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Marea

Graciela Batticuore comparte con nosotros un adelanto de su novela Marea (Caterva, 2019) que será presentada el sábado 1° de junio en Caburé Libros.

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Marea cuenta la historia de Nina, una historia que se va componiendo a través de relatos de sueños y de memorias de la protagonista, que son como los cuadros de un patchwork, los fragmentos de un collage. Esos sueños son también las vías de acceso a la verdad interior, a la intimidad del personaje, que indaga en ellos un saber acerca de sí misma y de los otros. Pero, también, juegan su parte en esta historia los recuerdos de Nina, que la asaltan como fogonazos interceptando el presente, muestran cómo el pasado sigue vigente en el ahora. Y es que el tiempo en el que vive este personaje no es lineal, tal vez porque el tiempo cronológico mucho no importa cuando la verdad y la historia que se desean contar son la de una identidad que se está construyendo, indagando a sí misma (o tal vez porque el tiempo de la marea es otro, como el tiempo de cualquier relato literario). Esa identidad femenina se va explorando en el despliegue de la intimidad y, a la vez, en el diálogo con el mundo, con los otros, que revisten una autoridad temible, amenazante y al mismo tiempo deseable. Por eso, tal vez, también hay en Marea un registro de lo ominoso y a la vez una búsqueda de apertura, de movimiento, de salida, que se realiza a través del cuerpo femenino y la escritura.

              GB.

 

 

Huida

La interceptó con la mirada cuando iba cruzando el puente que la llevaba hasta al final del muelle donde estaba la casilla. Era largo el sendero, la noche oscura, los tablones de madera en el piso se recortaban contra el aire, a distancia, entre el oleaje del río que se bamboleaba adelante. Levantó los ojos y también lo vio, dio directo en los suyos y comprendió que era su presa. Apuró la marcha hasta perderlo y al llegar trancó la puerta con un gancho pero él no tardó en abrirla, a patadas, hasta volar por los aires el cerrojo. La ceremonia empezó poco después. Fue sacando uno a uno los utensilios de adentro de la funda: hojas de acero bien afiladas, anchas, de diferentes tamaños. Las palpaba amablemente, las contorneaba para hacerlas relucir de un lado y del otro bajo la luz cansina de la única lámpara que iluminaba el cuarto, después las ubicaba en fila sobre la franela que acomodó sigilosamente en la mesada. Parecían hojas de afeitar pero de un gran tamaño, pensó. Por último desenfundó el bisturí.

Lo peor era pensar que los cortes iban a doler. No pararía hasta limpiarla entera por dentro pero el suplicio era seguro, lo sabía, y eso la hizo dudar. En un gesto impensado se asomó al umbral de la puerta buscando la oportunidad de escapar o de pedir auxilio. Lo hizo sin pensar y, aunque sabía que era inútil, lo intentó. Vio pasar primero a una mujer con un chico en los brazos y después a otra más. ¿Irían a los baños?  ¿Qué hacían a esa hora de la noche por ahí? Fue como un signo, una ocasión no del todo frustrada porque alcanzó a lanzarles su pedido sin gritar: “denunciame”, le dijo en voz muy baja a una de ellas cuando pasó delante del umbral, la miró a los ojos implorando y con la esperanza de que la salvara repitió: “denunciame” (usó a conciencia la primera persona, sin titubear). La mujer siguió caminando imperturbable y atrás salió también ella, arriesgando un impulso desesperado corrió, aunque estaba convencida de que el hombre iría detrás pero no lo hizo enseguida. Tardó en moverse como si el ritual lo demorara, ralentando sus pasos a tal punto que ella pudo llegar hasta la ventana grande del fondo donde se topó con la red que se extendía entera, desde el piso de cemento hasta el cielorraso clausurando la salida. Entonces ella la arañó con ambas manos, tironeó con todas sus fuerzas, mordió los hilos ferozmente hasta hacer un hueco, estirar la malla y abrirla. Salió otra vez al sendero. Cuando estuvo afuera no pudo creer que el hombre no la hubiese alcanzado y se echó a correr sin parar. Comprobó recién ahí que la fiesta no había terminado todavía y tuvo tiempo de asombrarse del contraste entre el gentío que se abría por delante, a campo abierto, y la soledad del muelle que había quedado atrás. Vio a todas esas personas emprendiendo el regreso a sus casas, saliendo de los alrededores del camping por el terreno poblado de árboles. Celebró que la emigración fuera densa porque eso la favorecía, le permitía desdibujarse entre el tumulto. Igual, cada tanto giraba la cabeza para comprobar que él no estaba y seguía adelante con la convicción de que podía aparecer de un momento a otro a su lado (la certeza de que no se había extinguido el peligro, de que la persecución continuaba).

