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Esta cosa salvaje

Florencia Abbate, autora de las novelas Magic Resort (Emecé, 2007) y El grito (Eduvim, 2016), entre otros libros, ha publicado recientemente Felices hasta que amanezca (Emecé, 2017), libro del que comparte con nosotros un vibrante relato.

NicoChiapperini[4]

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“Los rituales no fueron los previstos”.

María Moreno

 

En diciembre de 1997 me encargaron un libro sobre transexualidad. La mujer más brillante que conozco había comenzado a dirigir una colección titulada Minorías y el mío sería un libro de esa serie. Me lo encargó una mañana de sol rabioso, sentadas en una mesa del bar La Ópera. Sus manos sostenían un vaso de whisky con hielo y fue breve y directa.

—Entregámelo a principios de marzo y que no sea pura teoría, quiero que hagas investigación de campo.

Tenía veinte años y era la primera vez que me proponían cobrar por escribir un libro. Tres meses me parecía muy poco, pero estaba tan entusiasmada que sólo atiné a agradecerle y brindar, chocando contra su whisky el vasito de soda que me habían traído con el café. Ella me miró con reserva, como si disfrutara saber algo que yo en ese momento no pensé: tal vez que me esperaba una experiencia inolvidable.

Hacía muy poco que vivía sola por primera vez. Había logrado alquilar un PH en Palermo: Nicaragua 4442, 1er. piso. La entrada común era una antigua puerta de madera de dos hojas, al fondo estaba el departamento del vecino y a la derecha una breve escalera de mármol que conducía a mi casa. Confusión, el boliche de travestis en el que me presentaron a Nadia, quedaba casualmente a una cuadra. Funcionaba en el sótano de la disco Incógnito. La entrada salía veinte pesos pero por diez entrabas. Era un lugar bastante tranquilo, pasaban música electrónica y las chicas después se llevaban a los clientes a otros lados. Me parecía más normal que el boliche que estaba a la vuelta, Nave Jungla, un lugar regenteado por enanos y al cual mucha gente iba de ácido, toda una psicodelia que en plenos años 90 me resultaba anacrónica.

Apenas me mudé, el vecino de abajo vino a decirme que tuviera cuidado porque frente a nuestra puerta había un auto abandonado desde el que tiraban preservativos usados. Para el tipo todos los males del barrio eran culpa de las travestis. Más tarde me enteré de que se había unido a la Asociación de Asiduos Concurrentes a la Campaña del Desierto, un grupo de vecinos que se reunían en la plaza con ese nombre, a media cuadra de casa, y andaban juntando firmas para exigirle a la Legislatura de la Ciudad que erradicara a las travestis de Palermo. Otra vez subió a decirme alarmado que a través de las ventanas de mi cocina (donde Nadia y yo nos habíamos instalado a tomar unos mates después de la entrevista) se habían filtrado los gritos de “un” travesti y una nube de marihuana. Mientras hablaba, se asomaba a mi living y miraba alrededor de una manera que me pareció algo excéntrica, como si esperara sorprender a alguien espiando desde atrás de un sillón.

Me había imaginado ya que los vecinos no entenderían qué venían a hacer tantas travestis a la casa de una estudiante universitaria de clase media, a la que también visitaban otros amigos con tanta pinta de intelectuales que parecían remanentes de una civilización muerta. Así que primero no le di importancia, hasta que me amenazó con llamar al propietario para que “tomara medidas”, entonces temí que me aumentaran el alquiler y le aseguré que no tenía de qué preocuparse porque era temporario. Pero el tipo estaba tan obsesionado con el tema que un día se cruzó a mi tía Marta en el pasillo y le dijo de todo, convencido de que era una travesti.

De las ocho personas que entrevisté para el libro, Nadia era la que había venido a mi casa más veces. Su testimonio me importaba especialmente porque ella se definía como transexual y estaba ahorrando para hacerse la cirugía de reasignación de sexo. Además con Nadia tuvimos una empatía inmediata. Yo nunca fui muy calculadora para preguntar, y ella era el tipo de persona que da respuestas sinceras. Había nacido en La Rioja pero vivía y trabajaba en un pequeño departamento por la Facultad de Medicina. Lo alquilaban a medias con Alison, su gran amiga, que era diez años más chica que ella y trabajaba en Confusión.

Esa noche, a las once y cuarto, Nadia me tocó el portero eléctrico. Rogué que fuera una visita rápida porque estaba escribiendo y tenía planeado escribir toda la noche. Siempre escribía de noche, tomando Coca Cola y Cafiaspirinas, porque ese calor húmedo de enero me bajaba la presión y me aplastaba bastante. Abrí la puerta y vi que Nadia se cubría la nariz con la mano. Entró rápidamente diciendo que había perdido las llaves de su casa y que había ido a Confusión a pedirle a Alison las suyas, pero no estaba ahí ni atendía el celular. Se paró junto a la mesita del teléfono, estornudó y la tapa de Exsexo (un libro de Catherine Millot que me habían prestado para la investigación) quedó salpicada de sangre.

—Ir a Confusión es una pesadilla —me dijo—, las travestis me tienen harta. Cuando les digo que me quiero operar me dicen de todo: ¡Te vas a volver loca! ¡No vas a acabar! ¡Nunca vas a ser mujer! Ay, nena, qué coraje hay que tener para operarse. Porque las más discriminadas de todas son las operadas. Para la sociedad, por más que te operes sos un tipo, y para las travestis sos un puto castrado que para qué te operaste, para nada, y ahora no sos ni una cosa ni la otra. No pueden ser más básicas. Estoy enferma de tanta estupidez. Espero ardientemente que alguna cosa divina suceda.

Levantó la cabeza para ver si se le había cortado la hemorragia nasal. Sonó su celular y se llevó la mano al bolsillo del jean desteñido deseando que fuese Alison. Hizo una mueca de decepción.

