FacebookFacebookTwitterTwitter

Loop

Juan José Burzi, autor de Shibari (Evaristo Editorial, 2018) y La mirada en las sombras (17grises, 2019), entre otros libros, comparte con nosotros este relato en el que se enlaza la cuestión de la identidad y la muerte.

11_TheHotel_TenzingDakpa

 

 

 

El sábado 16 de Julio de 2012 los Navarra estaban listos para irse unos días a la costa, aprovechando las vacaciones de invierno, que afectaban tanto a los gemelos como a su madre, que era profesora de Historia. Rúben Navarra, el padre, podía ausentarse con facilidad de la empresa de plásticos de la que era dueño. La idea de Rúben Navarra era aprovechar el sábado en la costa, por eso hizo madrugar a toda la familia para salir temprano de su casa.

Una vez en la ruta, encontró más tránsito del esperado: autos con gente que también quería aprovechar el primer sábado de las vacaciones de invierno, camiones sin acoplados y camiones con acoplados. Fue justamente contra uno de esos camiones con acoplado que el auto de los Navarra chocó de costado, cuando quisieron sobrepasarlo con una maniobra imprudente y mal calculada. Ese toque hizo perder estabilidad y control al auto, que salió dando vueltas de la ruta, hasta quedar de costado contra un árbol.

Rúben Navarra murió con el cráneo partido. La costumbre de no usar el cinturón de seguridad y de abrocharlo solamente cuando veía controles de tránsito lo terminó matando: salió despedido por el parabrisas y media cara y parte de su masa encefálica quedaron tatuados en una roca. Alicia Navarra murió con el cuello fracturado. Ella sí usaba cinturón de seguridad, pero una de las vueltas que pegó el auto fue como un latigazo homicida. Lo último que vio fueron los pies de su marido, eyectado hacia la roca. Sebastián y Nicolás eran gemelos, uno de ellos también fue despedido del auto, murió por traumatismo de cráneo. El otro sufrió fractura en su pierna derecha, contusiones varias en el cuerpo y traumatismo de cráneo con pérdida de conocimiento. Pero sobrevivió.

***

—¿Cómo te llamás? —Le preguntó la médica. La pregunta fue como un sacudón. Estaba despierto pero en un estado de somnolencia constante, por los calmantes que le suministraban. Sus tíos estaban parados en un costado de la cama. Nicolás no había querido hablar cuando despertó por la noche. Preguntó por su familia, con la certeza de que estaban muertos. Guardaba algunas imágenes del suceso, mezcladas, confusas. Por eso cuando su tío le contó del accidente no se sorprendió tanto.

—Contestale a la doctora… —le dijo su tía, visiblemente incómoda porque no podía distinguir cuál de sus sobrinos era. Salvo por su madre, nadie tenía la seguridad de saber con cuál de los dos estaba hablando. Sus cuerpos eran idénticos, inclusive compartían la ubicación de lunares y una verruga debajo de una tetilla. Como pasaban mucho tiempo juntos, hablaban de la misma forma, con los mismos modismos. Tenían, sí, diferencias en sus gustos, sus conocimientos, sus habilidades, pero así como estaba ahora, tirado en la cama, era indiferenciable de su hermano muerto.

—Soy Sebastián —dijo Nicolás, sin pensarlo demasiado. Sus tíos no objetaron nada, los médicos se limitaron a tomar nota.

***

La mentira casi dura muy poco. Por la noche pasó Ivana a saludarlo, su novia. Ella evidentemente seguía bajo los efectos de los calmantes, porque se movía con lentitud y hablaba en forma algo pastosa.

Cuando se inclinó a saludarlo, su primer impulso fue saludarla con un beso en la boca, y a mitad de camino se dio cuenta de que ella era la novia de Nicolás. Y Nicolás estaba oficialmente muerto desde hacía unas horas, desde el momento en que él dijo llamarse Sebastián. No era más su novia, era parte de su pasado, o mejor dicho, del pasado del otro.

