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El miedo es siempre real

Gonzalo Santos, autor de En las escuelas (Santiago Arcos, 2013) y Yo fui un hacker gordo y un poco eunuco (Punto de Encuentro, 2017), comparte con nosotros un fragmento de su última novela El juez y la nada (Aquilina, 2019).

el lizitki

El Lissitzky

 

 

 

Mientras conducía, Warschawsky se miraba las manos, perplejo ante la perspectiva de que ya no fueran las suyas, de que los huesos y los cartílagos, la carne, fuesen producto del algoritmo o de la fantomática, y ya no de un azar absurdo pero al menos naturalizado; aunque eso no era lo que más le preocupaba. Lo que le retorcía las tripas, literalmente, si es que todavía se podía hablar, stricto sensu, de literalidad, era advertir que la ciudad parecía haberse despoblado. Ya había hecho tres o cuatro kilómetros —ahora estaba llegando al cruce de Lacroze y Niceto Vega— y todavía no había visto ni una sola persona, ni un auto. Los edificios estaban a oscuras; los bares, cerrados. Algunos semáforos titilaban. Warschawsky trataba de asimilar la idea de que todo lo que veía era producto de la computación cuántica, pero aún así, y un poco paradójicamente, la sensación de realidad, o la realidad de la simulación, era mucho mayor ahora que las otras veces que recorrió la escenografía de Palermo Hollywood, o se sentó a comer empanadas en un frasco, a pesar de que todavía tenía la vista un poco brumosa. A lo mejor por eso, porque el pasado, un poco paradójicamente, o tal vez no —porque si se pudo diseñar un entorno de estas dimensiones, llegó a pensar (y también lo hubiera escrito y borrado, llegado el caso), nada aseguraba que lo anterior no lo fuera también—, parecía haber perdido su espesor ontológico, la traición de Lucía apenas le había afectado, e incluso le estaba afectando poco, menos de lo que creía que debía afectarle, el saberse inmerso en una nueva configuración de lo real, a pesar de que ya la estaba empezando a ver, aunque todavía de una manera muy incipiente, imprecisa, como una especie de cárcel, de calabozo cuántico, tal vez por influjo de ese libro de Bioy Casares que había dejado en el asiento del acompañante y que le recordó que Borges alguna vez, en algún relato, pensó un laberinto o una prisión del tamaño de un desierto cuya inmensidad, no le cabían dudas, configura el peor de los castigos: enfrentarse a la nada misma, sentirse una empanada en un frasco del tamaño de un cosmos.

Mientras doblaba por Avenida Libertador, Warschawsky recordó una ocasión en la que había visitado una cárcel, la nueva cárcel de Marcos Paz, ex Devoto, para verificar las condiciones en que se encontraba un reo que se había amputado un testículo con un pedazo de vidrio porque tenía miedo, le dijo cuando lo vio, de que el alienígena que se estaba incubando en sus pelotas, que cada día se veían más grandes, iniciara un fin del mundo apenas naciera, o los sodomizara a todos de una forma compulsiva con su gran pija galáctica como había hecho hasta ahora, le dijo, a través de la suya propia, usurpándosela. Warschawsky lo veía ahora bajándose los pantalones porque quiero que compruebe, le dijo, la forma alienígena que fue tomando acá, sobre todo la parte del glande, señalaba; pero Warschawsky, pocos metros después de la salida del túnel, tuvo que frenar de golpe porque se había llevado por delante algo que ahora había quedado atascado abajo del auto y no le permitía avanzar. Por un momento se quedó paralizado ante la perspectiva de que fuese una persona. No sabía si bajarse o no. Aceleró de nuevo, pero no hubo caso; no logró avanzar ni medio metro, ni tampoco pudo salir en reversa. Respiró hondo y entendió que no tenía más opción que bajar. Abrió la puerta despacio, flexionó un poco las piernas y se agachó hasta donde el nervio ciático le permitió: apenas unos veinte o treinta grados que, para el caso, era lo mismo que nada, así que se alejó unos pasos y volvió a hacer el mismo movimiento, pero tampoco pudo ver mucho; había demasiada oscuridad. El único poste de luz que funcionaba estaba a unos cien metros. Warschawsky buscó en los bolsillos, quizás podía usar la linterna del celular; pero de pronto se detuvo. Cerca de la esquina, se acercaba un hombre obeso, en calzoncillos, bamboleándose y sosteniendo algo que parecía una pala. Probablemente era una de esas copias defectuosas, zombies, de las que le habían hablado hacía un rato, y cuya presencia ahora lo perturbaba, porque no importa de qué materia esté hecho el peligro, ni cuántos pixeles tenga, ni si la amenaza proviene de un conjunto de átomos y células narco en el Delta, o de un puñado de bits cuánticos de apariencia antropomórfica, o zombimórfica: el miedo es siempre real.