—Alo. Hoy no sono posible. Perdí les chiaves. Domani en la noche. Veintiún horas… Es italiano —dijo cuando cortó—. Estoy harta de atender a los clientes. No quiero maquillarme. No quiero vestirme bien.  No quiero que me toquen. —Caminó hasta el sillón—. Además no puedo ir trabajar así. Es como si me hubieran apuñalado la nariz. —Se sentó y se sacó los zapatos—. Y tengo los pies hinchados, me duelen como una catástrofe, y agonizo de jaqueca. —Se echó hacia atrás y estirió sus largas piernas sobre la mesa ratona—. Ultimamente trabajo cuando veo que estoy de última, para pagar las facturas. Es un problema: ya no puedo ahorrar.

En una de las primeras entrevistas que le hice, Nadia me había mostrado el cofre en el que guardaba sus ahorros para operarse. Estaba a cargo de Alison, para evitar la tentación de gastarse la plata en otra cosa. Era una caja de puros en la que Alison atesoraba recetas y chucherías, así como un broche de camafeo que su madre le había regalado al cumplir quince. Aparte del valor sentimental, la imaginación de Alison le había conferido a aquel objeto un elevado valor de cambio. Cuando Nadia se ponía mal, Alison le decía: “No te preocupes, vendemos mi camafeo y nos vamos a Madrid”. Nunca hablaban de lo que harían cuando llegasen a Madrid, pero a las dos les hacía bien esa fantasía. Mientras tanto, Alison la ayudaba a ahorrar, pagaba el alquiler y hasta robaba maquillajes de Confusión para dárselos a Nadia. La admiraba como a una hermana mayor (ella había comenzado a travestirse hacía sólo un año) y cuando Nadia estaba triste le cantaba y le tocaba la guitarra.

Le pregunté si quería tomar algo.

—Bueno—dijo, y siguió con el tema del trabajo—: Imaginate que yo desde los trece trabajo de prostituta. A veces he tenido que atender a treinta tipos en una noche. Ya tengo la energía gastada. Alison todavía lo disfruta porque ella recién empieza. A mí también me parecía divertido cuando era pendeja. —Fui a la cocina. Lo único alcohólico que tenía era un vino que había traído un amigo. Lo abrí y mientras servía oí que me gritaba—: Igual empezar es difícil, no es que decís: ¡Qué suerte, voy a ser prostituta, el sueño de mi vida! No, una piensa: Ay, Dios mío, y bueno, si no me queda otra, qué voy a hacer… —Nadia se levantó y camino hasta la cocina—. Pero igual yo no tuve penetración hasta que cumplí diecisiete, y lo más lindo es que no fue con un cliente sino con alguien que siempre me había gustado. Cuando era chica quería conservar eso de no cobrar para la persona que yo quisiera. —Levantó la copa de la mesada, tomó un sorbo de vino y dejó que se deslizara por su garganta—. No cobrar era para mí como la virginidad para una mujer. Las otras travestis me cargaban: Andá, qué te hacés la mina, dejáte de joder. Dale, vamos a garronear. Garronear quiere decir tener sexo de onda—me aclaró—. Y yo decía: No, yo no, de ninguna manera.

Me cansé de buscar otra copa y me serví en un vaso. Con la vorágine de la escritura no había tenido tiempo de equipar mi nueva casa; me faltaba vajilla, instrumentos de limpieza, cortinas y estantes para acomodar los montones de libros que se apilaban en el suelo como refugiados. A Nadie la gustaba sentarse a conversar en la mesa de la cocina, que era el único rincón ordenado porque yo nunca cocinaba. Su teléfono volvió a sonar. Atendió y cuando cortó me dijo:

—De nuevo el veterinario, qué pesado.

El veterinario era el novio de Alison. Cuando cumplieron tres meses le había regalado a Pachi, un perrito hiperactivo. Nadia conjeturaba que tal vez Alison estuviese buscando a Pachi, que había huido del departamento la noche anterior (demasiado tumultuosa, según ella). Y el veterinario temía que su novia, con la excusa de tocar el timbre para preguntar por Pachi, se estuviese acostando con lo más selecto del barrio, porque era vox populi que Alison, con su frescura adolescente, su pecho planoy sus ojos azules que partían la tierra, se levantaba a los mejores especímenes de chongos habidos y por haber. Nadia comentó que el vetinario estaba fuerte pero que era muy celoso.

—Todos son posesivos. Las travestis me tienen harta y los tipos también. —Apoyó el celular en la mesa y lo empujó hacia mi lado—: Tomá, si llama de nuevo decile que me morí.

Tragó de un sorbo media copa de vino, se llevó una mano al corazón y me contó que el Turco la había dejado. Dijo que todo empezó cuando la llamaron para avisarle que su madre había muerto. La hermana le preguntó qué día podía llegar al entierro. Ella le contestó que pronto se lo comunicaría. Me miró fijamente con sus ojos oscuros, como si buscara una respuesta en los míos:

—¿Qué había que decir? Pasé toda la noche obnubilada.

No salió de su departamento, se deprimió y se dedicó a tomar vodka. Dos días después, atendió el teléfono.

—Era mi padre. Me dijo: Escuchame, Luis, te estuvimos esperando, pedazo de reventado, murió con tu foto en la mano. Yo le contesté: Lo siento, aquí no vive ningún Luis, y le colgué.

Pero Nadia quedó inconsolable, enferma de pena.

—Es que nosotras la queríamos mucho a mamá. Ya éramos las dos mariquitas desde chicas y ella siempre lo supo y nos defendía. Papá nos decía de todo: Qué va a pensar la gente, la vergüenza de la familia. Y mamá se peleaba muchísimo con él y siempre daba la cara ante todo el mundo. Decía: Son mis hijos, yo los amo… Antes era difícil ser marica en La Rioja, sabés, sufríamos mucho. Nosotras usábamos las cejas así desde los diez años, mi amor, así que imaginate lo que éramos.

