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Lucía

Edgardo Cozarinsky, el gran escritor, cineasta y ensayista, comparte con nosotros el fragmento de una nueva novela inédita en la que se encuentra trabajando desde hace meses.

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- Los hombres, se sabe pero no suele admitirse, son más sentimentales que las mujeres.

El que hablaba era un periodista al borde de la jubilación, compañero de redacción, muy distinto de Rafael. Un especialista en la historia del tango. Durante el brindis de despedida, en su último día en el diario, el viejo se había lanzado a exponer sus teorías.

- Aunque es mejor no generalizar. Algunos hombres. Aquellos de los que canta el tango, siempre al borde de las lágrimas. Un viejo ensayo mío sobre las letras de tango lo estudia.

Animado por varias copas, el viejo se entusiasmaba escuchándose a sí mismo, luciendo una erudición que dejaba indiferente a sus oyentes, hombres jóvenes para quienes el tango pertenecía a un mundo polvoriento de emociones ajenas.

- Paso revista a algunos ejemplos de mi libro. Por más que la biblia tanguera, “Tomo y obligo” de Manuel Romero para Gardel, proclame “sufra y no llore, que un hombre macho no debe llorar”. Contursi admitió con frecuencia “Qué ganas de llorar”, cito “En esta tarde gris”. También “Qué ganas tuve de llorar” y “Perdón si me ves lagrimear” en “Como dos extraños”, para confesar francamente “No quiero ni recordar / allá en París aquellas noches de frío. / Entré en un bar y una orquesta / tocaba un tango argentino… / ¡cómo me puse a llorar!”, algo que anuncia ya desde el título: ”Cómo me puse a llorar”.

Hizo una pausa, inseguro de la atención que le prestaban sus compañeros. No se dejó disuadir por la audiencia cada vez más raleada que seguía su exposición.

- Homero Manzi, por su parte, tampoco le temió al llanto: “No me beses que te estoy llorando / y quisiera no llorarte más” en “Fuimos”, mientras que Amadori se arrojó sin recaudo en “Quién hubiera dicho”: “y al quedarme a solas / he llorado, hermano, / como una mujer”. Cadícamo confesaba, ya desde el título, “Llorar por una mujer”, que “Llorar, llorar por una mujer / es quererla y no tenerla”. Y fíjense, aun el olvidado Francisco Bastardi evocaba el poder terapéutico de las lágrimas: “Déjame llorar, hermano, / para quitarme las penas / y así romper las cadenas / que me ligan a su amor” en “Déjame llorar hermano”.

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Él ya había dejado de escucharlo. Temía que el elenco de citas pudiera prolongarse indefinidamente. En su vida, se tranquilizó, había ignorado sin esfuerzo la tendencia al llanto, escapando a esa tradición argentina que el tango acata, acaso con más fuerza porque intente negarla. Admitió que no había conocido muchas mujeres. Algunas apasionadas, posesivas las más, incluso una resentida, complacida en el dolor; todas, en distinto grado, manipuladoras aun desde la aparente sumisión o fragilidad. Ninguna sentimental.

En Lucía había observado, atenuados, todos esos rasgos. Aunque mucho menor que él, ya no podía ser la muchacha frágil que había conocido; sin embargo, la había estado buscando a pesar de que, de encontrarla, sabía que no le prometería felicidad duradera, acaso solo una humillación final.

Se pregunta por esta contradicción entre razón y sentimiento. Siempre ha aceptado, sin pretender entenderla, toda contradicción en la conducta humana. Lo único que aprendió es que ciertas cosas no hay que medirlas por el tiempo sino por la intensidad. Al cálculo mezquino, de ahorrista, horizontal en la extensión, prefiere el despilfarro, vertical en su profundidad.

Él había sido otro hombre cuando la conoció. Se acordaba de sí mismo, de los compañeros de periodismo, del tango, de su vida sin imprevistos ni imprudencia. Ese recuerdo no asomaba a menudo, y cuando aparecía no llegaba acompañado de nostalgia. Eran cosas que habían quedado lejos, borrosas como detrás de un vidrio sucio.

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