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Recuerdo de Arturo Roig (1922 – 2012)

El legado intelectual de Arturo Andrés Roig conforma una referencia ineludible en la elaboración de la autoconciencia de la inteligencia latinoamericana.

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Conocí a Arturo Roig en diversos congresos de filosofía celebrados en los ochenta. Aunque más bien debiera decir simplemente, que lo vi y lo oí, como al pasar, porque en ese entonces yo estaba muy ocupado intentando “hacer carrera académica” de la mano de la filosofía de quien había adoptado como maestro: la de Ludwig Wittgenstein. Con esto no hacía sino repetir el camino de tantos otros entre nosotros, –no sólo en mi generación sino antes y después de ella, como todavía sigue ocurriendo en el presente– que adoptan sus maestros entre los grandes muertos de la tradición, pero rara vez los encuentran entre los pensadores vivos de la Argentina o de Latinoamérica en su conjunto.

Tuvieron que pasar varios años hasta que descubriera su obra, no sin lamentar no haberlo hecho antes. Ya en la actualidad, como Presidente del XV Congreso Nacional de Filosofía (AFRA) celebrado en Buenos Aires en diciembre de 2010, lo invité con la intención de que su presencia capturara la atención de nuestros jóvenes filósofos, de modo más temprano y extenso, pero no pudo ser. Ahora tenemos ya que lamentar su fallecimiento, acaecido el pasado 30 de abril.

Arturo Andrés Roig había nacido en Mendoza el 16 de septiembre de 1922. En 1949 egresó de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuyo con el título de Profesor de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial en Filosofía. En plena postguerra europea, decidió continuar sus estudios en la Sorbona, bajo tutela del filósofo francés Pierre Maxime Schuhl.

De regreso a la Argentina en 1954, retomó sus estudios sobre Platón, si bien desde temprana edad demostró un profundo interés por la cultura nacional y regional. En 1959 obtiene la titularidad de la Cátedra de Pensamiento Argentino de la Facultad de Cuyo, desde la que produjo notables investigaciones acerca de personajes argentinos como Juan Crisóstomo Lafinur, Agustín Álvarez, Juan Llerena, Juan Gualberto Godoy.  Publica para ese entonces sus primeras dos obras, La Filosofía de las luces en la ciudad agrícola (UNC, Mendoza, 1968) y Breve historia intelectual de Mendoza (Ed. del Terruño, Mendoza, 1966).

Con el fin de compilar y entender lo que él definía como “el pensamiento ecléctico de Río de la Plata”, en los años siguientes se dedicó a rastrear la influencia del krausismo en nuestro país, publicando en 1969 el libro Los krausistas argentinos. Su labor filosófica en Argentina se vio interrumpida, desafortunadamente, con la complejización de la realidad política nacional, ya desde 1975. Roig es dejado cesante en su cargo en la universidad y debe exiliarse en diferentes partes de América Latina, pasando primero por Venezuela y México, hasta llegar finalmente a Ecuador, donde pasaría toda una década, viviendo con su familia en Quito, donde dictó Pensamiento Social Latinoamericano y dedicó gran parte de sus investigaciones a realizar una arqueología y reconstrucción del pensamiento ecuatoriano. Una de las principales obras de dicho período es Esquemas para una historia de la filosofía ecuatoriana (1977), piedra fundamental de la Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano, junto con El pensamiento social de Juan Montalvo, El Humanismo ecuatoriano en la segunda mitad del siglo XVIII, Bolivarismo y Filosofía Latinoamericana y Narrativa y cotidianidad.

En 1981 se editó en México el fruto de sus investigaciones doctorales, Teoría y Crítica del Pensamiento Latinoamericano, en el cual se incluyen sus principales esfuerzos filosóficos sistemáticos, tanto respecto de la filosofía latinoamericana como de la tradición, en especial contemporánea.

De vuelta en la Argentina, en 1984, la Justicia Federal lo reincorporó en su cargo en la Universidad Nacional de Cuyo, donde reabrió el Seminario de Estudios Latinoamericanos. En 1986 fue invitado a ingresar al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Nación (CONICET), desde donde continuó publicando profusamente acerca de la filosofía latinoamericana y la ecuatoriana en particular.

Hasta su muerte en 2012, Roig se desempeñó como director-editor responsable de la publicación científica Estudios de Filosofía Práctica e Historia de las Ideas editada por el Instituto de Ciencias Sociales, Humanas y Ambientales, CRICYT, CONICET.

Su legado intelectual a través de los libros, el discipulado y la enseñanza, conforma una referencia ineludible en la elaboración de la autoconciencia de la inteligencia latinoamericana, pero también inscribe su obra dentro del filosofar sin más, de modo que su concepción del comienzo de la filosofía y la construcción de un sujeto de la enunciación filosófica, a partir de su concepto de a priori antropológico que enuncia un nosotros valemos inserto en el movimiento de la historia, debe ponerse en diálogo con las obras filosóficas contemporáneas de cualquier parte, con el conjunto de la tradición.

La producción y recepción de su obra debe atravesar aún los límites que le son constitutivos, los sesgos que dividen el campo intelectual argentino, dentro y fuera de la academia. Que en este Espacio Murena recordemos y celebremos a Arturo Roig es un intento de tender los puentes necesarios para superar esos sesgos, cuando éstos no responden a las realidades profundas. En este sentido, su lectura crítica de una obra como la de H. A. Murena debe leerse más como síntoma –que, como tal, enuncia su verdad– que como un punto de llegada de una discusión agotada.

Recordemos que para Roig, Murena representaba esa ensayística de la ruptura y el desarraigo, incapaz de encarnar el mencionado a priori normativo, pues éste supone siempre la asunción plena, en su complejidad, de la conciencia histórica a través de la cual se instaura el nosotros valemos, en el subsuelo de todo enunciado, mientras que en la lectura de Roig –justa hasta cierto punto– no habría en Murena el reconocimiento y la afirmación de esa conciencia y, por ende, de ese nosotros. (Sin embargo, una lectura más integral y menos literal y polémica, mostraría que la obra de Murena es una pieza muy relevante de la construcción histórica de ese nosotros, pero con otras herramientas que las utilizadas por Roig).

En ese sentido, los debates que todavía nos debemos tenderán puentes allí donde faltó la comunicación aun polémica, la comprensión agónica de nosotros mismos,  la que sumará a favor de la constitución de una tradición nutricia de la que hacerse cargo.

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