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El cumplimiento de mi deseo

Lala Sosa, escritora, docente, guionista y directora de la revista cultural Agenda Feminista, comparte con nosotros un fragmento de Kimona, su primera novela.

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Quiero coger. Es simple. Debería poder mirarlo de frente y decírselo, sin esperar otra cosa más que el cumplimiento de mi deseo. ¿Por qué lo tengo que esconder para que él pueda verlo? Siento que hago trucos de magia y me esfuerzo por llevar la atención a otro lado para que el artificio funcione.

Ahora mismo empiezo con mi show: me saco la remera y el olor del perfume en el cuello me invade toda la cara; es besable, de esos que gustan cuando la lengua toca la piel y la boca se impregna del sabor del otro, de la mezcla de su esencia natural con lo que usa para adornarla. Me siento desnuda sin ese perfume. Aprendí a usarlo de muy chica, fue mi primer acto de coquetería y también mi primer delito, se lo robaba a mi mamá de la cómoda en la que lo escondía. Ella no usaba maquillaje, ni bijouterie, ni joyas caras, sólo tenía un perfume, y era su única herramienta para sentirse femenina. Lo que para ella era casi un acto de heroísmo, para mí es como lavarme los dientes.

Me acuesto y el frío de la cama me para los pezones. Solo yo los veo. Marcos me habla desde el living mientras levanta los platos de la comida que amasó durante horas. Ésa es su herencia familiar. Para los Morales la cocina es el símbolo de la victoria hedonista por sobre la esclavitud del trabajo rutinario y la cantidad de tiempo invertido en un plato es la medida de su libertad.

Durante toda la cena me habló de los ciclos, está obsesionado con la temática por un libro que estuvo leyendo.

— Mirá, la rotación de la Tierra, el oleaje del mar, el pestañeo de los ojos… en cualquier cosa, lo que sea, en todo está el ritmo. ¿Viste? Ahí hay algo… No sé… un patrón que hace que las cosas sean únicas, como el ADN del tiempo ¿no? — dice y entra al cuarto. Lo escucho en silencio, mirando el aceite que abrillanta sus labios y la transpiración que le pinta la frente con gotas de luz. No para de hablar. La voz se le ensancha y rebota contra todos los vidrios de la casa, desde las ventanas hasta los ceniceros; yo sigo sin responderle, como si fuera un objeto más del ambiente.

Desde hace unos días todas sus costumbres cotidianas me fastidian.

Marcos sigue argumentando mientras sacude con ambas manos las migas que mi ansiedad dejó sobre la cama y abre las sábanas para verme acostada y desnuda. Tiene un libro en la mano y ese gesto rígido de concentración que se mete en su cara cuando una charla lo apasiona, especialmente cuando esa charla se vuelve un monólogo.

Me tapa despacio. Al roce con la tela siento ese cosquilleo que empieza como una sensación inocente, pero que en mí se acelera y deviene en unas ganas insoportables de tocarme. Me pasa desde siempre, incluso desde antes de que me crecieran las tetas que Marcos no está mirando. Se sienta en la cama, me da la espalda y lucha un buen rato hasta sacarse los borcegos marrones que usa desde que nos conocimos. Cuando se da vuelta para acostarse interrumpe su discurso, tuerce la cabeza y me mira los pezones duros apuntándolo de cerca. Me inspecciona como si fuera un cuadro mal colgado y sigue hablando:

— Escuchá: “La energía se mueve en olas, las olas en patrones, los patrones en ritmos. Un ser humano es eso, energía, olas, patrones, ritmos. Una danza”.

Hace una pausa y apoya dos dedos sobre la hoja para marcar la página. Los golpea de a uno, primero lentamente y después acelera para avisarme que se me acaba el tiempo. Quiere que le pregunte por la autora y yo me pongo la mano entre las piernas.
Vuelve a la lectura. Dice que es fácil reconocer a la gente cuando no tiene ritmo porque se le nota en el cuerpo. Yo creo que esta noche somos nosotros los que lo estamos perdiendo y cada uno, muy pronto, va a empezar su propia marcha.

