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Estrategias para un futuro promisorio

Mauricio Koch, autor del libro de cuentos El lugar de las despedidas (La Parte Maldita, 2014) y la novela Los silencios (Conejos, 2017), narra las estrategias que adopta el personaje y narrador de este relato para sobreponerse al abandono.

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Si las gallinas comen ruda, ponen más huevos.

(Dr. Leo Manfred, Siete mil recetas botánicas a
base de mil trescientas plantas medicinales)

 

Agustina me citó en un café a las siete de la tarde. Llegó ocho menos veinte con el pelo suelto, un perfume que no le conocía, jeans ajustados y tacos altos. Me saludó con un piquito y un qué hacés. Pidió un cortado y, sin más preámbulos, mientras buscaba algo en su cartera, dijo que estaba confundida y que necesitaba un tiempo. Siguió revolviendo hasta dar con un espejito que apoyó sobre la mesa, cerró la cartera y la colgó en el respaldo de su silla. Se paró para hacerle señas al mozo, dijo este boludo cómo tarda, me miró y sonrió. Después, mientras se miraba en el espejito y con un dedo se peinaba las cejas, dijo sabés, el tema son los espacios, yo necesito ordenarme. Como en un análisis de mercado, en su boca fueron apareciendo las palabras ciclos, crisis, dinámicas. Yo la escuchaba y pensaba no está siendo muy original, pero qué importaba, es sabido que en boca de una mina cierta clase de lugares comunes son letales. “Estoy confundida”, por ejemplo, significa que perdiste.

A los tres días me enteré que estaba con otro tipo. La llamé.

– No sabía cómo decírtelo –dijo–. El otro día no pude. En realidad hace meses que hay onda, además nosotros…

– onda –la interrumpí–, ¿me podrías definir onda?

Estuvo a punto de hablar, pero no lo hizo. Yo me quedé esperando que dijera algo. Quería escucharla, necesitaba oír lo que había preparado para ese momento, excusas de manual como las que me había dicho en el café, una mentira más o menos convincente. Pero no. Decidió no decir nada. Yo pensé en repetir la pregunta, no tenés nada para decirme, hasta pensé en preguntarle si en ese momento estaba con él, pero al final me salió:

–   hace diez días me decías mi amor.

– ay, Mauri, no me la hagas difícil. No estábamos bien, yo necesitaba un cambio, sentirme deseada otra vez, y Ezequiel es un tipo avasallante…

Corté.

Avasallante.

Hay muchas palabras. Miles. Pero, avasallante. Una palabra totalmente ajena al vocabulario de Agustina. Una palabra de mierda, una de esas palabras que no se sabe para qué existen, que no son dichas por nadie y que cuando uno las encuentra en los libros se siente molesto por su fealdad. Pero además en boca de Agustina, utilizada con tal grado de impunidad y para definir nada menos que al tipo por el que me había dejado, se transformaba en toda una institución. Avasallante. Ni bien corté, supe que esa palabra no me dejaría dormir por un buen tiempo.

La semana siguiente la viví en estado catatónico. En el laburo me olvidé de ajustar el eje de acero en el que estaba trabajando y me aplastó dos dedos contra la bancada del torno. Todavía no me explico cómo no me los arrancó. Mi jefe se asustó y me llevó al sanatorio en su auto. Por el camino me dijo que los muchachos algo le habían contado, y no paró de hablar, de hacerme preguntas. A mí me latían los dedos. Me hicieron unas placas y dijeron que no había fractura. Tiene suerte amigo, dijo el médico.

Después mi jefe me llevó a casa. Al estacionar me palmeó el hombro, dijo que sabía por lo que estaba pasando y que lo mejor en esos casos era apelar al humor: vaya al cine, elija una buena comedia, ríase un poco. ¿Qué le habría dicho yo para que me saliera con eso? Al final dijo cualquier cosita no lo dude, sabe que siempre puede contar con nosotros; ahora vaya y descanse. No era idiota el tipo, sabía que si me dejaba prender una máquina en ese estado, esta vez como mínimo perdería un brazo.