Por eso a Warschawsky ahora lo empezaron a asaltar algunos síntomas del pánico, otra vez la vista difusa, cierta agitación, y recién se dio cuenta de que tenía que haber huido hacia otro lado, y no hacia el auto, que estaba atascado, una vez que llegó a la puerta y se estuvo por sentar. El zombi —ya lo pensaba con esa palabra— ahora estaba a diez o veinte metros y se acercaba arrastrando los pies y produciendo un sonido gutural que era como un mantra death metal. Warschawsky empezó a correr. El aire apenas le alcanzó para llegar a la esquina opuesta. Ahí se detuvo y se dio vuelta; la masa gelatinosa, cuya motricidad no parecía superior a la de un molusco, había avanzado sólo unos pocos metros. A la distancia, y con las córneas todavía deficientes, lo más humano que se podía distinguir eran los calzoncillos; lo demás era una mancha imprecisa cuya morfología de homo sapiens, o de lo que fuera, sólo se podía adivinar a partir de ese pedazo de tela.

Warschawsky aprovechó para tomar aire y continuó caminando. A su derecha, llegó a reconocer el edificio espiralado del Grupo Bagó, el único que rompía la monotonía arquitectónica de la zona, y calculó que estaba más o menos a veinticinco o treinta cuadras de su departamento. La distancia era demasiado grande como para hacerla a pie. Las copias defectuosas podrían estar por cualquier parte y morirse dos veces en la misma semana ya sería algo excesivo, bromeó tal vez como defensa, aunque intuyó que morirse en esta dimensión sería mucho más terrible que hacerlo en la otra, y fue entonces cuando notó por primera vez que no era exactamente el mismo, la misma persona, porque no lo sentía como una mera corazonada —la palabra no era “intuición”—, sino como una especie de tumor ontológico: algo que se asentaba, casi como un apriori, en lo más profundo de sus cromosomas cuánticos y que lo aferraba a la vida, o a ese modo de existencia, de una forma mucho más sólida —inquietante— que antes, y por eso ahora, mientras se subía a una Nissan Space Oddity que había encontrado abierta, lo sorprendía su propia desesperación, su propio ímpetu, incluso más que el hecho, tal vez demasiado casual, de que la llave estuviera puesta en el conmutador de arranque y de que una camioneta de esa naturaleza, último modelo, o casi, utilizara ese mecanismo obsoleto y no un lector ocular o biométrico.

Mientras manejaba, Warschawsky intentó dominar ese ímpetu extraño y trató de tranquilizarse, pero no pudo. Había encarado en contramano por lo que supuso era la calle 11 de septiembre y ahora, ya de nuevo en Avenida Libertador, pisó el acelerador a fondo y fue esquivando los autos que habían quedado abandonados en mitad de la calle, mientras la voz de la pantalla digital le advertía que estaba cometiendo infracciones graves y que, de no disminuir la velocidad, se vería en la obligación de ir deteniendo la marcha hasta apagar el motor y dar aviso a la policía.

—Le recuerdo que, según la Ley de Tránsito, la multa por este tipo de contravenciones puede ascender a diez mil patacoins más la retención de su licencia por hasta dos años.