Ya nos tomamos todo el vino que queda en la casa y hasta fumamos un poco de esa marihuana rancia que guardo para casos de emergencia como éste, en los que nada de lo que le meto a mi sangre me ayuda a salir de mi cabeza. El alcohol estimula su necesidad de diálogo. A mí me cierra la boca y me abre todos los sentidos.

Empiezo a tocarme acostada boca arriba: me manoseo las tetas sin llegar a cubrirlas del todo, como lo harían las manos grandes de Marcos. Apoya el libro en la cama y se recuesta sobre su brazo, todavía con los lentes puestos y sigue leyendo. La primera vez que me toqué al lado suyo tuve vergüenza. Mucha. Pero me alentaba pensar que él era parte de esa gran mayoría de hombres que se calienta mirando a una mujer con las piernas abiertas satisfaciéndose con sus propios dedos. No me equivoqué. Apenas aguantó unos minutos antes de subirse encima de mí y terminar el trabajo que yo había empezado sola. Siete años después, se limita a mirarme, silente, como un espectador obligado a participar de un espectáculo al cual no quiere asistir porque ya lo vio mil veces. Su cuerpo físico está ahí, su atención en alguno de los estantes altos de su cabeza a los que yo no puedo llegar. Lo miro fijo sin dejar de tocarme y después llevo los ojos, como proyectores, hacia el techo. Repaso todas las escenas del día en las cuales me sentí deseada por un hombre. Puede ser un conocido o un extraño, da igual, eso no importa. No me calientan ellos, sino su deseo, sus ganas de meterse adentro mío.

El encargado de inaugurar la jornada fue el portero del edificio de al lado. Lo hace todas las mañanas que trabajo temprano: interrumpe la limpieza de la vereda cortando el chorro de su manguera para permitirme el paso, intercambiar una sonrisa de amabilidad, y mirarme el culo en cuanto avanzo. Lo veo desde el vidrio de la entrada del edificio. Él nunca lo nota.

Después siguió Fernando. Salimos de la editorial y viajamos en su auto hasta el lugar del evento a cubrir. Cada vez que me subo me recuerda abrocharme el cinturón de seguridad y aprovecha para mirarme el escote mientras cruzo la cinta por delante del pecho. Hay días en los que viajamos a diferentes eventos y la secuencia se repite cada vez que vuelvo al asiento del copiloto. Este martes fueron tres locaciones y en todas se permitió su obscena y habitual ojeada a mis tetas.

El último fue un taxista, el más violento. Tal vez porque la posibilidad de escapar sin ser vistos los convierte en pajeros corajudos. Éste quería que me sentara en su cara y lo gritó con la ventanilla bien baja y el codo y la cabeza saliéndose del auto, como si un resorte lo hubiese expulsado y devuelto a su lugar después de pegar el grito.

Marcos le da una última ojeada al libro y hace el intento de leerme un pasaje: — “Hay cinco ritmos sagrados que son la esencia del cuerpo en movimiento, del cuerpo vivo: fluido, staccato, caos, lírico, quietud” — Sigue. Yo vuelvo a meterme en lo que el movimiento de mi cuerpo genera ahí afuera.

Mi mamá se ponía muy nerviosa cada vez que alguien me decía algo en la calle. Desde la primaria, cuando me llevaba al colegio, me entrenaba para insultar y maldecir a cualquiera que se me acercara. Creía en el mal de ojo y en la fuerza de las intenciones. Era tanto lo que odiaba el acoso callejero que siempre sospeché que había algo más detrás de su bronca. “Estos tipos no cambian nunca”, “ojalá que se les pudra el pito”, “ojalá vayan presos y los violen” y así. Todo tenía una carga violenta y, para ella, cualquier hombre que nos mirase por la calle no merecía vivir. Excepto cuando quería para darle celos a mi papá. Ahí se ponía un solero corto y limpiaba la vereda al mediodía, cuando los empleados de la estación de servicio de enfrente tenían menos trabajo y paraban para el almuerzo. Dejaba la ventana del living abierta para que su marido escuchara el griterío y los silbidos, pero nunca daba resultado. Mi viejo en vez de asomarse subía el volumen de la tele y a otra cosa.

