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Un tornado alrededor

El escritor y editor Facundo Abalo comparte con nosotros fragmentos de su novela Un tornado alrededor, ganadora del premio del Fondo Nacional de las Artes.

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Dorothea Lange – Sam Contis

 

 

Después de la muerte de Nico la casa quedó hinchada por la humedad. Estoy seguro que fueron las lágrimas. Ahora somos tres y la mesa nos queda grande.

Mamá improvisó un altarcito en el mueble del living. Una virgen de yeso con el vestido mal pintado. Dos estampitas empalmadas. Una fila de velas con perfume. En el medio, una foto de Nico encadenada por rosarios. Está frente a una torta. Un número seis enterrado en la crema. Mira a cámara sonriente. Atrás, los cuerpos de mamá y papá descabezados.

La liturgia empieza antes de la cena. Mamá enciende primero la vela blanca y con esa enciende el resto. La foto de mi hermano asoma entre las llamas. A ella le parece importante que a partir de hoy nos tomemos un día al mes para recordarlo. Que la memoria no se apague, dice, mientras sigue prendiendo velas.

Papá llega del trabajo en el momento en que la casa está ahumada. Mamá pide que nos sentemos frente al altarcito. Todos tenemos que recordar una anécdota con Nico. Ella levanta la mano entusiasmada para lograr el primer turno. Rememora el día en que nos llevaron a ver el Lago de los Cisnes. Reconstruye el momento en que le sacaron la foto con dos bailarinas levantándolo en brazos. Imita una voz diminuta: ¿le puedo tocar la corona?. Se ríe. Después se larga a llorar.

Papá asiste al recuerdo con fastidio, pero sabe que es mejor no contradecirla si quiere llegar a probar la cena. Mamá me pasa el turno. Yo nunca recuerdo nada de Nico. No sé si es porque era demasiado chico, pero tampoco quiero postergar la llegada de los fideos a la mesa. Invento una anécdota tonta. Digo que le robé un día un peluche turquesa. Que me persiguió por toda la casa para recuperarlo. Mamá sale disparada al cuarto, vuelve con ese peluche apolillado y lo pone en el altarcito.

Es el turno de papá que se niega a seguir con el juego. Ella lo culpa de no sostener la memoria. De no hacer un esfuerzo. Lo acusa de haberlo olvidado. Él la mira con los ojos enrojecidos. De repente larga una ristra de imágenes. Cuenta el día en que el médico le comunicó la noticia de la muerte. A mamá se le desfigura la cara. Lo quiere frenar, pero papá no puede. Dice que el médico lo llamó a un costado. Que le puso una mano pesada en el hombro y le dijo que lo sentía mucho. Que creyó que el techo lo aplastaba. Que empezó a patear una camilla que estaba a un costado. Que no sentía dolor en el pie hasta que la vio hecha un nudo de caños. Que dos enfermeras lo agarraron por atrás. Que de un manotazo les voló las cofias.

Mamá le ruega que se calle pero él sigue en trance. Dice que una de las enfermeras le metió una pastilla en la boca. Que él babeaba rabioso en cuatro patas. Cuando estuvo calmo y medio drogado, el médico le pidió que reconociera a Nico para poder firmar el certificado de defunción. Que entró al quirófano arrastrando las piernas. Que sintió el frío en los huesos. Las dos enfermeras le custodiaban el paso.

Que Nico, morado, dormía arriba de una placa metálica. Una sabanita blanca lo cubría hasta la nariz. Le vio asomar el lunar de la frente. Que corrió la sábana despacio y estaba con media sonrisa. Que le besó una mejilla. Que todavía el cuerpito estaba tibio.

Mamá lanza un aullido. Agarra el peluche y sale corriendo para su cuarto. Con el viento del portazo se apaga una vela. Papá se queda acodado en la mesa mirando fijo la panera. Dudo si salir atrás de ella o quedarme haciéndole compañía a él. Me levanto de la mesa y voy a buscar los fideos que están flotando en la olla. Sirvo dos bolas pegoteadas y las disimulo con queso rallado. Llevo los platos a la mesa. Pongo uno en el lugar de papá y otro en el mío. Comemos los dos en silencio.

 

**

 

Los sábados me duermo nervioso, sólo de saber la maratón que se nos viene al otro día. Anoche soñé que mamá era una muñeca china sin ojos. La cara blanca. El kimono. Estaba rodeada de conejos negros. Conejos chinos. Me tomaba las tablas frente a un pizarrón gigante. Alguien trataba de ayudarme desde el fondo pero yo no llegaba a escucharlo. La china golpeaba el pizarrón con un puntero de caramelo. Me despierto orinado. Tiendo la cama rápido para asfixiar la vergüenza. Voy al baño donde mamá se seca el pelo. Me quedo mirándola, sentado en el inodoro. Es un diálogo sordo, mis preguntas quedan tapadas por el grito ronco del secador.

