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Un día, un año, un mes

Pía Bouzas, narradora y autora de Un largo río (Gárgola, 2016), y Una fuga en casa (Club Hem Editores, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros este relato inédito, tenso y grave, sobre la enfermedad de un hijo y la mirada de su madre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ella llega a la puerta de la clínica un día cualquiera de estas últimas semanas, de estos últimos treinta y tres días. Cruza la calle con Tomi de la mano. No pasan muchos autos a esa hora del mediodía, tan cerca de la Panamericana. No hay casas altas en el barrio, y el sol rebota en la plaza de enfrente. Ella lleva un bolso cómodo, amplio, con juguetes y marcadores y una muda ligera de ropa. Camina con paso firme, un poco inclinada hacia la derecha, como si algo jalonara hacia abajo.  Pero no. Habla con ímpetu, dice cosas como viste qué lindo día, y el tono de voz sostenido, activo, contrasta por un instante con la mirada que busca el cordón de la vereda con inquietud y rebota. El escalón, Tomi.  Tomi  va de su mano, mechones rubios raleados y un barbijo sobre su boca. Camina obediente. Pero se tuerce hacia la plaza fugazmente, hacia los chicos en las hamacas y pregunta ¿me van a pinchar hoy?

Ella le contesta la verdad, pero cambia rápidamente de tema. Le ofrece un jugo de manzana, un alfajor, sabe que eso le gusta. El hall de entrada de esa clínica, en particular, tiene el aspecto de un aeropuerto internacional. Los recibe con un aire acondicionado que corta con filo el verano, con gente bien vestida, a la moda, sillones de cuero frente a la cafetería, un enorme ventanal a la calle, y la vista de árboles frondosos. Ella y Tomi se ubican en la fila frente al mostrador de la recepcionista para hacer los trámites de ingreso.  Ella y Tomi también están bien vestidos. Ropa sencilla pero que marca claramente el cuidado: una blusón color pastel, unas bermudas de jean y una remera nueva para él. Ropa, sobre todo, prolija, sin arrugas. Ella misma a la noche plancha la ropa del día siguiente. No cede un solo terreno.  A unos pasos está la confitería, y ahí, entre las mesas, descubre a un nene sentado en el borde de uno de los sillones de cuero. Está pelado.

-Mirá, ese nene también tiene barbijo –dice con entusiasmo exagerado. Lograr que Tomi aceptara ponerse barbijos había sido una tarea difícil, muy difícil.

-¿Viene con dibujitos de Mickey o de Minnie?

-No alcanzo a ver, seguro es como el tuyo.

-De Mickey –repite una mujer desde el puesto de atrás en la fila, un poco más joven que ella-. Es mi hijo.

Tomi escucha a esa mamá y después se vuelve hacia el nene pero no dice nada. No sabe si le importa que el chico esté ahí. Lo observa, sí. Pero no le importa. Sabe que otros chicos usan barbijo. Sabe también que la mayoría de los chicos no. No tiene nada para decir, aunque su mamá esté esperando que diga algo. Ella finalmente termina los trámites. Rumbo al ascensor observa al chico de cerca. Hola, le dice con exagerada normalidad, como si se encontraran en el arenero. No está totalmente pelado, lo ha estado, el pelo le está creciendo, tiene una pelusa fina, castaña, como la de los bebés. Él no le responde.

En el pasillo del segundo piso todas las enfermeras saludan a Tomi mientras avanza de la mano de su mamá. Conoce el camino. El pasillo, el hall, la oficina, la habitación.

-Ya te estoy preparando el tostado para dentro de un rato, ¿querés? –le dice la camarera al verlo llegar.

A Tomi le gusta muchísimo el tostado de jamón y queso que le preparan de merienda, después de la sesión de quimioterapia. Come con ansias, feliz, mientras mira dibujitos en la tele. Su preferido es “Manny a la obra” y el estribillo “sí, podemos”. En estos días aprendió a dibujar con la mano izquierda, regala dibujos a la nutricionista y a la enfermera: a una la dibuja flaquita, a la otra con tetas grandes. A veces dibuja una casa con sol.  Dice ya está, listo, entrega el papel y se aburre, se quiere ir.

