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Ir y venir

Nora J. Rabinowicz, autora de Todas las cosas (La parte maldita), nos sumerge en los vaivenes del deseo con este relato inédito de escritura precisa y, a un tiempo, sutil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay apuro, susurra.

Se lo dice a él, pero en realidad lo dice para sí.

No hay apuro, él confirma mientras la besa, mientras le pasa la lengua húmeda por las mejillas, los labios, los dientes, las encías. Ella se deja hacer. Están acostados, apretados en el sillón angosto. La estufa a leña, escenografía de una película romántica de lo más corriente, crepita en la oscuridad; el frío ya no lastima como un rato antes. Se besan con toda esa saliva que producen como si fuesen perros labradores, o caballos que muerden manzanas dulces y crocantes. Aunque ninguno tiene nada de crocante, apenas la saliva espesa, los labios hinchados.

Su quehacer diario y las rutinas quedaron del otro lado. La madre y su estado de salud; el padre y su estado de ánimo, los hermanos, los sobrinos, el arreglo permanente del auto, el trabajo. Todo está lejos. Se siente aliviada.

Pero es un alivio que no llega a calarle hondo: la lejanía, en vez de resultarle un remanso, se le instala en la retaguardia como un sueño amargo que, al despertar, resiste en la conciencia. Quizás por eso, si bien este encuentro en el sillón angosto es un regalo, no le resulta fácil quedarse en lo apacible: a este momento debe perseguirlo y retenerlo para que no termine siendo una esperanza perdida, una carencia. Por eso evita moverse rápido y que rápido se rocen, que rápido se embarquen en el sexo rápido. No hay apuro, dice.

Un mantra. Plegaria de la intimidad.

No está completamente vestida, tampoco completamente desnuda. Lo mismo él: la polera levantada, el pantalón desabotonado. Los brazos se acomodan donde mejor pueden y ella le envuelve con uno de los suyos, la cabeza. Envuelve su oreja, acaricia la parte trasera de su cráneo ―globo terráqueo―, y se detiene arriba, en el polo norte, donde están los esquimales, la casa de Papá Noel y también sus escasos pelos rasantes que el peluquero le dejó en el último corte. Le cuesta retenerlos entre los dedos, se le deslizan como arena. Insiste y se perfecciona: al fin lo logra. Los agarra y tira hacia arriba. Abre los ojos y ve cómo la cara de él también se deforma un poco, se ovala. Afloja la fuerza y cepilla suavemente con la palma de la mano ese pasto recién cortado. Pueden quedarse así por horas. Besándose. Acariciándose. Derramando saliva. Respirándose.

No hay apuro, escucha. Es él, que apacigua.

Una mano le afirma la nuca; la otra, la desliza por las tetas, la panza, las piernas. Que él no quite esas manos de ahí, piensa. Que esas manos no se vayan, que el universo entero desaparezca pero que él no abandone, que no se canse, que no desista, que desee.

En la oscuridad, el fuego brilla y enceguece.

Todavía falta para regresar al otro lado así que no hay por qué preocuparse, no hay motivo para escarbar en la mente. Todavía falta hasta para lo más nimio: la mujer descompuesta en el avión, las turbulencias. Camino pedregoso el del regreso. Aún falta para todo aquello, no hay por qué evocar nada, ahora.

No hay apuro, repite él, la respiración entrecortada. Continúa sosteniéndole la nuca y, esta vez, se queda en la cintura; zona desnuda, curva de idas y vueltas. El tiempo del otro lado nunca alcanza; aunque a veces, sobra. Las cuentas para llegar al final de este mes, y del próximo. Y del próximo. El dinero para la salida, el taxi de la medianoche, el regalo de quince, los arreglos del auto. El tiempo del otro lado nunca alcanza, con todas las horas que hay ocupar, con todos los platos sucios que se acumulan y hay que lavar, con todo el disfrute que hay que resolver. No hay apuro, se convence, y llora al ritmo del sexo despacio. Se moja.

Soy una sopa, dice.

Sos una sopa, él confirma.

Inquieta, se empecina en que de este instante fugaz queden las huellas del disfrute, que el disfrute sea una convicción a la que pueda volver una y otra vez, como se vuelve al cigarrillo.

