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“Morir sin agonía”: Borges y la muerte de Henríquez Ureña

Pablo Dreizik, filósofo y ensayista, aborda el episodio de la muerte del dominicano Pedro Henríquez Ureña, a partir de la reconstrucción de Borges.

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A Ricardo Ragendorfer

 

 

En el curso de este año, el 11 de mayo, se cumplirán setenta y cuatro años de la muerte del gran ensayista y erudito dominicano Pedro Henríquez Ureña, quien residió durante años en Argentina, donde también murió. Si el elenco de trabajos críticos que aportó Henríquez Ureña son un legado presente y permanente, en cambio, su biografía y su relación con la cultura argentina carecen de una representación clara en la imaginación argentina.

Acerca de esta ausencia –en cierto modo indolencia y desaprensión– Borges arriesgó razones: “Yo tengo el mejor recuerdo de Pedro Henríquez Ureña…. él era un hombre tímido y creo que muchos países fueron injustos con él. En España, claro, lo consideraban, digamos un mero indiano; un mero centroamericano. Y aquí, en Buenos Aires, creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser, quizás mestizo; el ser ciertamente judío –el apellido Henríquez, bueno, como el mío, es judeo-portugués–. Y aquí él fue profesor adjunto de un señor, de cuyo nombre no quiero acordarme; que no sabía absolutamente nada de la materia, y Henríquez –que sabía muchísimo– tuvo que ser su adjunto. No pasa un día sin que yo lo recuerde…”.  Sábato, que también declara el ascendente y magisterio que sobre él ejerció el eximio dominicano en Antes del fin evoca, “se me cierra la garganta al recordar la mañana en que vi entrar a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos. (…) Aquel ser superior tratado con mezquindad y reticencia por sus colegas, con el típico resentimiento de los mediocres, al punto que jamás llegó a ser profesor titular de ninguna de las facultades de letras”. En el mismo sentido se manifiesta Ezequiel Martínez Estrada aludiendo a cierta “frialdad que había encontrado en el ámbito docente que nunca se templó”.

Aun así, Pedro Henríquez Ureña desplegó un papel decisivo en la vida académica local que comenzó en 1924, el año de su desembarcó en Argentina. Primero en la Universidad de La Plata –junto al filósofo socialista Alejandro Korn, al erudito Raimundo Lida, al historiador José Luis Romero y al gran ensayista Ezequiel Martínez Estrada– y un año después junto al eminente filólogo español Amado Alonso invitado por éste a trabajar en el Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras. Con Ureña y Alonso ingresan al país los estudios hispanoamericanistas. También en 1925, obtiene una cátedra en el Instituto Nacional del Profesorado Joaquín V. González. A través de su relación con María Rosa Oliver, Martínez Estrada, Eduardo Mallea y José Bianco y sus trabajos en Sur –para muchos su colaboración de 1942 en la publicación de Victoria Ocampo dictamina y justifica, por primera vez, el rango único de la obra de Borges en la literatura argentina–, Ureña llega a ser un actor clave del universo cultural argentino de la década de 1930 y de 1940.

 

 

Constitución, trenes

 

Al arribar al puerto de Buenos Aires, en 1924, los Henríquez Ureña –su mujer Isabel Lombardo Toledano y su pequeña hija Natacha– encuentran alojamiento en una pensión de la calle Bernardo de Yrigoyen, a pocas cuadras de la estación de trenes de Constitución. En los años siguientes, Ureña concurrirá diariamente a la Estación Constitución para regresar a La Plata al término de sus clases en Buenos Aires.  En la misma estación, no mucho más tarde, en el vagón, súbitamente, se desplomará para morir.

Borges volverá –en un prólogo, en un relato, y también en diversas entrevistas– sobre la secuencia fatal que comprende el radio de las quince cuadras que Ureña recorrió desde la Editorial Losada –donde supervisaba la edición de una colección de clásicos– hasta la estación Constitución donde, sin agonía, moriría. La atención de Borges se detiene en y retorna a, una y otra vez, un solo aspecto del deceso: la “muerte súbita”. El motivo de la sudden death de Thomas de Quincey, en la medida en que comienza a ocupar toda la perspectiva de Borges, parece exceder la medida de la justa cita literaria.