-¿Cómo va a ser el pinchazo?

-………..

-¿ De punta o acostada?

Ella entiende perfectamente de qué le habla Tomi, pero se hace la tonta. Como si pudiera distraerlo. Como si no soportara escuchar que él pueda hacer una pregunta tan directa.  No le gusta esa escena, ni ese diálogo. Él insiste. La aguja, ¿cómo la van a poner? Él ya sabe. Si viene parada, es en la cola; horizontal, en el brazo derecho. Ella le responde la verdad: horizontal. Le indica que se siente en las sillas frente a  la recepción mientras le indican qué habitación les toca.

En la oficina de las enfermeras se encuentra con la mujer joven de la recepción, la madre del chico de pelo pelusa barbijo de Mickey.

-Hace un año –le dice ella, entusiasmada- Ahora viene para una punción de control. Ya está curado.

Tiene exactamente un año más que Tomi y también le dicen Tomi, pero por Timoteo; ¿en serio? Las coincidencias la abruman: el sobrenombre, la edad, el médico que los atiende. ¡No lo puedo creer!, le escucha decir a la madre como en alguna kermesse de colegio o un domingo en algún club.  Parece mentira o una telenovela. Pero ella trabaja en un hospital y sabe que no hay nada como meterse por los pasillos para descubrir cientos de coincidencias. Esas coincidencias la convierten en parte de una serie que se repite una y otra vez, en parte de una estadística. De alguna manera, también la alivian.

-Si todo sigue así, en marzo empieza primer grado.

Ahora está empezando la primavera y esa madre está radiante. Dice que su hijo ya no sufre, que viene contento a la clínica. Hace chistes con el anestesista, se toca la nalga, acepta la mascarilla.

-Este año no fue al jardín-aclara –pero como soy maestra, lo entretuve.

Ella la mira, escucha, sonríe, le sudan las manos, le duele el cuello. Sobre todo le duele el cuello. La observa mucho, la estudia. Los gestos, el pelo castaño, los claritos rubios. Y finge. Sopesa cada una de sus palabras. Su teoría es que las madres con el paso del tiempo se olvidan de todo lo que tuvieron que pasar. Cuando hablan de sus hijos que ya crecieron, por ejemplo, se olvidan de que no durmieron prácticamente nada durante años o meses. En el relato que arman, sus hijos siempre dormían, siempre comían, siempre todo.  Por eso la escucha así, con cierta distancia, con ganas de que finalmente se calle la boca, porque a Tomi no le gusta ir a la clínica y les pregunta ¿por qué me enfermé yo? , y a veces le pega a su hermano menor cuando vuelve a casa y no le quiere prestar de ninguna manera ningún juguete.  No puede imaginárselo yendo contento a la clínica. Hasta que por fin la mujer se va hacia la habitación 211, le deja su número telefónico, prometen hablarse, dale, así me contás cómo le va, totalmente, en un año vas a ver.

Ella permanece de pie, pero más cerca de la fila de asientos contra la pared, donde está Tomi. El médico se les acerca. Guardapolvo blanco sobre un ambo verde. Paso rápido, seco. Anteojos. Saludos de rigor. Siempre lo ve así. Lo conoció hace treinta días, en la primera internación de Tomi.

-¿Y su marido?

-Está llegando.

Por un instante duda, pero el reloj de pared señala la una y media.

-Mire que la punción era a las dos –le aclara ella con bastante timidez, tanteando, con cuidado. Que nada del tono genere un equívoco, por favor. Solo quiere certificar, porque a veces los médicos, ella lo sabe bien, se confunden.

-Sí, sí, pasa que después vuelvo a Capital. Otra punción, un chico que debutó recién.

-Ah -dice ella, no puede decir más.

