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El peso de la luz

Lucía De Leone, autora de la reciente compilación de colaboraciones periodísticas de Sara Gallardo, Los oficios (Excursiones, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros un ensayo sobre Clarice Lispector, en la semana de su aniversario.

Antony Cairs

 Antony Cairs

 

 

La noche y los libros. Son muchas las imágenes visuales y literarias de la escritura (y la lectura) con la noche. Durante la noche, al menos en el fuero privado, cae el peso de la luz, y es la hora en que, generalmente, termina el trabajo (el negotium de la esfera pública) y nos espera el descanso en interiores, el otium, o nos recibe otra escena: la de la escritura cuando todos duermen. Escena poderosa, también por no hallarse exenta de peligros. ¿Qué es lo que pasa con las letras cuando nadie nos ve?

Virginia Woolf hablaba de un cuarto propio, ya lo sabemos. Imagino a Virginia construyendo su propia noche, a cualquier hora del día, cerrando persianas, tal vez, armando un clima de abstracción para poder escribir. ¡Cuántas lectoras de libros y escritoras nocturnas de cartas pintó Vermeer en sus cuadros! ¿No fue acaso José Asunción Silva quien atrapó a la noche en versos para cantarle al amor pasión? “Por el cielo va la luna con un niño de la mano…”, enunciaba el Romancero de Lorca en que a la muerte de un niño le gana en potencia poética  el fin de la luna: “el aire la vela vela, el aire la está velando”. ¡Inmemoriales las juvenilias de Miguel Cané en su cruzada para robar velas al altar de la Iglesia de San Ignacio! Tan sólo necesitaba de la luz para leer, ávidamente, novelas de aventuras en la oscuridad de la noche en que los estudiantes del excelso Colegio Nacional de Buenos Aires debían dormir, siempre vigilados por estrictos regentes que exigían que la noche reparara el trajín del día. ¿Quién no recuerda al Onetti también periodista, el de humor sardónico, a ese mismo que antes de escoger la cama de una habitación oscura (remedo de la noche) como el único sitio posible para la escritura, afirmaba que escribir demanda un resto, ese que se deduce de robarle horas al sueño? Se suma, así, a estas relaciones noche, libro, escritura, el suceso del robo: se roba tiempo al descanso, se roba luz como sacrilegio, se pagan tributos por entregarse al puro gasto que implica salirse del circuito convencionalmente productivo, como diría Roland Barthes a propósito del sujeto enamorado. Cuánto de parecido suele haber en estas imágenes entre quien así escribe y el tonto enamorado, el semiólogo profesional que en cada cosa lee signos de amor.

Pero aquí quiero hablar de Clarice Lispector, también en relación al complejo entramado noche, libros, escritura, robo, gasto, derroche. Clarice, la escritora, la periodista profesional, la esposa, la divorciada, la madre, la que indagó tanto en sus ficciones como en sus crónicas la opresión del mundo doméstico sin declararse ostensiblemente feminista, sin caer en fórmulas esperadas ni resoluciones efectistas, sin ir tampoco por el lado de lo fácilmente comunicable y digerible; más bien eligiendo la ruta del desvío, como el que toman muchas de sus protagonistas: como las de los cuentos “Amor”, Imitación de la rosa”, “El búfalo”, “Lazos de familia. Esas sensibilidades femeninas perturbadas y casi impenetrables que transitan la urbe carioca: el camino al mercado interceptado por la mirada del ciego, la detención del tiempo en la tarde secreta del Jardín Botánico, el regreso al hogar y la vida matrimonial después del desliz, la fusión humano-animal en el Jardín zoológico. Mujeres, entonces, en sus momentos más álgidos de alienación, confusión, deseo, fantasía, otras formas de la noche, de pequeñas muertes como lo son los retiros en que se suspende la lógica del mundo.