Un mes después de la muerte de la madre apareció en Buenos Aires su prima Angelita.

—Cayó en el departamento diciendo que traía algo de mamá para mí: era una caja con la mitad de las cenizas. Ahora el Turco se enamoró de Angelita. Quiere casarse con ella y tener una familia, hijos.

Yo no recordaba haber cambiado más de diez palabras con el Turco, pero me parecía bastante desagradable y me molestaba la forma en que trataba a Nadia, como si fuera su esclava. Era un tipo que vendía autopartes de coches robados, y yo tenía la teoría de que el auto que estaba en la puerta de casa debía ser de su tropilla.

—No te perdiste nada—le dije—, te merecés alguien mejor.

Pero Nadia empezó a despotricar contra su prima Angelita: que se hacía la mosquita muerta, que la iba de inocente pero que era una víbora.

Fui a mi cuarto a buscar cigarrillos. Cuando volví, Nadia estaba en el balcón y hablaba sola, enojada.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?—le pregunté cuando entró, pero no tuve respuesta.

La seguí hasta el baño. Se inclinó sobre el lavatorio y se salpicó la cara con agua fría. Mientras se secaba, dijo:

—Voy a matar al Turco—. No dijo nada más, como si esperara a que yo le preguntase por qué, y como sólo la miré con incredulidad siguió—: No entiende nada. Mis palabras le entran por una oreja y le salen por la otra. Nunca va a entender nada salvo una navaja o una bala.

Salimos del baño y se sentó en el sillón, apesadumbrada. Puso los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos.

—El otro día oí que él le decía a Angelita que yo soy una puta vieja y que se había pegado a mí porque estaba en la ruina y no encontraba nada mejor.

—Qué pelotudo—le contesté—, si tenés veintiséis años. Yo siempre pensé lo contrario, que él era muy poco para vos. ¿Qué le ves?

—Es una pasión sexual—me respondió para cortar.

Encendí un cigarrillo e insistí en que el Turco no valía nada.

—Ya sé que es un sujeto presumido, bestia, vividor y atrevido. Pero te juro que hay momentos en que siento dolor en todo el cuerpo de tanta añoranza por ese hombre. Ultimamente me sorprendo recordando los buenos tiempos que pasé con el Turco. Es raro. Se borra lo malo y una piensa en las cosas buenas que tenían, en lo que te gustaba de ellos al principio. ¿Qué hago? ¿Me tiro por el balcón? ¿Sobredosis de barbitúricos? ¿Me doy una ducha fría?

Le pregunté si quería darse un baño de inmersión para relajarse un poco. Eso la entusiasmó.

Mientras abría las canillas de la bañadera, para cambiar de tema le pregunté por Alaska, una amiga a quien me había presentado en un pub. Era cantante, tenía una voz dulce y un temple imponente, no había forma de que no se dieran vuelta todos a mirarla cuando iba por la calle, a tal punto que su fantasía predilecta era imaginar las aventuras que viviría si fuera invisible.

—La extraño—dijo Nadia, que había entrado al baño—. Con Alaska nos peleábamos y al rato reaparecía como si nada hubiera pasado, abría las cortinas con chimes y torbellinos de novedades, era un radar de las últimas tendencias. —Giré, se estaba mirando en el espejo del botiquín—. Alaska siempre fue muy divertida. Yo no. A mí me cuesta divertirme. Siempre hay una sombra en mi sonrisa.

Le pregunté qué había pasado con Alaska.

—Murió—me dijo—. A veces, cuando estoy sola y harta de todo finjo que soy ella. Finjo que estoy cantando covers en un pub y me emociono.

Ensombrecida por la noticia, me acordé de que Alaska tenía la premonición de que moriría joven y no quería perder ni un momento de su vida.

—¡¿Qué premonición?! Es científico: tenemos una esperanza de vida de treinta y cinco años—dijo Nadia mientras yo vaciaba en el agua medio frasco de sales de baño. Suspiré y le di la razón.

Fui a apagar la computadora y aproveché para ordenar unos papeles y prender el ventilador de techo. Después le toqué la puerta para dejarle un toallón.

—Pasá, mi amor, pasá tranquila.

Nadia ya estaba en la bañadera, con los pies apoyados sobre el borde y una toallita empapada de agua fría en la nuca, para la jaqueca.

—Sentate que te cuento cosas—me dijo—, que te sirvan para el libro.

Me senté sobre la tapa del inodoro, un poco nerviosa.

—Cuando tenía trece años empecé a tomar hormonas y me salieron como tetitas, pero enseguida las dejé de tomar así que no me quedó mucho. Después me quería poner siliconas pero eran muy caras. A los dieciséis me decidí, y entonces iba a trabajar todos los días y ahorraba. Lo importante era no caer presa, porque si trabajaba un día y caía treinta días presa no podía ahorrar. Al final me alcanzó para ponerme un cuarto y un cuarto de silicona, y me quedaron unas tetas no muy grandes, pero lindas.

Tomó mi esponja violeta con forma de mano y empezó a enjabonarse los brazos.

—¡Qué esponjita feminista eh! —dijo de pronto y siguió—: Las caderas me las hice a los diecisiete, esto que ves acá es todo silicona inyectable. Me lo puso una travesti que supuestamente era ayudanta de un doctor, de un cirujano plástico, aunque hoy en día lo dudo mucho. Fui a su casa y me puso medio litro en cada lado. No tenía un solo mueble pero un espejo había. Y yo me levantaba, me miraba el culito y ella chocha. Me dijo que tenía que estar siete días reposando. Pero ningún siete días. Yo quería estrenar mis caderas, y ya al segundo día salí a trabajar. Todo mal: la silicona se fue para abajo. Pero mirá —dijo y se apretó los muslos de abajo de las nalgas por detrás de la espuma—, esto está muy firme y eso es lo que importa, ningún otro lugar puede indicar mejor la resistencia y el futuro de la carne en la mujer adulta.

