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Labastida o al gran libro del mundo

Santiago Garmendia, filósofo y escritor, autor de La religión de los dioses (Culiquitaca, 2015), comparte con nosotros un cuento de su último libro Mal de muchos (y otros cuentos de libros) (Lago Editora).

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“El genio de Descartes es malvado, y yo aún no sé si Dios existe…”

P. Boudin, Comentarios a las Meditaciones Metafísicas de René Descartes

 

 

Se abre la puerta del escritorio y quien aparece ante mí no es el profesor Stagnetto, a quien alcanzo a distinguir más al fondo, sino Labastida. Omar Labastida: un hombre corpachón, trigueño, de cara tan angulosa que su piel radiante parece una lona apretada sobre mástiles. La clase de fisonomía que recuerda el origen esquimal de los primeros americanos. De edad mediana (le calculé unos treinta y tantos), viste sin embargo como un colegial. Pantalón azul de tela, camisa lisa blanca. Solo le falta la corbatita con elástico. Su expresión trasluce bonhomía. Me saluda con efusividad. Es un gusto, el profesor le habló muy bien de mí. Lo dice como si fuese el máximo honor al que pueda aspirar un mortal.

Respondo que encantado, y se me ocurre preguntarle a qué se dedica. Labastida se pone serio, como para entonar el himno. Me explica que colabora incondicionalmente con la obra antropológica del profesor Stagnetto. De este modo me sacudo de encima el prejuicio de que se trate de un plomero al que el viejo, dada su proverbial curiosidad, conservara a tiempo completo en su casa solo para indagar en los secretos de las tuberías. Labastida se retira al primer silencio con una excusa amable. En la perspectiva en fuga del pasillo largo, lo veo besar en la mejilla a la empleada doméstica. Ella lo abraza, le huele el pelo.

 

*

 

El hombre en el escritorio es Pericles Stagnetto, personaje ilustre del ambiente académico tucumano. Un hombre largo, pintón, de ojos felinos y pulcritud absoluta. Refinado, económico en sus movimientos y expresiones, aun cuando su repertorio de vocabulario y maneras sea amplísimo. Lleva más de diez años retirado de la docencia, pero continúa acopiando libros de filosofía, seguro que compitiendo con la biblioteca de la Facultad. Es muy generoso con ellos. Su única condición para prestarlos (aparte del mínimo sentido del cuidado), es que el primer día de cada año amanezcan todos en sus anaqueles. Sin excepción, así sea que se los vuelvan a solicitar el 2 de enero. Imaginaba que en año nuevo, en vez de brindar o mirar la pirotecnia, el profesor se zambulle en ellos como Tío Rico McPato.

La morada interminable de Stagnetto queda en Yerba Buena, una zona residencial vegetada y poco sincera. Los más acaudalados de Tucumán viven aquí, y viceversa. Los viejos vecinos son las poderosas familias tradicionales, y los recién mudados son nuevos ricos. Un fenómeno irracional, porque las condiciones de vida pueden llegar a ser insoportables. Sin cloacas ni gas natural, es un lugar con calles de tierra y almacenes de ramos generales de escaso surtido. Más de dos veces por semana, los metros cuadrados más caros de la provincia se quedan sin agua potable, y cuando ocurre una sola vez es simplemente porque el corte es tan largo como la semana misma. No faltan intoxicaciones por cloro cuando esta gente de bien, harta de sed, no puede contenerse de abrevar de sus propias piscinas y sale en estampida hacia el líquido esencial.

La casa del profesor es viejísima, de tamaño imposible de calcular. Los ambientes se cuentan por decenas. En mi trayecto hasta el escritorio debo atravesar siete cuartos, vacíos siempre, aunque cada uno con puertas en todas sus paredes. Equivale a decir que, con excepción del escritorio, solamente conozco la parte inútil de la casa. Siempre me han llamado la atención esas habitaciones despojadas, su contraste con el estudio de Stagnetto, barroco de libros y cuadros. Estoy seguro de que nunca vi al profesor en ninguno de esos cubos de muebles ausentes y paredes afeitadas al ras. ¿Habrá talado esos sectores de la casa que no necesitaba, o quizá los odiaba y de allí su determinación de no existir en ellos? ¿Será una casa de dos dueños y Stagnetto vive en su parte, mientras en el resto ya no habita nadie (o aún no)?

–Garmendia, mi amigo. Pase nomás, por favor –me saluda, extendiendo el libro que prometió prestarme cuando hablamos por teléfono la semana anterior. De inmediato vuelve a cruzar las manos sobre la empuñadura de su antiguo bastón. Yo recibo el libro simulando vergüenza, como los nietos cuando las abuelas les ponen plata. Es una vieja edición del Discurso del Método de Descartes en su lengua original de 1637. Hablamos generalidades acerca del francés y la filosofía moderna, que fue especialidad del profesor durante su carrera. Stagnetto, los ojos cerrados, se acuerda de un pasaje que cita con fruición y perfecta memoria:

”Et me résolvant de ne chercher plus d’autre science que celle qui se pourrait trouver en moi-même, ou bien dans le grand livre du monde, j’employai le reste de ma jeunesse à voyager, à voir des cours et des armées, à fréquenter des gens de diverses humeurs et conditions, à recueillir diverses expériences, à m’éprouver moi-même dans les rencontres que la fortune me proposait, et partout à faire telle réflexion sur les choses qui se présentaient que j’en pusse tirer quelque profit…”. [1] ¡Le grand livre du monde, Garmendia! No deje que se le pase la vida sin abrirlo, es la única forma de ser un filósofo de verdad. ¡Le grand livre du monde, Garmendia!

