FacebookFacebookTwitterTwitter

Bajo una voz de mando

Ismael Cuasnicú, autor de En el mismo río (Modesto Rimba, 2017), entre otras obras, comparte con nosotros un fragmento de su novela inédita Bajo una voz de mando.

Surreal RomeViviana Peretti

 

 

 

Relincha el caballo. Y viene galopando por la orilla del charco turquesa. Al golpear de los cascos se forman pozos que en segundos bullen de vida, como en un cangrejal. Si trotara, ya se hubiera hundido.

—¡Monte en mí! —grita el caballo.

De un salto soy jinete, a salvo del sapo. Galopamos entre hongosjuncos, varas verdes creciendo hacia la brisa. Miles de esporas, lanzadas por las puntasglande, flotan en el aire y me hacen toser cual pacato viejo. En el cielo del reino brilla una aurora boreal permanente. Acá los colores son más vigorosos que en la superficie, el gris desapareció de los pigmentos y todo parece pintado al barniz.

Dejamos atrás los charcos y, ante nosotros, la inmensidad de un campo de setas blancas, champiñones de una ensalada infinita.

—La micofagia es un delito grave —dice el caballo—, es como si en el reino animal usted fuera antropófago.

—No veo la relación, la antropofagia es el acto por el cual el humano come carne humana. En cambio, acá solo podría ser delito que un hongo coma a otro hongo.

—Eso si la lógica del reino fungi fuera igual a la nuestra. Como caballo, estoy mejor preparado que usted para comprender las diferencias. Avéngase a mis razones. Estoy buscando al bicho bolita, ¿no lo vio?

—Podría estar en cualquier parte.

Desensillo en la orilla de una laguna marrón. Mis botas se hunden en una efervescencia similar al caviar. El caballo bebe.

—El agua viene de napas subterráneas cuya pureza es indiscutible. Beba conmigo.

No sé si ponerme de rodillas y beber directamente con mi boca o, más civilizado, hacer un cuenco con mis manos simulando taza o ánfora. Me avengo a los usos del caballo y lamo con la lengua. Sabe bien. Y sacia.

Nos sentamos a contemplar el horizonte. Aprovecho para acariciarle las crines y la piel que, al roce de mi mano, se estremece con espasmos anti moscas.

—Yo soy veterano de la guerra del Paraguay —se confiesa el caballo­.

No sé qué decir. Continúo con las caricias, que ahora cumplen una función compasiva.

—He visto cosas horrorosas.

Comprendo que va de a poco. A cada frase le sigue un silencio solo roto por el chapoteo del agua sobre un champiñón anfibio.

—Esta es la laguna de la nostalgia. Las sirenas llaman, hay un espejismo de escamas. No era tan cristalina como pensé.

—Yo también he bebido pero me siento como siempre.

—Avéngase a mi tristeza. He dormido mal. Las pesadillas de la guerra colman mis sueños. Tengo la ilusión de encontrar las almas de los paraguayos que hemos pisoteado.

—No veo cómo podría encontrarlas acá.

—Verá.

—No entiendo.

—Déjeme terminar.

—Continúe.

—Verá. Desde que me empequeñecí, he alimentado en secreto una fantasía que alumbra mi conciencia maldita. Le da una salida que lleva al cielo de los caballos.

En la pausa aprovecho para ver sus enormes ojos negros y acuosos, y en esa profundidad de doscientos años, como en una bola de cristal, brotan escenas de batallas en un campo con palmeras, el humo de fusiles, las banderas rojiblancazules que cubren a los muertos.

—Verá. Cuando el cuerpo muere, según todas los indicios de que dispone mi intelecto, el alma no muere con él. El alma, el ser imperecedero, pasa a otro estado. Esto lo vi con mis propios ojos. Los soldados paraguayos, embebidos en sangre y oprobio, cuando morían, abandonaban su alma. Era la venganza que ejercían sobre nosotros, nos dejaban solo la carne, para que nunca sintiéramos que matábamos el alma paraguaya. Esto provocaba mayor saña en mi tropa, se encarnizaban en la destrucción, degollaban los cuellos hurgando gritos, violaban a las mujeres para que sus hombres mostraran su dolor. Oh las palabras que me enseñaron los hombres y no me permiten olvidar. Los aborrezco por subirme a este barco cuya estela es de sangre. Verá. Estaba yo pastando en el Chaco Boreal, a orillas del río Yaurú. Era ya un caballo domesticado, no recordaba nada de cuando presumiblemente cabalgaba libre por las planicies del Mato Grosso. Las estrellas titilaban lejanas, los árboles retorcidos se torcían hacia el agua. En eso llegó un hombre navegando en una canoa. Era un ejemplar viejo, que no parecía tener el control, ya que la embarcación giraba indistintamente de proa a popa. No sé si llevado por la misericordia o la pena, me lancé al agua y tendí mis crines a las arrugadas manos que me aferraron con fuerza de ahogado. En la orilla, agitado por el esfuerzo, el anciano me dio las gracias. Dijo gracias y yo entendí como un rayo que esa palabra me agradecía el haberlo salvado y me daba, a la vez, la gracia de la palabra. Fue la única. Después murió. Y yo vi cómo fue perdiendo su alma. Me quedé a su lado hasta que los hongos lo pudrieron, hasta que hicieron nada de su materia orgánica. Los hongos, ¿se da cuenta? Ellos se llevaron su alma. Lo mismo hicieron con los paraguayos.

