FacebookFacebookTwitterTwitter

El sueño, la ensoñación, la memoria

El filósofo y ensayista Alejandro Boverio desarrolla un concepto de “ensoñación” a partir de una revisión de los vínculos entre sueño, vigilia y memoria en textos de San Agustín, Hobbes, Macedonio Fernández, Bergson, Proust y Merleau-Ponty.

.

I

San Agustín, en el libro X de Confesiones, refiere a la persistencia de ciertas imágenes impuras de las que no puede librarse pese a su profesión de fe luego de la conversión. Se confiesa así que, ante la necesidad de abstenerse de la concupiscencia de la carne, de la codicia de los ojos y de la ambición del mundo, algo que ha logrado gracias a su conversión, sin embargo persisten en él ciertas imágenes de tales cosas que aún viven en su memoria: “y me salen al encuentro cuando estoy despierto, apenas ya sin fuerzas; pero en sueños llegan no sólo a la delectación, sino también al consentimiento y a una acción en todo semejante a la real”.

Evidentemente Agustín advierte algo que es en lo que Freud se va a detener siglos después y es justamente en el hecho de que la represión se debilita en los sueños. Hay algo incontrolable en esas imágenes que, como él señala, y recalco, le salen al encuentro cuando está despierto, aunque allí puede reprimir sus consecuencias. Donde no puede hacerlo es en los sueños, lo que demuestra su poder avasallador: “Y tanto puede la ilusión de aquella imagen en mi alma, en mi carne, que estando durmiendo llegan estas falsas visiones a persuadirme de lo que estando despierto no logran las cosas verdaderas”. Frente a lo que se pregunta: “¿Acaso entonces, Señor, es que yo no soy yo?”.

Inmediatamente señala la diferencia que existe entre su yo en el paso del sueño a la vigilia, en tanto puede reprimir esas imágenes con los deseos que las acompañan. Y se pregunta si esto es porque la razón se extingue al dormir, si es que se duerme solamente con los sentidos del cuerpo. No da Agustín una respuesta a esta pregunta.

Es célebre la primera meditación de Descartes en donde plantea que no hay criterio para distinguir la vigilia del sueño. Hobbes, en las Objeciones, afirma la corrección de esta meditación, en tanto nos quedemos sólo con las sensaciones y dejemos afuera la razón, sin embargo no le parece un tema nada novedoso; por el contrario, que las sensaciones engañan son para él un tema tan viejo como el pensamiento de Platón.  De todos modos, diez años después de la publicación de las Meditaciones, Hobbes publica el Leviatán, en cuyo capítulo segundo, reflexiona sobre la imaginación. Allí se interroga sobre los sueños, y si bien da algunos argumentos para intentar establecer su distinción (el más fuerte es que no hay coherencia entre los sueños del pasado y los del presente, como sí parece haberla en la experiencia de la vigilia), señala que es difícil “y en ciertos casos imposible” distinguir entre sensación y ensueño.  Y apunta: “La mayor dificultad en discriminar los ensueños de un hombre y sus pensamientos en estado de vigilia se advierte cuando por accidente dejamos de observar que estamos durmiendo, cosa que fácilmente ocurre al hombre que está lleno de terribles pensamientos, y cuya conciencia se halla perturbada, hasta el punto de que duerme aún en circunstancias extrañas, por ejemplo al acostarse o al desnudarse, lo mismo que otros dormitan en el sillón”.

Hobbes cita el caso de Marco Bruto, a quien, en la víspera de la batalla de Filipos, se le aparece el fantasma de Julio César, tal como lo cuenta Plutarco. Shakespeare inmortaliza la escena en la noche anterior a la batalla, cuando el fantasma de aquél a quien había traicionado se le aparece y le pregunta: “¿Quién eres tú?”, a lo que el fantasma contesta “Tu espíritu maligno, Bruto: Te veré en Filipos”. Es sabido cómo continúa la historia. Hobbes dice que, teniendo en cuenta las circunstancias, podemos inferir que se trataba de un ensueño fugaz: “Hallándose sentado en su tienda, pensativo y conturbado por el acto cometido, no fue difícil para él, aterido de frío como estaba, soñar acerca de lo que más le afligía”. Y señala que de esta ignorancia para distinguir los ensueños y otras fantasías de la visión y las sensaciones, surgieron en gran parte las creencias religiosas.