Es en esos momentos en que la escritura de Clarice, además de alojar un repertorio de  angustias del mundo moderno, respira única. Esa escritura que la escritora Sara Gallardo –su fan argentina– denominó “viril” justamente por el trabajo material con la palabra que, como querían los Formalistas rusos, debía remedar al del escultor con el mármol. La palabra viril, la palabra que surge de pulir y pulir el diamante. Esa escritura que la crítica literaria feminista Hèlèn Cixous ubica como paradigma de la llamada “escritura femenina”, donde “femenina” remite menos a asignaciones genéricas que a un modo de ser y actuar de la palabra. La palabra se encadena en ritmos, jadeos, silencios, timbres, posiciones y cadencias intransferibles. Intransferibles en el sentido de extraterritorial, dirá, no sólo porque excedería los territorios delimitables en términos de fronteras nacionales sino por la dificultad para situarla, para encontrarle parecidos o antecedentes en el propio sistema literario. Lo que la colocaría en un sitio indeterminable, ese mismo al que pertenece –estoy parafraseando a Cixous– el oído finísimo, ese que capta el ruido de las estrellas, ese mismo desde el cual es posible rozar los átomos.

“Entiéndeme: te escribo una onomatopeya, una convulsión del lenguaje. Te transmito no una historia sino sólo palabras que viven del sonido”, avisa en Agua viva.

Cómo no remarcar esas relaciones entre libros, noche, escritura, en torno de esta escritora hoy más que nunca, cuando contamos con herramientas teórico-críticas y ejercemos nuevas miradas gracias a la amplitud instaurada por los estudios de género y feministas, cuando vivimos en tiempos de marchas, demandas históricas, reivindicaciones antipatriarcales, políticas identitarias y  emergencia de nuevos sujetos de derecho.

 

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Esa mujer es Clarice Lispector, cuyo nombre ucraniano –Chaya– alude a la vida, al agua viva, al IT de donde sale la vida. Rara, mística, por poco bruja, bellísima; sus escrituras no encajaron cómodamente en los marcos fijados por los sistemas literarios nacionales de la época  y son difíciles de leer (pensemos en La pasión según GH); madre con cuarto propio material y simbólico en su estadio post, que escribe, sin embargo, rodeada de sus hijos, interceptada por el timbre o el teléfono, atenta a que no falten alimentos en la heladera, al cuidado también del funcionamiento del orden doméstico familiar; esposa que se le anima al divorcio del diplomático, del millonario.

Ahora bien, a esta altura, los personajes creados en sus ficciones ya se han independizado y trascienden las páginas del libro: no es cierto que Macabea, GH o la cucaracha  no anden por aquí, entre nosotros. Criaturas que nacen en la imaginación de esta escritora de antes de la era digital, de mucho antes de la era de las computadoras, que escribe a mano y luego tipea sobre la máquina, a veces cansada, rendida por el agotamiento, con erratas que corrige y vuelve a corregir. No por casualidad, en Recife la estatua de Clarice recupera la célebre imagen de ella con la máquina de escribir sobre las rodillas.

Seducida también por alguna forma del nomadismo fue una viajera incansable y también periodista profesional en muchísimos medios gráficos, que se ganaba la vida escribiendo crónicas en las que podía con todos los temas, incluso los más “frívolos”; esos temas con los que forjó imaginarios novedosos, una posición de enunciación de complicidad, un estilo propio y un tono con el que dirigirse a las lectoras modernas. Sus consejos para mujeres dieron un peculiar tratamiento –asentado en la delgada línea entre lo irónico-lo reivindicativo y la adecuación al status quo– a ciertas convenciones, mandatos, cánones impuestos sobre belleza, salud, higiene, costumbres, moda y deber ser femeninos.

En las crónicas Clarice desarrolla tanto una instrucción en el cultivo de belleza como una propedéutica que habilite una correcta apropiación de las prácticas de sociabilidad más extendidas, de la cultura del buen gusto, el comportamiento esperable, la educación de los hijos, el buen vestir, el buen hablar, el buen comer, en definitiva, el arte del saber vivir.  Son consejos útiles, fórmulas para dominar la escena doméstica (tan cara a su literatura) sin por ello perder glamour o sex appeal. Pero también, son los revoltosos 60 (que la píldora, que las culturas juveniles, que los cambios en las relaciones de género, que las nuevas maternidades), las prácticas sexuales y los contratos afectivos vienen flexibilizándose hace años, y así ganan lugar las reflexiones sobre cómo reapropiarse de la vieja práctica del flirteo o cómo defender las propias elecciones (el no a la maternidad y al matrimonio, el sí a la profesionalización y el trabajo fuera de casa, sin por ello comprar el slogan de la solterona, la marimacho, la buscona, la que se queda para vestir santos):

“El flirteo es el medio de conocer mejor a los hombres, juzgarlos, descubrir lo que cada uno piensa de las mujeres en general”.