Pudo desviar los labios a tiempo, en forma algo torpe y el beso fue casi en la comisura de la boca de Ivana. Ni su tío ni la madre de Ivana parecieron notar lo que sucedió, también estaban obnubilados por el dolor.

Con quince años, dos menos que él, Ivana era lo suficientemente madura para dimensionar lo que había acontecido. Tenía los ojos vidriosos, pero hacía un esfuerzo por no quebrarse. Nicolás se preguntó si ella no estaría imaginándose la realidad: que él era Nicolás y que el muerto era Sebastián. También se preguntó si ella no estaría pensando en por qué no había muerto Sebastián en vez de Nicolás.

Esa situación fue la primera y última en que él se sintió tentado de aclararlo todo. La duda fue por unos segundos, mientras miraba a los ojos a su novia, a la que había sido su novia, a la única chica que, con diecisiete años, había amado.

***

Se adaptó maravillosamente a su nueva personalidad. Respondía al nombre de Sebastián sin titubear y hablaba de Nicolás con pesar y mostrando dolor. Los médicos le dieron lo que sería su coartada perfecta para excusarse cuando, una vez dado el alta, volviera a lo que pretendía ser su vida «normal»: el traumatismo de cráneo y el estrés postraumático podrían hacer que tuviera «lagunas» mentales y también cambios abruptos de ánimo.
Sin ser como era Nicolás, tampoco se vería obligado a ser como era Sebastián.

***

Tras cinco días en observación, le dieron el alta. Iría a vivir a la casa de sus tíos (la tía era hermana de su madre) que tenían su casa a cinco cuadras de donde vivía anteriormente. Su tío pasaría a hacerse cargo de la fábrica de su padre, la casa estaría deshabitada el tiempo que le quedaba para cumplir los dieciocho años, o sea, ocho meses.

Él aceptó todo, tenía la tranquilidad de que dentro de poco más de medio año se podría hacer cargo de la empresa, de la casa, de su vida.

***

El verdadero dolor por la pérdida de sus padres y de su hermano llegó una vez fuera del hospital. No le encontraba explicación a eso, era como si mientras estaba internado la tragedia hubiera estado asordinada por ese paréntesis anormal que era dormir en un hospital, con suero, calmantes y visitas médicas.

La mañana que volvió a pisar la calle, con una pierna enyesada y muleta, y vio que el mundo seguía su curso, rompió a llorar. Desde el accidente no había llorado en ningún momento.

***

Muchas veces se había preguntado qué sentiría su hermano al mirarlo y ver a alguien idéntico. Era como estar frente a un espejo todo el tiempo. Esa idea se le había ocurrido en la infancia, en la época en que su madre los vestía iguales y eran la atracción en la calle y en la escuela. No sabía qué cosa le molestaba más, si los comentarios entre sorprendidos y divertidos de los adultos que los veían, o las burlas de los compañeros.

Una vez le contó a su hermano acerca de esa sensación de estar frente a un espejo, y Sebastián lo miró serio y le dijo que él no se veía igual a nadie.

Y si bien tuvo, con el correr del tiempo, posibilidad de saber que eso no era como Sebastián le había dicho, la respuesta que recibió a los ocho años lo marcó para toda la vida. Desde entonces vio a Sebastián como al más fuerte de los dos, el que podría prescindir del otro, el que era capaz de pensarse único. A él no le pasaba lo mismo, y aún en la adolescencia prevalecería el sentimiento de inferioridad. Por ese motivo no volvió a compartir con su hermano gemelo la eventual perplejidad que cada tanto le causaba ver que alguien igual a él dormía en la misma habitación, comía en la misma mesa, iba a la misma escuela y compartía las mismas salidas. Nunca le habló de lo mucho que le gustaba mirarlo, que era como mirarse, y del profundo amor y respeto que sentía por él.

***

Como había estado internado y en observación, no pudo concurrir ni al velorio ni al entierro de su familia. En el hospital eso le causó un dolor tolerable, pero con el pasar de los días, no le alcanzó con visitar tres tumbas en el cementerio. Necesitaba ver los cuerpos inertes de sus padres y de su hermano, experimentar un velorio cercano y doloroso, un velorio de verdad.