Max Ureña, hermano de Pedro y también riguroso hispanista, ofrece una atenta versión del deceso repentino: “Apresuradamente se encaminó a la estación de ferrocarril que había de conducirlo a La Plata. Llegó al andén cuando el tren arrancaba y corrió para alcanzarlo. Logró subir al tren. Un compañero, el profesor Cortina, le hizo seña de que había a su lado un puesto vacío. Cuando iba a ocuparlo se desplomó sobre el asiento. Inquieto Cortina al oír su respiración afanosa, lo sacudió preguntándole qué le ocurría. Al no obtener respuesta dio la voz de alarma. Un profesor de medicina que iba en el tren lo examinó y, con gesto de impotencia, diagnosticó la muerte”.

 

 

Enfermedad y presentimiento

 

Frecuentando el epistolario de Ureña se descubre  una carta enviada a su amigo, el gran crítico y filólogo mexicano Alfonso Reyes, que menciona su temor hacia la enfermedad –que no es especificada– que padece en el brazo izquierdo. La misiva, con fecha del 16 de noviembre de 1924, contempla y adelanta tres alternativas: la posibilidad de una amputación, una falsa alarma y la expectativa de morir algún día de muerte súbita. El presagio aparece en breves y claras líneas: “A Días Dufoo le ofrecía enviarle mi testamento: la intensa ocupación en que vivo no me ha dejado hacerlo, y he preferido decirle que liquide a toda costa mis intereses de México; porque la muerte repentina puede sobrevenir tanto en 1924 como dentro de cuarenta años, o no sobrevenir nunca”.

 

 

Muerte súbita, tres versiones de una conversación

 

En un prólogo de 1960 al volumen Obras Críticas de Henríquez Ureña, Borges recuerda una conversación con el ensayista. Ubica el encuentro en “una esquina de la calle Santa Fe o Córdoba”. Borges habría introducido en la conversación la sentencia del vaticinio: “ yo había citado una página De Quincey en la que se escribe que el temor de una muerte súbita fue una invención o innovación de la fe cristiana”. A su turno, Ureña contesta con otra figura de la muerte repentina repitiendo el terceto de la Epístola moral a Fabio de Andrés Fernández Andrada:

 

………………………………¿Sin la templanza viste tu perfecta

………………………………alguna cosa? ¡Oh muerte, ven callada

………………………………como sueles venir en la saeta!

 

Borges prosigue: “Después yo recordé al volver a mi casa, que morir sin agonía es una de las felicidades que la sombra de Tiresias promete a Ulises”. Y finaliza: “no se lo pude decir a Pedro, porque a los pocos días murió bruscamente en un tren, como si alguien –el Otro– hubiera estado aquella noche escuchándonos”.

La segunda versión del mismo recuerdo del encuentro con Ureña precisa un año, 1946, y se decide por la avenida Córdoba. El recuerdo ahora es un sueño, uno sin imágenes, en el que se le dice:

“Hará unas cuantas noches, en una esquina de la calle Córdoba, discutiste con Borges la invocación del Anónimo Sevillano O muerte, ven callada como sueles venir en la saeta. (…) Lo que no sospecharon, lo que no podían sospechar es que el dialogo era profético. Dentro de unas horas, te apresurarás por el último andén de Constitución, para dictar tu clase en la Universidad de La Plata. Pondrás la cartera y te acomodarás en tu asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estarás muerto. Ya te habrás despedido como siempre de tu mujer y de tus hijas. No recordarás este sueño porque tu olvido es necesario para que se cumplan los hechos”.

La tercera rememoración del encuentro, con ocasión de una entrevista de Osvaldo Ferrari, es del año 1984. Las anteriores descripciones no se modifican pero se termina de corregir la ubicación, la avenida Córdoba y Riobamba, y se establece una hora, la una de la mañana.

Quizás la atención sostenida en rememorar aquel último encuentro expresa, en el mismo movimiento, la fidelidad ética hacia el recuerdo de la muerte del amigo, y en no menor medida una meditación ética acerca del “morir sin agonía”.

 

 

 

 

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