FacebookFacebookTwitterTwitter

Las olas en el mar calmo

Denis Fernández, editor del sello Marciana y autor de Monstruos geométricos (17Grises, 2016) y Cero gauss (Notanpuán, 2017), comparte con nosotros un fragmento de Especie salvaje, libro que será publicado en 2020 por Notanpuán.

BELGIUM. Ostend. 1988
Harry Gruyaert

 

 

Mi madre camina hacia el muelle. Las hojas secas caen de los árboles y se quiebran con el peso de sus zapatos. Tiembla cuando me toma del brazo. Pienso si algún día podré cuidarla, cuando su cuerpo ya esté deteriorado, cuando sea más anciana. Pienso si algún día su mente dejará de estar sana (algún tipo de demencia, una dislexia, un infarto cerebral). Su cuerpo frágil bajo los árboles cercanos al muelle. Todavía no entiendo cómo sus palabras dejaron de sonar tan altas. Le digo madre, no me aprietes tanto el brazo. ¿Es tu mano la que chorrea sangre? ¿Es la fiebre la que nos pone así de tristes? La veo pisar las hojas secas que caen de los árboles. El recuerdo de sus rulos mojados al salir del mar, su piel transformada por el sol durante los días de verano. La veo irse, detrás del viento que mueve las ramas de los árboles, las hojas secas sobre el asfalto. Los rulos mojados, la playa, la sal pegada en las piernas, los altos contenidos proteicos de los peces que comemos durante el almuerzo recostados en el porche de la casa que alquilamos junto al mar. Madre, te pido, no me aprietes tanto el brazo. Los paños mojados. Siento cómo tiembla su mano en mi frente. Tengo fiebre: una foto cortada a la mitad con nuestras caras bronceadas. No quiero llegar a viejo con las rodillas gastadas. Con el estruendo el sonido se desprende de los árboles. Con el estruendo los caballos sueltos galopan, resbalan y caen, y las olas pequeñas olas me cubren los pies, los dedos, las uñas blancas, y la sal flota hasta los rulos de mi madre, sus ojos puestos en los ojos de los caballos y todos juntos galopan sobre la espuma entre los perros y mis pies, cubiertos hasta los tobillos. Ya nada cambia el color de la piel ni el sol ni los rayos. No quiero llegar a viejo con las piernas cansadas, madre. La fiebre. Es la fiebre caliente sobre mi frente la que contagia tu mano. ¿Va a caer la lluvia cuando termine este calor que no nos deja respirar? Te veo irte detrás del viento que mueve las ramas de los árboles. Ya no es invierno ni es verano ni los volcanes cubren los pueblos con lava ni las garrapatas chupan la sangre de los perros abandonados. Es la fiebre, madre, es la fiebre de mi frente caliente la que contagia tu mano. Tus rulos cubiertos de agua, el ruido del secador enchufado en el baño, mi cara contra la pared, el estruendo que se desprende de los árboles. Los caballos metidos hasta lo más hondo del mar calmo, caminando sobre el agua como si fueran de mármol las patas que los mantienen vivos. Me cuesta verte temblar, madre. Nunca pude ni podré ver cómo tu cuerpo se calma. Con el estruendo el sonido se desprende de tus huesos. Tus huesos rotos en un cuenco de plata, un cuenco tallado en las manos de nuestros antepasados. Aún no soy un anciano/aún soy un ser espermario que contagia como un virus a las células. Camino por el sendero que lleva a la escalera de madera del muelle. Caminá más despacio, madre, te pido, tus pasos cada vez más rápidos. Tu figura se pierde y el mar allá se seca. Se seca el agua. Los peces chocan sus cuerpos en el aire. El cielo detrás queda completamente claro. ¿Algún día podré cuidarte, cuando seas más anciana, cuando tu cuerpo ya esté deteriorado? Nunca pude ver cómo tus huesos laten. Tengo nueve años en tu mente presente tengo nueve años recién cumplidos, y ya no crezco. Nunca seré un anciano en tu mente frágil. Ayudame a transitar este camino: tengo las piernas vencidas, gastadas las rodillas, hechas bollos sobre la arena blanda. Madre, no soy un anciano. ¿Cómo puede ser que creas que aún soy ese pequeño hombrecito de nueve años? El niño rubio de la foto cortada: tus rulos, el pelo mojado, las uñas, los restos de mugre debajo de los pies en el barro. Las sandalias rotas. El mar salado. La carne. Con el estruendo el sonido se desprende del aire. De mis huesos, madre. Los músculos duros, la sangre, la deformación de la materia. Nunca pude ver cómo se alisan los rulos, nunca pude cuidarte cuando tu proceso biológico se deterioraba. Quizás nunca pueda cuidarte. Quizás. Tu mano sobre mi frente, la fiebre, los pétalos rojos marchitos en una fuente podrida de agua, los pies, las rodillas en el barro. Vos sos el cable que conecta mis neuronas con el resto de mis partes. Sos el hilo que une mis hemisferios con la carne. Tu cuerpo se contrae, tus brazos se van achicando, se van arrugando. No es fiebre: es el calor del sol lo que hace que fermente mi frente. Paños mojados paños húmedos paños ensangrentados. Con el estruendo el sonido se desprende de tu carne. Se muere el cuerpo, mi cuerpo, los cuerpos que yacen flotando sobre la espuma del mar. ¿Cómo voy a acompañarte cuando las neuronas dejen de responderte? Decime cómo te ayudo a recostarte sobre la cama cuando tus piernas estén quebradas. Mis huesos, tu pelo mojado, el peso de tus zapatos, las hojas secas aplastadas. Un tipo de demencia un infarto cerebral. Vení, madre, abrazame. El útero está sanado. El hábitat, tantos partos. Tantos partos perdidos, tantos hermanos que no nacieron. Las selvas deforestadas, los ríos contaminados, los campos secos, la falta de sentido del ser humano que corrompe, destruye y no recicla este ciclo perdido, este final tan inmenso. Decime, ¿qué voy a hacer sin vos? ¿Qué pasará cuando tu cuerpo ya no esté junto a mi cuerpo como una presencia cotidiana? Ya no hay un camino determinado por el cual pueda caminar detrás de esa luz que va a guiarme. Los caballos huyen. Tus piernas cansadas caminan adelante, y te sigo como si una fuerza divina me empujara. Camino entre los muertos como si los cuerpos fueran bolsas de papa. Vos me decís al oído que ya nada ni nadie puede perdonarlos. Me decís que están condenados. Son escombros, rastros sueltos de formas antiguas y sagradas. Ya no tengo consuelo y me apoyo en tu sombra: es más grande que mis pasos. Es la tormenta tan violenta que cae sobre nosotros lo que impide que los salvemos. Yo también caminé entre los muertos, madre. Yo ya estaba acá cuando vos llegaste. Estaba esperando que el mar se calmara para poder caminar por encima de las olas y así llegar hasta la otra parte de la isla olvidada. Yo también caminé ente los muertos, madre. Estuvieron entre nosotros todo el tiempo. No dejes que te olvide, no dejes que no pueda ver cómo tu corazón late, los huesos que se parten, las garras que despedazan. ¿La fiebre? Sí, la fiebre. La espuma en las olas. Las olas en el mar calmo.

