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La revuelta de Kierkegaard

Adelanto del primer capítulo del libro Kierkegaard, de Patricia Dip, séptimo volumen de la colección La revuelta filosófica (Galerna, 2018).

KIERKEGAARD

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En sus escritos juveniles, el pensador italiano Antonio Gramsci sostiene que el colectivismo es una forma de organización política y económica que lejos de enfrentarse al individualismo burgués asume sus premisas esenciales, el sentido de la propia responsabilidad, el espíritu de iniciativa, el respeto a los demás hombres y la convicción de que la única garantía de la libertad personal es la libertad para todos. Probablemente la filosofía de Søren Kierkegaard represente lo mejor del individualismo burgués.

Kierkegaard produce su obra en una época de florecimiento de las letras en la provinciana Dinamarca del siglo XIX. Su espíritu incisivo e irónico se pone de manifiesto desde temprano y se expresa de modo contundente hacia el final de su vida, cuando se manifiesta públicamente en contra de la Iglesia oficial danesa. Desde el punto de vista social, la revuelta filosófica del escritor danés gira en torno a la denuncia contra el aburguesamiento de las costumbres y busca llamar la atención respecto de la exigencia moral que el verdadero cristianismo supone. Desde el punto de vista filosófico, esta denuncia es desplegada a partir del enfrentamiento al idealismo hegeliano, debido a la incapacidad de la especulación para dar cuenta del carácter dilemático de la existencia humana que la ética representa. Por último, desde el punto de vista literario, el danés hace uso de una serie de recursos que le permiten convertir a la filosofía en una cuestión personal para aquellos que intentan encontrar una respuesta al problema que ya la ética aristotélica concebía como fundamental: qué forma de vida se debe seguir para alcanzar la felicidad.

La literatura y la filosofía constituyen los pilares formales del discurso kierkegaardiano, cuyo contenido último es la paradoja de la fe o, en términos contemporáneos, la naturaleza pasional de nuestras creencias. Los pseudónimos, la tematización de la autoría, la necesidad de la comunicación indirecta son todos indicios de esta íntima relación no considerada por el aparato cultural de la filosofía sistemática. La revuelta de Kierkegaard es ante todo un gesto de repudio contra el sistema.[1] El método que utiliza para expresarlo es el psicológico. De allí que en su primera obra publicada, O lo uno o lo otro (1843), el filósofo se ocupe de la constitución de la personalidad a partir de un relato ficcional dirigido al individuo particular. La alternativa que se menciona en el título confronta al individuo consigo mismo. En torno a la categoría de “individuo” (den enkelte) se construye un discurso literario con el objeto de describir la psicología del carácter. Al igual que en el pensamiento de Friedrich Nietzsche, psicología y moral se complementan.

Al individuo no le preocupa la identidad entre el pensamiento y el ser defendida por la filosofía moderna desde Descartes a Hegel, sino la comprensión de sí mismo, o en términos que aparecerán más tarde, cómo ha de amar. En Las obras del amor (1847) es introducida la contraparte del individuo, el prójimo. Este “segundo yo” se presenta como la medida moral de la subjetividad. En este sentido, la elección personal consiste en o bien comprender al otro como una demanda de acción, el deber de amarlo, o bien desentenderse de esta urgencia. Ahora bien, la comprensión del otro exige necesariamente la auto-comprensión de la que se ocupa la psicología de Kierkegaard haciendo hincapié en los aspectos oscuros de la conciencia, lo que algunos han entendido en términos de “fenómenos negativos”, como son la melancolía, la angustia y la desesperación.

Estos fenómenos dan cuenta de la opacidad de la conciencia, de su incapacidad para volverse completamente transparente ante sí misma. En O lo uno o lo otro se describe el recorrido fenomenológico que esta comienza a realizar con el fin de comprenderse a sí misma a partir de la relación con su objeto. La conciencia que “desea” (attraa) no puede escapar a la inmediatez del instante. Y aunque el deseo se transforme en seducción, el objeto que determina a la conciencia le es ajeno. Tanto el deseo como la seducción responden a un modo estético de existencia. La comprensión efectiva del propio yo solo se realiza al abandonar la perspectiva estética. Es “el querer” la inmediatez lo que la transforma, pues el hecho de aceptarse a sí mismo en el marco de las contradicciones de la existencia estética posibilita la resignificación del propio ser en términos éticos. Cuando la ética es introducida, la multiplicad propia del deseo adquiere una dirección. Sin embargo, el fracaso del ego que no es capaz de fundarse a sí mismo, como pretendiera el cartesianismo, se pone de manifiesto en La enfermedad mortal (1849), donde la conciencia se confronta con un poder que la trasciende. Si en O lo uno o lo otro se comprueba la imposibilidad de darle sentido a la existencia en el plano de la mera inmediatez, y se ofrece por lo tanto un correctivo ético a partir de la elección de sí mismo, en La enfermedad mortal se ponen en evidencia los límites del cuestionamiento ético al proceder estético con la introducción de la noción de “for Gud”. “Delante de Dios” los conceptos éticos muestran sus límites precisos.[2]

