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La epidemia en Tucumán de 1887

La arquitecta Margarita Gómez Salas escribe sobre la terrible epidemia de cólera que azotó a Tucumán en 1887 y subraya las contradicciones clasistas que generó.

 

 

Escuché a mi padre contar algunas veces algo que le había ocurrido en su época de estudiante. Lo narraba y se notaba como su voz cambiaba, se podía percibir cómo mientras lo traía de nuevo a su memoria, lo revivía y se encrespaba algo en su interior. A nosotras también. Era inevitable sentir el escalofrío bajando por la nuca hasta los brazos y de repente todos los pelos de punta, alertas.

Una noche volviendo de casa de un compañero de estudio, había tenido un encuentro muy especial. Vivía aún en casa de mis abuelos, en las orillas de Barrio sur, en la calle Bolívar al 300. La Bolívar, a diferencia de otras calles del barrio enterradas bajo la capa de asfalto, todavía conserva sus adoquines. La noche era muy oscura cerrada, muy tarde y ya hacia frio, comenzaba el invierno. Las veredas estaban desiertas, iluminadas por las lámparas entre los naranjos, típicos del barrio. Caminaba con ganas de llegar, cansado y con hambre. Pero en un momento sintió que alguien lo seguía. No había visto ninguna persona antes y se volteó, sin miedo. En el medio de la vereda estaba un perro parado, en medio de la penumbra. Mi viejo siempre tuvo muchísima onda con los perros y cualquiera que aparecía se le pegaba y lo acompañaba y después no había como sacárselo de encima. Esta vez, el perro se quedó parado mirándolo desde una distancia, quizás de 10 pasos. Apenas podía verlo bien, pero era bastante grande, oscuro y tenía el pelo largo. Lo llamó y el bicho, extrañamente, no acudió. Insistió y empezó a acercarse. El animal tenía la cabeza baja y él intuyó, pensó por un segundo, está herido, le pasa algo. Cuando estaba cerca, el perro levantó la cabeza y ahí pudo verlo.  En este momento la voz de mi padre se vuelve temblorosa. – Me miró y no pude creer lo que veía…tenía cara de hombre, me atravesó con la mirada. Era el rostro de un hombre que sufría, me miró con los ojos de un hombre. Cuenta que se quedó helado por unos segundos, sin poder moverse y que entonces, el animal se dio la media vuelta y desapareció detrás de un coche estacionado. Mi viejo se incorporó, trató de raciocinar lo que había visto pero el encuentro había sido muy fuerte. Volvió corriendo, temblando, lo más rápido que pudo.

Días después lo contó en un encuentro familiar a un conocido. El hombre le dijo que no era el primero en haber visto cosas así, de noche y por esa calle. Que a veces se escuchaban pasar lentamente carretas sobre los adoquines y se oían voces. Las carretas que habían bajado alguna vez, hacia el Cementerio Norte, por esa calle, con los muertos por el cólera.

 

 

Vi-te a trabalhar o dia inteiro
construir as cidades pr´ós outros

Sergio Godinho

 

San Miguel de Tucumán, unas de las primeras en el norte y como tantas otras en la Iberoamérica, nació en 1685 como una cuadricula aburrida de nueve por nueve manzanas. Había sido trasladada después de un intento fallido en Ibatín[1], tras un desacierto en la elección del sitio y ataques de yanaconas, incendios e inundaciones: un nacimiento mal parido. Ya en el sitio de La Toma, en nuevo territorio, la nueva ciudad de Tucumán crecía desde el centro fundador de la plaza, con las chacras al norte, las quintas al este y las tabladas al sudoeste. La organización social se reflejaba en la posición dentro de la ciudad, la cercanía con la plaza central y la iglesia, el cabildo. Así y básicamente de la producción local de carretas, el transporte al Alto Perú, y la agricultura a mediana escala, la ciudad mantuvo un crecimiento continuo, casi equilibrado. La llegada del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX cambió para siempre la economía del territorio siendo determinante la introducción de la caña de azúcar. Esto produjo un vuelco definitivo en la historia, la zona se transformó en centro de cultivo y producción y la construcción de los ingenios sentaron un precedente mundial. La producción azucarera sellaría para siempre el destino, la vocación impuesta a la región.

En 1886, la ciudad de San Miguel de Tucumán, con una nueva burguesía dueña de los ingenios, comerciantes venidos desde las regiones cercanas o desde muy lejos atraídos por la palpitación de la industria, las trabajadoras domésticas y los peones de los ingenios, llegaba a 6000 habitantes. Los problemas ambientales ya habían comenzado a hacerse notorios y se acentuaban, sin electricidad  pero sobre todo sin agua corriente. El casco fundacional, con sus calles estrechísimas y sin ventilación, incluso los anillos posteriores de la tímida expansión de 1820 más allá de las ‘calles de ronda’ no comprendían las necesidades de la casi urbe, que comenzaba a apiñarse en casas chorizo y en los edificios precarios y mal ventilados. Aunque se había trazado un plan para el crecimiento de la ciudad en 1870, hasta ahora había sido aplazado.

