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Especulaciones sobre la escritura robótica

Michel Nieva, traductor de Heráclito y autor de Ascenso y apogeo del Imperio Argentino (Santiago Arcos, 2018), se interroga sobre la literatura no humana, aquí presentamos la primera parte de este ensayo inédito.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Edición original de Cent mille millliards de poèmes de Raymond Queneau.

 

 

1.

En Magnitud Imaginaria, una antología de prólogos a libros que no existen, Stanislaw Lem incluye dos prefacios a la historia (en cinco volúmenes) de una disciplina enigmáticamente llamada “biteratura”[1]. “Bajo la denominación de biteratura”- explica el primer prólogo- “englobamos toda obra de procedencia no humana, o sea toda aquella obra cuyo autor directo no ha sido el hombre”.

El prólogo aclara que los estudios literarios sobre biteratura se denominan “bitística”, y se dividen en dos corrientes: la “bitística humanista tradicional”, que se circunscribe al análisis de obras de escritores robóticos pero desdeña sus biografías; y la “bitística del Nuevo mundo”, un campo interdisciplinario que entrecruza la teoría literaria y la ingeniería robótica, ya que su objeto de estudio no son sólo los textos, sino también las máquinas que los producen.

En cuanto a la primera y más antigua corriente, la que ignora al Autor y se circunscribe a sus textos, aunque haya funcionado en el análisis de la literatura humana, según el prólogo es obsoleta para entender la biteratura, porque “sería absurdo, por ejemplo, empezar el análisis de Tristán e Isolda o el de La Canción de Rolando diagnosticando que sus autores fueron organismos multicelulares, pertenecientes al subtipo de vertebrados terrestres, mamíferos, vivíparos, pulmonados, placentarios, etcétera. En cambio, el absurdo ya no es el mismo si precisamos que el autor de Anticanto, ILLIAC 164, es un ordenador de binastía 19, semotopológico, paraleloserial, electrónico, inicialmente políglota, con un potencial intelectrónico que alcanza 1010 epsilonsemos por 1 milímetro, de espacio configurativo n-dimensional de canales utilizables, con memoria enalienada en red, con una monolengua de procesos interiores tipo UNILING”.

El prólogo de Lem no sólo es revelador por proponer una hipotética tradición de escritores robóticos, sino porque sugiere que, para entender esta tradición, los estudios literarios vigentes serían por completo insuficientes. Un complicado pero entretenido ejercicio es imaginar sobre qué tópicos escribiría un escritor robótico. Si, como algunos de sus colegas humanos, cantaría al tempus fugit (del metal y del plástico), al carpe diem (del sistema operativo frente a su inevitable obsolescencia), o si escribiría sobre temas inesperables, o incluso incomprensibles, para un humano. De cualquier forma, la teoría literaria moderna, que nace en el siglo XX con el Formalismo Ruso, poco tendría para decirnos al respecto. Esta escuela impugna, contra el Romanticismo, que la vida y la psicología de un autor sean significativas para entender sus textos. Bajo el influjo de este dogma, que recorrió a todas las escuelas y corrientes del pasado siglo, a ningún crítico literario se le ocurriría averiguar, a la hora de leer un texto, si su autor era rengo, sufría insoportables dolores de muela, o le habían diagnosticado diabetes; si, cuando decidió el nombre del personaje principal, usaba una camisa celeste; había adoptado un perro; cambiado la marca del desodorante, o ganado unos pesos en la quiniela. Sin embargo, como sugiere Lem, podemos dudar de si esta indistinción que el siglo XX promulgó con revolucionario orgullo no sería ya obsoleta para entender la literatura escrita por máquinas. Y en ese caso, seguramente, el abordaje de la teoría literaria del presente, centrada excesivamente en el valor de la interpretación del lector, trasladaría su objeto de estudio a la técnica y factura del autor: qué soportes lógicos y mecánicos le permiten escribir, cómo fue programado, de qué manera almacena y procesa información, serían, por ejemplo, preguntas centrales de un crítico literario que practique la bitística. Y acaso un milenario libro como la Poética de Aristóteles, cuyo tema de análisis es la forma en que se produce un texto, sería más acertado para entender la biteratura que el Formalismo, o que cualquier aproximación estética y hermenéutica del siglo XIX, del XX o del actual.

Porque si la teoría literaria moderna sistematizó su análisis a partir de la hipótesis de que es el texto, y no su autor, una compleja maquinaria con sus propios engranajes y mecanismos, la irrupción de máquinas creadoras de biteratura obligaría a ampliar esa perspectiva al estudio de su Autor.

 

 

2.

Ya se dijo alguna vez que un escritor (robótico) inventa a sus precursores (robóticos). Y si la biteratura, al menos en calidad de hipótesis, ya existe, acaso sea el momento de rastrear, entre la caterva de bípedos implumes que hace milenios engordan la historia de la literatura, los pioneros y las pioneras de la escritura bítica. Quizá el precedente más antiguo se encuentre en el Ars Magna Generalis, de Raymundo Lulio, publicado en el año 1274. Este libro contiene el proyecto de la primera máquina automática de pensar, una especie de ruleta o mandala que, al conectar sujetos con predicados, era capaz de producir infinitos razonamientos.

