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Por eso venían las palomas

Edgardo Scott, autor de Luto (Emecé, 2017), su última novela, nos presenta este relato en donde el narrador, a punto de abandonar el departamento en donde vivió once años, descubre una verdad, la que le da título al relato.

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Para Ari, antes y después

 

A punto de abandonar este departamento en el que viví por once años, aún quedan misterios. Por ejemplo, las palomas. Aunque las palomas nunca habían sido un misterio para mí; al menos durante once años no lo fueron. Fueron sobre todo una muda repetición, una ligera, casi inadvertida incomodidad también –¿una distracción?–, ese tipo de incomodidades o distracciones que si se posee un temperamento no muy ansioso, se puede dejar a un costado; esa clase de manías con las que se puede pactar o convivir sin mayores problemas. Porque sería impreciso decir que se las soporta. Decir eso ya sería adjudicarles una violencia impropia e inmerecida. Las palomas fueron para mí durante estos once años una torpeza más de la realidad, una periódica, anestesiada o indiferente mueca de disgusto. En verdad, ahora que me detengo en esto, todo se lo podría explicar o definir mejor por su contrario, por esa tendencia que el espíritu a veces muestra hacia la perfección o como quiera que se llame; ese anhelo de absoluto y plenitud –y poder– que invade a ciertas personas (yo entre ellas, claro), que, en mi caso, puede irrumpir de manera intensa y pasajera. Es sólo considerando ese absoluto, a la luz de ese ideal que para mí, dado a elegir, sería mejor que no hubiera palomas. Si se pudiera elegir como elige un Dios –pero nadie elige así, por supuesto– que hubiera o no palomas, probablemente yo elegiría eso. ¿Y por qué? Porque las palomas no son agradables ni interesantes ni, mucho menos, tiernas para mí. No encuentro ningún atributo valioso en ellas. No encuentro nada placentero ni entretenido ni inspirador en contemplar su aspecto, sus movimientos, sus hábitos. Los pájaros domésticos (los canarios, los jilgueros, los cardenales), acaso por su tamaño e indefensión, por su fragilidad, despiertan o inspiran protección, cuidado. Y cuidar algo frágil –ya lo enseñó no sin solemnidad y redundancia el adorable y traumado principito– es una condición del amor. ¿O será el amor mismo, a secas? No viene al caso. Y si cuidar algo (algo que no fuera tan frágil) ya es amar, cuidar algo frágil representaría, deduzco, una suerte de grado mayor del amor, un grado supremo del amor. Así como destruir algo frágil e indefenso (como justamente alguno de esos pequeños pájaros) sería un acto de crueldad.

Pero las palomas no son esa clase de pájaros, no son ni frágiles ni domésticos. Son una fauna paradojal. Aves o pájaros salvajes aunque plenamente urbanos; se podría decir que es el pájaro típico de esta ciudad. El más numeroso. Antes quizá lo fueran los gorriones, pero ahora no. Lo que prevalece, la exigua fauna que domina el aire de la ciudad son estas palomas grises, azuladas, ennegrecidas. Hay quienes las ven como una plaga y las aborrecen. No me encuentro en ese grupo. Como dije al principio, las veo como una incomodidad, como una preferencia al revés, como un gusto al revés. Preferiría, sólo si fuera posible, que no existieran (que no existieran donde yo estoy, donde yo vivo, o donde pueda verlas); en realidad, en nada me molestaría –si dejara de verlas– que existieran en otro lugar; no me molestaría saber que las palomas –estas palomas– siguen existiendo en otro lado. No se trata de un animal o una especie que yo quisiera erradicar, como sí me ocurre con los mosquitos o con las serpientes –y con casi todos los reptiles–. Yo desearía que no hubiera ningún reptil sobre la faz de la tierra, ni grande ni chiquito, sin distinción (o sí, tal vez dejaría vivir a las tortugas, pero sólo a las pequeñas tortugas de tierra, las típicas tortugas que junto con los pájaros que mencioné antes, son poco menos que como gatos o perros, mascotas). A esas tortugas no logro considerarla reptiles. Pero a todos los demás reptiles me gustaría eliminarlos; que corrieran la suerte del tigre de Java, los mamuts, el rinoceronte negro.

