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Ángel barroco

Shirly Catz cruza las imágenes del Angelus novus y del Ángel de la jiribilla cubano, en este ensayo que ofrecemos como adelanto del libro colectivo Polifonía y contrapunto barrocos (Teseo, 2020), coordinado por María José Rossi.

No habría, a simple vista, diferencias de fondo entre polifonía y contrapunteado: si la primera da cuenta de voces diversas que se suceden o superponen, la segunda concierne a su precario equilibrio. Este libro es el encargado de registrar ambos momentos. La primera parte, “Polifonía”, reúne las cuatro conferencias que conformaron el panel “Lezama Lima: un delta de imágenes para epístolas latinoamericanas”, convocado para celebrar las VI Jornadas Internacionales de Hermenéutica: Figuras y texturas de Nuestramérica, llevadas a cabo en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA en julio de 2019. En este caso, son las voces de Samuel Cabanchik, Marcela Croce, Shirly Catz y Gerardo Oviedo las que componen una polifonía barroca latinoamericana en torno del ensayista, novelista y poeta José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976). En la segunda parte, “Contrapunto”, que también integró las Jornadas, son Marosa di Giorgio (1932-2004) y Wilson Bueno (1949-2010), una escritora uruguaya y un poeta brasileño, los que contrapuntean en el espacio urdido por Marcela Croce y Antonio Esteves, coordinados por Marcela Crespo Butirón.

María José Rossi

 
 

Ángel Barroco

 

Al ángel americano no lo aterran los escombros que el angelus europeo va dejando en su camino de destrucción y muerte. Este último, es sabido, no puede plegar sus alas, enredadas para siempre con el viento del progreso, esa fuerza que desciende del Paraíso y que le impide detener su marcha. Avanza de espaldas hacia el futuro pero mirando al pasado, de cara a los muertos que se acumulan en su camino de ruinas.

Pero los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas del ángel benjaminiano devienen, en el ángel de la jiribilla cubano, perplejidad tranquila, asombro calmo: “No asombro mofletudo del Eolo. No perplejo en cariátide entre la guayaba amorosa y los reflejos de la bandeja de plata martillada en la frente. Perplejo que enarca la cola del gallo, para no confundirse en la mañana cegadora”.

El ángel de la posibilidad infinita logra lo que al europeo le resulta imposible. Es la hondura del frenesí frente a la muerte, es el rapto de la muerte en caballo pequeño sobre un tambor que llora, girando en sentido contrario a las agujas del reloj. ¿Un modo nuevo de comprender el tiempo? ¿Acaso la posibilidad de revivir a los muertos, de escuchar su débil voz mesiánica resurgir entre los escombros? Ángel que asusta a la muerte, que le hace un cuento a la muerte, que le saca sus dientes, que la secuestra. Verde de hoja en un amanecer lloviznado de tranquilo renacimiento de mañana.

Contra el ángel del camino recto, de la detención suspendida en una velocidad imparable, la jiribilla es el diablillo pícaro de la ubicuidad, él puede exorcizar la medianoche. Luz del cocuyo en medio de la oscuridad, insecto negro con dos manchas amarillas que iluminan como luciérnagas la noche.

Hay diversas leyendas cubanas relacionadas con los cocuyos. Una de ellas relata la historia de un trovador que viajaba en caballo de pueblo en pueblo; tan hermosa era su música y tan hábil era el hombre para tocar la guitarra, que el público siempre le pedía que se quedara un rato más, hasta altas horas de la noche. Cuando al fin se iba ya era tarde y el camino estaba oscuro, pero los cocuyos lo iluminaban de regreso para que pudiera llegar a salvo a casa.