 

                          Diagrama de la máquina de pensar de Raymundo Lulio

 

Cabe aclarar que, en el diseño original, los sujetos y predicados que la máquina conectaba eran las características que la escolástica atribuía a Dios. Por eso, la máquina que inventó Lulio también fue pretenciosamente llamada “el cerebro de Dios”, ya que sus potenciales enunciados no sólo describían la Naturaleza Divina, sino que resultaba imposible (de acuerdo al dogma escolástico) que fueran falsos. “La voluntad es buena”, “la virtud es eterna” o “la bondad es gloriosa” son posibles combinaciones de su mecanismo. A favor de la máquina, que fue burlada y acusada de tautológica por Swift y Borges, debemos decir que sus juicios no eran lógicamente redundantes, ya que si tomamos, por ejemplo, la oración “la voluntad es buena”, ninguna definición de “bueno” presupone la idea de “voluntad”, ni viceversa, y por tanto el predicado “bueno” no está incluido en la noción de dicho sujeto. De forma que los productos de esta máquina hubieran sido considerados juicios sintéticos a priori por Kant, es decir, nuevas verdades universales que aportan original conocimiento sobre el mundo. Si bien es esperable que para un lector no escolástico las potenciales nuevas verdades de la máquina de pensar no parezcan demasiado deslumbrantes, su mecanismo esconde una veta netamente bitística que Borges muy bien intuyó: “Como instrumento de investigación filosófica, la máquina de pensar es absurda. No lo sería, en cambio, como instrumento literario o poético”[2]. En efecto, si cambiáramos los atributos de Dios por sustantivos y adjetivos aleatorios, la máquina sería capaz de producir sus propios poemas. Este potencial fue advertido por los matemáticos y escritores que en 1960 conformaron el grupo Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle), el cual se propuso inventar recursos combinatorios como el de la máquina de Lulio para producir nuevas obras literarias. El mismo año en que el grupo se crea, Raymond Queneau, uno de sus socios fundadores, publica Cent mille millliards de poèmes, dispositivo que en su edición original parecía más un rejunte de papel picado que un libro propiamente dicho, ya que cada hoja del peculiar volumen se dividía en 14 partes, de las cuales colgaban a su vez diez tiritas de versos endecasílabos.

De la combinatoria de estas tiritas el libro admite, como su título promete, la fabricación de cien mil millones de posibles sonetos (diez variantes por cada línea, es decir, el resultado de la operación 1014). Raymond Queneau calcula en el prólogo que un riguroso lector, al ritmo de veinticuatro horas diarias, demoraría doscientos millones de años en leer todas las potenciales variantes[3].

Algunos años antes que el grupo Oulipo, en 1913, el matemático francés Émile Borel también intuyó las posibilidades biterarias de la combinatoria. Postuló que, de someterse a un hipotético e inmortal mono durante un tiempo infinito a una rutina de tipeado aleatorio, en algún momento terminaría por repetir, letra por letra, las obras completas de Shakespeare. En el año 2003, estudiantes de la Universidad de Plymouth intentaron poner en práctica esta hipótesis, y le llevaron una máquina de escribir a seis monos del Zoológico de Paignton. Pasado un mes, debieron suspender el experimento, ya que los monos habían orinado, defecado y destrozado la máquina. Una vez que la retiraron, sin embargo, descubrieron que los monos se habían empecinado con una sola tecla, y habían producido un manuscrito de cinco hojas en el que sólo se repetía la letra S.

También en el 2003, un grupo de programadores inventaron The Monkey Shakespeare Simulator, un sitio web que lanzaba aleatoriamente caracteres y era capaz de detectar cuándo coincidían con algún parlamento de la obra de Shakespeare. En todo un año, sólo encontraron dos coincidencias. Para el primer parlamento de Timon of Athens, que en el original dice:

Poet. Good day, Sir

El simulador llegó a producir:

Poet. Good day Sir Fhl OiX5a]

En la parte II de Henry IV, donde la línea original rubrica:

RUMOUR: Open your ears; for which of you will stop.

El simulador llegó a producir:

RUMOUR: Open your ears; 9r”5j5&?OWTY Z0d…

Los resultados de ambos experimentos (la máquina de escribir cagada y meada; el manuscrito de cinco páginas sólo con la letra S; los parlamentos de Timon of Athens y Henry IV que parecen tipeados por un bebé) arrojan, creo, dos conclusiones. La primera, que si Harold Bloom afirmó alguna vez que en el corpus shakesperiano está cifrado el arquetipo clásico de las pasiones humanas, los monos del Zoológico de Paington y el The Monkey Shakespeare Simulator, reescribieron sobre dicho corpus el arquetipo dadaísta de las pasiones simiescas. La segunda, que a juzgar por los resultados, la hipótesis de Borel parecería más fértil para producir breves obras experimentales que para reproducir largos volúmenes de literatura humana. En efecto, los detractores de su hipótesis calculan que aunque un número de monos equivalente a la cantidad de protones que hay en el Universo se pusiera a tipear aleatoriamente, no les alcanzaría el tiempo desde el Big Bang hasta el fin del Universo para repetir Hamlet. No obstante, acaso en ese tiempo serían capaces de amonedar innumerables piezas biterarias que documentarían mucho mejor las emociones de monos, cyborgs y robots que los ya consabidos del añejo vate inglés.

 


[1] Si bien el traductor al castellano, Jadwiga Maurizio, elige traducir, y con fidelidad, “literatura bítica” por la expresión polaca “literaturą bityczną”, preferimos tomar el neologismo “biterature” con que  Peter Swirski, el especialista canadiense en la obra de Lem, traduce la expresión, en su libro From Literature to Biterature (London: McGill-Queen’s University Press, 2013)

[2] Borges, Jorge Luis. “La máquina de pensar de Raimundo Lulio”. Obras Completas, vol. 13. Buenos Aires: Emecé, 2011, p. 197.

[3] Queneau, Raymond. Cent mille millliards de poèmes. París: Gallimard, 1961.

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