Le sonreí. Nadia puso su mano con espuma sobre mi rodilla y dijo:

—Además hay cosas peores. Dios me dio un pene, ¿no te parece cruel?

Entonces empezó a preguntarse si hubiera podido retener al Turco si se hubiese operado antes. Yo le dije que aunque se hubiera operado, el Turco sería siempre el mismo energúmeno.

—Claro…—acotó condesdenciente, pero igual por un buen rato siguió dándole vueltas al tema: que tal vez él la había dejado por querer una vagina, que si hubiese tenido los cinco mil dólares para operarse, que por qué no se puso a ahorrar cuando era más joven, que alguna vez le habían surgido dudas de si valía la pena, que si concha sí, que si la concha no.

Yo percibía que no me gustaba del todo la idea de que Nadia se operara, pero lo registraba como un prejuicio mío. Me resultaba irritante vivir en una sociedad a la que le era tan difícil tolerar la ambigüedad, y por eso reivindicaba ideológicamente la “incongruencia” entre los genitales y el género como si fuera un valor en sí mismo, un bastión de resistencia o una apuesta por una cultura más libre en el futuro. También me daba un poco de miedo que Nadia se arrepintiera. Además siempre pensé que es mejor no conseguir lo que una cree desear más que nada en el mundo: es difícil que no se transforme en una decepción. Pero recordé que en la última entrevista le había dicho en un momento: “Es tonto pensar que una mujer se define por la vagina”; a lo cual me contestó: “No hables a la ligera”. Y yo cada tanto volvía a escuchar esa cinta y me criticaba a mí misma, y pensaba lo importante que es respetar los deseos conflictivos de cada quien y la esperanza de un cierto apaciguamiento.

Nadia se pasaba suavemente la piedra pómez por los talones.

—A mi amiga Betiana se la hicieron en Chile, ella nunca fue travesti y nunca trabajó en la calle. Antes de operarse era capataz en una fábrica de autos, pero después de operarse tuvo que dejar todo y se vino a vivir a un hotel en Flores, donde yo estaba alquilando. Una tarde me contó de la operación y pensé: Esto es para mí.

Estiró una pierna sobre el borde de la bañera y sonrió como acordándose de algo.

—Pero Betiana nunca me mostró nada. Era muy pudorosa. La que la me mostró fue Ornella. ¿Sabés cómo es? Todas las partes terminales del pene te las meten adentro. Te hacen una cavidad vaginal y te dejan en las paredes las capas nerviosas del pene para que tengas sensaciones. Los labios se hacen con eso de los testículos, ¿el escroto se llama? Y el clítoris te lo hacen con el pene. Ornella dice que ella no se humedece mucho por la vagina, pero sí se excita. Y yo sé que sensaciones hay porque cuando le sacaron las gasas me acuerdo que dijo: ¡Qué lindo, una cosquillita! Se puso contenta porque algo iba a sentir… Cuando vinimos de Chile, mirá lo que debe ser la ciencia, lo avanzada que está, el marido la tocaba y ella dice que sentía una calentura impresionante, que ya quería bajarse la bombacha y que la agarre ahí nomás. El doctor le dijo que tenía que estar veinte días sin tener relaciones, pero como te tenés que poner un vibrador para que no se cierre, ella, antes que el vibrador, a los diez días ya se ponía al marido. Yo nunca había visto una vagina tan de cerca, sabés, y la primera que vi fue una artificial. Le metí el dedo porque había que limpiar y puso cara de impresión porque apreté, y de repente se empezó a matar de risa: ¡Hija de puta, me hacés de todo!

Nos reímos a carcajadas.

Nadia hizo un gesto como para levantarse y yo salí del baño. Me quedé cortando queso en la cocina mientras ella se vestía.

—Me puse un poco de tu perfume—se disculpó cuando salió—, es que algunas travestis te dejan un olor horrible.

Fue directo al sillón a tirarse. Le pregunté si estaba cansada. Dijo que no, que recién era la una y que nunca se acostaba antes de la cinco. Por un momento me ofusqué, la noche ya estaba perdida para escribir. Nadia era muy intuitiva.

—Ay, capaz que vos querías escribir y te arruiné la noche—me gritó desde el living.

—No te preocupes—le respondí con sinceridad—, escribir no es tan genial, termino con dolor de cervicales y remordimiento de vampiro.

—Quedate tranquila que no pienso hablar más del Turco—me prometió—Lo mejor será olvidarlo.

Eso me encantaba de Nadia: su pragmatismo.

—Te uso el teléfono para llamar a Alison.

Se paró frente a la mesita del teléfono y llamó como treinta veces (la atendía el contestador), mientras hojeaba el libro de Millot. Después me dijo:

—Explicame qué dice este libro de nosotras. No entendí nada.

Saqué de adentro del libro una hojita con un resumen que había hecho y leí en voz alta: “El sujeto transexual rechaza el significante fálico en una operación que Lacan denominó forclusión del significante del Nombre del Padre. La forclusión sería el rechazo del acceso a lo simbólico a través de la metáfora paterna. Para Lacan, la forclusión del significante fálico es un mecanismo de la psicosis. La locura transexual consistiría en querer liberarse, no tanto del órgano, sino del significante que lo representa. Y por eso el transexualismo respondería al sueño de apartar, incluso de abolir, los límites que marcan la frontera donde comienza lo real”.

—¿Pero alguna vez hablaron con una de nosotras? ¿Con cuántas hablaron? —me preguntó azorada.

Le conté que había ido a un simposio en el que un psicoanalista exponía sobre el tema y que habló todo el tiempo sobre un “caso belga”.