 

II

En No toda es vigilia la de los ojos abiertos, Macedonio Fernández narra la visita de Hobbes a la ciudad de Buenos Aires en un viaje de placer e instrucción, en el año 1928. Recién llegado a su cuarto de hotel, cansado por el viaje, deja su valija en el piso y se tiende vestido en un sillón. En ese momento una persona vestida con sombrero de paja entra a la habitación, entreabre y escudriña su valija y huye. Hobbes lo persigue por los pasillos y corredores hasta la puerta de calle pero no ve ningún rastro de su paso. Más tarde Hobbes se encuentra con su anfitrión y amigo en Buenos Aires, un tal Domínguez, y le confiesa su preocupación sobre lo ocurrido: ¿fue un sueño u ocurrió realmente? ¿cómo dilucidar la diferencia entre sueño y vigilia? Domínguez propone entonces una visita al metafísico Macedonio Fernández, quien se ha ocupado del tema.

Macedonio entonces se dedica a criticar toda una serie de argumentos que se han establecido como criterios de distinción entre ambos estados, entre los que se destacan la alusión al dato empírico de despertar, la espacio-temporalidad, la existencia de exterioridad, la intensidad, la causalidad, la regularidad que supuestamente estarían presentes en la vigilia y no en el estado de sueño, argumentos que Macedonio se detiene a criticar, mostrando cómo no constituyen criterios reales de distinción entre ambos estados.

Detengámonos con Macedonio en la distinción que hace Schopenhauer, por cómo valora especialmente la obra del autor alemán. En efecto, en El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer le asigna a la vigilia una mayor duración, por la que lo llama “sueño largo”, frente al sueño strictu sensu, que llama “sueño corto”. Si bien a Macedonio le llama la atención que un idealista como Schopenhauer se haya ocupado tan superficialmente del problema, luego de descartar la diferencia de duración como criterio de distinción, le reconoce haber visualizado el problema al afirmar que sueño y vigilia son “hojas de un mismo libro”.

Macedonio pretende deshacer la diferencia entre sueño y vigilia, ése es el sentido de su pensamiento desde el título mismo de la obra: No toda es vigilia la de los ojos abiertos. ¿No podemos estar soñando también con los ojos abiertos? Macedonio parece afirmar esto mismo cuando señala que “el Mundo, el ser, la realidad, todo, es un sueño sin soñador; un sólo sueño, sólo un sueño y el sueño de uno solo; por tanto, el sueño de nadie, tanto más real, cuanto más es enteramente un sueño. Lo irreal, la inexistencia, es la Materia, supuesto excitante de aquél sueño; la materia, lo que nunca pudo ser, pues no es soñable”. Se entiende que Borges, tempranamente lector de Schopenhauer y amigo de Macedonio, siguiera por esta senda especulativa intentando borrar la distinción entre realidad y sueño.

 

III

En 1901 Bergson brinda una conferencia en el Instituto de Psicología de París titulada, justamente, “El sueño”, que es publicada el mismo año en la Revue Scientifique. El sentido general de la conferencia apunta a mostrar que el sueño, lejos de sustraer nuestra facultad sensible, extiende su campo de aplicación. Mientras dormimos, apunta Bergson, nuestros sentidos siguen en funcionamiento, sus impresiones son el material de nuestros sueños. Sin embargo, este material por sí mismo no bastaría para producirlos, en tanto son impresiones vagas e indeterminadas, necesitan ser formados, y esa forma la brinda la memoria. El sueño sería un entre-lugar entre la sensación y la memoria: “El fantasma de la memoria se hace piel en la sensación que trae consigo carne y sangre, convirtiéndose en un ser con vida propia, un sueño”.