Por otro lado, no me da asco mirar a las palomas, simplemente me aburre, y la intensidad de mi desagrado ni siquiera engendra o incita alguna pulsión morbosa. Se dirá que si no estuvieran o no las viera, las extrañaría. No lo creo. Hay cosas –estas palomas, por ejemplo– que bien se pueden perder u olvidar completamente. Y como ni siquiera establecí hacia ellas un sentimiento tan profundo, un afecto tan fuerte (positivo o negativo), bien podría dejar de verlas y no lo lamentaría, no extrañaría nada. Estoy seguro de esto porque cuando miro por la ventana y veo el alféizar vacío y el paisaje de la ciudad despejado, nunca me pregunto por las palomas, nunca me digo: dónde estarán, o, ah, si vinieran, si se posara al menos una. Tampoco digo, qué alivio. Las palomas no están, no vienen y yo no las extraño y tampoco lo celebro. No estoy pendiente de ellas. Sería injusto decir que las odio. Sería injusto e impreciso para ellas y para mí: para la relación, magra relación, pero relación al fin, entre ellas y yo. Y entonces sería injusto e impreciso para este relato. No se trata de eso.

El caso es que desde hace once años vivo en este departamento de un tercer piso, en este edificio, y soy testigo de la aparición –acaso como todo el mundo– una, dos, tres veces por día (quizá más, hay veces que no las registro), de cómo se posa alguna paloma sobre el alféizar de mi ventana o, como dije, veo detenida o móvil su breve y oscura silueta sobre el alféizar del ventiluz de la cocina (que tiene vidrios esmerilados, más opacos, al igual que el ventiluz del palier). Vivo hace once años en este edificio y así como convivo con los diferentes vecinos (es un edificio antiguo y grande y hay como siete departamentos por piso), convivo con las palomas, aunque hombre y bestia, como se sabe, habiten universos disímiles. Y no me molesta. Y hasta hace unos minutos, no había mucho más.

Hasta hace minutos, eso era todo sobre las palomas. Y estaba bien así. En verdad, las palomas no son aves dañinas o peligrosas; son un poco sucias, pero no me generan aprensión. Aunque hubo un día en que una pegó contra el vidrio de la ventana (desorientada, asustada, quién sabe) y eso, desde luego, primero me sobresaltó, pero después me hizo ponderar o especular acerca del problema que hubiera sido que rompiera y atravesara el vidrio. Y ahora que lo escribo, pienso también en el inconveniente posterior; porque si hubiera roto el vidrio tal vez hubiera caído ella misma dentro del ambiente, probablemente herida, y habría estado todo lleno de vidrios el piso y yo hubiera tenido encerrada en un ambiente no muy grande, a una paloma desesperada o moribunda, aleteando enloquecida. Pero eso lo pienso ahora, para este relato. Cuando se escribe, los detalles cobran una vida y una evidencia que no tenían en esa sustancia impura, siempre un poco más sorda, amortiguada o confusa que denominamos realidad. Pero fue esa vez –quizá haya habido alguna otra, que ya no recuerdo– la única vez en estos once años, en que las palomas dejaron de ser una mera y pasiva presencia exterior para convertirse en transitorias amenazas o al menos, para salir de esa zona neutral. Y podría haber vivido así por once años más, que es una manera de decir toda la vida. Porque en la ciudad hay palomas y todos tenemos alguna relación, más próxima o más distante, pero una relación al fin, con las palomas, que no tiene nada de interesante ni particular. Están incorporadas a nuestra vida, de esa manera habitual y mediocre, tácita; vivimos entre palomas y, sin embargo, ni siquiera vale la pena pensar o hablar de ellas.

