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Relación de dependencia

Silvina Gruppo comparte con nosotros este crudo relato en el que la brecha entre la clase alta y la clase baja se expone en la realidad del servicio doméstico.

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“Con vista al río”, de Isabel Gruppo

 

 

La patrona piensa que Lupita vive en Maquinista Savio, en el domicilio que le figura en el documento, por eso le paga los viáticos: boleto de colectivo desde la supuesta casa hasta la estación y pasaje en tren a Capital, ida y vuelta, todos los días. Cuando la comadre le consiguió el trabajo le dijo que si se enteraban de la verdad, no la iban a querer, que nadie contrata gente de la villa y menos de la villa de enfrente. Por eso, y por los viáticos, mostró esa dirección vieja, de hace como diez años, de cuando recién había llegado, de cuando todavía no se había juntado con Nelson, ni se habían mudado a la ciudad, ni habían nacido los tres hijos que tienen.

Nelson anda con una obra en un barrio cerrado. Él viaja de verdad para zona norte. Se levanta cuando están todos durmiendo y Lupita, antes de ir al trabajo, se tiene que ocupar de que los chicos se despierten, se vistan, desayunen y vayan a la escuela. Hoy no sonó la alarma y llegaron tarde. La celadora no los quería dejar pasar, pero dele, doña, que me van a echar. Que sí, que no y, al final, aunque con una cara hasta el suelo, les abrió la puerta y les aclaró que igual tenían media falta. A la más chiquita no le consiguió vacante en el maternal, está en lista de espera, la ubica con la comadre, que le cobra por cuidarla y por retirar a los otros. Les da la leche a todos y los aguanta hasta que Lupita los pasa a buscar. Quedaron que si se demora, paga extra, pero muchas veces, si no les tiene que dar la cena, la comadre la perdona y no le cobra de más.

—Esta gorda tiene fiebre.

Lupita la toca, la besa en la frente y sí, es verdad, no vuela, pero está caliente. ¿Y qué va a hacer? Se tiene que ir, está llegando tarde, le van a sacar el presentismo, no le queda otra. Se le llenan los ojos de lágrimas, pero se las aguanta. Le entrega la hija a la comadre y, en el cambio de manos de la beba y el bolso, se le engancha una uña y se le rompe. Puta madre.

Sale disparada del barrio, atraviesa Retiro, la multitud de la feria, los vendedores ambulantes, los que van, vienen, suben y bajan de trenes y colectivos. Se refriega la uña rota con el pulgar para borrarle el filo desparejo, pero hasta que no la lime va a andar con ese serrucho miniatura. Aprieta la cartera entre el cuerpo y el pecho, no sea que se la roben. Les presta atención a los pasajeros, a esa urgencia con la que se mueven, a las expresiones de las caras. Va a tener que fingir que llegó con ellos, que se estuvieron oliendo en el vagón aunque no quisieran, aunque trataran de respirar por la boca para saber lo menos posible de los otros cuerpos, tendrá que hacer de cuenta que está cansada del viaje, que ahí la rozaban, la apretaban, la empujaban. Se impregna de ese humor de perros para que nadie se dé cuenta de que su viaje es a pie, que sale del barrio, atraviesa el tumulto, cruza la avenida y ya está lista para calzarse el uniforme. Cuando hay paro de transporte, le descuentan el día, pero igual Lupita falta, es mejor así: no puede levantar la perdiz de que con la patrona, en realidad, son vecinas.

El de seguridad y el portero ya la conocen, pero de todos modos la obligan a anunciarse y recién la dejan pasar cuando, desde arriba, llega el permiso. Se mira en el espejo del ascensor de servicio. Tiene los cachetes colorados y fríos por el viento y el apuro. Está bien, le parece que esa es cara de venir de lejos. Aprovecha que no se subió ninguna otra empleada con ella y se suena los dedos, en esa explosión de huesos toma coraje para lo que se le viene. Se saca el gorro de lana y siente el olor tibio de su cuero cabelludo. Hoy, cuando termine, va a pedir permiso para darse una ducha en el bañito de la dependencia, así usa agua caliente sin gastar de la garrafa de su casa. Piso dieciocho. La puerta del departamento está abierta de par en par y en el palier rebota el llanto que viene del interior. Son las gemelas, las dos a la vez. Lupita respira hondo y arremete.

—Lupe, es tardísimo —le dice la señora.