Nos despedimos cordialmente a los pocos minutos. En nuestro intercambio creo haber advertido al profesor más animado que de costumbre, sin esa nota de melancolía que suele acompañar a los octogenarios, una bruma de fatigosa queja de la que Stagnetto solía no estar exento.

Me alegré por él, pensé que podría deberse a mi visita. Pero inmediatamente relacioné su buen humor con Labastida.

Eso pasó en abril.

 

*

 

Hasta que llegó diciembre, el último mes del préstamo (y de la vida del profesor) me ocurrió con la figura de Omar Labastida un fenómeno espeluznante: lo encontré en lugares inverosímiles, diversos. Así como existe gente que se despierta oyendo melodías que no cesan nunca, o algún olor persistente, yo divisaba al esquimal diaguita en los sitios más curiosos. La extrañeza de esos lugares parecía disparar su imagen en mi mente.

El primer sobresalto fue un Labastida monje benedictino en el convento de El Siambón, el 25 de Mayo, durante un paseo en el que bordeé el monasterio de piedra famoso por su producción de dulces artesanales. Mi auto jadeaba en esas lomas y Labastida caminaba a la par, absorto en sus pensamientos, las manos escondidas en los bolsillos del sayo, en franca apostura monacal. Sentí temor al verlo.

Tiempo después (fines de julio) lo reconocí a través de un alambrado en el Jockey Club, jugando al golf junto al “Pollo” Paz Posse. También esa vez tenía las ropas y maneras que requería el entorno: gorra con visera, pantalón a cuadros, chemise bajo el chaleco.

El tercer avistamiento pudo ser desopilante si no hubiera mediado la sospecha de estar volviéndome loco. En octubre, en plena calle, un linyera con su cara cruzó frente a mi nariz. Lo maldije como a un gato negro.

Tampoco la cuarta vez pude dudar de que era él.

Tengo obligaciones laborales en Salta, trescientos kilómetros al norte de San Miguel. Como necesito hacer rendir el día para ahorrar hoteles, tomo el ómnibus de las dos de la mañana. Estoy de vuelta a la misma hora, un día después. Lo más complicado es en realidad el trayecto entre mi casa y la terminal de ómnibus de Tucumán, unas doce cuadras pasando por los peores tugurios de El Bajo y la avenida Soldati. Los bares ruidosos agonizan con una música tropical ensordecedora, que hace más patética la tristeza de sus pocas mesas de borrachos que ya no saben qué decirse, prostitutas cansadas de estar paradas y malandrines de botas tejanas.

Esa noche llevaba a Descartes en mi mochila. Faltaba poco para que se cumpliera el plazo (ya era noviembre, soy lento con el francés), y dudé si exponer o no el libro de Stagnetto a esos arrabales. No ocurrió nada, pero mi sorpresa fue enorme cuando reconocí a Omar Labastida en una de esas fondas adornadas con estrellas de papel glacé. Lo acompañaba una mujer con la vista perdida, seguro que recordando mejores épocas. Pasé rápidamente, alcancé el colectivo sin problemas. Un día después, al volver de Salta en el tiempo ahorrado por Phileas Fogg al dar la vuelta al mundo hacia el Este, no pude sustraerme de espiar de nuevo el bar donde había advertido al coequiper antropológico de Stagnetto. ¡Labastida seguía ahí! En otra mesa ahora, al lado de los parlantes. Parecía que le hubiesen inyectado iodo en los ojos.

Era él: quizás, ahora sí, el verdadero Labastida. No el estudiante aplicado que vi la primera vez, ni el monje, ni el burgués ni el pordiosero. Relacioné al primero con el último y saqué conclusiones rápidas, equivocadas desde luego, sobre la calidad moral de este hombre y el daño que podía causar al profesor Stagnetto.

Pero aún me faltaba conocer al Labastida asesino.

El 31 de diciembre llegué a la casa de los cuartos vacíos para cumplir mi trato con la biblioteca de Stagnetto. La empleada me abrió la puerta como al perro de la familia antes de volver a la cocina. Yo cruzaba tranquilo el túnel de espacios inútiles cuando sentí un grito y un golpe terribles. Corrí con desesperación hacia el escritorio, la empleada por detrás de mí, seguramente más preocupada por Omar Labastida que por mi viejo amigo.

Encontramos al viejo Pericles muerto a los pies de Labastida, quien sostenía en su mano el bastón criminal.

–¿¡Le parece raro Garmendia!? ¿¡Le parece raro!? –repetía con el rostro salpicado de sangre, clavándome una mirada sincera y pura como el cielo.

 

*

 

[1] Si mi memoria no falla, la versión de Ezequiel de Olaso reza así: “Resuelto a no buscar otra ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo o en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar, en ver cortes y ejércitos, en cultivar la sociedad de gentes de condiciones y humores diversos, en recoger varias experiencias, en ponerme a mí mismo a prueba en los casos que la fortuna me deparaba y en hacer siempre tales reflexiones sobre las cosas que se me presentaban, que pudiera sacar algún provecho de ellas”.

 

 

 

 

 

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