Los domingos son los únicos días que mamá sale de la cama antes de las doce. La reunión de hermanas parece sacarla del estado en el que flota el resto de la semana. No sé si la motiva más ese almuerzo o el paseo obligado por el cementerio. Se unta la cara con una crema de rosas marchitas. Ahoga hasta el último poro con engrudo blanco. Me cuesta encontrarle la mirada. Después se pasea del cuarto al living con la cara embadurnada y el kimono. Es una geisha invertida, sólo da órdenes. Va y viene con las manos arriba y las uñas pintadas. Me hace marcarle el teléfono para que no se le salga el esmalte. Da indicaciones contradictorias mientras le sostengo el tubo. Del otro lado, escucho la voz estrangulada de la vieja que nunca puede meter una frase. Pienso que la va a mandar al diablo. Aguantará para no perderse un cliente fijo. Cada domingo le compramos una torta para llevar. Siempre la misma. Una con gajos de manzana envejecida. A mí me parece de corcho, pero las tías largan halagos antes de llevársela a la boca.

Ahora papá viene de la calle. Lo saludo con una mano y con la otra sigo teniendo el teléfono. Se mete en su cuarto. Se fue a la mañana al club y recién llega. Mamá no se dio cuenta que entró.

La salida se precipita. Papá espera con el auto en marcha y cada tanto toca un bocinazo. Ella se sigue maquillando. La línea del ojo le sale torcida por un último llamado. Lucho con el cordón de la zapatilla tirado en el piso de la cocina. Hago una horca alrededor del dedo índice pero no funciona. Termino apretando un nudo que no podría desatar ni un mago. Mamá me peina de costado con la raya tatuada. Los dientes del peine me mastican las ideas.

Pasamos a buscar la torta de manzanas. A fin de mes arreglamos, le dice a la vieja que se hace la buena y le da un abrazo. Le deja marcados a mamá cinco dedos de harina en la espalda. Soy testigo pero no puedo abrir la boca. La repostera se queda acariciando la venganza.

Desde el asiento de atrás veo la marca de harina en el saco azul. Creo que papá la vio pero también prefiere hacerse el tonto. No paran de discutir durante todo el viaje. Veo sus perfiles alternados largando bocanadas de ira. El cuello hinchado de él. El índice endiablado de ella. Cuento en silencio los gajos de manzana de la torta. Primero los enteros. Después las mitades. Armo manzanas mentalmente. El olor del cementerio se siente mucho antes de llegar. Paramos en el mismo puesto y compramos una docena de calas. Insisto con la margaritas, pero ellos ni siquiera bajan la vista. El vendedor tampoco.

Traspasamos una boca enorme de cemento con rejas. Cada vez que entramos siento que nos traga un laberinto tapizado de ojos. La galería de fotos escolta nuestro paso. Reconozco algunos sólo con darles un vistazo. La mujer de la trenza y la camisa a lunares. El de los bigotes mexicanos. La foto del bebé junto a un chupete castigado por el sol. Las flores de plástico con polvo. El fango inmundo adentro de los floreros. Un jardín arruinado por el tiempo. El enjambre de mosquitos nos sigue en procesión hasta la tumba de Nico. No sé en qué momento me aprendí el camino, pero podría hacerlo con los ojos vendados. Cuento mejor tumbas que gajos de manzana.

Las calas del domingo pasado están intactas. Mamá igual las tira a la basura. Me manda a buscar agua a una canilla medio oxidada. Me guío por las cruces. Una después de la de Marta. A la derecha de Hugo. Tengo que volver por la que tiene el pergamino de lata. Me entretengo en el camino leyendo dedicatorias. Cartas de despedida salpicadas de barro.

Hago escupir dos chorros a la canilla y vuelvo tratando de no volcar ni una gota. Mamá termina de acomodar las flores en forma de abanico. Nos persignamos en un ritual de espejos. Imito todo lo que ellos hacen. Muevo los labios haciendo mímica. Repito el Padre Nuestro tratando de no equivocarme, pero nunca puedo pasar de la tercera frase. Se me estruja el estómago pensando que mamá se da cuenta cuando me pierdo. Vuelvo a empezar y termino con ella para que no note el desliz. Mamá se emociona y sacude la cabeza. La agarro de la cintura tratando de calmarla. Miro cómo llora tocando el mármol. Yo no lloro. No me sale. Siento culpa por eso y por haberme olvidado el Padre Nuestro.

Desde atrás de un ombú sale el cuidador. Es un puercoespín con mameluco que vive de la muerte ajena. Se nos acerca como si fuese uno más de la familia y finge pena. Una mano toca las flores y estira la otra para pedir propina.

Es el momento de besar la lápida. Primero papá. Después mamá que deja la foto manchada con pintalabios. El cuidador se mete entre nosotros y saca una gamuza roñosa que refriega por la cara de Nico. El lápiz labial de mamá no sale con nada. Ahora es mi turno. Siento el beso helado de Nico en la boca.

 

 

 

 

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