Ella querría explicarle, otra vez, como a todas las patronas, que Lupita es su nombre real, legal, que no es una forma cariñosa de Lupe, que no es necesario que la quiera ni que le tenga confianza para usarlo y que Lupe no tiene nada que ver con ella. Pero no la corrige, solo se disculpa por la tardanza: el tren se frenó en Beccar, se debe haber tirado alguien, miente. La patrona no la escucha porque ya está hablando por teléfono.

—Sí, mirá, por fin llegó la muchacha, recorran las instalaciones, que ya voy y me encargo —grita para ganarles en volumen a las bebas que siguen llorando. Corta y las alza a las dos a la vez. Ya comieron, ¿serán cólicos? Lupita hace que sí con la cabeza, se desinfecta las manos con alcohol en gel, ley de la casa, y se acerca para cargar a alguna. Piensa en su hija con fiebre en la casa de la comadre y en lo que le costó dejarla. Le dan ganas de decirle a la patrona que no se aflija, que van a estar bien, pero la mira y no, ella no tiene ningún gesto triste en la cara.

—No me lo vuelvas a hacer, que me complicás el día —le dice y sigue con una perorata que Lupita no puede retener porque se distrae con esa boca que la reta, le descubre unos dientes chiquitos de perro pekinés que no le había notado antes. Y qué flaca que está la señora para haber parido hace tres meses. Lupita mete la panza adentro, por si la otra también la estuviera midiendo.

La patrona besa a sus hijas y se va, pero su perfume queda tan impregnado en el aire que todavía parece que está ahí, que en cualquier momento va a quejarse por algo. Recién cuando Lupita deja de olerla puede trabajar enérgica, sin ese temor paso a paso de qué pensaría la patrona si la viera.

Lupita las acuesta boca arriba, les agarra los pies juntos, a cada una con una mano, hace que flexionen las piernas y las lleven contra el pecho. Presiona y afloja, presiona y afloja y así el llanto va cediendo. Están agotadas del escándalo. Una está a punto de quedarse dormida, pero la otra tiene hipo y no duerme ni deja dormir. Ahí nomás Lupita, que todavía no se puso el uniforme, se arranca un hilo de su remera roja, lo chupa, lo hace un bollito, se lo pone en la frente a la que hipa y murmura una oración. Creer o reventar: se le pasa.

El dormitorio de ellas recrea un cielo: las paredes están pintadas de celeste, una misma nube blanca se repite en serie y hay seis pájaros en la pared en donde se apoya la cuna de Bárbara y doce del lado de Romanela. Lupita sabe quién es quién por los aros, Bárbara, perlas; Romanela, oro y, gracias a eso, no le da de comer dos veces a la misma, ni las acuesta en el lugar equivocado. Para el resto de las cosas, son intercambiables. Antes de que se duerman les calza un gorrito. Ella misma se los tejió apenas nacieron. Hizo el cálculo holgado para que les siguieran entrando durante todo el invierno o, al menos, hasta que les creciera algo de pelo. A la señora no le gusta que les ponga cosas en la cabeza, pero a Lupita le da lástima que las hayan rapado.

Se pone el uniforme. Mientras ellas duermen, le toca limpiar. Carga un lavarropas con toallas. Tiene un canasto lleno de conjuntos de las bebas y de blusas delicadas de la señora para lavar a mano, pero lo deja para después, antes de ocuparse de sutilezas, quiere encarar el trabajo grande, el que se nota a simple vista. Abre la ventana de la habitación matrimonial para que se ventilen los olores de la noche, hace la cama con sábanas limpias y junta las tazas de las mesas de luz. Plumerea los muebles, cierra la puerta para aspirar la alfombra, así las bebas no se despiertan con el ruido. Sigue con la cocina, pone a esterilizar mamaderas, lava los platos que dejaron de anoche, limpia la mesada, barre, pasa el trapo y se le engancha una fibra en la uña rota. Podría buscar entre las cosas de la señora a ver si tiene una lima que le preste, pero no quiere dejar las cosas por la mitad, se pone guantes de goma y sigue como está. Cierra la bolsa de basura repleta, la deja en el palier de servicio, al lado de la escalera, para que se la lleve el portero, va con las llaves en la mano, no se le vaya a cerrar la puerta con las bebas adentro. El baño de los patrones está mojado, hay un toallón húmedo hecho un bollo en el bidé, la pileta tiene pelitos duros y restos de espuma deshidratada y en el espejo hay marcas, como si lo hubieran desempañado con la mano. Lupita limpia, ordena, guarda. Friega la cortina de la bañadera para que no se formen hongos y deja bien blanca la losa, abre la ducha para enjuagar y nota que tarda en desagotar. Está tapada. No tocaría esa mugre de los otros con las manos desnudas, pero con los guantes puestos no le importa meterle los dedos, escarbar y sacar una maraña empastada de jabón y pelo largo del mismo color del pelo de la patrona.

