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Traje Paraguay a Buenos Aires

Laura Isola, docente de “Literatura del siglo XX” en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y autora de artículos sobre crítica literaria y de arte, comparte con nosotros una mirada sobre el artista Sergio De Loof.

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Al rato me descubro encorvada. Hecha un ovillo, con los auriculares puestos, en el mismo banco, en el que hace un rato estoy mirando El monarca (2019), un documental dirigido por Francisco Garamona sobre Sergio De Loof que integra la muestra Excéntricos y superilustrados en el Museo de Arte Moderno, el Mamba y ahora, El Moderno.

Empecé a caminar por la exhibición y sin darme cuenta estaba sentada escuchando hablar a un muerto. Por más que estuviera en su cama, en una pieza (me gustaría escribir sapie) de su casa de Berazategui, De Loof había dejado todo: de ser todo lo que era y sus palabras eran puro recuerdo. Extinguido y desobrado. En ese sentido, entiendo que lo que había muerto era su potencia artística, más allá de los avatares de la vida y la muerte, los umbrales y la enfermedad.

Separado en las distintas etapas en las que el artista hizo sus producciones, sus locales, su revista, sus desfiles, el documental es bien casero. Una luz plena entra por la ventana cuya persiana de plástico está levantada hasta la mitad. Ruido de frenadas, griterío se cuelan por el mismo hueco. Son molestos, el contraluz y el ruido. Casi que sin guión y los que preguntan –muchas veces se pisan las voces y no se entiende– parecen no saber bien quién fue De Loof. “¿Dónde quedaba Bolivia?”, “¿por qué cerró El Dorado?”.

El “bolichero”, así lo define un amigo mío muy querido que lo conoce, está en pijama sentado en el borde de la cama. Con unas mantas viejas, unas sábanas de colores, una mesa de luz con remedios. Fuma y cuenta. Dice cosas sobre todo lo que hizo, apropiándose de una época. En un momento, una voz fuera de cámara lo corrige. Me quedé a ver los títulos para poder identificar esa voz: “Se dice cucarda”. De Loof había dicho “cocarda” varias veces para describir la decoración de una de sus creaciones. ¡Dejá que lo diga como quiera!, casi que le hablo a la pantalla. Me da una bronca que no me explico.

Me cae mal cuando un flaco de los que lo visitan se le tira en la cama (acá quisiera poner catrera) y entra en escena. Un desubicado. Fuera de lugar se entromete en el espacio vital y usurpa su cama que es el sitio actual de su discurso, cuando ha dejado de serlo desde las revistas de actualidad, desde las discotecas, desde la noche.

Me enoja que le hablen encima. Que no lo dejen pensar. Que le fumen en el cuarto, a pesar de que él lo hace permanentemente y tira la ceniza al piso. Que le pidan que se acueste. Dice algo muy lindo sobre Dios. Esa es la única explicación que le encuentra a lo que hizo, a su arte. Pide disculpas por lo poco intelectual de su razonamiento. Pero Dios es lo único que encuentra para dar cuenta de que esté vivo. Para mí todos los dones me los dio Dios y me los quitó Dios. Y yo sé que es medio poco ‘intelectual’ creer en Dios, en el Dios de barba, él papá de Jesucristo y todo eso, pero es lo que me enseñaron mis padres y es mi única manera de entender lo que me pasa y porque pude ser artista y del don que tengo. Yo creo en el destino, que está escrito. Yo no morí hoy porque está escrito. Porque no me cuido para nada y no muero y se murió muchísima gente muy joven. Y la única manera de explicarlo es que ya está escrito el día de mi muerte”.

Se me pasa el enojo pero me inunda la tristeza y la fealdad. Asocio: belleza y felicidad. Me sonrío de la ironía. Tristeza y fealdad.

