FacebookFacebookTwitterTwitter

Elegía a Juan José Saer

Juan Coulasso es director, dramaturgo y docente. Sus últimos trabajos fueron Una obra más real que la del mundo, Carne y hueso, y Cinthia interminable. Es el fundador y director artístico de Roseti, centro de investigación, formación y producción en artes escénicas y musicales.

pere lachais 1

 

 

 

Hace unas seis semanas, Horacio Banega me pidió que escriba otro texto sobre teatro y pandemia, que pudiera darle una continuidad al primero que publiqué en revista Anfibia, allá por el mes de abril, cuando todo esto del virus recién comenzaba.

Me resultó imposible.

A medida que el tiempo avanzaba y el bicho nos devoraba, mi desesperación iba en aumento y mi capacidad de reflexionar sobre el presente se volvía cada vez más inútil. Día tras día, miles de cuerpos perdían la vida, y aquello a lo que me había dedicado durante casi treinta años, corría el riesgo de dejar de existir para siempre.

En las fantasías que nutrían mis ficciones previas a la pandemia, el fin del teatro occidental solía insistir como una constante creadora. Tenía la idea de que solamente podíamos reinventar el teatro si matábamos algunas de sus convenciones más conservadoras.

Como si se tratara de un muy mal flash, un día de marzo, o de abril, se produjo –oh– la interrupción total de todo el teatro que se hace en el mundo. Se acabó. Say no more. En casi cien días, no se ha dicho ni un solo texto en ningún teatro, ni un solo actor ha representado ningún papel; todos los artefactos de iluminación apagados, todas las butacas vacías.

En todo el planeta.

La muerte vino a desplegar su máquina de impunidad sobre nuestro arte y nuestros cuerpos. Al final, parece que ella era más fuerte que todxs. La experiencia continua de la finitud me puso, una vez más, de cara con este imponderable que por supuesto ya conocía. Al parecer, ese era el tema que me tocaba trabajar, querido Horacio, y no el Teatro.

Recordé entonces una experiencia que realicé mucho antes de la pandemia, en el año 2018, como parte del proceso de investigación que me llevó a Una obra más real que la del mundo, una obra de teatro que terminó siendo montada sobre un cementerio, y que desconociendo todo lo que ocurriría después, ya estaba sumergida casi de modo profético en todos estos temas. Algún día, alguien debería escribir algunos tratados sobre los vínculos estrechos entre la ficción y la muerte. O sobre cómo las ficciones nos han rescatado tantas veces de la trágica experiencia que escolta todo fin.

Entre las muchas formas que existen de honrar a nuestros muertos, parece que llevar la cuenta de los años de fallecimiento sigue siendo una de las más populares. El pasado 11 de junio, se cumplieron quince años desde que Juan José Saer partió y todo ese vasto mundo que inventó su literatura quedó también detenido para siempre. Detenido, aunque evidentemente no muerto. Se puede morir una vida pero no se puede morir una ficción. Pues bien, a ese vasto mundo de ficción que ha cambiado mi vida, le dedico estas palabras de homenaje y agradecimiento. Si acaso ha servido de algo todo este impasse aterrador, fue para revisitar el pasado y reconocer todo lo que me dio.

 

 

Elegía a Juan José Saer

pasos de un peregrino son errantes

 

“S-A-E-R-J-U-A-N-J-O-S-É”

Tipeo letra por letra en la aplicación de notas de mi celular para poder mostrarle al sepulturero francés el nombre del muerto argentino que estoy buscando en el cementerio de París. Él no habla castellano, yo sólo estudié inglés en la secundaria. Juan José Saer es el escritor que más me afectó en mi vida.

“Hola. Bon jour. ¿Do you speek english? Im looking the ´tomb´of Juan José Saer. He was argentine, he died here in Paris at twenty cero five, I think.”.

Hoy es 21 de marzo del año 2018, y esta es la primera vez en mi vida que piso esta ciudad. En el Peré-Lachais están enterrados: Chopin, Jim Morrison, la Piaff, Maria Callas, Moliere, Balzac, Proust, digamos, buena parte de los muertos más famosos del mundo. Entre todos ellos, hay un argentino. Ese argentino, un día, transformó mi vida.

“¿Joan Jousé Saiér?”, me dice.

“An argentine writer…”, insisto.

“Joan Jousé Saiér…”, repite y replica las mismas palabras que yo le profiero, pero en su idioma, como si de ese modo pudiera comprenderlas, sacarlas de la torpe melodía de mi boca latina e ingresarlas en su sutil sistema de sonidos franceses hermosos. Pausa y remata:

“Is he famous?”.

En París murió también Atahualpa Yupanqui, pero sus restos fueron trasladados en avión al Cerro Colorado. A Saer lo dejaron acá, ¿por qué?

“Si, yes, oui. In my country he is famouse. He is my favorite writer.”.

Morir en París es el sueño de todo poeta. Como si en París la muerte no doliera, como si en París la muerte no fuera muerte sino poema.

