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Narciso y el velo

Pablo Oyarzún Robles, filósofo, ensayista y traductor, aborda en este ensayo los vínculos entre imagen, enigma y narcisismo a propósito del libro El sacrificio de Narciso (Hecho atómico ediciones, 2018), de Florencia Abadi.

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Narciso

 

Sobre el teatro de marionetas, texto insondable de Heinrich von Kleist, texto en que todo texto posible pareciera reflejarse, contiene —al menos— dos breves narraciones: una es de un efebo, la otra de un oso. Las dos narraciones están engastadas en un argumento —llamémoslo así por comodidad— acerca de la imbatible ventaja que le llevan los ágiles y gráciles muñecos a los bailarines humanos. Descontadas las explicaciones mecánicas, la diferencia radica en algo que los humanos tienen y los títeres no y que induce a los primeros a fallos ostensibles. “Tales desaciertos”, dice el Sr. C. —notorio bailarín que defiende el argumento ante un narrador asombrado—, “son inevitables desde que probamos los frutos del Árbol de la Ciencia. Pero el Paraíso está bien cerrado para nosotros, y el querubín a nuestras espaldas. Tendríamos que dar vuelta al mundo y ver si atrás hay acaso alguna entrada abierta para nosotros.” Suena a Kafka el comentario. En todo caso, aquí se produce una torsión —en un texto que, por lo demás, está hecho de alabeos y de quiebres— que preludia la teoría del señor C. con la que éste sustenta su atrevida opinión. Es bien sabida la idea que estima el conocimiento como una maldición, y hasta cierto punto es tópico del romanticismo. Preciso es cotejarla con la hipótesis acerca de la “última fase” de la historia, signada por la dichosa recuperación de la inocencia primordial al cabo de la travesía por el infinito del saber —o la travesía del saber al infinito. A la mención del conocimiento, el narrador responde poniendo la palabra “conciencia”: “Dije que conocía perfectamente los desórdenes que causaba la conciencia (das Bewußtsein) en la gracia natural del ser humano.” La conciencia es, por cierto, la conciencia de sí, la autoconciencia, el doblez constitutivo que la conciencia es en sí misma y sin el cual no hay conciencia en absoluto. De ella están exentos los muñecos, y a esa carencia deben su perfecta expedición en la danza. Siendo así, la designación de la conciencia (de la autoconciencia) como traba viene a ser algo así como la formalización epistemológica, metafísica, de dos rasgos que fastidian a los humanos: psicológicamente, la afectación, físicamente, la pesantez. Y son fastidios paradójicos, porque en virtud de la afectación el alma, atenta en exceso a sí misma, pesa más que el cuerpo, y a causa de la gravedad del cuerpo se adelgaza la conciencia en el temor de la caída; late en esta, sordamente, la muerte.

A propósito de la conciencia, el narrador refiere la historia de un cándido joven que perdió la inocencia ante sus propios ojos a causa de una observación que lo hizo tomar conocimiento de su gracia natural, la cual perdió desde ese mismo instante, tornándose cada vez más obsesionado consigo mismo. Cito in extenso:

“Me bañaba —comencé mi narración— hace aproximadamente tres años con un joven cuya fisonomía rebosaba por entonces maravilloso encanto. Él hubiese deseado permanecer en su decimosexto año; y sólo muy de lejos se dejaban adivinar en él los primeros rastros de vanidad, provocada por el favor de las mujeres. Se daba el caso de que hacía poco habíamos visto juntos en París el joven que se extrae una espina del pie, estatua cuyo vaciado, conocido de todos, se encuentra en la mayor parte de las colecciones alemanas. En un momento en el que tenía colocado un pie sobre el escarpel para secarlo, vio su imagen proyectada en un gran espejo, e inmediatamente le recordó la estatua. Se echó a reír y me dijo lo que acababa de descubrir. Yo, de hecho, había realizado en aquel instante el mismo descubrimiento, pero, sea para probar hasta qué punto era segura la gracia que lo acompañaba, sea para tratar con cierto provecho su vanidad, reí, y le dije que a lo mejor estaba viendo apariciones. Él se sonrojó y levantó el pie por segunda vez con la intención de mostrarme de nuevo aquella postura. El intento, como se podía presumir sin dificultades, falló. Levantó desconcertado el pie por tercera y cuarta vez, y aún hasta diez veces… todo inútilmente. Era incapaz de articular el mismo movimiento. ¿Qué digo?, los movimientos que engendraba tenían un carácter tan ridículo, que yo me esforzaba por retener las carcajadas. Desde aquel día, o, por así decirlo, desde aquel preciso instante, se verificó en este adolescente una inconcebible transformación. Comenzó por permanecer ante el espejo días y días, y un atractivo tras otro le iba abandonando. Una cierta vacilación y un misterioso poder pareció tenderse, como una red de hierro, sobre el libre juego de sus ademanes, y cuando había transcurrido un año ya no quedaba en él nada de la hermosura que antaño deleitó a cuantos le rodeaban. Alguien, que vive aún hoy, fue testigo presencial de tan extraño e infeliz acontecimiento, y podría confirmarlo palabra por palabra, tal y como lo he contado”.

