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Actualidad de las artes escénicas

Mariano Stolkiner, director artístico del teatro El Extranjero, además de actor y director, piensa la actualidad de las artes escénicas de cara a la pandemia y al futuro.

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Cuándo se me pide escribir algo acerca del teatro y la pandemia, siento el deseo, la necesidad de hacerlo. Sin embargo, una suerte de parálisis de la reflexión me lo dificulta. Tal vez se llame depresión. Doy vueltas en el pensamiento tratando de encontrar palabras que le den forma. Ahí afuera cierto orden establecido pareciera conspirar contra esta posibilidad. El teatro, sobre todo el independiente, ha creado su propio sistema de caos, al cual, después de tantos años de ejercer la misma profesión, me encuentro adaptado. El caos implica movimiento, quizás por eso no termine de hallarme en esta quietud, casi absoluta. Hace poco pasé por El Extranjero, la sala de teatro que dirijo, no pude evitar sentir la angustia de la prolijidad, del silencio. La quietud provoca un vacío angustiante sobre la materia teatral. El teatro es materia física en movimiento. Sin embargo y siendo que hoy el peligro está en lo físico, en el contacto y el movimiento, trataré de abrir camino a esta reflexión que tanto me cuesta poner en palabras. Parar la pelota y pensar. La pandemia pone ciertas cosas al descubierto, entre éstas, la poca relevancia que pareciera tener nuestra actividad en el entramado político y social del cual formamos parte. Al observar lo que sucede alrededor de las redes sociales, rápidamente razono que, a diferencia de lo que pasa con otras actividades, quienes suelen empatizar con el campo teatral, en su gran mayoría, son personas que de algún u otro modo están ligadas al desarrollo de la actividad teatral misma, como si el interés irradiara hacia adentro del propio sistema. Los medios de comunicación dan cámara al dueño de un bar, peluquero, fabricante de calzado, para que hable sobre la difícil situación económica que los atraviesa, pero son muy pocas las veces que le prestan atención a nuestro sector cultural. Es cierto que los medios deciden y manejan sus propios intereses, pero salvo en aquellos programas específicamente dedicados a nuestro campo, no es mucha la atención que se nos presta. Como si alrededor del teatro, a diferencia de  otras actividades, se hubiera creado un ecosistema de funcionamiento propio, en el cual nos nutrimos y aislamos. Algo que probablemente ya sabíamos, pero a la vez, tanto y en cuanto estábamos en funcionamiento, parecía no terminar de molestarnos. Sí, es dable pensar que no somos de gran importancia para el común de nuestros conciudadanos, lo que pareciera no sólo alejarnos de la posibilidad de considerarnos esenciales (esa palabra tan presente ahora), si no, por el contrario, completamente dispensables. Es cierto que el teatro, al menos seguro gran parte del que se produce en el campo independiente, pareciera haberse mantenido fiel a “su propia esencia”. Hace tiempo que, gran parte de las artes escénicas, se valen de un sistema de validación y soporte endogámico que se alimenta a sí mismo, sin conseguir, o siquiera pretender, perforar la barrera que las separa de sectores sociales más amplios. En esta “nueva realidad”, transformada ahora en una suerte de carrera por la supervivencia, el núcleo que gira en torno a las artes escénicas no pareciera contar con la atención ni apoyo suficiente, seríamos lo que en el fútbol se conoce como un “equipo chico”. En tiempos donde los ejes centrales son la salud y la posibilidad de rescate de ciertos sectores sociales y productivos, las artes escénicas parecieran estar lejos en el orden de prioridades, situación que nos torna extremadamente vulnerables. Sin embargo, la responsabilidad del lugar que nos toca, no puede resultarnos totalmente ajena. Durante las últimas décadas, sobre todo en CABA, creció de modo exponencial la cantidad de personas que dedican su tiempo, o al menos parte de éste, a alguna actividad ligada a las artes escénicas. Se abrieron muchísimas salas y espacios de formación, lo que trajo consigo una gran producción en cantidad de obra. Sin embargo, junto a este crecimiento no se reforzaron, al menos de manera suficiente, algunos aspectos fundamentales para su sostenimiento. En esta dirección, algo que se denuncia con claridad ahora, es el modo en el que la actividad fue asimilando una forma de producción con un alto grado de precarización. Espacios de formación que impulsan con velocidad a la producción de obra, salas saturadas de programación, artistas interviniendo en varios trabajos a un mismo tiempo, todo esto redunda en un teatro que satura la oferta sin alcanzar un nivel de demanda suficiente. En este marco, sumado a los magros presupuestos estatales destinados a la inversión cultural, no hay actividad que logre sostenerse sin que gran parte de quienes la desarrollan terminen pagando el precio. De golpe nos encontramos pasando obras por streaming o formando nuevas generaciones de artistas a través de sistemas digitales, todo en favor de esa posible supervivencia, sin saber por cuanto tiempo más deberemos hacerlo. Sí, pareciera ser una buena oportunidad para repensarnos y tal vez reinventarnos. El panorama descripto deja en evidencia que las artes escénicas, al menos del modo en que las conocíamos hasta ahora, están en jaque. Quizás sea el momento de probar cambios. En este sentido, la pregunta que podríamos hacernos, es si realmente estamos dispuestos a ello, toda vez que sabemos, que al hacerlo, probablemente tengamos que poner en juego cuestiones que hasta acá eran, justamente, las que organizaban nuestra esencia. Lo otro, sería intentar cambiar el mundo en que vivimos, pero eso pareciera ser aún más complicado.

 

 

 

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