“Ya no estamos en la época en que la única finalidad de una joven era pescar marido”.

“El perfume que uses deberá ser como una emanación de tu personalidad. (…) El perfume acentúa tu presencia. ¿Te gustaría ser acentuada a gritos? Muchos perfumes significan para el olfato lo que la voz alta y estridente significa para los oídos”.

¿Cuánto tiempo históricamente han destinado las mujeres (y las escritoras) a reflexionar sobre su condición de mujer? ¿Con cuánta ventaja cuentan los varones que no han tenido que lidiar con ese complejo y paradojal problema: ser mujer y pensarse como mujer?

En definitiva, ella nos dirá con convicción –qué adelantada fuiste, Clarice– que mujer que lucha es también mujer bonita. También Clarice escribía al compás del juego de sus hijos, pero también lo hacía de noche, acabada ya la rutina doméstica, y acompañada de los otros ruidos y los otros tiempos de la casa, esos en que se suspende la legalidad y el hogar se llena de secretos. Y vuelve a aparecer, entonces, el binomio noche y libros, noche y escritura. En este sentido, se conocen dos imágenes muy potentes que trascendieron de Clarice escribiendo, que hoy son un clásico o un hit. Hay una crónica que Clarice dedica a las manos de la mujer, que dice:

“A veces encontramos mujeres bonitas, bien vestidas, bien cuidadas, que presentan, sin embargo, este fallo grave en su elegancia: unas manos feas. Los masajes con una crema especial, el esmalte siempre correcto, de un color cuyo tono combine con el color de la piel, gestos armoniosos con su forma, pueden hacer bonitas esas manos. (…) Innumerables sonetos se han hecho para ellas y es necesario, por lo tanto, no descuidar ese detalle, que es importantísimo para tu belleza”.

Cuán tremenda se vuelve la referencia a la belleza de las manos cuando nos enteramos que Clarice sufre un accidente doméstico que casi le vale la vida y que arruinó para siempre su mano derecha, la mano que escribe. Un cross a la mandíbula de la belleza, de la vocación, de la profesión. Una noche, acaso luego de una larga jornada laboral, Clarice, agotada pero intentando ganarle un minuto más a lo quedaba del día, se queda dormida con un cigarrillo prendido y muy rápidamente el fuego se extiende. Un fuego de humos visibles, que opacó la belleza y dañó para siempre la movilidad de su mano derecha, que fue sometida a operaciones, a tratamientos con injertos, corrió el riesgo de ser amputada, y amenazó con no escribir más por sí misma. Con algunos años de diferencia, otra parte sustancial del cuerpo escribiente de Lispector  sufre un accidente de distinto tenor: el ojo izquierdo. Desde las páginas del Jornal do Brasil, Clarice apunta los dolores intolerables, el lagrimeo constante y la visión turbia, que le causan en el ojo izquierdo –su ojo rector y por ende el más sensible– el recurrente ingreso de cuerpos extraños vulgarmente llamados basuritas en los ojos. El ojo inhabilitado se cierra y permanece oscuro, se le hace de noche.

Y cuán significativas, insisto, se vuelven estas imágenes cuando vemos que Clarice se encarga de filtrar las referencias cada vez que puede en sus crónicas del Jornal do Brasil de fines de los años 60, cuando empieza una última etapa de la escritora, caracterizada por una sucesión de finales (de la carrera, de la obra, de Macabea, de la vida), que críticos como Ítalo Moriconi ha dado a conocer como “la hora de la basura”.

Pero esta extranjera en todas partes no dejará la escritura así tan fácil, ni siquiera en ese momento no menos profano por sagrado. La dejará cuando se tope con una muerte temprana, cuando se encuentre regida bajo los tiempos de la oscuridad. O para decirlo y al decirlo hacerle justicia a su universo poético y referencial: sólo dejará de escribir cuando dé el último soplo de vida, ese que quite a los libros o a la escena de escritura de su noche viva.

 

 

 

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