Casi cada palabra de este cuento viene lastrada por ecos y asociaciones graves. Es, en verdad, una suerte de Urszene del nacimiento de la conciencia, nacimiento que ciertamente no podría tener lugar si en su inminente portador no hubiesen trazas de la misma, que son, a saber, aquellos rastros embrionarios de la vanidad. Con distinta fornitura replica, evoca aquella otra escena primordial de la caída, desnudez y seducción inclusa. Demás está decir que esta evocación se cruza y se complica por la alusión inevitable al mito de Narciso.

Pues ésta es, sin duda, una escena especular. Ocupado en secarse después del baño, el hermoso efebo se ve en un espejo y reconoce en su figura la efigie del Spinario, bronce romano de un mozo gentil atareado en extraerse una espina clavada en su pie derecho. El instante fatídico causará que en el futuro este jovenzuelo quede cautivo del espejo, al precio de la pérdida de todos sus encantos. Pero, como bien se aprecia, ese instante no es simple. Entre uno y otro ejercicio especular media la seducción. El narrador, que desde luego ha hecho el mismo reconocimiento, sin embargo lo pone a prueba (um die Sicherheit der Grazie, die ihm beiwohnte, zu prüfen), o busca aleccionar la incipiente vanidad. Es esta provocación la que infiltra el veneno en el adolescente, y éste se ve forzado a responder buscando en los ojos de su acompañante un tercer espejo (además del espejo en que se mira y de su propia mirada en el azogue) que cierre y consolide el circuito de la imagen: en tanto no se asegure el testimonio, toda “seguridad de la gracia” queda afectada de insalvable fragilidad. Ya se sabe que el resultado de este afán es la catástrofe de la gracia, el azoro del ridículo, la desventura de la melancolía y la condena a un cuarto espejo, abismal y estéril, en que el muchacho definitivamente se sumerge; y son todos estos signos de autentificación de la conciencia. Pero para ello ha sido precisa la tercera instancia, y la deliberada ceguera del tercer espejo. Aunque las huellas premonitorias de la vanidad ya estén presentes, una conciencia no nace sin la intervención de ese tercero que, restándose al círculo de la identidad, la incita. Y este tercero, si aquí se resta, no se sustrae a la fatalidad especular: también él requiere de la invocación de un testigo en pro, no ya de la seguridad de la gracia, sino de la veracidad del cuento con el cual quiere certificar su conciencia del mal de la conciencia y en el cual, por eso mismo, se mira. Para decirlo de otro modo: no nace la conciencia sin prótesis de conciencia, sin este otro que prefija y prescribe infelizmente el autos de la autoconciencia. Es la espina que hiende la conciencia y la hiere sin remedio, como única y posible estipulación de la identidad.

 

El velo

 

En una nota frecuentemente visitada del § 49 de la Crítica de la facultad de juzgar que lleva el título “De las facultades del ánimo que constituyen el genio”, Kant celebra como el ápice de las expresiones de sublimidad la que lleva grabada en la entrada al templo de Isis en Sais una admonición severa, que recoge Plutarco en su Isis y Osiris:

“Acaso nunca se ha dicho algo más sublime y no ha sido expresado de más sublime modo un pensamiento que en aquella inscripción sobre el templo de Isis (la madre Naturaleza): «Yo soy todo lo que hay, lo que hubo y lo que ha de haber, y mi velo ningún mortal ha solevado». Segner utilizó esta idea en una ingeniosa viñeta antepuesta a su doctrina de la naturaleza, para infundir en su pupilo, a quien se disponía introducir en este templo, el sagrado estremecimiento que ha de templar el ánimo para la atención solemne”. (AA 5: 316 / B 194 s.)

El frontispicio a que se refiere Kant pertenece a la obra de Johann Andreas von Segner (1704-1777), que aquel evoca y que tenía en alta estima, la Introducción a la Doctrina de la Naturaleza (a la física, en rigor), publicada en Göttingen, en 1754. (El grabado lleva su propia leyenda al pie: qua licet, “hasta donde sea lícito”. El velo tiene su ley.)

Confieso que la célebre inscripción no me impresiona especialmente, como tampoco las otras dos citas poéticas —de Federico el Grande y de un autor que Kant no identifica— insertadas en el párrafo que concluye con el llamado de la nota.

Se trata aquí, pues, del peplos, del velo. Pierre Hadot tiene un magnífico libro titulado Le voile d’Isis. Essai sur l’histoire de l’idée de Nature (Paris: Gallimard, 2008), al que solo me he asomado en traducción inglesa, y que arranca de la insondable sentencia de Heráclito: physis kryptesthai philei, “natura ama ocultarse”. Vincula Hadot esta sentencia con el esfuerzo multisecular por hurtarle a la naturaleza sus secretos y la refiere también a aquellas diosas pareadas y veladas, figuras de natura, que son Isis y Artemisa. En el templo de esta última, en Éfeso, se dice que Heráclito depositó su libro, presunto Peri physeos, que quizá no tenía título, como anota Hadot.