—Tienen una idea muy abstracta—dije.

—Qué ganas de joderle la vida a la gente. ¿Por qué hablan mal al pedo?

Me limité a levantar los hombros con un gesto resignado.

—¿Y qué onda el simposio? —insistió.

—Un solemne montón de tonterías.

Serví más vino y nos sentamos en el sillón. Nadia había traído del baño un esmalte rojo. Se alegró de que sus pies ya no estuvieran tan hinchados, apoyó uno sobre la mesita y comenzó a pintarse. Junto a su pie había una pila de actas de juicios que yo había fotocopiado. Varios casos de mujeres travestis y trans a quienes les habían denegado el cambio de nombre en el documento.

—Te gusta martirizarme—dijo Nadia, mirando por encima.

Ella estaba al tanto de todo porque militaba en OTTRA (Organización de Travestis y Transexuales de Argentina), y junto con ALIT (Organización de Lucha por la Identidad Travesti) venían exigiendo una serie de derechos básicos. Puso una cara reconcentrada mientras pincelaba la uña chiquita con una maestría admirable, sin manchar los bordes.

—¿Cómo vas con el libro?

—Más o menos. Estoy atrasada.

Nadia levantó la vista y me clavó una mirada muy aguda.

—Yo te permitiría que me sacaras la cabeza para mirarla adentro y me la volvieras a enganchar, si eso les pudiera ser útil a las generaciones futuras. Toda mi vida he sufrido las mayores desilusiones por creer en los demás, pero soy básicamente una persona que no perdió la inocencia, por eso lucho. Quisiera que esto quede claro.

—Te prometo que lo voy a intentar.

Ya había terminado de pintarse, se sopló un par de veces las uñas y de pronto anunció:

—Necesito fumar. ¿Armamos un porrito?

Cuando le dije que no tenía nada, entró en shock.

—¡¿Nada de nada?!

—Nada.

La manera más fácil de conseguir cualquier droga era ir a Confusión, pero ella no quería volver a pisar ese lugar. De repente sus ojos se iluminaron.

—Me acordé de un contacto, pasame la cartera.

Del bolsillo de la cartera sacó una tarjeta con bordes dorados. Por encima de su hombro, leí: “Elías Bosch. Rey de los Enanos”. Dijo que trabajaba en Nave Jungla y conseguía buena mercadería. Abrió el celular y dialogó con la operadora de Nextel que le pasaría al enano el mensaje en su beeper. Directamente le dejó mi dirección. Mientras esperaba la respuesta, me contó que en Nave jungla Elías hacía un show de stripper pero que en realidad era un enano matemático que lograba memorizar ecuaciones demenciales. No sé si esto era cierto pero luego me resultó innegable que Elías poseía una cabeza especial. Le comenté que a mí no me gustaba para nada Nave Jungla, que me parecía bizarro. Nadia se metió un chicle en la boca y afirmó como quien dice una obviedad:

—Lo raro es una necesidad del ser humano.

Al poco rato Elías la llamó. Ya estaba en la puerta. Cuando bajamos a recibirlo, vimos que el pasillo se había llenado de agua que salía por abajo de la puerta de mi vecino, no a grandes caudales pero sí constantemente. Abrí y el enano entró al pasillo. Se llevó la mano izquierda al bolsillo y después le pasó a Nadia la piedra envuelta en nylon. Nadia le entregó el billete y se guardó la piedra. Pero luego ocurrió algo inesperado: lentamente, con minuciosas descripciones, como si estuviera exponiendo, Elías contó que en el baño de Nave Jungla alguien había lanzado un vómito rojo, que se trataba de un charco descomunal, que la sola idea de atravesarlo le parecía perturbadora, y que ya no podía continuar dilatando por más tiempo sus necesidades, razón por la cual nos quedaría infinitamente agradecido si éramos tan amables de dejarlo pasar al baño.

—Lo que revela la situación de los seres humanos en el universo—dijo Elías abriendo sus bracitos hacia arriba—es algo… desmoralizador, por no decir más.

Acodadas en la mesa de la cocina, muertas de calor, con Nadia nos bajábamos una jarra de agua con hielo y nos mirábamos atónitas al oír que desde el baño llegaba la voz de Elías cantando el tango Naranjo en flor.

—Todos tenemos nuestras rarezas—dijo ella.

Ella se entretuvo picando la piedra con un cuchillo y yo me dediqué a leer un libro de Judith Butler que tenía pendiente. En eso estábamos cuando sonó su teléfono: era Alison. Nadia se acercó a la ventana buscando mejor señal. Escuchó atentamente. Mientras Alison hablaba, Nadia repiqueteaba con las uñas sobre sus dientes, se agarró la cabeza con una mano, giró y se asomó a la ventana como si fuera a tirarse, volvió a girar para evitar el impulso, siempre con un gesto trágico, se dobló y se llevó la mano al vientre como si tuviera una puntada, todo en un minuto.

—¡Turco hijo de re mil putas! —gritó de pronto, y siguió en tono más bajo—: Mi amor, pobrecita… venite para acá, Nicaragua 4442, la casa de Florencia, la del libro, te paga el taxi.

Cerró el celular con la cara transformada.

—Se llevaron el cofre—repitió tres veces—. El Turco y la perra de Angelita se llevaron el cofre.

El Turco había caído a las nueve de la noche en el departamento y había golpeado a Alison para llevarse la plata. Alison había pasado la mitad de la noche inconsciente, tirada en el lavadero y abrazada al camafeo, lo único que había podido rescatar. Pensé que si mi ex hubiese ido a mi casa, le hubiera pegado a mi mejor amiga y me hubiera robado absolutamente todos los ahorros que tenía para cumplir algún día el sueño de mi vida, yo me hubiera desmoronado en el acto. Nadia no. Se quedó pensativa, en silencio, durante un buen rato. Al oír el timbre, me arrebató las llaves y se precipitó escaleras abajo.