 

 

 

 

Notas relacionadas

Presentamos un fragmento del ensayo de Michel Nieva sobre la pandemia, adelanto de su nuevo libro Tecnología y barbarie. Ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, tecnología no-humana y ciencia ficción (Santiago Arcos, 2020).

Daniel Lipara, traductor de los libros de poesía Aprender a dormir, de John Burnside (2017), y Memorial, de Alice Oswald (en colaboración con Mirta Rosenberg), comparte con nosotros poemas de su primer libro Otra vida (Bajo la Luna, 2018).

Carlos Battilana, autor de Una mañana boreal (Club Hem, 2018) y Ramitas. Poesía reunida (Caleta Olivia, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros algunos poemas de Luz de invierno, reciente antología de su poesía publicada por Vera Cartonera (Universidad Nacional del Litoral, 2020).

Nora J. Rabinowicz, autora de Todas las cosas (La parte maldita), nos sumerge en los vaivenes del deseo con este relato inédito de escritura precisa y, a un tiempo, sutil.

Juan Fernando García, autor de Morón (Muchos libros felices, 2014) y Sobre el Carapachay (Leviatán, 2017), entre otros libros, comparte con nosotros una notable selección de poemas sobre fotografías.

Santiago Garmendia, filósofo y escritor, autor de La religión de los dioses (Culiquitaca, 2015), comparte con nosotros un cuento de su último libro Mal de muchos (y otros cuentos de libros) (Lago Editora).

Mariano Stolkiner, director artístico del teatro El Extranjero, además de actor y director, piensa la actualidad de las artes escénicas de cara a la pandemia y al futuro.

Salvador Biedma, escritor y poeta, escribe este prólogo al libro Del deseo de Hilda Hilst (Postales Japonesas, 2020) que él mismo tradujo y que aquí ofrecemos como adelanto.

Yamila Transtenvot, dramaturga y poeta, compiladora del poemario Territorixs (Tipas Móviles, 2019), comparte con nosotros fragmentos de su libro inédito Caminar Sola.

María Negroni, escritora y poeta, ensaya una magistral semblanza del Murena poeta, en este texto que es a su vez prólogo del libro Una corteza de paraíso (Editorial Pre-textos), de reciente aparición.