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Del Deseo

Salvador Biedma, escritor y poeta, escribe este prólogo al libro Del deseo de Hilda Hilst (Postales Japonesas, 2020) que él mismo tradujo y que aquí ofrecemos como adelanto.

Hilda Hilst Del deseo

 

 

 

 

 

 

 

 

Del deseo se publicó originalmente en el año 1992. Incluye varias series de poemas o, se podría decir, varios libros, algunos de los cuales ya se habían editado en forma autónoma. Sobre tu Gran Rostro, que la poeta fechó a modo de cierre (“Casa do Sol, 1985-1986”), había salido en 1986 por el sello de Massao Ohno. Hijo de inmigrantes japoneses, Ohno fue una referencia ineludible entre los editores independientes de poesía en Brasil. Él publicó la mayor parte de la obra de Hilst, aunque mantuvieron una relación muchas veces tensa; sobre todo, porque la autora creía de un modo casi obsesivo que sus libros debían vender más. El sello de Ohno también había editado en forma autónoma, en 1989, el libro Amavisse, que incluye a su vez las series Vía espesa y Vía vacía.

El arquitecto Miguel Juliano contó que un domingo estaban por almorzar con un grupo de amigos y, cuando le ofrecieron vino, Hilst dijo que no tomaría porque estaba terminando unos poemas. Le pidieron entonces que los leyera en voz alta. Todos quedaron impactados. Se trataba de los ocho primeros poemas de Alcohólicas. Dado el tema de la serie, Juliano sugirió que lo editara Maison de Vins, colaboró para eso y el breve libro salió en 1990 en una edición numerada, con xilografía en tapa de Antônio Pádua Rodrigues e ilustraciones de Ubirajara Ribeiro.

A estos tres volúmenes ya publicados, Hilst sumó dos series inéditas de poemas: Del deseo, en coincidencia con el título general, y De la noche (ambas series escritas en 1992). El libro apareció por el sello Pontes y su importancia dentro de la obra de la autora –quien al momento de la publicación tenía 62 años– puede notarse en el hecho de que Companhia das Letras citó la fórmula del título al reunir los textos de Hilst en De la poesía y De la prosa, que aparecieron en 2017 y 2018. Esa edición, además, indica cómo ha ido creciendo durante los últimos años el reconocimiento de la autora, fallecida en 2004.

Si bien Del deseo no sigue el orden de producción, las series que abarca fueron consecutivas en la obra poética de Hilst. Las escribió entre 1985 y 1992. En ese período, a su vez, publicó una trilogía de narrativa erótica con la que, según dijo en muchas oportunidades, esperaba llegar a un mayor número de lectores. Sentía que, si bien tenía prestigio (desde los años ’70 es costumbre que figure entre los poetas más significativos de lengua portuguesa) y la reconocían como figura pública, no la leían tanto como hubiera querido y solía quejarse por eso.

De todos modos, resultaba difícil que su figura pública, más allá de sus textos, no llamara la atención. Por sus declaraciones explícitas y desafiantes (en particular, sobre sexo). Por el lugar que ocupó durante la juventud en la alta sociedad paulista. Por su retiro (que implicó también un cambio en la manera de vestir) desde mediados de los ’60 en una residencia apartada, la Casa do Sol, donde llegó a tener casi cien perros y donde invitaba a amigos y artistas a quedarse largos meses. Por su aparición en los años ’70 en un programa de la red Globo para mostrar supuestas voces de difuntos (en una época, dejaba grabadoras de cinta funcionando por las noches con la intención de registrar sonidos de ultratumba).

De hecho, resulta demasiado tentador señalar alguna de las muchas anécdotas que hacen de la poeta un personaje de lo más sugerente. Por ejemplo, ella ha contado que en 1957, en París, tuvo un amorío con Dean Martin y quiso seducir a Marlon Brando. Los dos actores filmaban El baile de los malditos, Hilst sobornó a un empleado del hotel para que le dijera en qué habitación estaba Brando, tomó whisky para animarse y fue a buscarlo de noche con el pretexto de hacerle una entrevista. Él le contestó, parece: “¿Te creés que, sólo porque sos linda, podés despertar a un hombre a esta hora?”. Massao Ohno, el editor, afirmó alguna vez que en su juventud Hilst reunía la belleza de Ingrid Bergman y la sensualidad de Rita Hayworth. Y es cierto que en fotos de esa época se ve como una actriz de Hollywood.

El deseo, sin lugar a dudas, es uno de los temas centrales en la obra de Hilst. Este libro comienza con un epígrafe –escrito por ella misma– en el cual el deseo, personificado, se describe como: “Lava. Después polvo. Después nada”. Los tres momentos, la transformación de lava en nada, sintetizan algo que atraviesa la poesía de la autora, algo de lo que ha hablado también en entrevistas. “Lo que el cuerpo busca es el encuentro, ese descubrimiento inicial, esa mirada inaugural, el primer contacto, la primera caricia… Y lo que viene después de eso no pasa de performances que me resultan un poco tristes. Nunca más va a ser la primera, la segunda vez”, afirmó en un reportaje que le hicieron Maryvonne Lapouge y Clelia Pisa, publicado en París en 1977.