Los días siguientes experimenté la nada. Pude sentir cómo la nada me invadía y se adueñaba de mí. No hice nada, no pensé en nada, de hecho creo que no comí nada. No me bañé. No me afeité. No hablé con nadie. Pasaba horas enteras sin moverme. Me sentaba en el comedor, prendía la tele y me quedaba ahí, igual que Pink en The Wall, sólo que yo, a diferencia de él, no pensaba, no recordaba, no sentía nostalgia ni renegaba de la vida. Es probable que haya alcanzado el nirvana. Tenía conciencia del tiempo que pasaba porque cada tanto, en un acto reflejo, miraba la hora. Entonces me paraba y me iba al baño, me sentaba en el inodoro y otra vez lo mismo. Supongo que por momentos dormiría. Supongo. Porque a la cama no iba. El dormitorio era territorio prohibido. No podía entrar: había cosas de Agustina. Sobre la mesita de noche, una crema para manos y una vinchita elástica que solía usar cuando íbamos a correr. En la repisa, entre mis discos y mis libros, un muñequito de peluche: Snoopy en pijamas. Y lo peor de todo, al pie de la cama, unas pantuflas de raso estampado, con florcitas bordadas y un moño rosa, que no soportaba ver pero tampoco tenía fuerzas para tirar. Así que cerré, escribí “Clausurado” en un papelito y lo pegué con cinta adhesiva en la puerta.

A partir del lunes siguiente fue todo lo contrario. Volví al trabajo y era un cable pelado. Mis compañeros se asustaban cuando los saludaba porque les daba corriente. ¡Eh, loco, qué te pasa!, decían. A mí me gustaba. Laburaba todo el día y no me cansaba, llegaba a casa y me ponía a limpiar; en dos minutos junté las cosas de Agustina, las puse en una caja y las tiré; después pinté el dormitorio, de blanco, nada de duraznos o turquesas, tapicé la sillas del comedor, enmarqué unos pósters que había comprado hacía tiempo, froté los accesorios de baño y pulí los picaportes, corté el pasto, preparé dos kilos de milanesas, lavé toda mi ropa a mano, planché. Iba a mil y estaba cero kilómetro. Así, hasta que una noche, a las dos de la mañana, después de haber encerado todos los pisos, me tiré un rato en la cama y me quedé dormido. Hacía tres días que no pegaba un ojo. Cuando me desperté, estaba duro. De reojo miré el despertador y vi que eran las ocho menos cinco. En media hora entraba al taller. Intenté un mínimo movimiento para salir del hueco de la cama y sentí como si me hubieran atravesado la columna con una sierra. Qué es esto, pensé. No podía mover un milímetro el cuello; la cintura, ni hablar. Tenía una conciencia rotunda de cada una de mis vértebras, todas dolían distinto, como si tuvieran personalidad. Colapsé, pensaba, es el fin. Para llamar a un médico tenía que llegar hasta el teléfono, que estaba en el comedor. También tenía que avisar al trabajo. “No es bueno que el hombre esté solo”, había dicho Jehová. Volví a intentar un movimiento, con la esperanza de poder sentarme. Imposible. Sufriendo como un condenado, no lograba despegar la espalda más de dos centímetros de la cama. El dolor era tan fuerte que me hacía reír. Y al reírme más me dolía. Nunca había sentido un dolor así, tan absoluto que no había dejado rinconcito de mi cuerpo sin tomar, y no podía parar de reírme. Después de varios intentos frustrados descubrí que mientras mantuviera inmóviles la espalda y el cuello, y me concentrara en no arquearlos, es decir, si me movía como si fuera de una pieza, podía girar hacia los lados sin mayores molestias. Era un progreso. Ahora podía mirar la pared recién pintada, y, si quería, con mucho cuidado, podía girar hacia el otro lado para ver la ventana, que estaba cerrada, y también el equipo de música, que estaba a dos pasos, o sea, a unos treinta centímetros del alcance de mi mano. Recordé lo que me decía mamá cuando de chico me dolía una muela o el oído: pensá en cosas lindas. Con ella sentada a mi lado, la cosa resultaba. Pero ahora… Traté de pensar en algo lindo y se me fueron hasta las ganas de reírme. Me deprimí, tomé conciencia de mi depresión y de por qué estaba como estaba; repasé los últimos años de mi vida tratando de encontrar algo que no me hiciera sufrir, y lo único, o, mejor dicho, todo lo que recordaba empezaba y terminaba en Agustina. En Agustina y su belleza, en Agustina y su boca, en Agustina y su pelo, en el lunar de Agustina, en el culo de Agustina, en la puta de Agustina. No podía pensar en otra cosa, no entraba otra mina en mi imaginación, no podía ser, estaba enfermo. Ni siquiera en Nancy Dupláa me podía concentrar. Igual hice el intento. Nancy, Nancy, repetí como un mantra. Cerré los ojos y traté de visualizarla. La vestí. La desvestí. La pellizqué un poquito por acá. La mordí un poquito por allá. Se podría decir que en cierto sentido la técnica sirvió: me distraje tanto que me olvidé para qué había empezado a hacer esa boludez y me quedé dormido. Cuando abrí los ojos, miré el reloj y vi que eran la diez menos veinte. Por instinto, me senté en la cama con el único pensamiento de que había faltado al trabajo. La puntada en la espalda me hizo recordar. Con mucho cuidado me pude parar, y con pasitos de viejo caminé hasta el teléfono.

