FacebookFacebookTwitterTwitter

Las cosas se van con nosotros

Marcelo Díaz, poeta y crítico, autor de La formación de la lírica. Apuntes sobre poesía argentina contemporánea (UADER, 2017) y Bildungsroman (Gog & Magog, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros su lectura de Tarda en apagarse, de Silvina Giaganti.

 41765478_299171060877474_5314139812452630528_n

 

 

No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero nombre en el registro de la luz…

León Bloy

 

 

 

 

 

Qué de nuestras faltas resuena en los otros y qué de la falta de los otros resuena en nosotros; Silvina Giaganti ensaya formas mínimas autobiográficas para decir aquello que de tanto repetirse termina por agotar las posibilidades de darle sentido al mundo. La ficción es un recurso que sirve para narrarnos, para contar nuestra experiencia, las referencias a Richard Ford, Philip Roth,o Carson Mc Cullers dialogan con la voz de Giaganti, significan allí donde pareciera ser que todo se ha apagado o disuelto. No son nombres casuales, o arbitrarios, hay un correlato entre las lecturas, el universo ficcional, y las urgencias y necesidades de la vida real que desborda y reclama sentidos. Por eso la ficción puede ser una excusa para encender una maquinaria lírica-narrativa en cuyo centro estamos nosotros, si hay intensidad en la vivencia, del mismo modo si hay sensibilidad es porque podemos contarnos y decirnos desde una trama personal.

Por eso quizá los poemas funcionan como piezas de relatos que se unen de manera imprevista. En el poema Meterte en el mar las relaciones, los afectos, se anuncian con su respectiva fecha de vencimiento: “Pienso que escribir/ es como meterte en el mar:/ primero el agua/ está helada,/ pero a medida que te metés/ y permanecés/ se va poniendo calentita./ Pienso que también/ es una forma de pasar/ sin mucho dolor/ por este barro./ Y también pienso/ que escribir/ es hablar de amor/ cuando se termina”. Todo vínculo tiende a extinguirse, y en su desaparición reclama una voz; a la ausencia le siguen los vocablos para decir la pérdida, lo que no regresa, ni regresará pero que titila con un resplandor que demora más de lo imaginado en apagarse, una suerte de lucecita intermitente que nos recuerda que estamos aquí proyectándonos en un relato vacío. ¿Acaso no nos ha sucedido que recordamos a las personas que amamos y deseamos cuando ya no están por más que estemos acompañados por otras personas?

La escritura es una grafía donde nos inscribimos y donde inscribimos a la vez a nuestros seres queridos. Es un cuaderno sentimental (y como señala Santiago Llach un cuaderno de viaje) en el que se registran y guardan los aprendizajes de nuestra vida. La memoria de las decisiones que tomamos con la pregunta acerca  de qué iremos a hacer en el porvenir, ciclo de las distancias y los desencuentros que nunca termina de resolverse.  De hecho los versos de Las mujeres que me volvieron loca de verdad vendrían a recordarnos esta intención de la escritura: “Las mujeres que más amé/ las que me volvieron loca de verdad/ las chicas con las que quise todo, escribían. Mi mamá hizo hasta segundo grado y no/ me miró los cuadernos ni pudo/ colorear un mapa conmigo o ayudarme/ en un ejercicio de contabilidad. El colegio y casa eran/ una cadena rota en mi cabeza. Cada vez que la veía firmar algo,/ el boletín de la primaria, un documento en el banco,/ notaba que lo hacía lentamente/ como alguien recuperándose de un golpe./ Me pregunto si las mujeres que amé/ las que me volvieron loca de verdad/ las chicas con las que quise todo/  fueron mi movilidad intelectual ascendente,/ si elegir mujeres que escriben/ es disimular eso que me falta/ cada vez que las dejo/ o que me dejan”. El poema es largo e implica una novela sentimental, y un relato sostenido de desaprendizajes: lo que no aprendimos, lo que dejamos en el olvido, y lo que conservamos y lo que se transforma con el tiempo y que aún no terminamos de comprender por la dimensión de los hechos y por la intensidad con la que se nos presenta el mundo. Lo casual no necesariamente se convierte en destino de la misma manera que aquello que prefiguramos de manera consciente ahora mismo no necesariamente continuará siendo de ese modo en el futuro. La letra familiar, la composición manuscrita de la lengua, nos lleva a preguntarnos si todo es asimilable en la vida porque la poesía está allí desde las formas del decir que incomodan, desde la disconformidad repitiendo hechos anteriores, rupturas y faltas que se reproducen como un bucle una y otra vez.