Cuando surgió la epidemia en octubre de 1886, el país seguía debatiéndose en luchas intestinas. Siguiendo a Buenos Aires y a Rosario, el brote más próximo de cólera había estallado en Córdoba y era necesario actuar rápidamente. En Tucumán se incorporaron al Tribunal de Medicina médicos y enfermeros, se instalaron cuatro lazaretos y se formó una Junta de Asistencia Pública que inspeccionaba los centros de población y las farmacias. También los vecinos se organizaron en comisiones para controlar el estado sanitario. Pero cuando los gobiernos de Tucumán, Catamarca y de Santiago del Estero decretaron la cuarentena y decidieron cerrar el acceso de los trenes para impedir el acceso de infectados creando un cordón sanitario, el gobierno central lo consideró una sedición desde el ‘interior’[2]. El gobierno central decidió actuar frente a la peste enviando al Regimiento Nº 5 de caballería contra el gobierno provincial ‘revelado contra la autoridad nacional por no obedecer a la orden de suprimir las cuarentenas interprovinciales’ y aplacar la insurrección con armas: un tren con cuatrocientos soldados, donde cada uno ‘lleva doscientos cartuchos por hombre que es el mejor desinfectante’[3].  El tren llegó no solo con armas sino también con soldados infectados y el cólera se abrió paso como otro castigo a la rebeldía.

Avanzó implacable. La ciudad sucumbió al pánico, la clase más favorecida y los que pudieron huyeron a las afueras y la ciudad se transformó en un campo de muerte, con cuerpos y enfermos moribundos abandonados en las calles. El paisaje urbano era apocalíptico, con gente agonizando en las calles y hogueras ardiendo: se creía que el humo ahuyentaría a la enfermedad. Las carretas trasportaban tanto cadáveres como a moribundos a los cementerios ya atestados hasta que se habilitaron nuevos espacios en las afueras para depositar los cuerpos.

La emergencia también generó movimientos políticos y sociales que sacudieron las estructuras de una sociedad sesgada por el clasismo[4]. Se cuestionaron las prácticas sociales y culturales de la clase más desfavorecida, se puso en tela de juicio a los más pobres como los culpables por la diseminación de la dolencia y algunos hablaron del carácter ‘civilizatorio’ de la epidemia: finalmente, las clases incultas, los indios, los criollos iban a entender. Sus condiciones de vida  los convertían en clases peligrosas, que debían ser erradicadas de los lugares cercanos a la población. El Consejo de Higiene justificaba las medidas violentas esgrimiendo la urgencia del escenario epidémico.

La prensa, el diario La Orden, jugó un papel crucial en esta situación, con una crítica minuciosa de los modos de vida, aseo personal y limpieza de las viviendas, los hábitos de alimentación, hasta las prácticas culturales eran las culpables: costumbres y tradiciones, dando un ejemplo tan cercano como los velorios, cualquier festejo o ámbito de sociabilidad. El uso de la medicina tradicional también fue puntualmente criticado así como de lo que se comía y bebía. La consumición de frutas, base de la dieta de los más pobres fue prohibida y se quemaron campos enteros de frutales creyéndolos fuente de propagación. Cada persona era responsable de la difusión de la enfermedad, sus elecciones de vida eran las que permitían o frenaban el avance del flagelo.

En medio de la crisis y  un estado que no podía responder al caos, las comisiones de vecinos tomaron un papel protagonista. La habían formado los ciudadanos más pudientes, lectores de la prensa ‘El Orden’ y funcionaban con aportes propios de los miembros. Rápidamente comenzaron a actuar en el ámbito urbano como agente controlador de las condiciones de higiene hasta adoptar un carácter policíaco, denunciando a vecinos ‘incumplidos’ al poder público. La brigada nacional de la Cruz Roja llegó junto a la creada Comisión de Higiene con medidas extremas y medicamentos poco fiables en un momento donde el pánico y la desconfianza ya habían escindido a la sociedad: no se confiaba en vecinos ni en nadie, menos en una comisión que comenzó quemando ranchos, por considerarlos ‘focos de infección’. Los médicos con sus pociones seguramente eran parte del plan de exterminio y los enfermos debían ser ocultados. La población fue sometida a desinfecciones con ácido fénico y algunas mujeres denunciaban fumigaciones hasta en las partes íntimas. Los sectores populares perseguidos, muchos infectados y otros por el miedo a la reclusión, huían a los campos donde sin alimento ni tratamiento tampoco sobrevivieron. En los ingenios la realidad era desoladora, los cuerpos de los peones se lanzaban en zanjas y quedaban expuestos. La situación escalaba. El 9 de enero se produjo un levantamiento contra la Comisión de Higiene en la localidad Los Sarmientos[5], cuando se amotinaron entre 200 y 400 personas y mataron a tres hombres de la comisión, dos de ellos españoles. El reclamo a la voz de ¡Maten que Dios Perdona! se lanza como ofensiva contra los ‘gringos envenenadores’. Algunos historiadores aducen que estos sucesos fueron la semilla desencadenadora de la montoneras de 1887. [6]