Al ver a Alison con un ojo en compota, Nadia se quebró. Recién entonces pareció aflorar la tristeza que debía sentir por haber perdido los ahorros.

—¡Ay, qué ganas que tenía de llorar, mi niña de ojos azules, dejame llorar en tu hombro, gracias, qué alivio, qué paz estar de nuevo juntas!

No pudieron abrazarse del todo porque Alison llevaba a Pachi a upa. Pero a Alison también se le cayeron unas lágrimas mientras Nadia lloraba apoyada en su hombro. Hasta que alzó la cabeza y le dijo:

—¡Qué olor que tenés en el pelo!

Alison se puso roja de vergüenza, y le contó que el Turco no sólo le había dado una trompada que la dejó en el suelo, sino que después le había meado encima, sobre la peluca, y que ella no tenía otra peluca, así que tuvo que salir así a la calle porque “antes muerta que sencilla”. Entonces Nadia tuvo un gesto me hizo lagrimear a mí: se sacó su largo pelo ondulado, de un negro azabache, le dijo a Alison que se quitara esa porquería y colocó su peluca en la cabeza de su amiga. Se miraron a los ojos y volvieron a abrazarse.

Cuando subimos noté que el pasillo estaba aún más mojado, pero había quedado tan conmovida que no le di importancia. Elías nos esperaba en la puerta de mi casa.

—¿Y éste? —preguntó Alison.

—Tengo una noticia grave—dijo Elías—. Desde el baño se siente olor a gas y se oyen ruidos violentos.

Insistió en que bajarámos a tocarle la puerta al vecino porque algo pasaba. Dudé. Eran casi las dos de la mañana. Le advertí que el vecino era un tipo nefasto, pero Elías me respondió que las cuestiones personales no importan cuando hay riesgo de vida. Bajamos en fila las escaleras. El vecino abrió envuelto en una bata. Tenía el rostro tenso y la mirada alucinada. Le temblaba el bigote. Era una galería de tics en simultáneo. Y nos dijo:

—Dios envió un gran diluvio para destruir al mundo entero. El que no esté en mi arca morirá.

Elías giró hacia nosotras y susurró:

—Cuando alguien tiene un brote primero hay que tratar de calmarlo. No se debe contradecirlo abiertamente porque puede ser peor. —Volteó de nuevo hacia el vecino y le dijo: —Somos tu familia.

Fueron como palabras mágicas, el tipo abrió la puerta de par en par y nos invitó a pasar.

Dentro de aquella casa se tenía la sensación de que alguna cosa maléfica podía ocurrir en cualquier momento. Elías esquivó un par de lámparas con las pantallas torcidas mientras se afanaba en organizar el desorden circundante.

—Querida—le dijo el vecino a Nadia. Y entendimos que estaba convencido no sólo de que él era Noé, sino también de que Nadia era su esposa y nosotros sus hijos. Caminaba chapaleando en el agua y recitaba—: El agua seguirá subiendo y subiendo, por cuarenta días y cuarenta noches caerá agua del cielo, tal como Dios había dicho, toda persona y animal que esté fuera del arca morirá, pero todo el que suba a la nave estará a salvo.

Como Elías había pedido que no le lleváramos la contra, nosotras le seguíamos la corriente. Había unas burbujitas de saliva espumosa en la comisura de sus labios, y si algo contrastaba con la fiebre movediza de su cuerpo, que no podía estarse quieto, era la fijeza de su mirada.

—Tiene aliento a gato viejo—me dijo Nadia al oído.

Elías había ido a la cocina a cerrar las hornallas y las canillas. El estado mental del vecino parecía empeorar minuto a minuto. En un sermón inspirado y fatalista, vaticinó abiertamente el fin del mundo, tal como lo anuncia la Biblia, envuelto en llamas, porque los incesantes excesos e impiedades cometidos por el hombre habrían llegado a colmar la cólera divina. De repente extendió sobre el piso un lienzo de gran tamaño y empezó a revolver un tacho de pintura azul. Cuando estuvo lista, se sacó las pantuflas y colgó la bata en un perchero, quedando al desnudo.

Pachi parecía interesado en una de sus pantuflas, la miró fijamente, la mordió, la levantó en el aire. Yo no sabía a quién llamar porque no conocía a ningún familiar del tipo, sólo sabía por las facturas de los servicios que se llamaba Julio Lubbert. Nadia me dijo que llamara al SAME. Alison iba por la casa persiguiendo a Pachi, que huyó con la pantufla hasta arrojarla al inodoro. El vecino se sentó en cuclillas y sumergió su cabeza en la lata de pintura. Elías cruzó fugazmente por la escena en dirección al baño a cerrar más canillas. Lubbert pintaba arrastrando la cabeza por el lienzo. Sus manos y piernas se iban cubriendo de pintura. Al llegar justo al centro del lienzo, haciendo violentos meneos de cabeza, se irguió. Con el pelo chorreando pintura azul, clavó la vista en un punto del vacío y empezó a masturbarse. Nadia murmuró:

—Parece un performer, ¿será transformista?

No le contesté porque estaba en línea con el SAME. Caminé hacia la otra punta del ambiente con la intención de ocultar un cartel tipo pancarta que decía: “No a la oferta y demanda de sexo en las puertas de nuestras casas. Asociación de Asiduos Concurrentes a la Campaña del Desierto”. Me daba pánico que Nadia o Alison lo vieran y se pudriera todo. Logré esconderlo detrás de una cómoda horrenda con algunos cajones abiertos y otros cerrados (la casa parecía saqueada por un ladrón) mientras le repetía la dirección al del SAME para que mandaran la ambulancia. Elías había terminado su operativo y se paró sobre una pila de colchones. Miraba atentamente al vecino en los momentos previos al orgasmo: la cara repleta de tics. Pensé que para Elías el mundo era raro, frío y lleno de interés.