Está acostumbrada a las palabras de los médicos, a la serie, al “debutó”.  Pero de todas maneras, el tiempo se le viene encima como una ola de gran altura.

-Quiero llegar temprano, así alcanzan a dejar la muestra en Fundaleu hoy.

Ella comprende, asiente, baja la mirada. Piensa con los labios tensos y los brazos cruzados contra al pecho. Piensa mientras Tomi juega con un muñeco de Buzzlightyear  que sacó de la mochila. Hay otra familia que ahora está esperando un resultado que divide al tiempo en dos para siempre, no hay manera. Tomi la interrumpe para pedirle que arregle a Buzz, siempre se le sale el brazo derecho. Ella lo agarra, lo encastra. Imagina a la pareja en alguna otra clínica, o quizás sea un paciente del hospital. Esperan como ellos esperaban un mes atrás, cuando ninguno podía contener la desesperación que los asaltaba como un boxeador en el ring, en el centro del estómago. Esas horas. Tenían que servir la leche en la merienda y darse vuelta, fingir que estaban resfriados o que tenían tos, que se habían atragantado con algo.

El médico mira a Tomi, le mira el pelo, particularmente, que todavía no se le cayó.

-¿Será que zafa? –afirma y pregunta.

Ella sabe que al médico eso no le interesa nada, es algo absolutamente menor, cosmético, sin implicancias de ningún tipo. Y no contesta nada, estira una sonrisa de cortesía, por cumplir nomás. Un gesto rápido, como de otra época o de otro lugar, como si hablara con un desconocido en el dentista.

Después sigue esa extraña rutina ya aprendida. Llega su marido, con paso ligero por el pasillo, abraza a Tomi, le hace upa, entran los dos a la habitación 205, llega el anestesista. Se queda con él hasta que lo preparan y sale. En quince minutos el médico hará su trabajo y se irá. Después de eso, su marido también volverá a Buenos Aires para llevar la muestra de la punción a Fundaleu. Luego vendrá la sesión de quimioterapia.

Mientras el médico está en la habitación, ella y su marido hablan de temas menores, domésticos: el estacionamiento, el auto, un regalo que le envía Mauricio desde Barcelona a Tomi. No se abrazan en la clínica, están lado a lado pero no se abrazan. A veces se agarran de la mano. Sobre todo, actúan. Cuando les hablan, los dos reaccionan rápidamente. Contestan con voz clara, decidida, nunca hay remolinos en el tono de voz. No lo permiten.

Ella usualmente sonríe cuando llega la enfermera a decirles que el procedimiento está concluido, que pueden pasar, o cuando se despide del médico todo muy bien, muchas gracias; incluso cuando le da un beso ligero en la boca a su marido que se va volando para llegar a tiempo a la fundación, que los verá recién a la noche en casa.  Hasta cuando entra en la habitación y ve a Tomi en el centro de la cama, demasiado grande para él, profundamente dormido. Ella se esfuerza en general. Actúa. Deja el bolso en la silla, a Buzzlightyear junto a la mochila, se lava las manos con alcohol en gel y se le acerca. Le acomoda los rulos rubios, raleados, le da besos en los cachetes blancos, todavía no puede creer. Apoya su cabeza en la almohada, junto a la suya, le gustaría soñar los mismos sueños que él pero no puede; le acaricia los dedos de su mano derecha, tibios. Ella se esfuerza en general. Pero en el instante en que se queda sola, como ahora, deja de sonreír, sus ojos marrones miran de soslayo, se escabullen. Chequea rápidamente el estado de la vía en el brazo derecho, el suero. No es una mirada desconfiada. Es una mirada que no quiere ser vista, doblegada, que imagina en diagonal lo que vendrá. Una mirada que no piensa, porque no hay nada que pensar, se deja estar. Una mirada que abarca todo el tiempo acumulado y lo elimina, sí, lo pesa y lo elimina, porque en cuestión de minutos, solo unos minutos, llegará la otra enfermera, le dirá hola mami y empezará a preparar a su hijo para pasarle la medicación.

 

 

 

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