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Lectura y ficción

Una lectura de Juan Manuel Sodo, ensayista y docente universitario, sobre Biografía y ficción (Notanpüan, 2019), el nuevo libro de cuentos de Damián Huergo, premiado por el Fondo Nacional de las Artes.

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1. Poner el cuerpo. Así como Viajes con Charley, de Steinbeck, es leído como un “manual literario para el viajero”, Biografía y Ficción, de Huergo, puede ser tomado como un manual literario para el hombre de frontera. México y Estados Unidos, Argentina y España, la adolescencia y la adultez, la cordura y la locura, lo legal y lo turbio, el trabajo y la desocupación, Capital y el Conurbano, la tierra y el agua, ser hijo y ser padre: en la cartografía de Huergo, los personajes son como migrantes existenciales que siempre están cruzando, o a punto de cruzar, esa línea divisoria que los separa de algo. Cuando hablamos de migraciones, solemos hacer foco en sus planos más emotivos. Pero migrar es también una actividad física. Hay que manejar kilómetros, subirse a un bote y remar, escaparse corriendo, caminar cargando sillones. Hay que afinar el oído y atender los llamados que envía nuestro cuerpo, dispuestos a ir hasta el fin del mundo, siempre y cuando se nos lo pida sin palabras, como el perro Atilio en el primer cuento.

 

2. Afinar el oído pero también el ojo. La ciudad se va armando durante la noche, cuando no la miramos, dice el Negro Di Paola en uno de los cuentos. Con la música que me enseñaba, dice el narrador en otro, El Ñoqui me sacudía la forma de mirar. En varios relatos aparece el tema de la mirada. Que vuelve en el último, con esos turistas culposos que entran a un museo de arte contemporáneo y apenas miran la obra. Cuando uno quiere escribir ficción, tiendo a pensar, conviene tener desocupado el canal del lenguaje. O sea, conviene tener un trabajo que no esté tan vinculado a la escritura, como sí lo están ser cientista social en Conicet o periodista precarizado en un medio gráfico. El mismo razonamiento podría extenderse al canal de la vista. Y ahí, doble mérito el de Huergo, que es tutor virtual, y guionista, y tallerista virtual, y sin embargo, saturado su ojo en las pantallas, no por eso deja de ver, ni de ser, un logrado narrador visual. Segunda cosa que aprendemos: sin ver no se puede narrar.

 

3. Toda biografía es política. Con el Rodrigazo del 75 tu abuelo puede comprarse un par de hectáreas por dos mangos. Con la ley de divorcios del alfonsinismo tus papás se separan. Con la crisis del 2001 las fábricas quiebran, sos estudiante y lo terminás conociendo a Ongaro. Explota la burbuja financiera en España, la piba argentina con la que vivís deja de poder pagar el alquiler y te quedas solo, mientras ella vuelve al país. Siempre me llamó la atención la capacidad que la política tiene para direccionar las derivas de nuestra biografía. A juzgar por la cantidad de referencias que hay sus páginas, es una inquietud que el autor del libro comparte. Avellaneda, sin ir más lejos, aparece nombrada como un cementerio industrial. Entonces la política, y la economía, ahí, sobre-determinando el curso de una vida, y modelando, además, los contornos de un territorio. ¿Y los de un cuerpo? No aguanto más la presión económica, dice un amigo. La siento en la cabeza. Es como si tuviera una morsa.

 

4. Los peligros de quedarse. En varios de los cuentos aparecen referencias a las drogas. Una lectura desconfiada podría inferir que se trata de un yeite editorial o de un commodity a exportar en el mercado piola de los consumos culturales clasemedieros. Prefiero pensar otra cosa. Y adivinar, atrás de la droga, en los paisajes de Huergo, a personajes que no pudieron pasar alguna frontera y ahora están más bien aburridos. O melancolizados. Conviene distinguir. Una notificación que te hace llegar el cerebro para avisarte que estás por entrar en un adelante que se presenta como amenazador. Eso es la angustia. A diferencia de la melancolía, donde no hay amenaza alguna que contener ni hostilidad que conjurar porque directamente lo que no hay es adelante. Lo que hay es un puro atrás. Tuvimos nuestro momento y lo hemos perdido. Lo mejor ya nos pasó. Nos quedamos buscando algo, de lo que ni siquiera recordamos la forma.

 

5. Querer las cosas. Hay al menos tres grandes figuras para pensar las relaciones entre vida y escritura. La del viejo diario íntimo, la figura facebook, y una que, a falta de nombre mejor, podemos llamar “figura Piglia”. En la primera, la escritura se parece a un dispositivo expresivo-confesional de lo prohibido. Por ejemplo, Cheever. En la segunda, la vida va muy rápido, lo precario desborda y necesitamos testigos. En los posteos que hacemos, la escritura toma la forma de una bitácora de navegación, o sea, un dispositivo cotidiano de elaboración de la experiencia. Entre los escritores profesionales, podemos mencionar a Félix Bruzzone o Alberto Giordano. Para Piglia, por último, según leemos en los Diarios de Emilio Renzi, la escritura funciona como laboratorio de investigación. Dicho esto, agrego una cuarta: la figura Huergo. Sus paisajes, su universo de pertenencia, su familia, su pasado y sus antepasados: Huergo escribe para procesar y ensanchar las relaciones de entrañabilidad que él tiene con todo lo que ya quiere. El entrañabilismo huergueano. Entre la sociología y la ternura, su proyecto literario.

 

FIN. En una entrevista, Huergo sostuvo que a los personajes se los conoce mejor cuando están solos. En esa línea, hay una escena de un relato de Biografía y Ficción que me gusta mucho. No tiene sentido reproducirla acá, lean el libro. El asunto es que me recordó a la famosa frase de John Lennon: “La vida es eso que pasa mientras estamos ocupados haciendo planes”. Podríamos reformularla. Sería un sexto aprendizaje. Y sería así: “la vida es también eso que pasa mientras miramos pasar el último tren, ese que duerme en Alejandro Korn. Solo unas horas, porque a las tres y media vuelve a salir, cargado de gente, hacia Plaza Constitución”.

 

 

 

 

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