Se trata, entonces, del velo y de natura.

El velo oculta a uno y otro lado, oculta un lado del otro, oculta y revela (sugiere, insinúa), revela, es decir, devela y vuelve a velar, y de un lado y otro oculta al oculto de sí mismo. Nadie ni nada puede guardar un secreto si ese o esa no fuese en fin secreto para sí. Incluso natura. Si ama ocultarse, es acaso porque juega a las escondidas consigo misma —y no se encuentra, acaso.

Del velo se trata en El sacrificio de Narciso, de Florencia Abadi, hermoso, magnífico libro que solo puedo elogiar: por su factura, su escritura y su lección. “La envidia es el velo que protege al deseo” (16), se dice allí, protegerlo con engañosa protección que ante todo hace posible al deseo proyectando el enigma, el secreto, el misterio en toda su ominosa y anhelada espectralidad (cf. 55: “El enigma es […] una proyección de quien desea interpretar, saber. En definitiva, del odio que habita la curiosidad”). (Si el deseo es falta, solo se puede desear lo que falta, la falta misma. El Deseo, con esta mayúscula que acompaña a la de la romana Envidia, necesita de la mayúscula —del deseo mayusculado, emasculado y tempranamente eyaculado— para resguardar paradójicamente su inanidad que es su mismísima potencia. Man’s talk, you know.)

Esa potencia inane tiene un envite, un aliciente. “La belleza es en sí misma un nombre del enigma, del velo o brillo aparencial […], que señala la relación íntima del enigma con el deseo” (58), dice Abadi. La belleza es velo que vela el velo de la envidia. Es velo de velo, imagen que protege otra imagen y, al protegerla, nos protege de ella. Preciso es saberlo: en toda imagen —que en su pura desnudez mataría como Medusa o cegaría como ninfa— hay una segunda imagen que vela la primera —el velo primer— y que podemos mirar, contemplar, quizá extasiados, en arrobo, pero también hechizados, aojados: bella, nos atrae, nos incita, nos invita: al abismo que somos; cave abyssum, pues abyssus abyssum invocat.

Como todo buen relato, este se tensa entre dos extremos: el odio y el amor. En este extremo, que no es propiamente un extremo, sino un corte, un cambio, un lapso y acaso un lapsus, el amor da lugar a la alteridad, al vínculo, al domus, con todas sus relaciones de dominio, domesticidad y demanda. En el otro extremo, que tampoco es un extremo, porque está imposiblemente más allá (imposiblemente, porque excede todo lo que para el ser humano es posible, incluidas las humanas imposibilidades), el odio se mueve y mueve desbocado, alocado y dislocado con una furia que consume a uno y otro lado del velo —y hace arder el velo mismo. Odio sería, aquí, nombre de aquello sin nombre que, no obstante, llamamos “vida”. A la cálida y atenuada y conciliadora luz del amor la eclipsa el gélido resplandor del odio.

El odio, pues, ¿estaría en el origen, sería el origen? ¡Oh Dios! ¿Quién iba a saberlo? Preciso es corregir esa letra de Los Cuatro Ases: not love, but “hate is a many splendored thing”.

Y también, por eso, se trata de natura. Es curioso: estaba seguro de haber leído “naturaleza” en una específica relación, como “naturaleza humana”, pero al hojeo, escribiendo estas líneas, no pude hallar esta expresión en parte alguna, y sí el lugar en que creí leerla: “El narcisismo es así la cifra de lo humano, del carácter trágico de la lucha, tan vana como inevitable, por la trascendencia.” (69) Es esa “cifra” lo que de memoria sustituí por “naturaleza”, en el entendido de que esta hablaría —cifradamente, por cierto— de deseo, odio y envidia. También ronda la misma idea, creo, en este dicho contundente y sobrecogedor: “La fragilidad extrema de la constitución humana condena a cierta latencia permanente del estado de paranoia: nadie es nada en sí mismo y la mirada de los otros, que nos constituye, es al mismo tiempo el infierno.” (53) Evoco, por supuesto, el cuento del efebo.

De cualquier modo, lo que me tentaba era pensar que la naturaleza humana no es humana, que la naturaleza de lo humano, ella, no es ella misma humana y que prevalece en lo humano como secreto, como enigma, es decir, como el fantasma de su procedencia. El fantasma es el velo, es el espejo, en el que no podemos vernos si no es con el estremecimiento de una absoluta extrañeza.

La trascendencia no es más que el fondo del espejo. Al otro lado solo pasa Alicia. Pero ese es otro cuento.

 

 

 

 

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