En Las cosas se van con vos  regresa el mismo núcleo afectivo; la refracción y la dispersión de experiencias se refracta: “En las fotos familiares que guardo/ estoy arriba de un triciclo, una bici, un auto a/ pedales./ Tenía ocho, nueve años y a mi papá le pedía/ que me llevara a andar en bici, en karting, en moto./ En el Italpark me gastaba la chequera de los juegos / en la pista de Indianápolis/ me estaba preparando para un movimiento/ que ahora veo no termina nunca./ A los 20 me fui de casa/ porque del barrio hay que irse rápido./ El 98 por ciento de las familias son disfuncionales,/ mi papá/ traía plata a casa pero cenaba/ en otro cuarto y cuando subíamos/ al colectivo se sentaba lejos de mí/ aunque tuviera espacio./ Del barrio hay que irse digo siempre/ para eso tomé envión y cocaína / pero como me dijo mi tío que está muerto/ te vayas a donde te vayas las cosas se van con vos./ Siento que estoy llena de vida y también/ que no lo soporto./ Del barrio hay que irse sigo diciendo/ aunque yo ya me fui”. Irse, volver y partir otra vez son consignas que orientan muchas veces nuestro recorrido o diáspora personal. Lo escrito, las imágenes de nuestro pasado, no hacen otra cosa más que facilitar la posibilidad de narrarnos desde otro lugar en el que nuestra identidad encuentre una forma más resuelta de acuerdo a nosotros mismos. Giaganti nos remarca que estamos constantemente cambiando, nuestros cuerpos se regeneran, nuestras células, nuestro deseo, mueren, se multiplican y transmutan por completo, por lo que nos somos los mismos desde que nacemos hasta que morimos.

Y a las fracturas del corazón le siguen las grietas del exterior, a veces la falta de los otros, y la nuestra, encuentran una correspondencia en los espacios, los lugares que habitamos y en  los objetos que utilizamos: “Mientras estuve con ella/ se rompió el botón de la luz del baño/ se descascaró la pared que está abajo de la ventana del living la humedad avanzó/ se pudrió la base de madera de la ventana del living/ bañé con menos frecuencia a la perra/ la cocina empezó a perder gas/ se partió la perilla de plástico de la hornalla delantera izquierda/ se rajó la tapa del inodoro que no repuse/ todavía hago pis apoyada en la loza fría/ mientras estuve con ella no arreglé nada”No sólo se poetiza la ausencia sino que se semiotiza la falta con toda la constelación de signos que acompañan las diferentes modalidades de la pérdida. Esas formas tensionan nuestro “yo”, lo desfiguran y lo instalan en un territorio de incertidumbres. La relación con la poesía  termina por ser una relación abierta de posibilidades, si hay testimonio no aparece mediante un registro llano, desprovisto de lirismo, sino que la forma lírica está allí como tema todo el tiempo, como un horizonte, un lugar desde donde ver toda nuestra biografía en perspectiva  y una posibilidad de imaginarnos de otro modo en el que las voces de nuestra trama y árbol familiar regresan, así sea desde lejos, para recordarnos que aún no lo hemos perdido todo. En fin, la escritura Silvina Giaganti nos advierte que aún podemos ensayar ciertas formas sensibles en tiempos de hostilidad y que aún en una edad en la que la velocidad borra nuestras huellas en el mundo hay una voz extraña, como planteaba Fabián Casas, y por eso el epígrafe, que dialoga con nosotros, a veces en un tono epigramático, y nos obliga cada tanto a replantearnos de dónde venimos y por ahí puede que también prefigure, como un gesto, lo que haremos más adelante, con la esperanza de que con el paso de los años las cosas no se nos oscurezcan del todo.

 

 

Notas relacionadas

Ariel Farace, dramaturgo y director de Luisa se estrella contra su casa y Constanza muere, entre otras obras, comparte con nosotros su lectura del libro Después, de Nurit Kasztelan, publicado recientemente por Caleta Olivia.

En Serrano (2018), Gonzalo León toma a un extravagante escritor nazi de carne y hueso, Miguel Serrano, y lo convierte en personaje literario.

Luciano Barreras acomete el primer tomo de Desierto y nación (Caterva, 2017), con textos de María Pia López y Juan Bautista Duizeide que, inscribiéndose en la tradición de la ensayística argentina, merodean en torno a la cuestión de las lenguas.

Silvio Mattoni ejerce una lectura precisa del primer libro de Antonio Oviedo, Dos cuentos (1975) publicado por Burnichon Editor en Córdoba, libro nunca reeditado, lo que convierte a este texto en una redención.

Luis O. Tedesco prologa el nuevo libro de poemas de Samuel Cabanchik, Mantel de hule, (Ediciones en Danza, 2018), adelanto del libro que será presentado el martes 24 de abril en Caburé Libros.

En su nuevo libro, Laura Arnés despliega un mapa de intensidades y desplazamientos de las afecciones lesbianas a lo largo de la literatura argentina.

En esta lectura que es al tiempo una sutil reflexión sobre la crítica en general, Panesi vuelve sobre la idea de crítica que hay en la obra de Giordano, a la que le son esenciales la afectividad y la polémica.

Cuando la ciencia despertaba fantasías de Soledad Quereilhac (Siglo XXI Editores, 2016), explora el vínculo entre ciencia, ocultismo y el modo en que puede volverse verosímil lo imaginario.

Las tres vanguardias. Saer, Puig, Walsh (Eterna Cadencia, 2016) de Ricardo Piglia indaga en las tres formas distintas de posicionarse en el campo literario en relación a la tradición y la vanguardia.

Una lúcida lectura crítica de Los espantos. Estética y postdictadura de Silvia Schwarzböck (Cuarenta Ríos, 2016)