Lo más cercano a los cuerpos de su familia era el auto destrozado. Por eso pidió que lo llevaran a verlo.

***

Tampoco abusaron de ser idénticos para sacar verdadero provecho en algo, más que nada usaban ese parecido para hacer bromas. Sucedía que Nicolás, cohibido por la respuesta que recibió de su hermano a los ocho años, siempre fue reticente a decir o a proponer algo con respecto a su condición de gemelo. Dos veces Sebastián propuso cambiar identidades en exámenes orales, y una vez para mentirle a una chica con la que estaba saliendo. De él, Nicolás, nunca salió una propuesta similar. Sentía que sería algo así como reafirmar su condición de débil.

***

En unos días todos los peritajes iban a estar listos. El auto, en el terreno de la comisaría, se asemejaba a uno de esos perros enanos que estaban de moda entre las familias que querían, más que una verdadera mascota, un Juguete bello y simpático para mostrar. La trompa estaba arrugada y el techo agujereado a la altura del acompañante. Por ahí habían retirado el cuerpo de su madre.

Nicolás miró el interior con la esperanza de encontrar algún objeto familiar, pero no vio nada. Sí notó en que el auto no había rastros de sangre, y eso era debido a que la única que llevaba cinturón de seguridad puesto era su madre, y por eso no fue despedida del vehículo: fue una muerte limpia. Se quebró el cuello y no sufrió ni un rasguño.

—¿Ya está? —le preguntó el tío, que a su pesar había aceptado acompañarlo.

Con la punta de la muleta le pegó un golpecito al auto, un golpecito casi cariñoso, más un toque que un golpe, quizá una caricia.

—Ya está —dijo mirando el auto por última vez.

***

Sebastián era bueno en Matemáticas e Historia, él no, sus fuertes eran Geografía y Biología. En el resto de las materias tenían notas similares.

Por otro lado, Sebastián era un buen jugador de fútbol, él no. Esa era una de las pocas formas de distinguirlos: darles una pelota. Pero ese problema estaba solucionado por meses y quizá para toda su vida: tenía para tres semanas más de yeso, y luego la rehabilitación. En todo ese tiempo estuvo imposibilitado de jugar al fútbol. Una vez recuperado, podría decir que los doctores no le permitían volver a jugar, o que tenía miedo de quebrarse; total, el stress postraumático todo lo explicaba, y a un huérfano no se le discutían las cosas.

Sebastián había comenzado a ir, unos meses antes del accidente, a un taller literario. Si bien él no tenía obligación de volver al taller, el coordinador le había dejado dos mensajes ya, invitándolo a ir de oyente si quería, sin presiones y sin compromiso. Se dijo que en algún momento quizá iría. Una cosa lo hacía dudar: su letra.

***

¿Pero fue un acto de amor, de desprecio por sí mismo, un homenaje exagerado? No tenía respuesta a esas preguntas. ¿Era borrón y cuenta nueva? ¿De qué?

Su vida anterior no le daba motivos para estar disconforme. En algunos aspectos, vivía mejor que su hermano. Tenía novia. Ivana era más linda que cualquiera de las novias que había conocido de su hermano. Tenía tantos o más amigos que su hermano.

Entonces, ¿por qué el cambio? No lo sabía y ciertamente estaba más incómodo respecto a esa falta de motivo que al hecho de dejar su antigua identidad.

***

En un principio, cuando volvió a clase, lo trataron con extremo cuidado. Los profesores le hablaban midiendo las palabras y hasta le echaban alguna mirada cómplice, como sobreentendiendo algo que él traducía «si en algún momento te sentís mal, avísame, sabemos que lo que te pasó es para que enloquezcas, no lo hagas acá». Nunca les daría motivos para tanta preocupación.

Los amigos evitaban expresiones como «te voy a matar», o «morite» o todo vocabulario que remitiera a la muerte, los accidentes, los hermanos, los padres, la familia… Él, consciente de lo que pasaba, se decía que si era por no hablar, podían evitar todos los temas.

