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Una cuestión de medida

Yamila Transtenvot, dramaturga y poeta, compiladora del poemario Territorixs (Tipas Móviles, 2019), comparte con nosotros fragmentos de su libro inédito Caminar Sola.

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1

Último viaje.

Tomo Maipú, Tucumán, Tribunales, el Teatro Colón.

El árbol más grande de la plaza que está frente al teatro le compite en altura y

anchura. Ese árbol antiquísimo se extiende como queriendo parecer tan alto y

ancho como el Teatro.

Cuando construyeron el Colón probablemente se hayan basado en el árbol que

tenían delante de sus ojos.

Viendo uno frente al otro se nota a simple vista cuán similares son.

Por lo menos, en cuestión de medida.

 

 

2

Cuando Marina Tsvetaieva era chica y vivía en Moscú, solía visitar el

monumento a Pushkin ubicado a pocas cuadras de su casa.

Poniendo uno sobre otro sus muñequitos de madera, buscaba construir una

torre tan alta como la estatua de Pushkin.

Marina Tsvetaieva medía al poeta Pushkin.

La unidad de medida que Marina Tsvetaieva usaba era la medida de sus

muñequitos. Intentaba saber cuánto medía un poeta.

La unidad de medida al alcance de una niña es el tamaño de sus muñecos.

La poeta que sería Marina Tsvetaieva se medía con el poeta que fue Pushkin.

 

 

3

El monumento a Pushkin fue hecho con una piedra caliza muy oscura.

Por eso la poeta Marina Tsvetaieva, durante toda su infancia, pensó que Pushkin

era negro.

En efecto, Pushkin tenía un tatarabuelo africano y su color de piel era más

oscuro que el ruso promedio.

Algunos retratos antiguos lo demuestran.

Si se compara los retratos de Pushkin hechos durante su vida y los que se han

hecho luego de su muerte, se ve un lento proceso de decoloración, que termina

en un retrato de Pushkin blanqueado.

Lo mismo pasó con el retrato del escritor Machado de Assis.

Machado de Assis no era ruso.

Era Brasileño.

Pero ciertos hábitos son idénticos en todos lados.

 

 

4

El Zar Nicolás I le dió un gran abrazo a Pushkin.

Nicolás I no era de esas personas a las que les gusta abrazar.

Pero a Pushkin lo apretujó tan fuerte que le terminó sacando todo el aire.

Y así se convirtió en su censor personal.

En Rusia, a Pushkin se lo considera el primer gran poeta.

El Zar Nicolás I fue entonces, por lógica transitiva, el primer crítico literario.

Decidía lo que se publicaba y lo que no.

Lo que era bueno y lo que era malo.

Amaba tanto a Pushkin que lo quería siempre cerca.

Tanto, tanto que nunca lo dejó salir de Rusia.

Hay abrazos que a primeras parecen deliciosos

pero que es mejor no probar.

 

 

5

Los poetas, en cambio, escriben del amor así: “Amar es decir adiós”.

Ese verso es de la poeta Marina Tsvetaieva, fue escrito en la República Checa,

en medio de un ataque de nostalgia.

Jonas Mekas, otro eslavo, escribió algo parecido, en medio de un ataque de

nostalgia similar, dijo: “Qué linda te ves de lejos”.

La aristocracia rusa celebró el abrazo entre el poeta y el crítico con un gran

banquete en el Palacio de Invierno.

 

 

6

Un día, el poeta Aleksander Pushkin se cansó.

Le dijo al Zar que no escribiría más poesía.

Empezó a escribir tratados históricos.

Viajó por el país, lejos de Moscú, para investigar la historia de su país.

Viajar se convirtió en la manera en que recuperaría su oxígeno.

En los trenes que lo llevaron a Pskov o a los Urales, se las ingeniaba para

escribir pequeños poemas que luego guardaba en las medias, como hacía el

viejo Tolstoi para que su mujer no hiciera plata con ellos.

Sin darse por vencido, siguió trabajando.

Publicó biografías y ficciones históricas.

Sobre hombres valientes que desafiaban la autoridad: Pugachov, Godunov,

Dubrovsky.

 

 

 

 

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