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Conversación familiar

Osvaldo Bossi, autor de Tres (Bajo la luna, 1997), Fiel a una sombra (Siesta, 2001) y Casa de viento (Nudista, 2011), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

Imagen murena

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nada del otro mundo

 

Cuando tenía 12 años

le escribí una carta de amor

a Raúl, un chico que vivía

cerca de casa, sobre la misma cuadra,

al lado de la peluquería del Rengo

y que era mi amigo.

 

Una carta muy tonta y arriesgada eso sí,

donde le hablaba de su pelo y de sus ojos

negros, como la oscuridad que me envolvía

cuando no nos veíamos.

Nada grave, nada del otro mundo, si no fuera

porque vivía en éste, donde cosas así

difícilmente podían suceder.

 

De hecho, la carta nunca llegó hasta sus manos.

Un tío lejano la descubrió y ahí nomás

enseguida, tomó cartas en el asunto.

Como mi padre se había ido

todos querían ser mi padre,

así que me encerraron en una pieza y me curaron,

como a un perro, a escobazos.

Aunque curar, curar

es una forma de decir…

Yo no me curé nunca de mi amor por Raúl,

del hilo dorado que iba

de sus ojos hasta su pelo

y se metía en mi boca

y se perdía en mi corazón.

No sé cómo explicarlo, pero pasan los años

y sigo viéndolo, sigo tocándolo en la oscuridad,

magullado y todo, sigo

queriéndolo más que nada en el mundo.

 

 

 

Conversación familiar

 

Con mis hermanos

rara vez hablo

y siempre los escucho.

Me cuentan del trabajo, los hijos,

lo caro que está todo, de un vecino

que se murió hace poco

o de una tía que se está por morir.

Lo raro es que mis preguntas

nunca regresan.

Como yo no tengo mujer ni hijos, debe ser eso.

Y mi trabajo… Bueno, quién habla

de literatura con su familia?

Hasta que un día me aburrí

o me cansé y simplemente

dejé de preguntar.

No fue algo premeditado, sucedió.

 

Ahora, cada vez

que nos encontramos,

el silencio más puro se abre entre nosotros

como una avenida que no sé adónde va.

Yo no hago nada, no interrumpo.

A veces, ruge como un león.

A veces, como un animal desconocido.

 

Tendrían que escucharlo.

 

 

 

El ruido

 

Cada noche,

antes de ir a dormirme,

yo me preguntaba

qué será de la vida de mi padre.

(Se fue hace un par de años atrás,

sin despedirse.)

 

Y ahí nomás se me aparecía

el ruido que hace el chorro de soda

sobre el vaso de vino, el ruido

de la tele encendida y el hijo

de mi padre berreando como un cabrito “Dale

un poco de agua con la mamadera, Mario,

yo no puedo con todo”.

(Mario es mi papá).

 

Afuera las estrellas seguían

los pormenores, silenciosas.

 

Mi padre, entonces, salía al patio

y se ponía a fumar un cigarrillo,

y cuando estaba a punto de escuchar

algo, empezaban los ruidos otra vez

(a veces era el motor de un auto

o el zumbido de una moto, o la música

saliendo de una ventana abierta…)

 

Yo pensaba, cuánto ruido que hay

en esa casa, así es muy difícil que él pueda, alguna vez

escucharme.

No es que yo tuviera algo importante

para decirle. No. Pero quién sabe,

a lo mejor sí.

 

Al final me dormía

pensando en estas cosas, pensando

cómo hacer para tapar el ruido del sifón,

el ruido de la tele, el ruido, el ruido…

 

A veces soñaba con un barco

que navegaba toda la noche

y se metía en su corazón,

y adentro estaba yo, contento

de haber vencido la adversidad.

 

Y a veces, ese barco

era nada más que un hermoso ataúd

atravesando de lado a lado

la noche solitaria.

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