“Come”, me dice el sepulturero.

“´Cam´, aryentains not here, come with me…”.

No tengo dios, pero guardo el mismo respeto que un creyente por los muertos. Por eso caminar adentro de un cementerio para mí es un acto sagrado.

“What´s yor name?”, me dice.

“Juan”.

“Joan?!”, me replica otra vez,

“Jean”, le digo yo haciéndome el francés.

“Ah, very spanish”, contesta. Sonríe.

Dicen que el 7 de julio del año 1950, Edith Piaff organizó un concierto especial para presentar a Atahualpa Yupanqui en la alta sociedad francesa. Cada argentino que pasó por París se hizo famoso. ¿Por qué Saer no? ¿Por qué sus restos todavía siguen acá? ¿Están acá? Chacarita tiene noventa hectáreas, Pere-Lachais cuarenta y cinco, exactamente la mitad, ¿cuántos muertos tendrá cada cementerio?

“Is it big Buenos Aires?”, me dice.

“Very big”, respondo.

“Come with me…”, me repite y señala un sendero pequeño que atraviesa varias hileras de tumbas. Lo sigo en silencio y es ahí donde se me ocurre sacar el celular y empezar a grabar todo lo que está pasando.

“Only two aryentins here”, me dice. “Two woman, not men, not writer”.

Silencio.

“What you are looking is not here”.

Juan José Saer abandona nuestro país en el año 1967 y decide no vivir nunca más acá. Absolutamente toda la literatura que escribe desde entonces se sitúa en territorio argentino, más específicamente en la provincia de Santa Fe, pero él jamás vuelve. “Lo único que se mata es a los amigos, pero ni a ellos se los mata, porque no se puede matar lo que es inmortal”, escribe no me acuerdo en qué libro.

“He lived thirty years in Paris”, le repito al sepulturero como si le importara, “Like Julio Cortazar, do you know Julio Cortazar?”.

Una de las dos tumbas argentinas del cementerio de París está ahora delante mío. Pertenece a una mujer cuyo nombre no recuerdo, y su historia ahora tampoco me interesa. El francés me mira gozando su pericia y yo de pronto recuerdo la frase con la que Saer prologa su mejor novela: “Alma, inclínate sobre los cariños idos”. No le digo nada porque no tengo inglés suficiente para traducir lo que estoy sintiendo. Con cierta resignación que seguro le habrán dado los años de oficio me sentencia:

“You are looking for nothing”.

Me acuerdo del celular y de la grabación, y pienso que aunque no encuentre nunca la tumba, quizás algún día escriba un texto decente sobre todo esto. Y aunque sí la encuentre, quizás, igual me tome la licencia de subvertir los hechos, falsificar la experiencia y terminar este viaje con un fracaso, porque al fin y al cabo, y eso sí lo aprendí de vos Juani, la realidad a nadie le importa y por fuera de la literatura no hay nada.

“Cam with me”, escucho en la desgrabación después de esta pausa meditativa que evidentemente no fue tan larga como me parece recordarla ahora. Caminamos de nuevo. Caminamos mientras oímos nuestros pasos, porque si hay algo que puede hacerse en un cementerio es oír los propios pasos.

“Here is chopin, ¿do you like Chopin?”, me dice.

Si, claro, ¿como puede no gustarme Chopin?, pero hoy no estoy para rendirle homenaje a Chopin. Ya no me interesa que me lleve a ver la otra tumba argentina, yo tampoco vine hoy a conocer a los muertos argentinos en Francia, vine a leerle una elegía al único escritor que me cambió la vida, vine porque estoy haciendo una obra sobre la muerte y me pareció lo más adecuado someterme a este homenaje.

Me quiero sacar ya al sepulturero de encima así que sacrifico diez euros, casi la mitad de la entrada al Louvre, se los doy para que se vaya y me largo a caminar solo sin ninguna dirección. El azar o el destino me llevan al sitio donde se inscriben, se registran y se localizan los muertos de esta necrópolis. Siempre me gustó la palabra necrópolis. La mujer que me atiende me dice que no habla inglés; yo entonces repito las mismas preguntas que antes, pero con señas; la mujer me acerca un papelito, me ofrece un lápiz y me señala: “Nom et prénom”, yo escribo una vez más:

“S-A-E-R-J-U-A-N-J-O-S-É, 2005″.

Mi corazón se acelera otra vez. Pienso en la primera vez que leí el final de “Glosa”, y en todas las veces que lo leí después para poder entenderlo palabra por palabra; pienso en cómo sin querer fui aprendiéndolo de memoria para recordármelo toda vez que se me diera la gana, como el mismísimo mantra revelador de la totalidad de lo existente. La francesa vuelve y me da el mismo papelito que le di yo, pero ahora con una nota extra escrita con birome azul sobre el borde derecho: 25.722. La miro casi llorando.