Pero este trato se dio en la primera y segunda semana. Después, poco a poco, todo volvió a ser como era antes, dentro de lo que la realidad habilitaba. Solamente hubo un profesor que cada tanto él sorprendía mirándolo demasiado, como si lo estuviera estudiando. Era el de Historia.

***

Ivana había tomado la costumbre de ir a visitarlo después de clase. Él la recibía en el comedor, y en un momento de la visita siempre terminaban charlando sobre Nicolás. Muchas tardes esas charlas que, mediante el recuerdo, revivían a Nicolás por un rato, se llevaban a cabo en el dormitorio improvisado que le habían preparado sus tíos. En esos momentos, Ivana se mostraba más distendida, a veces lloraba un poco, a veces él le tomaba una mano.

«Soy como un fantasma», se dijo un día, mientras escuchaba a su ex novia y la ayudaba a llorar, a ponerse triste. Porque en definitiva, a eso iba ella, a exorcizar una muerte absurda mediante las lágrimas y los recuerdos frente a la viva imagen de lo que había sido su amor muerto.

«A veces sos igual a él», le decía Ivana, de vez en cuando. Él le respondía con una sonrisa de circunstancia, de irónica trampa del destino. Pero… ¿irónica trampa para quién? ¿Y del destino de quién?

***

Al mes le sacaron el yeso y le indicaron varias sesiones de rehabilitación. Se sentía débil, inseguro para usar esa pierna, por eso le pidió a Ivana si podía acompañarlo.

Esas tardes en que iban a la clínica hablaban de temas diferentes a los que tocaban en su casa, cuando Ivana iba de visita. A pesar de que él tenía su propio duelo y su propio proceso interno, también se permitía ubicarse en un lugar de espectador y apreciar cómo Ivana superaba poco a poco la muerte de su hermano, su «muerte» en realidad… la muerte de Nicolás.

¿No es muy pronto? Se preguntaba, con una mezcla de indignación y celos.

***

Una mañana no fue a la escuela. Siguió de largo y caminó varias cuadras más. Tenía decidido entrar solo a su casa. Desde el accidente había ido una vez, acompañado de sus tíos. Se había dirigido directamente a la habitación que compartía con su hermano para llevarse ropa y algunas otras cosas. Pero ahora quería estar solo. Despedirse de la vida que había tenido sin nadie alrededor. Si tenía que llorar, prefería hacerlo a solas, sentado en el living, o en la cocina o en su antiguo cuarto. También quería revisar sus cosas, su ropa, los cajones del placard, la mesa de luz. La ropa había sido una cuestión a resolver la vez que estuvo en su casa. Con la mirada del barrio puesta en él, único sobreviviente de la desgracia, supo que no iba a poder seguir usando su ropa, tendría que vestirse como su hermano. Lo raro del caso, pensaba, era que su hermano usaba ropa diferente a la que él usaba, y sin embargo no le costó acostumbrarse a cómo le quedaba un buzo o un pantalón que él nunca había vestido.

***

Cuando abrió la puerta todo el silencio de la casa lo embistió. Tuvo algo parecido a un deja vu, una sensación de extrañeza frente a algo ya vivido. También lo invadió la necesidad de orinar. No se podía sacar de la cabeza la idea de que estaba en una especie de lugar sacro, un panteón familiar. En esa casa había más presencia de muerte que de vida.

Después de ir al baño, entró a la habitación que compartía con su hermano y seleccionó algunas prendas suyas que quería llevarse. También volvió a mirar, ahora sin la presencia molesta de sus tíos, los cajones de los armarios y las mesas de luz. Encontró unas fotos, que decidió llevarse.

Se le ocurrió que podría revisar la habitación de sus padres.

Desde que en la infancia dedujo que sus padres tenían relaciones sexuales, fueron pocas las veces en las que entró a su habitación. Le costaba ver la cama matrimonial e imaginárselos desnudos, uno sobre el otro.