Le paso un brazo por el cuello y reclino mi cabeza sobre sus crines. Caballo loco. Aureolas rojas crecen en la laguna. La van tiñendo mientras se juntan, pero no de rojo homogéneo, cada una agrega su tono y lo mantiene, de modo que se vuelve agua a lunares.

—Verá. Algunos de estos hongos que nos rodean tal vez contengan el alma de los que murieron. Los hongos descomponen la materia muerta. Es sabido que las almas intentan quedarse en el cuerpo que las alojó, aunque sea en los restos. Desde que llegamos al reino fungi pienso en preguntarle a cada hongo si en otra vida fue paraguayo, si combatió en la guerra del Paraguay. Aunque me cueste toda mi vida equina, no cejaré de buscar sus almas.

Me conmueve. Nos quedamos en silencio, contemplando las extensiones, el espacio que parece destinado al sueño, a las ilusiones de la quietud. Vuelan esporas multicolores como millones de espermatozoides buscando la vida. Los esporocarpos, levantándose cual álamos blancos, usan sombreros rojos tocados de puntos ocre. A la sombra de los sombreros crecen continuamente filamentos de arañas sin araña, babas del diablo, babas de sátiro que eyacula sin parar.

¿Quién es rey en el reino de los hongos? Cuáles sus súbditos, cuáles sus esclavos. Imagino un gran hongo pudridor, el gran conversor de materia, el recaudador que vuelve lo propio en impropio. Vivirá en un palacio de detritus, creciendo verde de los desechos que le ofrendan los muertos. Él debería saber el destino de cada paraguayo caído en combate. Pienso que podría comunicarle mi suposición al caballo, triste de cabeza gacha, acaso una lágrima cayendo del lagrimal, bufando cada tanto su desconsuelo. Pero eso sería darle lógica a su locura.

 

 

 

Notas relacionadas

Pía Bouzas, narradora y autora de Un largo río (Gárgola, 2016), y Una fuga en casa (Club Hem Editores, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros este relato inédito, tenso y grave, sobre la enfermedad de un hijo y la mirada de su madre.

Florencia Fragasso, autora de Extranjeras (Gog y Magog, 2005) y Melliza (Gog y Magog, 2018), entre otras obras, nos adelanta poemas de su próximo libro Veinte Sillas (Mágicas naranjas), ilustrado por Julieta Dolinsky. Se trata de poemas escritos a partir de ciertas resonancias de la infancia.

Jonás Gómez, autor de Equilibrio en las tablas (Mansalva, 2010) y Una percepción binaria del color (EMR, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

Michel Nieva, traductor de Heráclito y autor de Ascenso y apogeo del Imperio Argentino (Santiago Arcos, 2018), se interroga sobre la literatura no humana, aquí presentamos la primera parte de este ensayo inédito.

Christian Kupchik, narrador, poeta y traductor, autor de Fuera de lugar entre tantos libros, director de la notable revista Siwa, comparte con nosotros este relato inédito.

Juan Fernando García, autor de Morón (Muchos libros felices, 2014) y Sobre el Carapachay (Leviatán, 2017), entre otras obras, comparte con nosotros poemas de su último libro Temporales (El ojo del mármol, 2018).

Pablo Queralt, autor de Cansancio de lo escrito (Tsé-Tsé, 2001) y Ser y ser visto (Zindo&Gafuri, 2015), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

Julieta Desmarás, autora de los poemarios El río & su cajón (Alción, 2014) y La voz mayor (Alción, 2018), comparte con nosotros dos textos de su obra inédita La hora rancia.

Carlos Battilana, autor de Materia (Vox, 2010), Velocidad crucero (Conejos, 2014) y Una mañana boreal (Club Hem, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros poemas de su próximo libro Ramitas. Poesía reunida (1992-2018).

La narradora Ana López comparte con nosotros esta serie de breves relatos inéditos en donde narra, con notable precisión y hondura, la vida de una psicóloga en el marco de la clínica en la que trabaja.