El pilar filosófico que se funda en las descripciones psicológicas no agota las preocupaciones de Kierkegaard. El danés no es indiferente a la literatura, como lo pone en evidencia una obra en la que múltiples personalidades pseudónimas están en busca de la identidad de un autor. La cuestión de la autoría[3] es desde el punto de vista estético un tema central que no se desarrolla exclusivamente de manera teórica sino de modo intertextual. Los textos y las diversas identidades forman parte de una trama implícita cuyo desenlace es incierto. La revuelta contra el pensamiento sistemático se organiza a partir de la estrategia de la comunicación indirecta, que le permite a Kierkegaard fusionar los intereses de la filosofía y la literatura en la elaboración de un discurso psicológico de naturaleza ficcional cuyo fundamento último es la comicidad. La construcción del dramático relato de Abraham en el que distintas versiones de la historia son consideradas, el intercambio epistolar entre el juez y el supuesto esteta,[4] las alusiones a la mitología y la dramaturgia danesa colocan a Kierkegaard en un terreno nuevo para la filosofía, el de la conciencia de la propia producción. Esta conciencia se aleja del examen de sí mismo realizado por los filósofos de la modernidad, no se expresa en un discurso del método sino en un plano ficcional. La filosofía se vuelve ficción en la pluma de Kierkegaard, y que la imaginación ingrese en el sacrosanto templo de los conceptos no puede dejar de tener consecuencias. Una de ellas es la relativización del valor teórico del pensar o en todo caso, como diría Nietzsche, la pregunta por el valor de la teoría. Esto impulsa al escritor danés a utilizar la máscara de la ironía. La revuelta de Kierkegaard es la de la máscara. Y ello lo coloca junto a Marx, Nietzsche y Freud en el escenario de los maestros de la sospecha o, en términos más bien políticos, en el de los teóricos contemporáneos de la ideología.

 


[1] En relación con la oposición al pensamiento sistemático, Kierkegaard reconoce dos fuentes de inspiración, la originalidad del genio filosófico de Johann Georg Hamann y la elocuencia del filósofo Friedrich Heinrich Jacobi.

[2] El progreso de la conciencia en la comprensión de sí misma se explica en el marco de los estadios o esferas de la existencia (estético-ético-religioso). En el primer estadio el individuo vive de manera inmediata guiado solamente por el deseo. En el segundo estadio, junto con la ética se introduce una tarea que organiza la vida inmediata del individuo. Por último, con el estadio religioso y la conciencia del pecado el individuo comprende que cualquier intento de desarrollar su vida alejado de Dios lo conduce a la desesperación. Este progreso de la conciencia, no obstante, no es un fenómeno automático, pues el pasaje de un estadio a otro de la existencia no se produce de manera necesaria sino que implica el ejercicio de la libertad humana.

[3] La noción de “autoría” hace referencia a la conciencia que el propio Kierkegaard tuvo de su obra, la que formuló distinguiendo los escritos estéticos de los edificantes, el discurso directo y el indirecto y la pseudonimia. Los pseudónimos, autores de muchos libros de Kierkegaard, representan un eslabón fundamental de la “conciencia del autor”, que como escritor reflexiona sobre el sentido de su escritura en el seno de la misma producción.

[4] Con la publicación de O lo uno o lo otro comienza la producción filosófico-literaria de Kierkegaard, compuesta por sus diarios, escritos de carácter edificante, textos firmados con su propio nombre y obras adjudicadas por el autor a diversos pseudónimos. O lo uno o lo otro no fue firmada por el propio Kierkegaard. Victor Eremita, personaje de ficción que el danés introduce como editor, nos explica que en un secreter ha encontrado varios papeles que decide publicar. Estos son los papeles de A, que forman la primera parte de O lo uno o lo otro, y los papeles de B, que consisten en dos cartas y un ultimátum que B, un hombre casado, asesor de los tribunales, al que popularmente se lo conoce como el juez Wilhelm, le dirige a A. Los papeles de A son identificados con la concepción estética de la existencia, mientras que los papeles de B con la concepción ética. Cuando a lo largo de este libro mencionamos al juez y al esteta, tenemos en mente la distinción entre la vida estética y la ética introducida en O lo uno o lo otro.

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