Camino al ascensor se topó con su amiga y la madre, que iban en la misma dirección. También buscaban la salida. Era una diáspora, pensó, acaso todas huían. Pero ella sabía que la clave era pasar lo más pronto posible al otro nivel, al piso en alto que daba a la calle donde estaban los autos y los colectivos, donde otra gente iba y venía con el ritmo ordinario de una rutina marcada por el trabajo diurno, cotidiano. Eso ella lo sabía y lo ansiaba, como si lo pudiera ver y palpar, así que recreaba en su mente las calles de arriba mientras esperaba que se cerraran las puertas del ascensor enorme de tipo industrial que ya se llenaba de gente. Cuando subió el señor con el perrito contempló toda la escena interior y esperó un poco más que la puerta por  fin cerrara. Supo que huía, otra vez, que no estaba a salvo.

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Combustión

Miraba todo desde abajo, a lo lejos. Arriba se movían, nerviosos, después entendió que estaban desesperados, gritaban pero no pedían ayuda porque no creían que pudieran tenerla. Parecía un set de siluetas negras recortándose contra el cielo blanquecino y gris plomo de un día colmado de nubes que no se decidía a soltar la tormenta.  Algunos caminaban sin rumbo ni salida pero otros, sobre todo los niños, se sostenían de pies y manos, agarrados como sea de las antenas y los cables de luz que se bamboleaban en el aire. Apretaban los dedos contra la cuerda y hacían equilibrio cruzando los zapatos, uno encima del otro para no zafarse, trataban de mantener así toda la distancia posible del piso y del humo que empezó a subir de a poco. Lo vio y se dio cuenta de que adentro ardía todo. Pero ese infierno de los que estaban atrapados en los pisos quedaba fuera del alcance de su vista. No se lo imaginaba tampoco, encandilada como estaba, ahí abajo, en la vereda de en frente, impávida frente al espectáculo que se desarrollaba en la terraza del edificio.

Ahora algunos se decidían por la forma de muerte que consideraban menos horrorosa, optaban entre ser devorados por las llamas que irían trepando hasta alcanzarlos o la muerte en seco, de un solo golpe contra el pavimento, si se arrojaban. Otros no se rendían, seguían subiendo lo más que podían hasta la terracita chica donde estaban los tanques repletos de agua pero la superficie era estrecha, cabía poca gente ahí y era sólo cuestión de ganar un poco más de tiempo para el que lograra treparse. Los padres se empecinaban en mantener a los chicos colgados de los cables haciendo equilibrio, como monitos que se contornean en un circo, como si el estar sujetos de ese hilo, en el aire, fuera a salvarlos. De abajo se podía ver la urgencia, la torpeza desesperada de todo el conjunto, se podía vislumbrar también la inutilidad de los intentos. No se veía, sin embargo, cómo se cocinaban allá adentro las cosas, la gente que no había llegado a subir. También se vio a sí misma y se dio cuenta de que no estaba espantada. Entendió que entendía: cómo se procesan los hechos, cómo se elaboran las mutaciones, cómo se transforma la materia y pasa a otro estado, en la quema. Se libera la energía y sobreviene todo ese calor.  Se extingue, al fin, lo muerto. Ella lo vio, comprendió y no se horrorizó.

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