La búsqueda de trascendencia a través del encuentro sexual no alcanza el objetivo. Es más, la conquista de lo absoluto parece imposible por cualquier vía. Y, aunque la poeta lo sabe, insiste en la búsqueda, impulsada por el deseo. Porque, pese a la imposibilidad de trascendencia, algo llega a vislumbrar y lo amoroso-sexual y lo dionisíaco se muestran como los caminos más seguros para acceder allí. El poema II de la serie Alcohólicas dice: “una mora, una que entreví en tu hálito, amigo / Cuando me permitiste el paraíso”. En el epígrafe que inicia Del deseo (este tipo de epígrafes es un recurso habitual de la autora), resulta notoria la idea de un ciclo que se reinicia una y otra vez, movido por la demanda de ese “descubrimiento inicial”. El loco de la serie Vía espesa llama a la poeta “señora Samsara” y samsara, sabemos, es para ciertas cosmogonías orientales un ciclo infinito: vida, muerte, renacimiento…

A la vez, ese epígrafe que define el deseo muestra una constante en la obra poética de Hilst: la apelación a un otro. En este caso, en forma de diálogo. Hay una pregunta y una respuesta. Podrían rastrearse a lo largo de este libro y de toda la obra de la autora muchísimos versos en los que se dirige a un “tú” o también casos en los cuales un camino de búsqueda se abre desde un “yo” hacia un otro, sea una idea personificada o alguien menos abstracto. En la serie Vía espesa, la poeta dialoga teatralmente con “el loco”, una figura bufonesca que quizá recuerde a personajes de la commedia dell’arte. Y en la serie Alcohólicas se apela, en un tono dionisíaco, a la Vida personificada. Hilst ya había dedicado libros enteros a la búsqueda de un diálogo directo con Dios o con la muerte.

El poema I de la primera serie de este volumen compara a un Otro en las alturas con un “tú” real. En el poema VII de la misma serie se contraponen el deseo (“licencioso”) y el amor (“doloroso”) y en el poema V se contrastan la noche y la oscuridad para al fin decir que el deseo carnal “no me da miedo”. Ya en la última serie se lee esta referencia a lo ideal o trascendente en oposición a lo real y concreto: “Por mucho desear altura y eternidad // Me viene la fantasía de que Existo y Soy. / Cuando no soy nada”. Sin hacer una enumeración tediosa, se ve con qué insistencia aparece en la poesía de Hilst el antagonismo entre lo absoluto y la realidad posible.

La autora apenas conoció a su padre. Lo vio poquísimas veces. Supo por su mamá desde chica que él sufría esquizofrenia paranoide. De adolescente, lo visitó y él la confundió con la madre. Siempre que pudo, Hilst señaló a ese hombre como el motor de su escritura. En la entrevista de Lapouge y Pisa, por ejemplo, dijo:

 

Creo que lo que le ocurrió, el hecho de que se volviera loco, fue para mí como un disparo de largada. A partir de eso me puse a escribir. Su imagen permaneció en mí, alimentando un deseo que nunca se detuvo: encontrar a un hombre parecido a él. […] A lo largo de mi vida lo que hice fue buscar a mi padre e idealizarlo. Y sin duda es por eso que nunca me enamoré de verdad… Me enamoré miles de veces, pero nunca, nunca el amor fue algo definitivo, importante, dedicado a un solo hombre. Yo buscaba una perfección que parece que sólo existió construida, concretada, en él, en aquel hombre, mi padre.

 

Muchas veces la poeta mencionó como una de sus principales influencias a Sigmund Freud, aunque le daba miedo la sola idea de psicoanalizarse. Tenía una foto de él muy visible en su residencia y, al lado, en el mismo estante, un retrato de Franz Kafka, a quien también citaba una y otra vez entre sus grandes fuentes de inspiración. Su caudal de lecturas, de todos modos, era muchísimo más vasto. La biblioteca de la Casa do Sol tenía unos 3 mil volúmenes. En este libro resulta indudable el influjo de la poesía medieval portuguesa, con la cual Hilst ya había hecho experimentos sugerentes. Y quizá parezca hasta obvia una referencia a la poesía mística de Santa Teresa o Sor Juana. La educación católica que recibió como pupila en una escuela de monjas la llevó a fantasear de muy chica, según ella misma ha señalado, con convertirse en santa.

Uniendo lo sagrado y lo profano, lo alto y lo bajo, a partir de una tradición que abarca varios siglos –un camino no muy transitado en el Brasil de su época–, Hilst marcó sin dudas una búsqueda particular en la poesía y también seguramente resultó y aún resulta llamativo el modo en que, con una experiencia desbordante, eligió mostrarse a sí misma, tanto en su obra como fuera de ella.

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