Warschawsky llegó a su edificio poco antes de que la Nissan se apagara y trabara las puertas para impedirle escapar. Estacionó sobre la vereda, cerca de la placa solar con la que habían reemplazado las baldosas, y se bajó después de corroborar que no hubiera ningún peligro. La puerta de entrada al edificio estaba abierta. Entró y apoyó el pulgar sobre el visor para cerrarla. Las luces del hall estaban encendidas; todo parecía estar en su lugar. A su derecha, el espejo le devolvió la imagen de un hombre al que no reconocía del todo. Warschawsky sacó la vista inmediatamente y empezó a caminar con cautela hacia el ascensor, pero a los pocos pasos se detuvo y decidió utilizar la escalera. La idea de quedar atrapado sin posibilidad de que lo auxiliasen lo estremeció, a pesar de que de alguna manera ya estaba en esa situación desde hacía más de una semana o, si lo pensaba bien, bastante más: en cierto modo desde ese día en que su padre entró con los ojos desencajados, enajenados como en ese cuadro de Goya donde Saturno se devora al hijo, y se encerró con él en ese baño del que nunca terminó de salir del todo, siquiera bajo libertad condicional, que es la figura que alguna vez exigió en la cámara de apelaciones del fuero penal de su psiquismo, una instancia en la que lógicamente no le podía ir bien porque en ese fuero resulta que el magistrado, al que no se puede recusar, es siempre el propio padre, o peor: su copia defectuosa, lo que algunos llaman ‘el significante de su Nombre’, que en cierto modo es la Ley en su estado más puro, a la que el juez Warschawsky —que por cierto ahora estaba llegando al segundo piso exhausto, sin aire, no hay que olvidarse de él— tenía la fantasía de enfrentar a través de ese proyecto secreto de escribir, no para poner en orden los pensamientos, sino para desregularlos, desregularlos mejor, y porque en el fondo intuía que lo que más daño le hace a la Ley no es una muerte violenta, ni un acto contra la propiedad privada, sino —y ha sido así desde siempre— una escritura. Por eso, después de ir hasta su habitación, la que utilizaba como escritorio, abrir el ropero y agarrar el arma que estaba junto a las copias de los expedientes de esas personas a las que en ciertos momentos convenía apremiar, después de sentarse a contemplarla desde el sofá, después de dormirse y despertarse muchas veces, después de llorar, recordar, insultar a Lucía y perdonarla, después de salir, caminar, explorar, recorrer y cargarse varios zombies para descargar algunos quantum de oxitocina, después de reírse a carcajadas, mirarse en el espejo, sentirse desdoblado, hablar solo y hablar de sí en tercera persona, después de volver a insultar a Lucía y de volver a perdonarla, lo que hizo Warschawsky, después de agotar todos los después, fue agarrar su vieja notebook Panasonic y hacer lo único que queda por hacer cuando por delante sólo queda la nada: escribir.

Aunque en su caso por delante podía haber algo más que la nada, porque también estaba la posibilidad de la enajenación mental, y la necesidad de la escritura a lo mejor también estaba fomentada por la intuición de esa eventualidad, como había ocurrido tantas veces en la historia, incluso —o quizás sobre todo, aunque parezca una paradoja— en el caso de los semi-ágrafos.

Durante las guerras mundiales, algunos soldados solían escribir desde las trincheras distintas cartas en las que no aludían a los horrores de la guerra, ni contemplaban la posibilidad de la muerte, ni por supuesto se ponían a realizar operaciones lógicas para dilucidar si el mundo se compone de hechos o de objetos, o si hay o no un rinoceronte en la habitación. En general trataban de temas banales: las características de un paisaje, la última borrachera en el bar del pueblo, el estado del clima, porque en el fondo el qué, como en toda escritura genuina, no era lo más importante, ni mucho menos un punto de partida, y el quién tampoco. De hecho si no tenían a quién escribirle, algunos hasta llegaban a publicar avisos solicitando una marraine de guerre, o sea: una mujer a la que se le paga para que responda la correspondencia, porque la vida en esas condiciones, en las trincheras, implicaba una ruptura radical con la existencia anterior y la escritura era lo único que tenían a mano para sortear esa discontinuidad, como en cierto modo podía estar sucediendo con el juez Warschawsky —que por cierto ahora acaba de sentarse en el sofá y abrir un procesador de texto, no hay que olvidarse de él—, sólo que, obviamente, él no podía contratar a ninguna marraine de guerre, a ningún lector, y en ese sentido también estaba el riesgo de que la escritura, en lugar de impedir el desdoblamiento y la discontinuidad, como en esos soldados, terminara promoviéndolos, porque podría exacerbar su papel de lector de su propio escrito; aunque por ahora no eran cuestiones que lo preocupasen, y todavía ni siquiera se las había planteado.

En concreto, y para ir al grano de una vez por todas, mi padre me obligó a meterme su verga en la boca cuando tenía ocho años, escribió Warschawsky. Y se leyó.

Y esta vez no lo borró.

 

 

 

 

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