FacebookFacebookTwitterTwitter

De chaqueta blanca

La narradora Ana López comparte con nosotros esta serie de breves relatos inéditos en donde narra, con notable precisión y hondura, la vida de una psicóloga en el marco de la clínica en la que trabaja.

.

..

.

..

.

.

..

.

.

..

El ingreso

Para entrar a la clínica tengo que tocar el timbre; Carmen, con un botón que está al costado de su escritorio, abre la puerta. Tiene cuarenta y siete años y estuvo toda la vida enamorada de un médico casado que nunca se divorció. Ella vive con su madre y hace poco se compró un caniche mini toy al que trata como a un bebé. Se pasa la mañana mirando imágenes de los pueblos blancos  en la computadora y pensando cuánto le costaría enmarcar una lámina de 50 x 70. Es fanática de Antonio Banderas y debajo del vidrio de su escritorio tiene, fotos de él recortadas de revistas. La foto que más le gusta es una donde está vestido como el zorro.

Cuando llego tengo que fichar en la computadora. Cuando me voy también.  Si me olvido, Miguel antes de apagar el sistema registra el horario. Me parece que pone horas de menos por la bronca que le da que uno se olvide. Debe tener mi edad y, como Carmen, hace tareas administrativas. Si colabora conteniendo a algún paciente que ingresó muy desbordado, queda eufórico. Tiene un perro pastor alemán con problemas de cadera y tiene un hobby que es hacer cuchillos de caza y para asados.

Carmen y Miguel desprecian profundamente a los pacientes, en especial a los menores.

 

Biblioteca

Me contrataron como maestra porque es obligatorio que los menores internados reciban educación. La otra maestra se llama Zulema y los hace pintar fotocopias de la escarapela para el 25 de mayo. Mi primer trabajo en la clínica fue organizar una biblioteca.  Me dieron una salita que queda en el punto más lejano a la puerta de ingreso. Para llegar tengo que abrir (y cerrar) con llave siete puertas. La pared del fondo de la biblioteca da a la otra calle. En esa pared hay una rejilla con un extractor. Una tarde me doy cuenta de que Jonathan, uno de los pacientes,  se queda mirando el cielo que aparece entre las paletas del ventilador. Mira el cielo de afuera.

 

Flores

Antes de recibirme, no fui a trabajar a la biblioteca por dos semanas para estudiar. Vuelvo licenciada.

Cuando entro a la clínica, ya todos están enterados: mis compañeros me felicitan y me dan regalos, Carmen y Miguel también, la jefa y el director me preguntan si quiero empezar a atender pacientes. Les digo que todavía no tengo la matrícula y dicen “por la matrícula no te preocupes, ya la vas a tener”. Flores es mi primera paciente. Entró anoche, quería suicidarse y, antes, atarle una bolsa en la cabeza a su padre que está postrado. La trajeron dos amigas. “Ponete un ambo” me dicen cuando salgo de la dirección. Me prestan una chaqueta blanca que está colgada detrás de la puerta del pasillo. Antes de entrar a ver a mi paciente, voy al baño a mirar cómo me queda. Sonrío. Después guardo el manojo de llaves en el bolsillo y salgo del baño.

 

Llaves

Yo tengo todas las llaves de la clínica menos dos: la de salir y la del botiquín de enfermería. Es para que los pacientes, en especial los menores, no me las saquen y se fuguen o roben la medicación. A veces cuando estoy con ellos hacen chistes sobre robarme el llavero. Tengo que estar atenta todo el tiempo.

 

22

Casi todos los días cruzo a comprar cigarrillos a la quiniela de enfrente (fumo mucho: antes de entrar a la zona de internación, adentro con algunos pacientes y después, uno o dos cigarrillos con un vaso grande de café. El olor del tabaco es preferible al olor de la clínica). Compro Philip Morris para mí y Melbour o CJ para los pacientes. Cecilia, una de las psiquiatras, fuma Jockey largos suaves pero casi nunca consigue. Igual, cuando cruzo a la quiniela pregunto.

Descubro que todos los días va la misma gente a ver qué salió en la nocturna. Con Cecilia, una vez le jugamos al 22 pero no salió. Los clientes son muy parecidos a los pacientes de la clínica.