A mí no me molesta sentirme deseada, sea por quien sea. Me calienta. Lo mantengo en secreto porque dicen que está mal. A veces les creo, pero no se puede evitar lo que calienta aunque intentemos transformarlo en otra cosa. La verdadera pulsión siempre termina mostrándose. La vi en cada uno de los tipos con los que me crucé en la calle y que si vieran cuán húmeda estoy no tardarían ni un segundo en querer manosear alguna parte de mi cuerpo. En cambio, Marcos se recuesta al lado mío y parece no tener intención de acercarse. Sigue en su historia sin que su pija se entere de lo que está pasando.

Vuelvo la vista a sus ojos, que me miran detrás de los mechones de esa melena oscura que conserva intacta, aunque esté a punto de entrar en los cuarenta. Me suelto las tetas, le saco los lentes y le corro el pelo para verle la cara. Parece mucho más joven de lo que es y alardea con eso cada vez que puede. Dice que, a pesar de que yo soy una década menor, frente al espejo parecemos contemporáneos. Y es verdad.

— Es increíble que esta mujer también hable de la coincidencia. Me persigue el tema.
— Te interesa, querrás decir — le respondo con distancia porque no quiero ser cómplice de sus conjeturas esotéricas.

Cuando era chica relacionaba la palabra “complicidad” con “complacencia”, creía que un cómplice era el que sabía darte placer por sincronía. Una especie de mago. Un adivino. Un dios. De grande entendí la diferencia, pero también que la última no podía germinar sin la primera. Sin complicidad, la complacencia no se abre ni crece. También entendí que hay muchos tipos de complicidad y que la más buscada y menos encontrada no es la del amor, sino la del sexo. La coincidencia tiene que ser más fuerte que los tabúes, los miedos o las meras ganas de acabar. Se puede coger y acabar sin que haya coincidencia, como se pueden multiplicar humanos en una familia sin que haya amor, pero para el verdadero goce se hay que coincidir.

La clave está en las ganas. En las que sobran, y en las que faltan. Mi complicidad con Marcos pasó todas las variantes, pero en algún lugar se quedó atascada.

El humo del sahumerio le hace arder los ojos, se los refriega alejando mi mano y después vuelve a mirarme. Corre la sábana hasta su cintura dejando su pecho al descubierto como si hubiese dejado su piel expuesta sólo para que mis ojos tuvieran con qué estimularse. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que lo usé de modelo.

Al principio la cámara lo asustaba y lo ponía nervioso. Tiraba poses ridículas para salir de la timidez hasta que aprendió a relajarse y disfrutar el juego. Algo de eso está tratando de volcar en nuestra cama, pero esta noche yo no oficio de fotógrafa, sino de amante. Aunque él no pueda darse cuenta.

Acaricia mi pelo, baja hacia mi brazo y con la punta de sus dedos sube y baja despacio hasta erizarme la piel. Son cosquillas y no calentura lo que me provoca su tacto y sus caricias parecen disculpas más que respuestas a mi provocación.

Marcos está esperando verme acabar, abrazarme por atrás y dar por terminado el día. Pienso en frenar, fingir necesitar una ducha y acabar a escondidas en la intimidad del baño, pienso en lo ridícula que me veo retorciéndome en la cama, observada por un hombre que no se calienta mirándome, sino que simplemente soporta mi capricho. Pienso que mi sistema de valores esta fallado, que tengo que darle más importancia al amor que al mero goce. Pienso en llorar.

Sigo tocándome.

 

 

 

 

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