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El nacimiento de la vi(r)opolítica

Presentamos un fragmento del ensayo de Michel Nieva sobre la pandemia, adelanto de su nuevo libro Tecnología y barbarie. Ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, tecnología no-humana y ciencia ficción (Santiago Arcos, 2020).

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Polloceno, Porcoceno, y la gestión neoliberal de lxs huéspedes precarizadxs

Si este simulacro durara demasiado,
recordaría que una vez tuve un destino y hasta un entusiasmo
y que la razón de estar vivo estaba en los otros.

JOAQUÍN GIANUZZI

El populismo es más peligroso que el coronavirus.

MAURICIO MACRI

 

 

 

Cierta vez Hegel sentenció que la filosofía europea, como la lechuza de Minerva, siempre llega tarde, cacareando torpemente, a los problemas del presente. Y es verdad. Años después de que las epidemias de gripe porcina, ébola y los coronavirus MERS-CoV y SARS-CoV hubieran esparcido miles de muertes por Asia y África, a comienzos de 2020 lxs filósofxs más eminentes de Europa y Estados Unidos se apresuraron por despachar torpemente conceptos y enunciados que develaran el manto de confusión y ansiedades con el que un nuevo coronavirus, el COVID-19, había cubierto el mundo entero. Como zaratustras iluminados, estas mentes sabias descendieron de las abstractas cimas de la metafísica sólo para reconfirmar (una vez más) que la provinciana filosofía europea no sirve para nada, o al menos no sirve para nada que no tenga en Europa su centro. Una opinión que circuló ampliamente entre estas mentes ilustres, enunciada por teóricos como Žižek, vio en el paro total de actividades que implica la cuarentena la irrupción de un horizonte de cambios radicales a nuestros sistemas políticos y sociales. Contrariamente, estaban quienes avizoraban en el teletrabajo y el home-office constante un laboratorio de experimentación neoliberal de nuevas maneras de flexibilizar y precarizar aún más nuestros trabajos y nuestras vidas.

El problema que subyace a estas dos posiciones aparentemente antagónicas, famosamente encarnadas, no por casualidad, por dos filósofos europeos, Žižek y Byung-Chul Han, es que juzgan al virus nada más que como una desafortunada casualidad, una insólita excepción cuyo origen apócrifo no se cuestiona: un imprudente chino que tomó sopa de murciélago. De ahí el xenofóbico título de la antología que reúne en castellano sus textos, Sopa de Wuhan[2]Sopa de lechuza, quizá, le hubiera cabido mejor!). Es notorio cómo en esa antología, compuesta por lxs más importantes pensadores, se analizan todas las perspectivas del efecto de la enfermedad en Europa y Estados Unidos, como si hubiera irrumpido allí por obra de magia, mientras que su origen en Asia (sugerido nada más que por el título) permanece impensado. El nuevo e improvisado libro de Žižek, Pan(dem)ic!, insiste en esta idea:

  “Lo realmente difícil de aceptar es el hecho de que la epidemia actual es el resultado de una contingencia natural en su máxima pureza, que simplemente ocurrió y no esconde un significado más profundo”.[3]

O bien:

        “las epidemias virales nos recuerdan la última contingencia insignificante de nuestras vidas: no importa cuán grandilocuente sea el edificio espiritual que nosotros, humanidad, construyamos, cuando una estúpida contingencia natural como un virus o un asteroide puede terminarlo todo” [4]

Como en la novela The Andromeda Strain de Michael Crichton, Žižek y el resto de los distinguidos filósofos europeos y norteamericanos (Agamben, Preciado, Butler, Byung- Chul Han, y la lista sigue) toman el virus como una catástrofe fortuita y aleatoria, que surgió casualmente en China como podría haber caído de un meteorito del espacio exterior contaminado por microorganismos extraterrestres.

