FacebookFacebookTwitterTwitter

Bienes Raíces

Paula Tomassoni, autora de Leche merengada y de Pez y otros relatos, comparte con nosotros un adelanto de su nueva novela Indeleble publicada por EME editorial.

tumblr_oo52qiYI8t1r3wk1zo2_1280

 

 

La perturbaba reconocer que ante el cadáver de su marido su primer pensamiento había sido que la camisa celeste oscuro combinaba muy mal con el cortinado de fondo, celeste pero más claro. Había gritado. Un grito aterrador que había atraído a los vecinos y a Damián, el encargado del edificio. Minutos después, alguien la ayudaba a salir del departamento y la sentaba en otra cocina frente a un vaso de agua; alguien cerraba la puerta espantando curiosos y llamaba a la policía; alguien empezaba a dar forma al primer testimonio sobre ese suicidio. Pero nadie, excepto ella, se había dado cuenta de que esa muerte no combinaba.

 

 

 

 

 

Sacudo con disimulo restos de arena que quedaron apelmazados en el plástico azul y guardo la pala adentro del bolso. Es una pavada, ya sé, pero igual me da vergüenza andar cargando juguetitos de playa. Ricardo dice que la palita es imprescindible si quiero abrir la sombrilla. Y yo quiero: necesito guarecerme del sol del mediodía. Dice que no hay otro modo de plantarla firme que haciendo un pozo profundo, para que el caño no se mueva. Que los que juegan a la paleta usan la parte del mango para cavar el agujero, pero que él prefiere una palita de plástico.

– ¿Ves? Quedó perfecta.

Miro nuestra sombrilla. Tiene razón: está derecha y firme como una palmera de colores.

Ricardo lee el diario sentado en una sillita tijera de madera y lona que ya hundió la mitad de sus patas en la arena húmeda de la orilla.

–Está subiendo el agua– observo. Pero él no hace caso. Pasa las puntas de las hojas con los dedos mojados con saliva.

 

 

 

 

 

El departamento de la vecina acopiaba gente curiosa. La miraban, pero Maine no se daba cuenta. Bebía el agua de a sorbitos, sin soltar el vaso. Cuando se acababa, alguien le servía más. Mantenía la vista fija en las flores dibujadas en el mantel de hule. Parecían rosas. Tenían los bordes de los pétalos remarcados con color fuerte, que se iba evaporando hacia abajo. Los dibujos de las hojas formaban una corona de espinas. La matriz de la imagen se repetía de manera vertical y horizontal cubriendo toda la superficie del mantel. Trató de contarlas. La mesa era redonda pero el mantel cuadrado. Verticales: cinco siete ocho diez y de cada lado deben caer tres ¿Trece? No, tres de cada lado: dieciséis.Y si el mantel es cuadrado son dieciséis  por dieciséis. A ver: uno por seis, seis y uno queda dieciséis, y uno por seis… ¿Existen los manteles cuadrados? Sabía de los rectangulares, pero… ¿cuadrados?  ¿Y qué lado era más largo, entonces, si es rectangular? Sin darse cuenta había terminado de nuevo el agua, y le estaban volviendo a servir.

 

 

 

 

 

–Te quemaste mucho.

Ricardo me pasa por la espalda el gel post solar: un escalofrío me recorre el cuerpo ardiente, afiebrado. Que para qué llevamos la sombrilla si después no la uso, me dice. Tiene las manos grandes y me gusta cuando se detienen cerca del cuello, a pesar del ardor. Me pongo una camisola que se  queda pegada al cuerpo por la crema. Él se cuelga un pullover finito y amarillo sobre los hombros. Se peina para el costado con un poco de gel para que quede firme. Tiene algunas canas, en la zona de las patillas.

Tiro de la tela de mi camisa y la sacudo para que se despegue de la espalda. En el espejo pequeño que adorna el monoambiente que alquilamos para veranear, me delineo el borde superior del ojo. Llego apenas más allá del final de las pestañas y hago una curvita hacia arriba. Desenredo el pelo mojado que chorrea sobre los hombros empapándome la ropa.

– ¿Vamos? –grita Ricardo.

–Ya casi –le digo. Me paso brillo sobre los labios y guardo los cigarrillos en la cartera. Salimos.