Ahora que estaban muertos, la cama se veía como un ataúd doble, un testigo silencioso de mejores tiempos, un testigo de que ahí había habido vida, deseo, carne…

Se sintió cansado, pensó en sentarse, justamente, en la cama que había quedado impecablemente hecha desde el día del accidente, pero no se animó a hacerlo. En cambio, apoyó la espalda contra la pared y se fue deslizando lentamente hasta quedar sentado en el suelo. Desde esa posición miró las cortinas de la ventana, el armario donde aún estaba colgada la ropa de ellos, la cama… y notó que debajo de la cama, del costado donde dormía su padre, había un maletín.

***

Sus amigos lo invitaron a la cancha donde jugaban los jueves por la tarde. Él les avisó que no se animaba a jugar, que si bien la fractura estaba soldada, no sentía la pierna firme aún.

Se sentó en la única grada de la cancha y los vio correr y gritar durante una hora. Cuando el tiempo del alquiler de la cancha terminó, bajó de las gradas. Entonces, uno de sus amigos le tiró un pelotazo. Sin pensarlo, como si fuera un movimiento reflejo, paró el envío con el empeine del pie izquierdo y con el derecho le pegó con chanfle a uno de los arcos, donde ya no había arquero. La pelota entró en un ángulo.

—Si estaba te la atajaba —le dijo David, uno de los arqueros. Él le festejó el chiste, mientras pensaba que había pateado como si realmente supiera hacerlo.

Por la noche, antes de dormir, miró las fotos que había encontrado en su casa. Había fotos de vacaciones pasadas, de cumpleaños, algunas de un día en un parque de diversiones, no recordaba cuál… pero más allá de los recuerdos que le trajeron y lo inquietaron, hubo otro hecho perturbador: en varias fotos no llegaba a distinguir cuál era él y cuál su hermano. A veces se daba cuenta por la ropa que tenían puesta, a veces ni eso. ¿Le pasaba lo mismo cuándo su hermano estaba vivo? ¿Le pasaría lo mismo si él hubiera seguido siendo Nicolás y no hubiera tomado el nombre y la vida de su hermano?

***

El maletín estaba cerrado y para abrirlo tenía que saber la combinación de tres números de la cerradura. Pesaba. Lo agitó y nada se movió adentro.

¿Qué podía guardar su padre en ese maletín? Quería saber qué había ahí adentro y se dijo que tenía poco sentido cuidar las formas para averiguarlo. Fue hasta el garaje y, con un destornillador y un martillo, rompió el sistema de seguridad.

Se sorprendió por lo que encontró, cuidadosamente compactado entre telgopores. Decidió esconder el maletín roto, pero se llevaría su contenido.

***

¿Y si él era, en realidad, Sebastián? ¿Si el choque, los golpes en la cabeza, las consecuencias psicológicas del accidente, lo habían confundido y había creído que era Nicolás, su hermano muerto? ¿Quién le podía asegurar que todo lo que sabía, todo lo que él creía propio de Nicolás, no eran otra cosa que los saberes y habilidades de Sebastián? ¿Siempre había sabido la contraseña del correo electrónico de Sebastián? ¿Tan pronto podía haber olvidado la contraseña de su verdadero correo electrónico?

Estas dudas lo acosaban de vez en cuando, especialmente por la madrugada, cuando se desvelaba y, acostado boca arriba, miraba la oscuridad del techo.

***

Una tarde besó a Ivana. Y ella correspondió el beso. Era algo que iba a terminar sucediendo. Habían pasado seis meses del accidente, él había retomado lo que podría decirse era «su vida normal» y el dolor de los dos parecía apaciguado. Ya no hablaban todo el tiempo de Nicolás, ella no lloraba tanto, o a veces no lloraba. Se veían, últimamente, día por medio, y el lugar de encuentro era la casa vacía de él.

Tomaban una o dos cervezas, él tenía cuidado de no excederse porque temía hablar de más estando borracho. Comían papas fritas o maní. Encendían el televisor y se sentaban en el sillón de tres cuerpos frente al aparato y miraban la pantalla. A veces le bajaban el volumen e Ivana ponía música en el centro musical.

