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Diario de 2005

Martín Glozman, autor de Documento de María (La Bestia Equilatera, 2017), entre otros libros, nos sorprende con dos fragmentos de un diario aún inédito.

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22-11-05

 

Verano, calor. Pensando alternativas para el verano.

Entre otras cosas las presiones de siempre, la deuda, con ganas de “redimirme”, salir del encierro, liquidar las deudas. Con ganas de escribir. Estaría bueno pensar una novela. ¿Qué novela podría escribir?

Más bien podría dedicarme a escribir relatos breves: quiero decir, crear personajes y situaciones.

Me interesa la voz femenina y su cuerpo.

Digo: la ciudad aburre, apesta, ya no hay nada sobre lo que escribir, ni qué hablar. Pero crear personajes con cierta intensidad, cierta densidad.

No hay muchas historias para contar, más que la densidad, intensidad, entrelazada entre las palabras y el cuerpo. Lo que se desea frente a un cuerpo desnudo, un cuerpo desnudo de mujer y el cuerpo de un hombre, la belleza de la carne que no se posee.

Hay tantas historias, tantas ficciones que plagan nuestra ciudad y toda nuestra comunicación.

Yo ya no tengo palabras, o ya no quiero hablar.

Hacer un taller durante el verano. Escribir, trabajar, y tener sexo. Reubicarme en el presente. Salir y entrar en los agujeros de la masa.

Perderse en la ficción, perderse en las historias, tramas por más banales que sean, es una forma del deseo de muerte. Dejar de estar.

En mi deseo de sexo hay siempre una distancia infranqueable hasta el cuerpo del otro. ¡Qué problema! La comunicación no se da como se les da a los otros. En la pérdida de la comunicación normal se produce un modo original de ver las cosas.

Cansador. Y una conciencia original de que el tiempo pasa. Se está siempre un poco afuera viendo las cosas como se ve al río que avanza.

Este año odié dar clases, sobre todo en la segunda parte. En la primera yo mismo fui un personaje pleno de una ficción, tratando de develar las cifras entre las que él era escrito. Un personaje con conciencia en el interior de un texto literario.

Una de las preguntas era si habría en ese texto también otros personajes con conciencia, o si acaso fuera el único. Quiero decir: un Truman Show propio, para cada uno. El manicomio, la cárcel, los tribunales, son en definitiva un límite externo, un límite del texto para la conciencia individual.

Odio el queso, la masa. Hay que desarmarla, salir de esa conciencia del todo.

Libertad, liberación. Liberarse. En el uso del cuerpo, en el uso de la palabra, en la recepción de la mirada. Nadar en el río mientras la corriente pasa.

 

5-

Multifamiliar

 

Voy a intentar escribir durante, como modo de participación.

Frases, palabras, personajes.

“Yo me doy cuenta, no como vidrio” habla una señora, preocupada, etc.

La verdad aquí está en las chicas, las chicas bellas, jóvenes. Al verlas parecen neutras, solo un gesto. El espacio abre a la sensibilidad. Es fácil enamorarse. Lo extraño, el momento de extrañeza comienza con la palabra. Chicas bellas y sensibles hablan de sí mismas, de su vida, de sus padres. Abren su subjetividad. Con la palabra ninguna me enamora. Sin embargo es bueno escucharlas.

 

Un padre habla de su hija. Quiere recuperarla. Un problema de adicción. Una mujer bella se sentó justo a mi lado. Se dificulta la escritura.

¿Cómo hacer con la crudeza en la mujer? Digo, el dolor, la verdad del dolor, o el desamparo.

Finalmente interrumpí la escritura. Escuché. En parte me sentí aburrido. La vida no muestra su cara, se esconde, se encierra. Algo no está pasando. Como experiencia: ¿qué pasaría si todos estuviéramos desnudos? Si pudiéramos mirar el cuerpo de los otros, simplemente mirar. Desnudo: desprovisto de telas, de ropas, sólo el cuerpo y la persona.

La última vez con Morocha: en un momento, estábamos tomando merca, comencé a sentir una angustia, o una sensación de despersonalización y sensación de muerto. No podía hablar, no tenía nada para decir más que la fría descripción de eso que sentía.

Comencé a sentirla lejos, lejana. Sólo podía mirarla como un cuerpo plano, distante; de ninguna forma podía entablar un contacto físico. En esa tensión podía haber tacto o placer. Empecé a sentir que mi malestar, mi energía inundaba la habitación, se desplegaba congelándolo todo. No sentía empatía con ella pero me sentía con culpa de la mente más que del corazón por sentir que yo estaba produciendo en ella angustia.

Racional. En realidad la veía a ella como alguien ajeno, diferente, de quien toda su vida, estar bien, mal, etc., me resultaba indiferente.

 

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