Sin embargo, si la sopa fue de Wuhan, y no de una poco madrugadora lechuza europea, acaso sea pertinente indagar el contexto material y económico en que esta efectivamente se originó. Porque que epidemias como las del COVID-19, SARS-CoV, MERS-CoV o ébola, hayan surgido en China y en África no se debe, como los medios de comunicación, y estxs filósofxs, hacen creer, a la incivilizada inclinación de chinos y africanos a comer carne de simio, murciélago o pangolín. Como sostiene Rob Wallace, el bajo precio de la tierra, de la mano de obra, y la falta de regulaciones ambientales y laborales han fomentado a que el agronegocio se instale en estas geografías, transformando irreversiblemente sus floras y sus faunas[5]. La deforestación descontrolada para el monocultivo de soja y de palma (planta de la que se extrae un aceite que se usa tanto en la producción de biodiésel como en la de casi todos los productos panificados industriales que consumimos) extingue selvas nativas enteras. Al desaparecer estos ecosistemas selváticos, se interrumpe la cadena de transmisión de virus entre especies salvajes, y estos virus completamente desconocidos para nuestro sistema inmune (junto a los animales que los albergan) entran en contacto con espacios habitados por humanos y animales domesticados. Según David Quammen, los ecosistemas tropicales, como las selvas del Congo o del Amazonas, albergan miles y miles de virus autóctonos de especies nativas, de los que la ciencia no tiene registro alguno, y que son introducidos constantemente a nuestros ambientes por la tala y la caza indiscriminada[6]. Estudios han comprobado que la introducción del virus del ébola en Guinea, Sierra Leona y Liberia en 2013 (y que dejó más de diez mil muertes) coincidió con el crecimiento acelerado en dichos países de la industria del aceite de palma, cultivo que demanda, como la soja, desmontes masivos para su cultivo. De esa manera, con la destrucción de su hábitat, millones de murciélagos, huéspedes naturales de ébola y de coronavirus, son atraídos a espacios humanos[7]. En el caso del COVID-19, aunque aún se desconozca la manera en que se produjo el primer contagio, se sabe que este no se transmite directamente del murciélago al humano. Así, según el grupo de investigación Chuang, es muy probable que una especie de murciélago salvaje (huérfana de su ecosistema natural) haya entrado en contacto con una granja de cerdos o de gallinas e infectado a uno de estos animales que, consumido después por un humano sin respuesta inmune a la nueva amenaza, contrajo la enfermedad[8].

Las industrias porcinas y avícolas, también, desempeñan un rol fundamental en esta “etapa virósica del capitalismo”[9], tal como la ha llamado el colectivo Pluralincognite.

Según estadísticas de la ONUAA (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) se calcula que en 2020 hay, en todo el planeta, nada menos que 23.7 billones de pollos y 1000 millones de cerdos[10] . Esto quiere decir que, sumadas entre sí, la población avícola y porcina superan más de tres veces a toda la de la especie humana. ¿Podríamos pensar, de acuerdo con estas estadísticas, que vivimos en un mundo dominado por pollos y cerdos, o al menos por los procesos biológicos y demográficos que a ellos gobiernan? Si en el año 2000, en un famoso paper, Paul J. Crutzen y Eugene F. Stoermer acuñaron el ya famosamente popularizado concepto de “Antropoceno”[11], término que quería dar cuenta de cómo la actividad industrial humana no sólo impacta sino que directamente rige los procesos climáticos y geológicos de la Tierra, acaso nos encontremos en condiciones de hablar también de un “Polloceno” y de un “Porcoceno”, es decir, de una era en que el agronegocio de ganado avícola y porcino administra no sólo los circuitos de producción y distribución de alimentos humanos sino también de creación, mutación y distribución de enfermedades virales, que impactan directamente en la vida de millones de especímenes humanos y no humanos.

 

 

El resto del ensayo continúa en el libro Tecnología y Barbarie -ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, tecnología no-humana y ciencia ficción, publicado en 2020 por Santiago Arcos Editor

 


[1] Este adelanto es un pequeño fragmento de un ensayo que forma parte del libro Tecnología y Barbarie-ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, tecnología no-humana y ciencia ficción, publicado en 2020 por Santiago Arcos Editor.

[2] AA. VV. Sopa de Wuhan, ASPO, 2020.

[3] Žižek, Slavoj. Pan(dem)ic!, OR Books, 2020, p. 14 (traducción propia).

[4] Ibíd., p. 52 (traducción propia).

[5] Wallace, Rob. Big farms make big flu : dispatches on infectious disease, agribusiness, and the nature of science. Monthly Review Press, 2016.

[6] https://www.lavaca.org/notas/las-causas-ambientales-de-la-pande- mia-y-los-efectos-sociales-del-distanciamiento/?fbclid=IwAR24_xFGWL- hGe_XWhk_nzsh5QFL6BG34v7x3YfXX3AQMA3TuglWsF3K5JLs.

[7] Wallace, R. G., Gilbert, M., Wallace, R., Pittiglio, C., Mattioli, R., & Kock, R. (2014). Did Ebola emerge in West Africa by a policy-driven phase change in agroecology? Ebola’s social context. Environment and Planning A, 46, 11, 2533-2542

[8] http://chuangcn.org/2020/02/social-contagion/

[9] http://lobosuelto.com/la-pandemia-del-covid-19-no-ocurrio-ni- ocurrira-pluralincognite/

[10] https://www.statista.com/statistics/263962/number-of-chickens -worldwide-since-1990/

[11] http://www.igbp.net/download/18.316f18321323470177580001401 /1376383088452/NL41.pdf.

 

 

 

 

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