Al lado de la quiniela está el chino, que es un supermercado enorme. Desde que no como la comida de la clínica, voy a comprarme el almuerzo: galletas, queso y bandejas de champiñón. Nunca me compro comida para llevar a casa, me parece imposible llevar algo de acá para allá: son mundos que no se tocan.

 

Fuego

La primera vez que entro a la clínica, la jefa de psicología me acompaña a hacer un recorrido para que conozca el lugar y para mostrarme dónde queda la salita de la biblioteca. Pasamos el primer hall y el primer patio, después el comedor y un pasillo con rejas al costado. Está lleno de humo. La jefa me dice quedate acá. Abre la reja y va a ver de dónde viene el humo. Me quedo en el pasillo. Hay enfermeras que corren y locos que gritan o se empujan. Pienso que, si llega a pasar algo, no hay forma de que salga de ahí por mis propios medios. Escucho un ruido y me doy vuelta. En la pared de atrás hay una ventana; a través del alambre tejido me está mirando una mujer  con la boca abierta.

Vuelve la jefa por el patio y trae a una chica que tiembla y está toda blanca por el polvo del matafuegos. Blanca y temblando dice que se le prendió fuego el colchón porque se le cayó el cigarrillo sobre la cama, sin embargo lo tiene en la mano.

Cuando volvemos a la parte de las oficinas, la jefa me sirve un café y les dice a  Carmen y a Miguel que no sabe si me voy a animar a venir de nuevo. Cómo que no, pienso, aunque todo ese día no logré comer nada.

 

Gato

Hace unos días se cayó una parte del techo del Hospital Moyano. Trajeron  varias pacientes, hasta que arreglen el problema. Me toca una paciente que se llama Amaya y lo único que dice es no-hay-trabajo. Todo el tiempo lo dice, cada vez con un tono algo diferente. A veces lo dice como si recién se diera cuenta de eso, a veces lo dice resignada, a veces lo repite como un mantra. Mi jefa y el director me dicen que mejor no vaya a verla, que no tiene sentido. Pero yo insisto: pruebo distintas cosas; contestarle que yo sí tengo trabajo, o que no se preocupe, o decirle yo no-hay-trabajo, o hablarle de otra cosa. Otras veces me quedo callada y le tomo la mano. Ella lo acepta un rato, después se despabila y exclama no-hay-trabajo. Una sola vez pasó algo: le pregunté de qué querés trabajar y ella me sonrió. De secretaria, dijo, pero no-hay-trabajo.

Amaya está en una parte de la clínica a donde yo nunca había entrado. Supongo que ahí van los que no tienen expectativas de salir. Algunos compañeros hacen bromas con el gato que hay en ese sector, bromas que dicen “pobre gato”. La última vez que fui a ver a Amaya, uno de los pacientes estaba completamente desnudo corriendo al  gato por todo el patio. No volví más.

 

Menores

Los menores internados se podrían organizar en tres grupos. Los tontos y pobres, los adictos delincuentes y pobres, y los verdaderamente locos.

Los tontos pobres están ahí porque el juez dice que la familia no puede tenerlos, o porque los abandonaron o abusaron de ellos o todo a la vez. A Mariela, por ejemplo, su mamá la llevaba a jugar a la vía del tren a ver si por casualidad alguna vez ella no se movía a tiempo y el tren la pisaba.

Con los adictos delincuentes o, más precisamente “que están en conflicto con la ley penal” el juez determinó que por algún aspecto de su personalidad no pueden ir a un reformatorio. Son los que dicen que se quieren ir, que quieren fumar porro o paco. De ellos siempre se termina sabiendo qué hicieron antes de entrar. Jonathan mató al kiosquero de su barrio; Vanesa, que no tiene dientes, les cobraba un peso a los camioneros de la ruta por chuparles la pija, y después iba a comprarse una dosis de paco.

Los menos numerosos son los locos locos. Muchas veces son casos que salieron en la tele por haber hecho algo terrible y a los pocos días, en la reunión de situación, los médicos dicen, llegó este o el otro.