¿Pero no podría pensarse, también, en un entre-lugar de la vigilia y el sueño? En efecto, creo que hay lugar para pensar ese espacio intermedio en lo que yo llamaría la ensoñación. Acaso no haya mejor ejemplo para describir ese estado que el comienzo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust:”Durante mucho tiempo me acosté temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, los ojos se me cerraban tan pronto que no tenía tiempo de decirme: ‘Me estoy durmiendo’; y una media hora después, la idea de que ya era tiempo de dormirse me despertaba; trataba de dejar el libro que creía tener aún entre mis manos y soplar la llama; mientras dormía no había cesado de reflexionar sobre lo que acababa de leer, pero estas reflexiones habían tomado un sesgo un poco peculiar; me parecía que yo mismo era lo que la obra decía: una iglesia, un cuarteto, la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esta creencia sobrevivía unos segundos a mi despertar; no chocaba a mi razón, pero pesaba como una membrana sobre mis ojos y les impedía darse cuenta que la vela ya no estaba encendida”.

Este intermedio entre la vigilia y el sueño, este momento de ensoñación, no es sólo este acontecimiento al comienzo de una de las grandes novelas del siglo XX, sino que es propio del sentido principal sobre el que gira gran parte del libro, y sobre esto nos detendremos.

Curiosamente Proust y Bergson fueron familia política desde que, en 1892, el filósofo se casó con Louise Neuberger, prima de la madre de Marcel. Y si bien más de una vez la crítica vinculó la obra filosófica de Bergson con la de Proust, el novelista se encargó de negar dicha influencia. Como publicó en Le Temps: “no sería exacto porque la distinción entre memoria voluntaria y memoria involuntaria domina mi obra, mientras no figura en la filosofía de Bergson, y hasta la contradice”.

Aquello que aquí nosotros pretendemos llamar ensoñación, es lo que Proust llama memoria involuntaria. Una memoria que no es una re-producción consciente de un recuerdo del pasado, sino una memoria en donde las imágenes nos salen al encuentro, en el sentido en el que San Agustín se expresaba refiriéndose a las imágenes impuras de su memoria, en tanto no las controlamos.

La ensoñación, en efecto, refiere a esta memoria en donde esas imágenes que nos salen al encuentro traen consigo toda una experiencia del pasado. Es lo que sucede, por ejemplo, con el famoso episodio del té y la magdalena, en donde la experiencia del pasado en Combray es revivificada en el presente, no como la reproducción de un recuerdo, sino como una experiencia vital que se va entretejiendo en la emergencia de imágenes que son mucho más que un recuerdo. Es, de alguna manera, la repetición de una experiencia (con la diferencia que trae aparejada toda repetición), en el mismo sentido en que Benjamin piensa el problema del Jetztzeit en el marco de la historia y plantea, por ejemplo, que la Revolución Francesa hacía saltar el continuum de la historia y que para Robespierre podía ser entendida como una Roma restaurada.

 

IV

Cabe preguntarse, entonces, en qué medida esta dimensión que aquí denominamos de ensoñación no estructura en general el modo en que debemos concebir la experiencia en general.

Merleau-Ponty se interesó especialmente en la narrativa de Proust en Lo visible y lo invisible y esto no es casual, nos dice: “Nadie ha superado a Proust en la instauración de las relaciones entre lo visible y lo invisible, en la descripción de una idea que no es lo contrario de lo sensible, que es su doblez y su profundidad”.

Lo interesante del pensamiento de Merleau-Ponty estriba justamente en cómo dimensiona el vínculo entre la carne y la idea, entre lo visible y el armazón interior que ello manifiesta y oculta. No hay visible sin una idea sensible que lo estructure invisiblemente, y esa invisibilidad no es una idea teórica que pueda abstraerse de lo sensible, sino que está entrelazada desde siempre con lo visible.