La tarde de ese día, cuando el dolor empezó a aflojar gracias a las tres ampollas de corticoides que me inyectaron, dije basta Mauri, no podés seguir así. Me afeité, me bañé, salí a comprar ropa, fui a la peluquería y me hice un corte de pelo espantoso con unas mechitas rubias, me regalé un buen perfume y decidí irme unos días a Entre Ríos, a visitar a mis viejos y mis amigos. También me compré un cuaderno, uno grande, anillado, de doscientas hojas. Me pareció que era un buen momento para rescatar y volver a poner en circulación aquella idea de escribir una novela que por distintos motivos había resignado. Quizás allá, tranquilo, a orillas de un arroyo… Era tan alto mi optimismo súbito, que de última si no se da así no me preocupa, pensé, puedo dibujar árboles o vacas pastando, o diseñar estrategias para un futuro promisorio. Destilaba buen humor, mi corazón retozaba como un rebaño de cabritos. Era otro. Abrí el cuaderno y escribí despacio, dibujando la curva de cada letra: “Estrategias para un futuro promisorio”. Al final puse dos puntos y en el renglón siguiente escribí un 1).

Era viernes. Saqué el pasaje para la mañana del sábado a primera hora.

Me asaltaron en Retiro.

“Milanesas de lomo y flan casero de postre”, había dicho mamá que prepararía para recibirme. Me senté en el piso de la terminal, apoyado contra una columna, y me quedé a esperar que llegara una vida mejor.

Cuando recuperé las ganas de putear hice un repaso de las pérdidas. Junto con la mochila, se habían ido la billetera, la tarjeta de crédito, el documento que había renovado hacía dos meses, el boleto de micro, el celular, los anteojos para leer, un paquete de cigarrillos, tres libros, una foto de Nancy Duplaá, dos calzoncillos a estrenar, una caja de forros texturados. Mi ropa nueva. Mi perfume nuevo. El cuaderno anillado donde pensaba proyectar mi futuro promisorio. El monedero también. Lo único que tenía en los bolsillos del pantalón era el encendedor y un pañito que siempre llevo para limpiar los anteojos. No me dio la cara ni el ánimo para pedir cinco o diez centavos a la gente que pasaba, y juntar así para el boleto de un colectivo. Sin proponerme en principio ningún rumbo fijo, me puse a caminar. Con la mente en blanco, contaba las cuadras que iba dejando atrás. Sesenta y dos y media conté hasta dar con la puerta de la casa de tía Norma, que gracias a Dios estaba y me dio las monedas para volver a Loma Hermosa. Igual no se privó de decirme que era un boludo: “cualquier opa sabe que en Retiro no hay que distraerse”, me dijo.

Cuando llegué a casa y llamé a mamá para contarle lo que me había pasado, me dijo que de alguna manera se lo esperaba: “es evidente Mauri que vos atraés la desgracia”. Yo no pude articular ninguna clase de respuesta ni de pensamiento, y cuando cortamos me sentí solo y con miedo, la casa se había vuelto extraña y aunque hacían veintiocho grados, tenía frío. Prendí la estufa y me metí en la cama.

Ya no me daba la cabeza para pensar y preguntarme cómo me sentía realmente; deducía que debía estar muy mal, puesto que todo el mundo quería ayudarme. Sin ir más lejos, Oscar, un compañero de trabajo, me regaló una planta de ruda. Como me conocía, dijo que no importaba si yo creía o no en las virtudes de la planta, ella igual haría lo suyo. Lo que Oscar no tuvo en cuenta fue que mi fe era tan pobre como mi espíritu naturista: me olvidé de regarla y la ruda se secó.

Me sentí un engendro, en deuda con Oscar y con las rudas en general, así que ese mismo día fui al vivero del barrio a comprar otra. Compré también una linda maceta artesanal, transplanté la ruda y la puse como centro de mesa, debajo de una carpetita tejida por mi abuela Lidia. Ahí tendría sol por las mañanas y yo podría verla al volver del trabajo y acordarme de regarla. Con los días me fui encariñando y ella al parecer también: en tres semanas alcanzó los cuarenta centímetros y su olor inundaba toda la casa. Yo seguía sin creer en sus poderes, pero ya la quería y la cuidaba con verdadero interés. La llamé Rita, y empecé a hablar con ella.

Días después, encontré en una enciclopedia que ya Hipócrates hablaba de las virtudes de la ruda, y que los pintores de la antigüedad la comían en ensaladas, pues aseguraban que fortalecía la vista. Busqué más información en Internet y todos los artículos coincidían en que la Ruta Graveolens era un potente abortivo, calmaba los nervios y los calambres, era rica en vitamina C, antiespasmódica y evitaba los ataques de epilepsia. En las páginas de orientación esotérica alababan sus virtudes como abrecaminos y alejadora de la negatividad.

