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La lengua del desierto

Vanesa Guerra, autora del libro de relatos La sombra del animal (Bajo La Luna), entre otros, con este texto acerca de Walser, traductor del limbo nos brinda un adelanto de su nuevo libro La lengua del desierto, de próxima aparición por editorial Buena Vista, Córdoba.

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La vida me llega volando de algún lado, como una paloma
o una golondrina que siempre, en el último momento, se aparta de mi boca.

Elfriede Jelinek

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La noche en sí misma es un ángel, un mensajero; lo sabemos cuando la noche ha pasado, cuando la oscuridad devuelve por la mañana todas las cosas.

La relación de Robert Walser con la oscuridad y el despertar, es una relación diversa, acaso más intensa, o corrida algunos grados de la experiencia que la mayoría de nosotros hacemos con la vida.

En su singularidad, Walser, es como si hubiera despertado de una larga y espesa noche, cuyo mensaje no dejara de escuchar, descifrar y traducir, sin pausa, desde el resplandor o la refulgencia que irradian las incontables cosas que lo rodean. Él es un traductor encandilado, porque la noche le sigue hablando, hay una voz permanente que duerme sin dormir, y que no encuentra calma.

 

El misterio está alrededor de cada uno de nosotros, percibirlo, intuirlo, implicaría un leve cambio de posición en nuestra manera de acercarnos a las cosas o al aura de las cosas. La palabra misterio significa cerrar oídos y ojos a lo que existe

(para cierta tradición sería cerrarse al don de Dios, o a los dones del espíritu)

Entonces, para aquel que está abierto, para aquel que anda sin velos, todo aquello que lo rodea tendrá otro signo.

Sabemos que andar desvelado, sin velos ni velas que alumbren en lo oscuro, digo, andar como en un estado de revelación permanente, andar como en satori, como luz del corazón de lo oscuro, nos expulsaría de los órdenes capitalistas o productivos de este mundo en este tiempo; no serviríamos para mucho a estos modos, siempre fallidos, de ordenar el caos humano, porque acaso agrietáramos el orden hasta hacerlo trizas para tomar al buen caos como nuestra fe. Digo, no serviríamos para mucho a esos ordenes, en donde la Información vale más que una vida, y aun más que la experiencia real -siempre inasible- de cada vida.

 

En los albores de estos asuntos socio políticos, algo en Walser se activa, y cuando deja su tranquilo cantón suizo para arribar a esa Berlín naciente, ruidosa y cosmopolita de los años 20, él ya decía de sí mismo que él no servía para nada, que él era un resplandeciente cero a la izquierda, y de esa manera celebraba su magnífica inutilidad y se afirmaba en la posición; pero también se afirmaba desde el padecer, desde una aflicción sin reparo que lo obligó a un hospicio psiquiátrico, en donde trocó para siempre su escritura por caminatas, caminatas interminables que tenían la forma de esa voz que le traía su larga noche y que no callaba nunca dentro de él.

 

Una de las primeras novelas de Walser, Jakob von Gunten trata de un niño que quiere aprender a ser siervo, el niño va a una escuela de servidumbre y eso lo hace muy feliz; muy feliz saber que va a servir a alguien, saber que va tener un amo, saber que podrá ser el mejor esclavo para conseguir el mejor amo; eso es algo que según Robert Walser se aprende.

 

Para Walser, -ignoramos si leyó o no leyó a Spinoza, -aunque esta novela se nos hace cercana al Spinoza que leyó Deleuze, ese de “¿por qué el pueblo es tan profundamente irracional?,¿por qué se enorgullece de su propia esclavitud? ¿por qué los hombres luchan por su esclavitud como si se tratase de su libertad?” quiero decir, para Walser: No se nace esclavo, se hace, se enseña, es un aprendizaje lento, se inocula o es por goteo. Tal sería el modo de domeñar esa exaltación del espíritu libre, esa exaltación de estar despierto traduciendo el misterio, experimentándolo; pero pese a todo ese artefacto pesado como el Gran Castillo de Kafka, o incluso pesado como esa tremenda artillería de El proceso kafkiano, el niño Jakob, y aún Walser en toda su vida, lo consiguen. No pueden ser esclavos, pese a que dios y la sociedad lo disponen y hasta lo facilitan, ni él, ni el niño von Gunten lo realizan; ese No alcanzar el grado de Esclavitud Perfecta que busca Walser y todas sus criaturas, compone el drama de su obra, porque él, que siempre quiere obedecer, él que anhela perder su ser deseante hasta devenir un obediente, un hijo de su tiempo, un escritor reconocido, ÉL experimenta una sed de obediencia tan extrema, logra sentirse afanosamente TAN esclavo y TAN poca cosa, que concluye no sirviendo ni para obedecer, así ES que supera al amo, y que genera una desobediencia involuntaria y sutil, una poética que nada informa: puro pliegue, vuelo rasante, prosa que levita, lúdica sin ley, un convite de éxtasis. Porque ese niño Jakob, como Walser, alcazaron un estado de percepción tan abierta que han disuelto el Yo que ordena y organiza las cosas, pues, qué clase de percepción, de conexión con la existencia podría ocurrir, qué clase de apertura podría entrar en un dispositivo tan ceñido como es el YO, el Yo Soy, ese que carga con un nombre, ese que aguanta un solo sexo, ese que refiere a un número de documento, a una huella digital, a un iris de mapeo irisado refractado en la cámaras panópticas del mundo coorporativo sin cuerpo? la existencia no anda por ahí, no; acaso sea como la golondrina de Jelinek, esa que, como la vida, nos llega y a último momento se nos aparta de la boca.

Por eso pareciera que en Walser y en sus criaturas todo se abre al misterio, todo se vuelve una comunión con la existencia, así el niño o el hombre funcionan como si fueran una flor y su refulgir, o un astro en la noche, y retornan a ese tiempo anterior al orden, semejante a una libertad que en el inicio de las cosas, un tanto antes de ser tocados por la lengua del amo, tuvimos.

 

El capitalismo produce un hombre del resentimiento, una clase de veneno que nos incita a sentir vergüenza ante la menor felicidad; esa es la lengua de la información, la lengua que aplana la textura y el misterio; Walser desde su limbo, sin orden ni ley, acerca la lengua de la noche, la que convoca y llama desde el misterio, la lengua poética, la que ilumina los ojos del caminante en la oscuridad.

 

/una plegaria:

hacer lo que haga falta para formar parte de aquella comunidad que busca -incasable- iluminarse con la noche./

 

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