El nombre de la especie de los cocuyos es “pyro-phorus”: portadores del fuego sagrado. El fuego crea la sombra, y por eso, el arte. No es casual que acompañen al trovador en su camino. Ni que el origen de la pintura se dé a partir de la sombra y del fuego. Nos lo cuenta Plinio el Viejo en el mito del origen de la pintura: la hija de Butades se enamora de un joven corintio, pero el hombre debe marcharse al extranjero, y entonces la última noche ella  decide convertirlo en imagen. Dibuja con carbonilla el perfil de su rostro, a partir de la sombra en la pared del cuarto que generan el objeto y el fuego. Un cocuyo que exorcisa la noche. El origen de la pintura es un contorno que recorre, como un círculo para invertir el tiempo, la sombra del hombre que debe partir.

Analogía con el fuego y la franja de sus colores: así se vincula la semejanza de una imagen y la imagen de una semejanza. Pero como la progresión es infinita, sólo la imagen puede dar cuenta de esa semejanza y de su voracidad de forma: “Ninguna aventura, ningún deseo donde el hombre ha intentado vencer una resistencia, ha dejado de partir de una semejanza y de una imagen. Él siempre se ha sentido como un cuerpo que se sabe imagen”.

Se trata de buscar ese fuego o esa luz, la luz de un pueblo encuentra siempre su ojo de buey para descomponerse en la potencia luminosa de “la resaca lunar”. Simultaneidad en las estaciones, uniendo el oro y el gris, como dos brazos, alas que ahora sí podrán plegarse, alzando la libertad en el espacio medio en los cuadrados de color y en el tiempo del sueño. “Ángel de la jiribilla, de lengua con los colores de la llama, larga como un brazo, que lleva su brasa a los tinajones, donde de noche se guarda el sol”.

No se trata de negar la catástrofe, pero sí de detenernos un momento, permanecer en el tiempo poemático de las cenizas de ese fuego eterno. Un modo de convivir con los escombros -¿incluso sonreír?- como nuestro primer acto de resistencia americana: “Ruega por nosotros. Y sonríe. Vigila las cenizas que retornan. Sé el guardián del etrusco potens”.

Debemos mantener nuestra potencia, la misma es infinita, espera. La resistencia es lenta, a la meta no se llega en línea recta. Hay allí una paradójica lección: Aquiles nunca alcanza a la tortuga; pero la tortuga puede llegar, al fin, a Aquiles. El error de este último, en todo caso, se encuentra en confundir tiempo y espacio. El ángel de la jiribilla entiende, en cambio, la necesidad de detenerse. Comprende, entonces, que el tiempo no es sucesivo, que tiene la forma, más bien, de una constelación o una marea. Al 1, 2, 3… como cadena de causas, la posibilidad de intuir el exterior de la caverna. Pero la salida de la caverna es temporal, no espacial.

El lenguaje burgués abusa de la analogía, se complace en la comodidad del símil, que apresa el mundo con su red de lo inerte. La analogía avanza como Aquiles: “A es como B”, “B es como C”, una y otra vez, hacia adelante: espacializa la similitud, encadena. El mundo se apaga bajo el toque de Midas, que inmoviliza los objetos en el acto mismo de tomarlos. Trabajo de forenses: etiquetar cadáveres.

¿Cómo devolverle la vida a la imagen?

La imagen metafórica no se basa en la idea de similitud, no es un espejo. Se parece, más bien, al producto de un espejo frente a otro espejo, que genera en medio ese dibujo momentáneo de infinitos espejos reflejados: el misterio del recorrido que deja la imago en su digestión espiralada. Una estela infinita hecha de huella. Contra la comodidad: nostalgia, riesgo.

El movimiento pone los lienzos en marcha, y todo deviene signo de otra cosa. Como explica Lezama Lima en “Mitos y cansancio clásico”: “Si revisamos una serie de lienzos, desde ilustraciones de libros de horas hasta pintura flamenca o italiana renacentista, podemos situar, con la visibilidad que da la pintura sobre el devenir histórico, esa causalidad de sentido, y esa imagen, que da la visión histórica”.