 

 

 

 

 

Quiso levantarse de la silla. La gente que estaba alrededor, que le pareció muchísima, hizo un silencio involuntario. Gloria, su vecina, con la jarra de agua en la mano, le preguntó a dónde iba. A su casa. La detuvo: que de ninguna manera, que ni lo soñara, no podía volver al departamento tan pronto, con toda la sangre, que esa noche dormía ahí, en el suyo. Maine quiso preguntarle de qué sangre hablaba, pero Gloria insistió: que no, que después mandaría a Fede, su hijo, a buscarle ropa. Que ella no entrara hasta que alguien limpiase. Maine no pudo entender a qué sangre se refería. Se imaginó el cuerpo de Ricardo girando como un trompo y salpicando alrededor. ¿De qué hablaba su vecina? No había visto ninguna mancha en la cortina celeste, ni en la camisa impecable que ella misma había planchado esa mañana.

Entre varios, no miró bien quiénes, volvieron a sentarla. Pero Maine tenía mucho que hacer: tenía que bajar a su marido del techo. ¿Estaban seguros de que estaba muerto? Había escuchado, creía recordar, casos de ahorcados descubiertos antes de que dejaran de respirar. Y salvados. ¿Se habrían fijado bien? Miró a los vecinos que la rodeaban sin saber cómo preguntarles. Ella era la única sentada. Las otras sillas, ordenadas en torno a la mesa, estaban vacías. Se sentía en medio de un bosque.  Todos hablaban entre sí, en voz baja, pero Maine no entendía o no le interesaba entender de qué conversaban. Sospechaba que del clima, que de a poco estaba empezando a cambiar. O de los precios de las cosas, que aumentaban y aumentaban.

Gloria volvió a servirle agua, se agachó al lado suyo, la tomó de las manos. Que se quedara tranquila, que todo iba a estar bien. Aprovechó para averiguar si ya lo habían bajado. La vecina le explicó que ya estaba la policía, y que su hermano había llegado enseguida y se estaba ocupando de todo, que se quedara tranquila, que todo iba a estar bien. La policía. Imaginó su departamento lleno de gente extraña. ¿Cómo iban a hacer para descolgarlo? ¿Y él, cómo se habría subido? ¿En qué estaba pensando, Dios Santo, en qué?

 

Notas relacionadas

Lucía De Leone, autora de la reciente compilación de colaboraciones periodísticas de Sara Gallardo, Los oficios (Excursiones, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros un ensayo sobre Clarice Lispector, en la semana de su aniversario.

Alejandra Correa, autora de Los niños de Japón (Recovecos, 2010) y Maneras de ver morir a un pájaro (La gran Nilson, 2015), entre otras obras, comparte poemas de su libro Donde olvido mi nombre (Alción, 2005).

Dos poemas del último libro de Cristian De Nápoli, Antes de abrir un club (Zindo & Gafuri, 2018), y un inédito del libro El pájaro rodante.

Joaquín Valenzuela, autor de La caracolera (Ediciones en Danza, 2016) y Sombra de agua (Griselda García Editora, 2017), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

Tres poemas inéditos de Valeria Cervero, autora de Madrecitas (Barnacle, 2017) y Seres pequeños (HD, 2018), entre otros libros.

Pía Bouzas, narradora y autora de Un largo río (Gárgola, 2016), y Una fuga en casa (Club Hem Editores, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros este relato inédito, tenso y grave, sobre la enfermedad de un hijo y la mirada de su madre.

Florencia Fragasso, autora de Extranjeras (Gog y Magog, 2005) y Melliza (Gog y Magog, 2018), entre otras obras, nos adelanta poemas de su próximo libro Veinte Sillas (Mágicas naranjas), ilustrado por Julieta Dolinsky. Se trata de poemas escritos a partir de ciertas resonancias de la infancia.

Ismael Cuasnicú, autor de En el mismo río (Modesto Rimba, 2017), entre otras obras, comparte con nosotros un fragmento de su novela inédita Bajo una voz de mando.

Jonás Gómez, autor de Equilibrio en las tablas (Mansalva, 2010) y Una percepción binaria del color (EMR, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

Michel Nieva, traductor de Heráclito y autor de Ascenso y apogeo del Imperio Argentino (Santiago Arcos, 2018), se interroga sobre la literatura no humana, aquí presentamos la primera parte de este ensayo inédito.