 

Roberto

Me doy cuenta de que a mis pacientes los llamo por su nombre. Roberto entró hace una semana  y me dicen que ya está más tranquilo así que puedo ir a verlo. Lo trajeron por partirle la cabeza a su madre con un martillo de la zapatería que tiene, o tenía. Nunca entro a las habitaciones pero Roberto está atado a la cama. Tiene pañales y está tapado con una sábana. Cuando empezamos a hablar me dice que su madre es una mala mujer. Me pide que le afloje las tiras que lo sujetan a la cama. No puedo hacerlo, le digo. Entra Bety, la jefa de enfermería y le avisa que en un rato le van a dar de comer. Cuando sale, Roberto me vuelve a pedir que lo suelte, que tiene que golpear a Bety que es una mala mujer. Le digo: me da miedo que me quieras golpear a mí también. No nena, me responde, vos no sos mala como ella. Igual no puedo hacerlo, Roberto. Bueno, me dice con el tono de quien no tiene otra opción, entonces ni bien me suelten, voy a prenderle  fuego a todo y ahí se van a morir todos juntos, por hijos de mil putas.

 

Estufa

Los menores están separados en dos sectores, el de mujeres y el de varones. Jamás se encuentran, pero se hablan a través de la estufa del comedor de las mujeres que es de tiro balanceado y ventila al patio de los varones. A veces cuando entro a buscar a las chicas para ir a la biblioteca están todas tiradas como un abanico en el piso con las cabezas muy juntas, hablándole a la estufa.

 

Vanesa

Cada vez que abro la puerta del patio de las chicas (es la cuarta puerta después de la de entrada a la internación) Vanesa viene corriendo y me alza en brazos. Es altísima, enorme. Me canta una cumbia que no conozco y que quizá no exista, con mi nombre en el estribillo.

Desde que está internada hizo dos intentos de suicidio. Bizarros, dijo la psiquiatra, que son esos en los que la efectividad es casi nula pero que crean una gran escena. El problema es que ocasionalmente pueden resultar. Una vez intentó ahorcarse atándose un extremo de la remera al cuello y el otro a la bisagra de arriba de una puerta. Pero es muy alta y no llegaba a quedar colgando, así que la encontraron a los saltos para lograr el efecto mientras las otras gritaban alrededor y las enfermeras de turno forcejeaban. Hasta que llegó Bety, la desenredó y le dio una buena dosis de calmantes a todo el mundo.

Cuando la vi después de eso, todavía estaba un poco dopada y no me pudo aupar pero se acercó a donde yo estaba y me pidió: mami ¿me adoptás?

 

Walter

Las enfermeras me odian. Cuando nombro a algún paciente se hacen las que no saben de quién hablo hasta que les digo el apellido.

Lo peor fue cuando empecé a traer pequeños grupos de varones y mujeres a la biblioteca. Se portaban bien, porque sabían que si había algún problema no los podría juntar más. Esa era la condición. En seguida se armaron dos o tres parejas que tenían permiso para darse un beso de despedida. Hasta ahí había negociado. Elizabeth y Walter son mis preferidos.

Un día Bety fue a decirle al director que yo los dejaba tener relaciones durante la actividad, y le preguntó que íbamos a hacer si alguna piba quedaba embarazada. Por suerte no le creyó, pero desde entonces, las enfermeras dejaron de venir a buscar a las chicas y yo tengo que llevar a cada grupo a su patio dejando por un rato al otro grupo solo en la biblioteca.

Una vez que llevé primero a las chicas, cuando fui a buscar a los varones encontré a Zamora suelto en el patio. Nunca lo había visto porque estaba siempre encerrado. Era un chico que no hablaba, golpeaba todo lo que tuviera a su alcance y constantemente se sacaba la ropa. Cuando abrí la puerta del patio él me empujó y empezó a correr a los gritos por el otro jardín. Desde el piso me di cuenta,  que no había ningún enfermero y estaba sola en el fondo de la clínica con todos estos pibes. Fue Walter el que lo trajo a Zamora; después me dio la mano para levantarme y me preguntó: ¿estás bien?

Los días de visita, lo vienen a ver su mamá y su hermana. No los dejan entrar a las habitaciones porque varias veces los encontraron a los tres adentro de la cama. Según la madre, por el frío.

 

Ojos

Lucía está loca y no es de una familia marginal. Más bien es de clase media, iba a una escuela privada y un día descubrió que los personajes de la televisión la espiaban por los agujeros del enchufe.

Cuando conocí a su madre entendí que ella había tenido dos opciones: volverse loca o, como su hermano mayor que estaba prófugo, intentar matarla.