La imagen expresa, pero sin desnudarse; mantiene su secreto, por eso puede conservar su alma. Semejanza de semejanza de semejanza, pero en verdad, superando la comparación cosa-a-cosa. Contra la detenida estructura analógica, la imago es en cambio activa, y espera el robo de la estatua que se despliega como imagen. Hay un rapto en el origen del lenguaje y la cultura. Como el rapto del Toro que carga a Europa sobre sus hombros, sumergiéndola en el agua, penetrada de metáfora espermática y anhelo de forma.

El viento del progreso en las alas del angelus se vuelve agua profunda; y el agua traslada a Europa a la otra orilla. Como nos dice Prieto: “No hay mejor introducción a la obra de Lezama que este río misterioso, contradictorio, imprecisable; un río donde flotan, confundidos, lo imperfecto y lo armónico, lo tierno y lo deforme; un río que no acepta comparaciones”. Hay una “antigua leyenda de la India” que nos recuerda un río circular, cuya afluencia no se puede precisar. Lezama lo traduce: es el Puraná. El Puraná todo lo arrastra, y aunque parezca confundido, se dirige en verdad a las puertas del Paraíso. Del Paraíso provenía el viento destructor del progreso europeo, el que le impedía al angelus novus plegar sus alas. De allí proviene también lo que nos salva.

Porque el camino se ha invertido: Toro camina con Europa hacia el mar. Debe mostrarle la paradoja de Aquiles. Debe enseñarle, con palabras nuevas, la farsa de la historia lineal. Debe rescatarla de los hombros del ángel europeo e introducirla en el tiempo poemático del mar de noche.

novus jiribilla

 

Tanto el ángel como Toro sonríen. Una cierta malicia infantil de dobles intenciones se deja entrever en sus ojos inquietos. Toro lleva ahora a Europa sobre su lomo. El toro, “que también tiene su risotada baritonal” camina hacia el mar, y “Europa arrastraba su cuerpo hacia el lomo sin agua, aunque pudiera caerse. Y Europa comenzó a gritar. El toro, antiguo amante de su blancura, de su abstracción, siguió hasta el mar con noche, y Europa fue lanzada sobre los arenales”.

¿Somos el Toro salvaje, o somos Europa en el lomo de Toro? Ni el Toro ni Europa, ni Teseo ni tampoco el Minotauro. La salida del laberinto se encuentra en el abandono de la pregunta por el qué. El cazador se vuelve entonces su presa; y su presa también al cazador. ¿Por qué nos tomaríamos el trabajo de perseguir algo que no se parezca a nosotros mismos?

Las dos cosas a la vez, ninguna de ellas. Figuras anfibias cuyos ojos se nublan: la experiencia de la vivencia oblicua. Contra el ángel de la historia benjaminiano, que mira de frente, paralizado, el de la jiribilla americano que nos mira de reojo, con atención disimulada, sin mayores pretensiones y por eso, justamente, de una manera redentora, explosiva.

Toda la cultura nos ha entregado esta enseñanza mágica y terrible: mirar de frente equivale a la muerte. Debemos ser como Eros, que se le presenta a Psyché siempre de noche. Sólo en las noches pueden encontrarse los amantes, porque el amor es una actividad hecha en las sombras. Las hermanas de Psyché la convencen para que en mitad de la noche encienda una lámpara: no es la lámpara del cocuyo que exorcisa, es la Luz de la racionalidad amenazante, que pretende “despertar” de la noche, que deja caer una gota de aceite sobre el rostro del hombre que ama, lo despierta y lo disuelve en el momento mismo en que creía que se lo podía ver de frente.

Cartesio y la racionalidad moderna destruyen así el amor, lo despedazan.  La vida, en cambio, parece estar en el lento avanzar del caracol lezamiano, donde imagen y sentencia poética se unen en una reciprocidad espiral, en una digestión visible, digestión de imagen y corceles, en una marcha polvorienta que finalmente coincide con el extenso de la nube que los acoge como imago.

 

Para bajar gratuitamente el libro completo: click aquí. Deberá suscribirse al sitio de la Editorial Teseo.

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