Hablaban de ellos, de sus vidas, de los compañeros de la escuela, de la familia de ella. Las últimas veces, antes del beso, había silencios donde se miraban y uno de ellos apartaba la vista, o inventaba algo para tener que pararse, ir al baño, un vaso de agua…

***

Su padre nunca les había contado que tenía un arma. Ahora él escondía el revólver entre sus pertenencias. Pronto se mudaría a la casa donde había vivido hasta el accidente, y pensaba que estar armado viviendo solo le iba a dar más tranquilidad.

A veces, cuando los tíos no estaban, sacaba el arma y la sopesaba, le daba vueltas, la estudiaba. No tenía idea de si estaba cargada o no, de si tenía el seguro puesto… ni siquiera podría decir si era una réplica. Imaginaba que no porque en el maletín también había balas. En su vida había visto un arma. El sentido común lo hacía no acercar el dedo al gatillo.

—¿Soy Sebastián o Nicolás? —Se preguntaba mirando el agujerito negro del cañón.

***

Se besaron con avidez, se tocaron desparramados en el sillón que muchas veces había ocupado con su hermano.

Mientras movía la lengua dentro de la boca de Ivana, se preguntaba si lo que ellos estaban haciendo estaba bien. Después de todo, Ivana no sabía que él era Nicolás. Ella besaba a Sebastián, su ex cuñado, y besando a Sebastián estaba traicionándolo a él. De hecho, pensaba mientras le tocaba un pecho, él mismo se estaba traicionando. Ya no era más Nicolás, si es que lo había sido alguna vez.

***

En la escuela fue donde quedaron más rápidamente en evidencia. Eran los últimos días de clase y, como sucedía cíclicamente, un clima entre festivo y romántico ganaba el ánimo de la mayoría. Se concretaban noviazgos, las aventuras amorosas, las confesiones. Si hubiera un censo honesto sobre primeras relaciones sexuales, noviembre y diciembre serían los meses que irían a la cabeza.

Quizá por todo eso, o porque alguno de los dos tenía la necesidad de blanquear la situación, en los recreos se los veía juntos, a veces de la mano. También entraban y se iban del colegio caminando solos, prescindiendo del resto de los compañeros.

Mantenían dos formalidades, inútiles a esa altura: no se besaban frente a otros y, cuando a alguno de los dos se los interrogaba si entre ellos había algo más que amistad, ambos lo negaban.

***

La primera vez que se desnudaron los nervios le impidieron tener sexo. Ella enseguida le dijo que no importaba, que en otro momento sería, que también estaba nerviosa. Parecía apurada en dejar el sexo para otra ocasión. Se quedaron tirados en la cama, él paseando una mano sobre el cuerpo de ella, redescubriendo a Ivana, haciendo memoria de cómo se movía ese cuerpo cuando él era Nicolás y tenían relaciones. Se sorprendió de notar tres pequeñas cicatrices en el vientre, eran de una cirugía láser de vesícula. No las recordaba.

***

Al filo del recreo, el profesor de Historia dio la lista de los alumnos que ya habían aprobado el año. No tendrían, en las dos clases que restaban, obligación de asistir. Él estaba en esa lista. Como había pasado con otras materias, había podido aprobar debido a la ayuda del profesor.

Estaban saliendo al recreo cuando el profesor de Historia le pidió que se quedara un momento.

—Tengo unos trabajos prácticos que nunca les devolví… —dijo, y se lo vio notablemente incómodo. —Perdón, que no te devolví. No sé si querés el de tu hermano.

—No hay problema, todo el tiempo se confunden —le contestó. —Deme los dos trabajos.

—Este es el tuyo —y le extendió un trabajo con el nombre de Nicolás Navarra. Él dudó un segundo y levantó la vista de la hoja a la cara del profesor. Lo estaba mirando fijo, como ya lo había descubierto haciéndolo más de una vez.

—Disculpame de nuevo, me confundí.

—Todo bien —y agarró el otro trabajo práctico.

—¿Cómo estás? —Le preguntó.