A esa imagen del muerto que habla, le insertan las del joven que mira y posa. Cuando salía en las revistas con sus ojos muy negros y su mirada deseante. Cuando lo fotografiaban medio en bolas, con famosos, divertido. Mientras De Loof enumera sus lugares, Bolivia, El Dorado, Morocco, Ave Porco, Caniche, Pipí Cucú, me sorprendo de haberlos conocido a todos. Sin haber sido una de la movida, sin haber estado en el ambiente, fui a sus lugares en los que mezclaba el brocato, los muebles del ejército de salvación, las travestis, los diseños más extraordinarios, las telas y las cocardas. Sí, las cocardas. “Traje Paraguay a Buenos Aires”.

Quizá hasta me lo haya cruzado a él. Ahora cuesta reconocer en esa cara flaquísima, al que fuera Sergio De Loof. En esos ojos apagados, en ese cuerpo escuálido, en esos dedos torcidos, en esa pilcha mugrienta, en esa falta de glamour. Lo que le sobra es mueble comprado de verdad en una casa de artículos para el hogar.

Tampoco puedo adivinar al que frecuentaba Themis, mi suegra. Ella lo quería mucho y lo veía siempre en la casa de su amiga Nancy. Sergio y Gabriela, la hija de Nancy, iban juntos al secundario en Banfield. Sergio se pasaba las tardes en esa casa del sur del conurbano bonaerense. Themis le prestaba mucha atención. Él le contaba sus historias que se tratarían, adivino, sobre amores contrariados y desgracias; sobre ser puto en ese lugar y en esa época.

Ella le tenía un poco de lástima. Algo normal en ella: sentir lástima. Yo debo ser una de las pocas personas por las que no la ha sentido nunca. La única. Para el resto, una lástima infinita. Siempre tuvo ella, desde sus tardes en Banfield y su trabajo en el kiosko de su padre ciego en la Aduana, una especial atención a los débiles, a los desamparados. Venían a ella, como a una madre o como a una santa, drogadictos, maricones, lúmpenes. Nada de religión, por su parte. De hecho, mi suegra viene de una familia anarquista, con un familiar muerto en las luchas que se cuentan en La Patagonia rebelde de Osvaldo Bayer. De ahí su nombre griego de diosa de la justicia. Ella les prestaba atención, les daba cariño, nunca juzgaba, comprendía y aconsejaba.

Pasó bastante desde esa adolescencia de los años 70 hasta que ella lo buscó y lo visitó. Fue en Café Remis París, supongo, porque no creo que haya ido a Bolivia, a Morocco, a Ave Porco. Aunque fiel a su estilo libertario siguió yendo a recitales en estadios, a ver a los Rolling Stones, por ejemplo, con sus 80 años. En todo caso, esos músicos son sus contemporáneos. Del encuentro no hay muchos detalles, excepto que De Loof se puso contento de verla y le dejó bastante claro que se acordaba de esas tardes sureñas.

Nada queda de ella, excepto un cuerpo con la cabeza al revés que inventa idiomas, se ríe y no sabe ni su nombre. El final extenso de una mujer de muchas historias, de tantos relatos. Ahora las palabras ya no vienen a su mente. No podrá ver el documental sobre Sergio. Mejor: se hubiera puesto muy triste de verlo tan feo.

 

 

PD: Quiso el azar (y la paradoja) que en el mismo museo donde estoy viendo el documental, Sergio De Loof “resucitara”. Fue en una muestra enorme, a modo de retrospectiva de un artista que no había tenido exhibiciones anteriores, que se llamó ¿Sentiste hablar de mí? (2020), curada por Lucrecia Palacios. Ese título a modo de pregunta con el verbo “sentir”, un habla cocoliche, que muestra hilos, pespuntes y peines de la clase, se estrellaba (se volvía estrella) en el firmamento de una reconstrucción faraónica, por lo grande y por lo desmedida, de sus ambientes.

Pero es también una estructura de sentimiento: la de sentirse artista y serlo en esa emoción. Además, debe haber sido formulada por él mismo: ¿sabés quién soy? ¿qué sabés de mí? Con la doble intención: la literal que indaga por algo que fue hace mucho y la desplazada canchereando, ¡es imposible que no me conozcas! La consagración que significa entrar a un museo, por fin, llegó a tiempo y respondió a ambas. Sergio De Loof murió el 23 de marzo de 2020 y todavía la muestra seguía hablando de él.

 

 

 

 

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