Pero cuando hoy salí al palier, yendo hacia el ascensor, la vecina del departamento de enfrente (su puerta está justo frente a mi puerta), que ha sido mi vecina desde hace once años (ella ya vivía en el edificio –me contó una vez– desde que se casó, entonces su departamento y el edificio mismo eran flamantes), una mujer de unos setenta años, ama de casa, que vive con su marido, mucho mayor y deteriorado, estaba junto al ventiluz del palier, el que ilumina con luz natural al palier, pasando su mano a través de una de las franjas de vidrio rebatible y esmerilado, dejando caer un pedazo de miga, justo al lado de una paloma. Tan ensimismada y concentrada estaba la mujer en esa actividad, tan arrobada y envilecida estaba en alimentar a la paloma, que ni siquiera pareció advertir que yo estaba al lado suyo. Y eso me asombró tanto como el descubrimiento de que fuera ella entonces la que todos estos años seducía y atraía hacia nuestro piso a las palomas. De golpe accedía a la verdad y al ritual privado: la mujer hacía movimientos calculados, repetidos y silenciosos. En su mano izquierda, colgaba un pedazo grande e incompleto de pan. Y con su mano derecha pasaba del otro lado de la franja de vidrio opaco y esmerilado y dejaba caer algunas migas sobre el alféizar. La paloma picoteaba del alféizar, no de su mano. La mujer parecía en trance, en una escena de completa intimidad. Una escena privada en la que yo, sin embargo, ni siquiera era intruso, porque ella todavía parecía no haberme visto. Y si me había visto, o al menos advertido, era peor: porque no la distraía, no le importaba en absoluto.

Por eso venían las palomas, me dije. Ese era el motivo. Ese era el misterio. Un misterio, en verdad, posterior e imprevisto. Un misterio que yo nunca había considerado como tal, porque nunca me había generado ninguna intriga el hecho de que, día tras día, durante once años, esas palomas a veces se posaran en mi ventana.

Pero hay algo más, por alguna razón, esa mujer alimentando de manera furtiva y en trance a la paloma, me llenó de horror. Imaginé que podía ser capaz de cualquier cosa. Y mientras yo decidía volver a mi departamento y cerraba la puerta, ella seguía en lo suyo, con la boca entreabierta, una media sonrisa, sin verme ni saludarme, aun teniéndome al lado. Ahora pienso que quizá el miedo repentino fuera simplemente un efecto de mi error, de mi manera equivocada de percibir o juzgar la realidad. Sólo una parte de la realidad, es cierto, una parte insignificante podría decirse, pero, durante nada menos que once años. Los once años que yo había vivido en ese departamento y en los cuales nunca me había dado cuenta de que mi vecina alimentaba a las palomas. Nada menos que mi vecina más próxima. ¿Nunca la había visto, podía ser así realmente? Aunque la razón dijera que eso sería imposible, que sería más lógico que alguna vez sí la hubiera visto, aunque no lo hubiera retenido, o entonces no me hubiera impresionado tanto, que después habría sido yo el que condenó al olvido ese dato, el hecho es que yo no lo creo o no lo siento hoy así. Para mí, acabo de descubrir hace minutos esa otra dimensión, una verdad que antes no existía y que estuvo oculta y a mi alcance durante once años. Por eso corrí a escribirlo. Por eso y quizá para tranquilizarme y sacarme el miedo. Pero ahora que lo escribí compruebo que el miedo todavía no se ha ido ni se irá, que durará unas horas más; porque todavía no logro reponerme, todavía estoy nervioso, no salgo del tema, aunque la mujer hace rato haya vuelto a su departamento –miré por el ojo de la cerradura hace minutos–, y aunque ahora no haya ninguna paloma a la vista, ni sobre el alféizar de la ventana ni sobre el ventiluz de la cocina ni en el inmenso cielo celeste de la tarde.

Una última pregunta: ¿sabrá la mujer todo lo que pienso de las palomas? ¿Lo imaginará? Espero que no.

 

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