi ese momento ideal como para arrancar el motor, cuyo ruido generó sin lugar a dudas un primer momento de tensión; quizá porque vibró el piso, no sé. Fueron las mujeres las primeras en notar que no era gracioso que yo, con mi nulo conocimiento de la cosa naval, girara esa llave y maniobrara la palanca de cambio. Hubo hombres que muy por el contrario, celebraron la iniciativa, gritando cosas del tipo “¡Aguante el capitán!”, “¡Todos a Mardel, maestro!”. Devolví cada mirada con la mayor seguridad posible para ganar distancia de la costa. Y velocidad. Cuando se percataron que yo era el único que portaba chaleco salvavidas, se me vinieron al humo. El primero que tomó la decisión de sacarme el timón de las manos fue el fotógrafo que, si me preguntan, el tipo intuía mis intenciones, aunque no sé si llegó al detalle de sospechar que me había tomado el laburo de cortar los guardines unas horas antes.

Algo pasó a partir de ese momento. Apenas tengo memoria para algunas recriminaciones menores. No recuerdo gritos. Ni llantos. Me parece que nadie imaginaba la gravedad de la situación, porque en caso de haberlo sabido, me hubieran ahorcado con todas las manos todas antes de darme la posibilidad de saltar.

Cuando llegué al agua, los invitados estaban a más de mil y pico de metros de la costa, arriba de una lancha que no había manera de frenar. Por supuesto que me dio pánico tirarme al Río de la Plata en plena noche con luna nueva. Por supuesto que me daba un pavor físico la mera posibilidad de no caer al río sino sobre un colchón de camalotes, en los que suelen anidar yararás y culebras. Por supuesto que corrí el riesgo de que, como dije recién, me lincharan antes de llegar al agua. Y por supuesto que todo podía salir mal.

Ahora que han pasado largos meses, nadie puede negar que se trató de una presentación muy distinta a las demás y que a partir de la fecha, no estaría de más replantearse algunas cuestiones más sobre la circulación de los textos de ficción. Quizá, lo que en caso de repetir la experiencia revisaría, a pesar de que ya no tiene sentido “técnico” pensar en eso, la participación a mi madre –en las pocas pesadillas que sufro en el año no aparecen sus gritos, sino su mirada apenas llegó a la quinta: se sabe, las madres lo intuyen todo. Y también evitaría a las embarazadas, porque fue lo que más me criticaron. Al menos, creo, podrían reconocer que menores de edad no había. Detesto profundamente que haya niños en las presentaciones. Distraen. Confunden. Se llevan toda la atención.

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