“Vous debez allez le crematorie”, me dice. No entiendo, entiendo, no importa. Voy. Voy para allá. Camino hacia la crematorie, supongo que es allá, el corazón se me acelera, supongo que es allá pero no sé, está oscuro, no hay nadie; el piso está todo inundado, es un asco. Uno pensaría que los cementerios en París están mejor, pero no, esto es peor que Chacarita. “Poesía o calamidad”, pienso sin saber cómo ni por qué lo pensé, e inmediatamente después concluyo: “poesía y calamidad”. La muerte es el único acto sagrado que nos queda, todo lo demás, el amor, la familia, la religión, incluso me atrevería a decir, el arte, fueron perdiendo en las últimas décadas todo el significado que tenían. El único misterio que todavía nos queda está en el futuro y parece que vamos a pasarnos la vida entera intentando develarlo.

 

25.722

JUAN JOSÉ SAER

SERODINO, 1937 – PARÍS, 2005

 

Llego, no sé cómo pero llego. Estoy en frente de la tumba del escritor que más me afectó en mi vida. Ahí están sus restos, ahí, ahí descansa Juani. No lloro, no me emociono, no siento nada, estoy duro como una piedra, no sé por dónde empezar, no sé cómo empezar a hacer lo que pensaba hacer. No sé qué quiero hacer. Saco del bolsillo un texto manuscrito que es una elegía que escribí en el avión de ida. La rompo y la tiro al piso mojado. Todo me parece una gran estupidez. Estoy solo en el segundo subsuelo de una galería de nichos horrible, hace mucho frío, está oscuro y hay feo olor. Podría haberlo recordado de otra forma. Podrían mantener más lindos los cementerios donde se alojan los muertos más importantes del mundo. Podría todo esto ser diferente, pero no. Entiendo que no va a pasar nada importante, que la muerte es triste, solitaria y que el final de esta historia no tiene nada trascendente.

Salgo de Peré-Lachaise como vine, a pie. Camino por una París que está terminando el invierno, camino y pienso en muchas cosas que no importan. En un momento lloro, pero no duro mucho llorando. De pronto creo pensar algo sobre el valor que le damos a las cosas importantes y el tiempo que gastamos en las cosas estúpidas. Pero luego pienso en otra cosa y me olvido de eso. Miro París atardeciendo. Creo tener una revelación acerca de lo mal que administramos históricamente el tiempo, el trabajo, el placer, la muerte, la vida, pero el pensamiento me cansa y me distraigo de nuevo. Nada parece ser ahora demasiado importante.

Entonces entiendo que así cierra esta, mi verdadera elegía, Juani, en el cuerpo mismo de la mismísima realidad, tu eterna obsesión. Caminando sin rumbo por la ciudad en la que viviste como extranjero todos estos años, mirando la vida pasar, así, sin pedirle nada a nadie, sin rendirle homenaje a nada, así, solamente siendo, así, y nada más.

 

pere lachais 2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas relacionadas

Mariano Stolkiner, director artístico del teatro El Extranjero, además de actor y director, piensa la actualidad de las artes escénicas de cara a la pandemia y al futuro.

Mariana Amato, escritora y docente, comparte con nosotros una mirada sobre Wanda, único y excepcional largometraje dirigido por Barbara Loden en 1970.

Laura Isola, docente de “Literatura del siglo XX” en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y autora de artículos sobre crítica literaria y de arte, comparte con nosotros una mirada sobre el artista Sergio De Loof.

Martín Prestía nos ofrece una interesante mirada de un clásico film de Kurosawa, Ikiru, inspirado en La muerte de Iván Illich de Tolstoi, como ocasión para pensar la finitud y sus derivas.

Cristian Drut, director escénico y maestro de actuación en distintas instituciones, comparte con nosotros su mirada sobre la dirección de la obra Tu amor será refugio, de Juan Ignacio Fernández.

Rubén Szuchmacher, actor, regisseur y director de teatro de Galileo Galilei, Muerte de un viajante y Todas las cosas del mundo, entre otras obras, comparte con nosotros la segunda entrega de sus notas sobre Hamlet, su última puesta en el Teatro San Martín.

Juan Pablo Gómez, dramaturgo y director de Un hueco y Prueba y error, entre otras obras, reflexiona sobre su último trabajo, Un domingo en familia, de Susana Torres Molina, estrenado en el Teatro Cervantes.

Rubén Szuchmacher, actor, regisseur y director de teatro de Galileo Galilei, Muerte de un viajante y Todas las cosas del mundo, entre otras obras, comparte con nosotros la primera entrega de sus notas sobre Hamlet, su última puesta en el Teatro San Martín.

Fernando Rubio, director, dramaturgo, artista visual y actor, reflexiona aquí sobre el diálogo entre el teatro, las artes visuales, la construcción de las ciudades y los espacios de la naturaleza.

Mayra Bonard, coreógrafa, bailarina y una de las fundadoras del grupo El descueve, reflexiona aquí sobre su última obra, MI FIESTA, en la que elabora una experiencia escénica con resonancia política sobre el cuerpo femenino.