Chocan las narices, los cachetes, los ojos.  Aplasta el pecho en el pecho de él, se refriega lento. Le tiraría también de esos pelos que tiene ahí, pero no quiere quitar la mano del centro del globo terráqueo. Y la otra mano la tiene ocupada. Él, sigue en la curva que va hacia arriba y hacia abajo, que va y viene. La estación de servicio en la monótona Carretera Austral, así es este momento. Los brazos que la agarran con firmeza, las manos, ese cuerpo armonioso y también amoroso. El fuego emite ese zumbido a naturaleza cuando no hay otra cosa en el mundo que naturaleza y tiempo. Quietud.

Sí, de eso se trata. De la quietud.

No hay apuro, se recuerda.

El sillón angosto los junta y los aplasta. Una gota de saliva cae de alguna de las dos bocas y se desliza por las comisuras de los labios hacia algún lugar perdido. Hay que rescatar esa gota de saliva, urgente, hay que rescatar esa gota de saliva. Tranquila, habrá más gotas. Sí, habrá otras gotas, tranquila.

Diez minutos más de saliva, horas, días, años. De golpe el futuro se vuelve una preocupación menos de la que ocuparse. Un problema resuelto, una soledad saldada.

Hay tantas soledades que resolver, que no alcanza la vida.

Pero no es este el lugar ni el tiempo para abrumarse por esas cuestiones, ahora sólo se trata de estar presente. Se trata del sonido de la voz de él, del fuego, del contacto. Bienvenida al refugio.

Soy sopa.

Caliente, derretida.

Lo agarra con fuerza y esta vez sí, ya no lo suelta. Con las dos manos presionándole la espalda, lo mantiene apretado, firme, adentro. Despacio, porque no hay apuro. Hasta el fondo, le dice él, y ella entonces abandona la fuerza ―se abandona al fin― y él toca fondo. El abandono en el que se sumerge es tan grande que se vuelve huérfana. Y, como si se tratara del oleaje de un mar que atrae, en cada hasta el fondo que él repite, el abandono la arrastra hacia adentro. Se ahoga, le falta el aire. Hasta el fondo, escucha, y ya no sabe si fue él o si fue ella misma quien lo dijo.

Unos segundos.

Al volver en sí, se le aparece la caja de cambios que habría que reemplazar, la familia, los proyectos o la falta de, la boleta de la luz, el traumatólogo y ese manguito rotador que duele cada vez más. Lo cierto es que lo que tenía que ser, ya fue. Dejó a su mente de centinela para vigilar que la calma reinase y que la esperanza no se escabullera por los rincones, pero no fue fácil. Nunca lo es.

Así que el tiempo en el que intentó sin tregua e inútilmente convencerse de que no había apuro, ahora ya pasó y quedó lejos.  El tiempo huye como el agua por la pared porosa. Se va. El tiempo pasa: los árboles se talan, las baterías se gastan, los dolores del cuerpo aumentan, la gente muere. Sí, la gente muere. Hasta Jorge VI, rey de Inglaterra, murió de un cáncer de pulmón a los cincuenta y seis años. Todos. Él y ella también morirán.

Se quita unos pelos de la cara. Siente el apuro agazapado, todavía listo para invadir ―monstruo gelatinoso, que siempre repta e invade― así que trata de pensar en otra cosa, en la porción de torta que seguro llega enseguida, en el sueño reparador del abrazo, en los dedos entrelazados.

Pero no encuentra alivio en nada de todo eso, y ni siquiera se le ocurre un nuevo mantra que decir. Todavía recostada en el sillón, cierra los ojos. La oscuridad es total. Él da unos pasos hacia la cocina en busca de un vaso con bebida fresca y de la porción de torta de manzana que quedó de la noche anterior. Tranquila, se apresura a calmarse sola, aunque ya no tiene forma de detener el impulso: el litigio consigo misma cede y en menos de un segundo cae al precipicio de la ansiedad. Él ya está en la habitación, metido en la cama, y con ella no quedó nada ―ni nadie― que amortigüe el golpe de la caída.

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