Nadia y Alison salieron al pasillo. Que me dejaran sola con un vecino psicótico capaz de hacer volar la casa me parecía el peor de los mundos. Les pedí que por favor se quedaran hasta que llegara la ambulancia. Alison sugirió que si el SAME no llegado pronto le pidiéramos a su novio que viniera a inyectarle al tipo algún sedante para perros agresivos. Elías permanecía en la casa del vecino intentando que se vistiera. Nadia prendió un porro bien grueso y nos quedamos fumando en el pasillo, riéndonos porque oíamos que Elías se esforzaba por convencerlo de que la ambulancia que vendría era el arca que habíamos construido.

Cuando llegó la ambulancia, Lubbert estaba desesperado por subirse. Salimos los cinco a la puerta y se bajaron todos, hasta el conductor. Me hicieron llenar una planilla mientras me miraban como si no entendiesen qué hacía a esa hora con dos travestis (una sin peluca y la otra con un ojo en compota), un tipo con la cabeza llena de pintura azul, y un enano que trataba de quitarle de la boca una pantufla mojada a un perrito histérico. Puse una firma lo más pequeña que me fue posible. Se fastidiaron porque no tenía ningún dato del paciente, sólo sabía su nombre. El médico aclaró que podía subir un solo acompañante. Pero Lubbert se resistía a ir si no subíamos todos: su esposa y sus hijos, toda su familia. No paraba de gritar y al final los de la ambulancia se hartaron, dijeron que ellos en realidad no se ocupaban de emergencias psiquiátricas, nos miraron un poco como si fuéramos un circo ambulante y arrancaron sin dejar subir a nadie.

—Así nos trata el Estado—dijo Nadia con indignación.

Pero Elías no perdía ni el hábito ni la capacidad de razonar con paciencia metódica y elaboró una serie de hipótesis acerca de los hechos que acababan de producirse, llegando a la conclusión de que la mejor de las opciones era llevar a Lubbert a Nave Jungla, donde alguien a quien definió como “un colega” podría proveerle un antipsicótico. Yo la miré a Nadia, ella miró a Alison, y las tres hicimos al mismo tiempo un gesto como de: Bueno, qué importa, hagamos lo que a él le parezca.

Elías y Lubbert iban adelante y nosotras los seguíamos. El vecino hacía todo lo que Elías le indicaba, pero con esa displicencia que adoptan a veces los locos para no dar el brazo a torcer, simulando que la orden que acaban de obedecer se cumplió por casualidad y no por su voluntad de satisfacer un pedido razonable. Tampoco se privaba de exteriorizar sus profecías con exclamaciones incomprensibles que, al pasar y sin detenerse, le dirigía a cualquiera que nos cruzáramos. Yo tenía la sensación de estar flotando a la deriva, pese a que era una noche sin viento.

Elías les explicó la situación a los enanos de seguridad de Nave Jungla para que nos dejaran entrar gratis. Lubbert se había tranquilizado un poco y se limitaba a repetir con un aire amable y cómico las últimas palabras de las frases que Elías pronunciaba. Los enanos patovicas abrieron rápidamente la cinta para hacernos pasar. Nadia entró primero, la araña de cristal la bañó de luz roja y chocó con alguien que le dijo:

—Estoy aquí para cumplir tu deseo más ardiente.

Las tres miramos hacia abajo y vimos a un ser pequeño y vaporoso que llevaba una varita con una estrella plateada en la punta.

—¿Estás seguro, chiquito? —contestó Nadia, que se agachó a recoger un abanico del piso y lo abrió de una forma tan veloz y decidida que pensé que llevaba un haz de rayos bajo el brazo.

Lubbert paseaba mirando a los animales: había peceras con arañas y tarántulas, tortugas, serpientes, una lechuza parada en un parlante, un estanque con peces de colores y hasta un yacaré chiquito. Estaba fascinado con el lugar, convencido de que se había consumado la profecía del arca. Nos detuvimos a mirar el show “El Payaso Demente”. El payaso sostenía a una pitón albina, con los ojos rojos y la cola negra, y la se iba metiendo de a poco en la boca. Lubbert parecía encantado. Pero de pronto la pitón se enojó y se enroscó en el cuello del payaso, hasta ahorcarlo tanto que se empezó a poner azul. Lubbert tuvo una especie de crisis y Elías se llevó de la mano hacia el costado del escenario.

Miré alrededor intentando ubicar a Nadia y Alison. Estaban instaladas en la barra. Nadia se abanicaba y me dijo que pensaba beber hasta olvidar lo de los ahorros. Habían pedido unos tragos con nombres raros: “Leche del Paraíso” y “Sangre de Cristo”. Me convidaron un poco de cada uno. En ese rato me dio la impresión de que el barman quería levantarse a Alison. Intentó hacerse el canchero ante ella, destapó la pecera de la tarántula para darle de comer una cucaracha y resulta que el bicho, con la disco desbordante de público, dio un salto y huyó hacia la pista.

—¿Qué bicho era? —preguntó una chica.

Un pibe que estaba al lado mío respondió:

—Es una especie de cucaracha grande con un aguijón de escorpión, ojos saltones y patas de escarabajo.

La chica no lograba imaginar a un animal así, y se lo dijo. Entonces el pibe se apoyó en la barra y dibujó al animal, una cosa muy extraña, en un papel de seda azul, que luego doblé y me guardé en el bolsillo como recuerdo de esa noche. Tiempo después, cuando estaba por terminar el libro, volví a mirar el dibujo y pensé que cada ser humano es como ese animal: algo tan singular que no admite ninguna etiqueta.