El living está bastante ordenado. Hay una botella de whisky en la mesa ratona. Lupita la lleva al cristalero. Cuando lo abre siente un olor a chocolate y a bebida que le dispara el recuerdo de una torta borracha que hacía su abuela. Se queda olfateando, a ver si encuentra algo más de ella, pero su infancia de pueblo se evapora, ya está de nuevo en el living de los patrones. Pasa limpiamuebles en aerosol por las repisas de madera y por la mesa grande que hace rato que no usan. Abre la cortina. El sol del este la encandila, apenas se acostumbra a la luz, puede ver el río marrón en el horizonte, las grúas del puerto y, más acá, la villa donde está su casa. Le sorprende el silencio, solo se escuchan de tanto en tanto el ruido del ascensor, el agua del inodoro que corre en algún otro departamento y viento que aúlla en los burletes. Desde acá la villa es silenciosa, no suenan los ladridos de los perros, ni la cumbia, ni los martillazos que construyen un cuarto más, ni las discusiones, ni las explosiones de risa de la comadre frente a la tele, ni el escape libre de un auto, ni las sirenas, ni el llanto de los pibes, ni el timbre de una bicicleta. Acá las paredes, las alfombras, las cortinas y la altura absorben todos los ruidos y la villa no es más una mancha muda de colores estridentes. Lupita piensa en su hija con fiebre y le da culpa verse en mangas cortas y descalza. Se sacó los zapatos para no marcar con sus huellas el piso de parquet y, ya que está, siente en los pies la tibieza de la losa radiante. Ojalá la comadre haya prendido un rato la estufa. Agarra el celular y manda un mensaje a ver cómo sigue la gorda. Crédito insuficiente.

Una de las bebas de la patrona se pone a llorar. Lupita cierra la cortina del living y va a atenderla. El llanto de una despierta a la otra y ahora lloran las dos. El presente de las gemelas es en plural. Pasaron cuatro horas, seguro están muertas de hambre. Lupita se saca los guantes de goma, se frota las manos con alcohol y les pone el chupete, pero eso no las consuela. Entonces levanta a ambas y las pone en la cama de los padres, así están juntas, así sienten olores familiares, pero no hay caso, gritan y patalean, entonces Lupita se apura a prepararles la leche.

Desde la cocina escucha los berridos y la urgencia la vuelve torpe. Saca las mamaderas del microondas, les pone la tetina y se echa un chorrito en la mano: demasiado caliente para bocas tan nuevas. Las destapa, las lleva en una bandeja y va soplándolas por el camino del pasillo. Cuando entra a la habitación de los patrones, ve que una de las bebas logró darse vuelta y, en el borde de la cama, rola por primera vez, si vuelve a hacerlo, se cae. Todo pasa muy rápido, Lupita solo puede pensar en la beba que está a punto de darse la cabeza contra el suelo, no tiene tiempo de apoyar la bandeja en ningún lado, entonces la suelta y se abalanza sobre la criatura, la ataja en el aire, pero la mano salvadora trae una uña rota: a la vez que la protege, le da un zarpazo. De la carne blanca brota una línea roja que le cruza la cara. Lupita es puro instinto: le lame la herida para limpiar la sangre y corrobora que es larga pero no profunda. Las dos bebas gritan sin pausa. Lupita las carga a una en cada brazo, va hasta la cocina, no sabe qué hacer, vuelve a la habitación matrimonial y ve las mamaderas en el suelo y la leche transformada en una gran mancha en la alfombra. Va, vuelve, gira sobre sí misma. Piensa en la hija con fiebre en la casa de la comadre, piensa qué haría por esa hija suya y así encuentra la solución. Se acuesta en la cama de la patrona, se abre el uniforme, saca sus tetas hinchadas y oscuras, se coloca a las bebas sobre el cuerpo y, a las dos al mismo tiempo, les da de mamar.

 

(*) La fotografía “Con vista al río”, de Isabel Gruppo, no es una ilustración del texto “Relación de dependencia”, sino que el texto se inspiró en la imagen para crear su escenario.

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