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El poema como ardor de lo faltante

Luis O. Tedesco, autor de Poesía política (Ediciones en Danza, 2019), entre otras obras, comparte con nosotros su lectura del último libro de Graciela Perosio, El ansia (Leviatán, 2019).

el ansia

 

 

Este décimo libro poético de Graciela Perosio me lleva al comienzo del Evangelio de Juan, acaso el más conceptual de los cuatro, que dice así: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no lo comprendieron”.

El Verbo es palabra y somos seres humanos hechos por la palabra, seres humanos amalgamados por palabras gracias a las cuales nos hablamos y somos hablados, con Dios o sin Dios, eso está en cada uno. El texto bíblico se enlaza maravillosamente con las citas que Perosio coloca precediendo a su texto. Tanto con la de Peter Pál Pelbart: “La luz como una entidad que se expande…”, y no menos con la de Jack Kerouac: “La única gente que me interesa es la que está loca por hablar (…) la gente que arde”. En esa escena de religiosa vastedad, los versos de Graciela Perosio, desde el inicio de su libro, convocan, incitan a una paradójica actividad, la de la añoranza: “el viento de la historia/ tapete volador/ que nos remonta/ ardidos de añoranza…”. La paradoja está contenida en la palabra “historia”. Los seres humanos hacemos y escribimos la historia, que no es precisamente un escenario de luz que irradia su combustión de alegría hospitalaria. Construimos con la historia la casa-cárcel que dispone de nuestro suceder con el poder devastador de su autonomía. Y la vida, que debió ser el ámbito de luz que se expande en comunión amante con la expansión de nuestro ardor, es ya el presidio donde actuamos concatenados por la furia destructora de la guerra, la inhibición corporal que produce la miseria, la obediencia al poder “civilizador” de los sucesivos imperios que se adjudican el dominio de lo que Hegel llamó la “razón objetiva”, el devenir de lo absoluto, que ya ha reemplazado a Dios en eso de hacer lo hecho, verbo doméstico que domina el curso de la vida.

Toda la fuerza poética de Graciela Perosio se concentra en esta denuncia que simultáneamente convoca a una esperanza: “cuando desaparezcan las coordenadas/ y no haya mapa alguno/ ni prevalezca un sentido de orientación/ (…) ¿no será esa precisamente la señal de que comenzamos a entender?”. Pero esa señal no puede aparecer en el mundo habitado por estamentos, obligaciones y decretos-ley. Debemos partir, ¿hacia dónde? Debemos desertar, éste es el nuevo Verbo, desertar convoca al sustantivo “desierto”, y allí pronuncia la autora “en el desierto arder/ sin coordenadas”. Aquí, Perosio elude la tentación autoritaria, no da una orden ni adjudica a sus palabras ningún valor profético. Desesperadamente instala su “ansia” en el desierto, donde la “sed como piel quemada/que no encuentra frescura/el ansia/ ¿será esto estar viva?”. El ansia –que no es ansiedad, sensación más circunscripta a necesidades inmediatas– pide demoler, desarmar la trama de asociaciones y mandatos asfixiantes, y, como dice Elías Canetti, convocado también por la autora, que “ardan los libros de todas las religiones”, para que sólo quede desierto, con su “tempestad seca” (imagen prodigiosa de Perosio), un desierto teórico que dé lugar al nacimiento del poema como ardor de lo faltante, de nuestra finitud, de lo imposible, y entonces volar “solo volar” –cito– “hasta que el vuelo hable”. Buscando la vida en lo no escrito, en lo no dado, en lo que no es posible reconocer en las ya “pulverizadas columnas del pensamiento”, entonces “deshechos los modos de observar y discernir”, herencia de la civilización dominadora, “un trueno de bramidos recónditos/ anuncia los comienzos” donde lo conceptual va unido indefectiblemente con la sensación, como propone estilísticamente este libro.

A medida que avanza la lectura, Perosio profundiza su inmersión en la negatividad del mundo conocido: “andamos sin saber hacia dónde (…) migramos en honda enemistad, porque migramos urgidos por el miedo”. Y más adelante: “Llanuras devastadas por cultivos de codicia/ guerras que todo lo destruyen/ (…) peregrinaciones de seres que buscan/ un cielo que los cuide/ de sí mismos/ de esto llamado civilización”. Pero a la vez, arremete sin tregua con voz esperanzada, por momentos con resonancia bíblica: “conquistarán el mundo/ aquellos los más pobres/ volverán a su reino/ armados con el canto” (…) “Un canto que lo cure todo/ y engendre –una vez más– el universo resplandeciente” (…) ¡Benditos sean!” –concluye.

El Ansia propone, a partir de lo que denominé, sensación conceptual, un nuevo comienzo de la aventura humana, a la manera de un evangelio laico, desnudo de vestimentas dogmáticas y arabescos intelectuales, desde el desierto con su tempestad seca, de naturaleza ingobernable, un universo encendido donde el ardor interior viaje como el fuego, pronunciando su pregunta por lo faltante, por lo que atrae, por el anhelo. Graciela Perosio descubre un camino “nuevo” para los habitantes de este mundo. Es el camino, siempre insubordinado, de la poesía.

 

 

 

 

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