Nadia y Alison seguían bebiendo y se reían del barman, que andaba por la pista con una linterna en busca de la araña. Sentí una cosquilla ascendente en la pierna y me sobresalté. Era Elías, que había aparecido sin que lo viera llegar. Me pidió que lo acompañara a la terraza, donde lo esperaba su colega para hacerle al vecino la “Extracción de la Piedra de la Locura”. A esa altura yo simplemente me dejaba llevar, porque con eso que había fumado y tomado no entendía demasiado. Llegamos hasta una esquina y subimos una escalera caracol. La puerta de la terraza dio paso a un decorado intrigante: una única vela ardía en un candelabro de lata sobre una mesa, donde había un reloj despertador detenido en las once y cuarto, un tulipán, un embudo, un recipiente con agua y un ejemplar de Hamlet abierto en la Escena Primera del Quinto Acto. En el margen decía: “El mundo es una gigantesca nave y nadie se salva de la locura”.

Elías me presentó a su colega, un enano con aspecto enigmático llamado Jerónimo, y al dueño del boliche, que jugaba solitarios de ajedrez en una notebook sentado en el piso. Elías le indicó al vecino que se sentara en la silla que había junto a la mesa. Para entonces, abstraído y silencioso, casi marchito, Lubbert ya había traspasado la fase exaltada de su locura y obedecía con una docilidad infantil. Jerónimo le tocó levemente la mandíbula, levantó su rostro hacia la luna y lo miró con intensidad. Jéronimo era llamativo, su pálida piel y sus grandes y profundos ojos atraían la atención de forma inmediata. Su vestuario, un severo traje negro y una anticuada corbata, añadían un último toque mefistofélico. Me agaché para preguntarle a Elías, en voz muy baja, si habían conseguido el antipsicótico. Movió la cabeza a un lado y otro, con cara de preocupado.

—Relájese—le dijo Jerónimo al vecino. —Dentro de poco estará dormido y hará exactamente lo que yo le diga.

Lubbert se removió en el asiento y dirigió una sonrisa de auto confianza hacia nosotros. Jerónimo fijó sus enormes ojos en él y Lubbert dejó de removerse. Miró a los penetrantes ojos que tenía enfrente.

—Ahora vas a dormirte. Te estás durmiendo, te estás durmiendo y harás lo que te ordene.

Nosotros conteníamos el aliento, en silencio total.

—Elévese de la silla—le ordenó Jerónimo—¡elévese!

Sus ojos parecían lanzar rayos. Lubbert, sin mover un músculo, comenzó a ascender. Primero fue un movimiento lento, casi imperceptible, pero pronto había adquirido una firme e inconfundible aceleración.

—¡Elévese!—seguía diciendo Jerónimo y el vecino continuaba su ascenso, hasta encontrarse a más de medio metro de la silla, y seguía subiendo. Elías, a último momento, dio un frenético salto, pero era demasiado bajo. Sus dedos apenas rozaron la figura que flotaba en el aire. Yo estaba segura de que debía tratarse de algún truco, aunque lo miraba boquiabierta. El vecino había seguido subiendo, subiendo, subiendo. Ahora se encontraba a más de dos metros por encima de la silla y se elevaba más y más. El rígido cuerpo continuaba su marcha hacia arriba, como si estuviera siendo alzado por una grúa invisible. Y seguía subiendo aún más. Arriba, arriba, hasta que alcanzó la altura de los cables de luz, hasta que rebasó los cables y siguió ascendiendo por el limpio cielo de esa noche de enero, hasta ser como una mota de polvo que flotaba junto a la luna, hasta perderse de nuestra vista.

El dueño de Nave Jungla dio media vuelta y retomó su partida de ajedrez. Elías se sentó en la silla y miró hacia la luna.

—¿Qué extraño prodigio ha sido éste? —preguntó.

—En el cielo y en la tierra hay más cosas de las sueña tu filosofía —le respondió su colega, orgulloso, mientras se sacaba la corbata. Y apagó con un soplo la vela.

De aquella oscuridad escapé con pasos torpes escaleras abajo para contarles a las chicas lo que había visto. Me abrí camino entre la gente y fui directo a la barra. Me senté en un banco alto y encendí un cigarrillo, intentando recuperar lucidez. Antes de que pudiera decir nada, Nadia me contó que la había llamado la policía para avisarle que habían encontrado los cadáveres del Turco y de su prima Angelita en medio de la ruta. Le preguntaron si eran familiares suyos y si podía ir a reconocer los cuerpos, pero ella dijo que no los conocía y les cortó.

—Parece que el Turco y Angelita se estrolaron contra un camión yendo en moto hacia La Rioja—dijo con sorpresa. Yo estuve por comentar una idiotez sobre la justicia poética. Pero Alison nos hizo callar:

—Shhhh… Dejen de hablar sordideces. El amor es otra cosa. Miren a esta chica, ¿no será la reencarnación de Alaska?

Nadia y yo giramos las cabezas hacia el escenario. Eran los momentos finales del último show de la noche: “La Persona Más Buena del Mundo”, que cantaba con una voz dulce y proyectaba sombras. Desde lo alto de una tarima, la artista contempló a su público con una sonrisa olímpica. Se puso en puntitas de pie y cerró su espectáculo recitando un poema:

Siempre he sido más violenta que la naturaleza
Siempre he querido
Forzarla en sí servirme de ella
Para mi sueño
El cielo no es el cielo
El cielo es siempre en mí
Esta cosa salvaje…

El zumbido y el fondo sonoro llegaron a su punto culminante. Se produjo un relámpago doble en los costados, un chirrido entrecortado, una explosión pasmosa, y la pista se llenó de un espeso humo blanco, al mismo tiempo que comenzaba la música. De entre ese humo vi salir a Nadia, con las manos apoyadas en las caderas y la cabeza echada para atrás, y fue como si una mariposa desplegara en mi pecho el palpitante abanico de sus alas.

—¡Vengan a bailar!—dijo—¡A ser felices hasta que amanezca!

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