Después de aplacada la revuelta y comprobar con cierta decepción que ni la misma pandemia lograba corregir a este sector de la sociedad, era preciso tomar otras medidas: se crearon entonces instituciones de reclusión y encierro como formas de control. La Casa de Corrección y el Asilo de Huérfanos fueron algunos de ellos. El propósito aducía enseñar formas de vida civilizadas y paliar el abandono de menores huérfanos, aunque no se ocultan las demandas de una sociedad burguesa que se había quedado sin servicio doméstico: la Casa de la Corrección funcionaría en la práctica como una agencia de conchabos a patrones particulares[7].

La epidemia duró cuatro meses, fue arrasadora y dejó solo a la tercera parte de la población, 2000 personas. Los sectores más pobres fueron las principales víctimas del flagelo. La falta de mano de obra que amenazaba el progreso sobre todo en los ingenios fomentó posteriormente la creación de una legislación basada en condiciones extremas para el peón jornalero, la ley de conchabos[8], consecuente con las instituciones anteriormente creadas de corrección y encierro. La Orden resume en este párrafo la misión aleccionadora de la peste y expresa el pensar de la clase dirigente, naturaleza de la grieta que caracteriza hasta hoy a la sociedad tucumana.

‘El cólera, al atacar esta población debilitada, habrá tal vez contribuido a preparar a los sobrevivientes al cambio de método de vida, y convencido a los propietarios de la actualidad de aquel cambio que deben apresurar por todos los medios’ [9]

La ciudad comprendió la necesidad de nuevo plan urbano, que se materializó en 1888, adaptado a las exigencias de una ciudad que había vencido a la enfermedad y había sido depurada. Una ciudad reflejo de la economía pujante de los ingenios, con calles arboladas, plazas, espacios verdes y más tarde un parque diseñado nada menos que por Thays, para elegante paseo de quienes habían trabajado para vencer a la barbarie.

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[1] Ibatín o Ebatín deriva de la voz tonocoté eatym (chacra o sementera de maíz)  tierra labrada, para los indígenas, Tucumán por otro lado parece provenir de la voz quechua “yucuman”, que significa “lugar donde nacen los ríos”.Lizondo Borda, Manuel. Tucumán Indígena. Tucumán, 1938.

[2] El ‘interior’, término acuñado por los conquistadores en las expediciones fundacionales al adentrarse al territorio, definirá desde estas épocas y hasta la actualidad a todo lo que no comprende a la ciudad capital de la nación.

[3] El Orden, 24/03/1887.

[4] Gargiulo, María Cecilia, 2011 ‘El cólera: oportunidades de control y resistencias populares. Tucumán, 1886-1887’, en: Estudios Sociales, revista universitaria semestral, año XXI, Nº 41, Santa Fe, Argentina, Universidad Nacional del Litoral, segundo semestre, pp. 97-125.

[5] La comisión nombrada para Los Sarmientos fue compuesta por tres miembros; Day, hijo de extranjeros, Zelarayan y Andina, españoles; los tres desempeñaban cargos civiles en el departamento. A esa comisión se agregó voluntariamente Urrutia, un español que andaba de paseo. Este infortunado intenta escapar y es asesinado después que se niega a beber del frasco de ácido fénico que transporta. El compuesto, de ser ingerido puede causar vómitos y envenenamiento.

[6] Goldman, Noemí, 1990 ‘El levantamiento de montoneras contra ‹gringos› y ‹masones› en Tucumán, 1887: tradición oral y cultura popular’, en: Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana. Dr. Emilio Ravignani, 3era serie, N° 2, Buenos Aires, UBA.

[7] La Casa de Corrección funcionaba como un establecimiento carcelario dependiente de la Sociedad de Beneficencia, en la cual se formaban y luego se colocaba en casa de familias decentes a las sirvientas. El servicio doméstico era uno de los pocos empleos considerados apropiados y honestos para las mujeres pobres. En: Daniel Campi, María Celia Bravo, «La mujer en Tucumán a fines del siglo XIX. Población, trabajo y coacción», en: Ana Teruel  (Población y trabajo en el Noroeste Argentino, San Salvador de Jujuy, UNIHR-UNJU, 1995, p. 168.

[8] Establecida en 1888, obligaba a los peones a trabajar dentro de los ingenios y retenerlos en los campos. Los que no tenían su papeleta de conchabo y eran encontrados fuera de la jurisdicción de sus empleadores, se consideraban “vagos y mal entretenidos” y eran severamente sancionados.

[9] El Orden, 22/04/1887.

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