En Proust, la “frasecita” de la sonata de Vinteuil que oye Swann en la reunión en el salón de los Verdurin y que, de alguna manera, resulta el signo de su historia de enamoramiento y de amor con Odette, esa frasecita que cada vez que se repite va instaurando la esencia de ese amor entremezclado con las experiencias, es para Merleau-Ponty el ejemplo paradigmático de este invisible, de esta idea sensible que estructura lo que es: “Hay una idealidad rigurosa en experiencias que son experiencias de la carne: los momentos de la sonata, los fragmentos del campo luminoso, adhieren uno a otro por una cohesión sin concepto, que es del mismo tipo que la cohesión de las partes de mi cuerpo, o la de mi cuerpo y el mundo”.

En el curso El problema de la pasividad: el sueño, el inconsciente, la memoria,  Merleau retoma el mismo tema desde el lugar del sueño, y nos dice: “la distinción entre lo real y lo onírico no puede ser la simple distinción entre una conciencia colmada por los sentidos y una conciencia restituida a su propio vacío. Ambas modalidades se desbordan mutuamente. En la vigilia, nuestras relaciones con las cosas y, sobre todo, con los demás están presentes para nosotros como sueños, como mitos”.

Esa ensoñación que permite nuestro vínculo con las cosas y los otros, es aquella idealidad invisible que tampoco puede ser pensada por fuera de la carne. Y que acaso pueda ser traducida, apresada, en las obras de arte. El tiempo recobrado, para Proust, significó eso. Y acaso podamos decir que las grandes obras de arte son tales porque saben capturar los sueños y volverlos eternos.

 

 

 

 

 

 

 

Notas relacionadas

Presentamos un fragmento del ensayo de Michel Nieva sobre la pandemia, adelanto de su nuevo libro Tecnología y barbarie. Ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, tecnología no-humana y ciencia ficción (Santiago Arcos, 2020).

Salvador Biedma, escritor y poeta, escribe este prólogo al libro Del deseo de Hilda Hilst (Postales Japonesas, 2020) que él mismo tradujo y que aquí ofrecemos como adelanto.

María Negroni, escritora y poeta, ensaya una magistral semblanza del Murena poeta, en este texto que es a su vez prólogo del libro Una corteza de paraíso (Editorial Pre-textos), de reciente aparición.

Joaquín Vazquez, filósofo y narrador, analiza la experiencia mística en Nadie nada nunca, una suerte de narración que se narra a sí misma y que afirma, desde la paradoja, lo que el mundo no es,

Pablo Dreizik, filósofo y ensayista, aborda el episodio de la muerte del dominicano Pedro Henríquez Ureña, a partir de la reconstrucción de Borges.

Shirly Catz cruza las imágenes del Angelus novus y del Ángel de la jiribilla cubano, en este ensayo que ofrecemos como adelanto del libro colectivo Polifonía y contrapunto barrocos (Teseo, 2020), coordinado por María José Rossi.

La arquitecta Margarita Gómez Salas escribe sobre la terrible epidemia de cólera que azotó a Tucumán en 1887 y subraya las contradicciones clasistas que generó.

Rubén H. Ríos, filósofo, escritor y docente, autor de Nietzsche y la vigencia del nihilismo (Campo de Ideas, 2004) y Borges y el anillo del ser (Verbum, 2018), comparte con nosotros un anticipo de su libro inédito El triunfo del kitsch. Ensayo sobre la suspensión de la experiencia estética.

Guillermo David, ensayista y escritor, presenta La risa de las mucamas (Caterva, 2019) este miércoles 27 a las 19 hs. en Caburé LIbros. Aquí un adelanto de esta novedad editorial que combina profundidad con humor.

Manuel Ignacio Moyano, filósofo y ensayista corbodés, autor de Bonino: la lengua de la inocencia (Borde Perdido Editora, 2017), aborda en este ensayo, a partir de Barthes, Bataille y Libertella, la posibilidad utópica de una lengua antifascista.