Decidí probar: por las tardes, cuando llegaba del taller, le arrancaba a Rita unas hojas, me hacía un té y me sentaba a charlar con ella. Al tercer día tuve que reconocer que Rita me calmaba. Promediando el té me sentía más relajado, y al terminarlo ya estaba reconciliado con la vida.

Una noche, mientras preparaba la cena, sentí un súbito escalofrío en la espalda. Dejé todo y me quedé quieto para prestar atención. Silencio. Comprendí entonces que si yo no estaba en movimiento, en mi casa no se oía ni siquiera el tic-tac de un reloj. No me gustó el descubrimiento. Se me ocurrió poner música, hacía mucho que no escuchaba otra cosa que la radio del trabajo, que ni siquiera programaba yo. Caminé hasta la repisa donde estaban los discos y fue ahí que volví a toparme con ella. No eran muchos los CD que había dejado, pero esos tres o cuatro bastaron. Los saqué enseguida con la idea de tirarlos, pero no me pude aguantar de abrirlos para ver si tenían algo escrito, algún papel suelto con esos corazoncitos con patas que ella solía dibujar. No había nada, pero igual surtieron efecto, porque pensé que tal vez en ese mismo momento se estaría duchando mientras escuchaba a Ricardo Arjona a todo volumen, como le gustaba. O a Carlos Ponce. Le gustaba lo peor de Puerto Rico, lo peor de Guatemala, lo peor de Cuba. Y también le gustaba cantarlos. Era tan mala que lograba empeorar esas canciones. Yo le decía que tenía el mérito de haber inventado la música monotonal. No sé cómo hacía, pero podía cantar canciones completas sin cambiar de nota. En teoría eso es imposible, pero para ella era natural, y, de hecho, lo único que le salía. Así, pensando, imaginándola en la ducha, me encontré pronunciando su nombre, como si recién lo hubiera descubierto, como si frente a mis ojos hubieran puesto un letrero luminoso con la palabra clave de mi vida y yo, extasiado, la leyera en voz alta. La repetí, letra por letra. Y se me ocurrió llamarla. En ese momento me llegó una violenta ráfaga del inconfundible olor de Rita. Pensé que podía ser un intento de protegerme, como si se esforzara por decirme algo. Pero la ignoré.

Tiene que ser ya, Mauri –me dije–. Confiá en el impulso y marcá. Llamala ya. ¿Adónde? ¿Al fijo o al celular? En el fijo por ahí te atiende el hermano y se caga de risa al escuchar tu voz, o la madre, y te pide disculpas o te habla durante una hora de las maravillosas virtudes de la hija, como hacía siempre y como si nada hubiera pasado. Mejor llamala al celular. ¿Qué hora es? Las nueve y veinte. Jueves. ¿Los jueves no va a yoga? No, había cambiado a los miércoles. Probá. Con probar. Si no atiende la llamás más tarde, o le dejás un mensaje, le decís que mañana… No, mejor mensajes no. Pero supongamos que atienda. Qué le decís. Qué le digo. No importa, le decís hola, y después lo que vaya saliendo. Quizás ella suele pensar en vos, quizás hasta algunas veces tiene ganas de llamarte, de saber cómo estás, incluso quizá esté arrepentida, tal vez quiere volver con vos pero no se anima a llamarte… Y entonces tu llamado se transforma para ella en algo milagroso… y va a ser toda oídos, intrigada y ansiosa por escucharte…

Agarré el teléfono y empecé a marcar. Y mientras estaba marcando me cayó la ficha de Avasallante. Hasta entonces no lo había tenido en cuenta. ¿Y si está con él? –me pregunté–. Capaz que están cocinando juntos, haciendo verduritas salteadas al wok, medio desnudos mientras picotean tostaditas con paté. No importa, me dije, le preguntás si puede hablar, le decís que es un minuto. O no, si te das cuenta que está con él, mejor cortás. Qué más da, si no llamás cómo podés saber…

En medio de ese enredo, caminando de acá para allá, proponiendo y descartando, preguntando y contestándome y a punto de golpearme la cabeza con el tubo del teléfono, me encontré parado frente a Rita y la miré. Es decir: la vi. Me detuve a mirarla como nunca antes la había mirado: observé la robustez de su base, seguí el tallo en toda su extensión, me detuve en sus extrañas hojas oblongas y brillosas y sentí, sobre todo sentí, su balsámica hediondez. Apoyé el teléfono sobre la mesa, fui hasta la cocina y llené una jarrita con agua.

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