—Bien, mejor.

—Sabés que te di una mano con la nota. Nos pidieron eso a los profesores.

—Gracias —le dijo y miró hacia la puerta del aula, dejando en claro que quería irse al recreo. No sabía adónde pretendía llegar el profesor.

—Entiendo que fue muy duro todo. Ojalá recuperes el placer por la historia, antes eras el mejor alumno.

—Hago lo que puedo —le dijo con sequedad, preparado a irse.

—Una cosa más. Me llamó la atención el cambio en tu letra. Ahora es más legible.

No le respondió nada y salió al recreo pensando en que alguien había reparado, finalmente, en lo que él tanto temía: la letra, el factor que más lo podía delatar.

O por lo menos eso fue lo que pensó, hasta que después del recreo, y ya sentado frente a su carpeta, comparó las letras del trabajo de Nicolás y el de Sebastián con la que había en las hojas que había escrito ese día. Le causó cierta inquietud comprobar que su letra actual no era parecida a ninguna de las otras dos.

***

Es la tarde, una tarde más. Él está en su casa, ahora legalmente suya, ya es mayor de edad. Ivana llegará en un rato. Son los últimos días de febrero, las primeras vacaciones sin familia.

Mira el cuarto que durante años compartió con su hermano. Hubo un tiempo en que fueron dos, en que se prestaban ropa, compartían amigos, salían juntos. Ahora solamente queda uno, que debe seguir con su vida y en cierta forma, también con la del otro.

Se dice que antes de que llegue Ivana debe guardar el cuento que está escribiendo. Mete las hojas manuscritas en el cajón del armario que tiene llaves, donde también guarda el arma que era de su padre y los trabajos prácticos de Sebastián y Nicolás. Cuando gira la llave, piensa en que la realidad a veces resulta demasiado burda.

 

 

 

 

 

 

 

Notas relacionadas

Presentamos un fragmento del ensayo de Michel Nieva sobre la pandemia, adelanto de su nuevo libro Tecnología y barbarie. Ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, tecnología no-humana y ciencia ficción (Santiago Arcos, 2020).

Daniel Lipara, traductor de los libros de poesía Aprender a dormir, de John Burnside (2017), y Memorial, de Alice Oswald (en colaboración con Mirta Rosenberg), comparte con nosotros poemas de su primer libro Otra vida (Bajo la Luna, 2018).

Carlos Battilana, autor de Una mañana boreal (Club Hem, 2018) y Ramitas. Poesía reunida (Caleta Olivia, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros algunos poemas de Luz de invierno, reciente antología de su poesía publicada por Vera Cartonera (Universidad Nacional del Litoral, 2020).

Nora J. Rabinowicz, autora de Todas las cosas (La parte maldita), nos sumerge en los vaivenes del deseo con este relato inédito de escritura precisa y, a un tiempo, sutil.

Juan Fernando García, autor de Morón (Muchos libros felices, 2014) y Sobre el Carapachay (Leviatán, 2017), entre otros libros, comparte con nosotros una notable selección de poemas sobre fotografías.

Santiago Garmendia, filósofo y escritor, autor de La religión de los dioses (Culiquitaca, 2015), comparte con nosotros un cuento de su último libro Mal de muchos (y otros cuentos de libros) (Lago Editora).

Mariano Stolkiner, director artístico del teatro El Extranjero, además de actor y director, piensa la actualidad de las artes escénicas de cara a la pandemia y al futuro.

Salvador Biedma, escritor y poeta, escribe este prólogo al libro Del deseo de Hilda Hilst (Postales Japonesas, 2020) que él mismo tradujo y que aquí ofrecemos como adelanto.

Yamila Transtenvot, dramaturga y poeta, compiladora del poemario Territorixs (Tipas Móviles, 2019), comparte con nosotros fragmentos de su libro inédito Caminar Sola.

María Negroni, escritora y poeta, ensaya una magistral semblanza del Murena poeta, en este texto que es a su vez prólogo del libro Una corteza de paraíso (Editorial Pre-textos), de reciente aparición.