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Algunas experiencias no se pueden narrar

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Constantine Manos
Constantine Manos

 

 

 

Nací en septiembre,

faltaba un mes

para que floreciera el azafrán

pero nací y papá susurró

“No es un varón”.

Septiembre se abre

a la nostalgia:

en Europa del Este,

los árboles se deshojan

y los fantasmas

de los grandes novelistas

se pasean por los parques.

Mamá y yo

hacemos fila

en un supermercado

para comprar leche.

El charco diluye

el color alegre de mi ropa,

mis ojos son dos lobelias

y mamá un floripondio vencido.

 

 

*

 

 

Rita, una amiga de mamá,

me enseñó a lavar los platos

con limón y sal,

no había dinero para detergente.

Un día me contó

que mi abuela

trabajó en un psiquiátrico.

Busqué la dirección

y me asomé a la ventana,

vi un lugar abandonado

con sillas dadas vuelta,

las paredes con humedad,

juegos de mesa apilados.

No sé para qué fui

ni qué deseaba encontrar.

Mi abuela entró por esa puerta

cada mañana,

solo por eso tuve el impulso

de buscar trapos, una escoba

y limpiar todo ese polvo.

 

 

*

 

 

Cuando le pedía a mi madre

que me hablara de su vida

o sobre mi abuela,

se le iba la voz.

En su defensa decía:

Algunas experiencias

no se pueden narrar.

Lo que no pudo decirme

lo dijo su amiga Rita,

esa que trabajaba su propia tierra

y usaba la cantidad

mínima de jabón

para lavar la ropa.

Me lo contó ella,

una mujer que siembra

su alimento

y sabe que es tan importante

enterrar

como desenterrar.

 

 

 

 

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