La primera vez que hablamos me dijo:

- ¿Vos sabes lo que yo puedo hacer?

- No – le dije – No sé.

- Bueno, de qué color tenés los ojos –  me preguntó

- Marrones –  dije

Ella cerró los suyos con fuerza y apretó los puños. Cuando los abrió me dijo:

- Ahora, son verdes.

 

Libros

El director habló con los dueños de la clínica y me dieron algo de plata para comprar libros para la biblioteca. Calculo que alcanzará para unos cinco o seis. Les pregunto a los pacientes qué querrían que comprase, les llevo algunos catálogos para que vean. Neruda, dicen las chicas: puedo escribir los versos más tristes esta noche. Piden algún comic. Matías pide uno de animales, pero no de caballos. Yo pienso que voy a comprar algún libro de cuentos y otros sin texto para que lean también los que no saben leer.

El día que traigo los libros les pregunto ¿a que no adivinan lo que traje? Cigarrillos, gritan. No. ¡Caramelos! No, les digo, libros. Se ríen y comentan entre ellos: pobre, estaba re contenta. Igual los miran, los tocan y me piden que les lea. El de Neruda es el favorito y termino leyéndolo casi todo. Tengo que leer tres veces uno de los poemas porque Jonathan dice que eso es lo que le pasó a él. Es el que termina así: y caen de él las hojas, caen como cuchillos sobre mí desangrándome. Y cada herida tiene la forma de tu boca.

 

La salida

A veces, en la biblioteca me piden que les dé tarea y les corrija el cuaderno. A mí me aburre hacer eso, pero lo hago y les pongo nota. Otras veces charlamos sobre la vida. Me preguntan dónde vivo, si fumo porro y si tengo novio. Yo no les digo mucho porque me da miedo que algún día salgan y se aparezcan por mi casa. Y también porque tener casa, tener amigos y tener comida, y saber que esta tarde de sol, después de llevar a cada grupo a su patio, voy a agarrar la bicicleta y de camino a casa voy a parar a tomar una cerveza, no son cosas que pueda pensar así nomás cuando estoy con ellos, adentro.

 

Notas relacionadas

Pía Bouzas, narradora y autora de Un largo río (Gárgola, 2016), y Una fuga en casa (Club Hem Editores, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros este relato inédito, tenso y grave, sobre la enfermedad de un hijo y la mirada de su madre.

Florencia Fragasso, autora de Extranjeras (Gog y Magog, 2005) y Melliza (Gog y Magog, 2018), entre otras obras, nos adelanta poemas de su próximo libro Veinte Sillas (Mágicas naranjas), ilustrado por Julieta Dolinsky. Se trata de poemas escritos a partir de ciertas resonancias de la infancia.

Ismael Cuasnicú, autor de En el mismo río (Modesto Rimba, 2017), entre otras obras, comparte con nosotros un fragmento de su novela inédita Bajo una voz de mando.

Jonás Gómez, autor de Equilibrio en las tablas (Mansalva, 2010) y Una percepción binaria del color (EMR, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

Michel Nieva, traductor de Heráclito y autor de Ascenso y apogeo del Imperio Argentino (Santiago Arcos, 2018), se interroga sobre la literatura no humana, aquí presentamos la primera parte de este ensayo inédito.

Christian Kupchik, narrador, poeta y traductor, autor de Fuera de lugar entre tantos libros, director de la notable revista Siwa, comparte con nosotros este relato inédito.

Juan Fernando García, autor de Morón (Muchos libros felices, 2014) y Sobre el Carapachay (Leviatán, 2017), entre otras obras, comparte con nosotros poemas de su último libro Temporales (El ojo del mármol, 2018).

Pablo Queralt, autor de Cansancio de lo escrito (Tsé-Tsé, 2001) y Ser y ser visto (Zindo&Gafuri, 2015), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

Julieta Desmarás, autora de los poemarios El río & su cajón (Alción, 2014) y La voz mayor (Alción, 2018), comparte con nosotros dos textos de su obra inédita La hora rancia.

Carlos Battilana, autor de Materia (Vox, 2010), Velocidad crucero (Conejos, 2014) y Una mañana boreal (Club Hem, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros poemas de su próximo libro Ramitas. Poesía reunida (1992-2018).