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El salto

Editorial Planeta acaba de publicar El salto, libro póstumo que reúne once cuentos de la escritora argentina Paola Kaufmann.

   El salto
   Paola Kaufmann
   Editorial Planeta, 2012
   165 páginas


 

 

 

 

 

 

No hay fórmulas secretas para escribir cuentos pero, si las hubiera, Paola Kaufmann (1969 – 2006) tuvo un acceso privilegiado a ellas, como puede apreciarse en sus libros La noche descalza (1998), El campo de golf del diablo (2000) –ambos títulos premiados por el Fondo Nacional de las Artes– y El salto (2012), su último libro de cuentos, publicado póstumamente.

Cada uno de los once cuentos que conforman El salto nos hace descubrir un mundo concreto, donde lo cotidiano y lo fantástico conviven magistralmente (“Pero si el visitante había sido una alucinación, también lo era la plaza, la fuente, el frío, la caminata. Estar vivo”), al igual que la filosofía y la ciencia (“Es que la sexualidad de Arlene era tan extravagante como la hipotermia de Félix: las dos rarezas se oponían, como si necesitaran que la otra hiciese de contrapunto para mantenerlas orbitando alrededor de un solo punto fijo que eran las dos humanidades”), la inteligencia y el humor (“Hay momentos en la vida que son así: el mundo cree que uno se volvió loco y uno cree que se despertó de golpe”).

Mundos donde la curiosidad de la autora se filtra como un sutil rayo de luz, iluminando cada personaje, cada historia, en su medida justa. Al igual que su maestro, el gran escritor argentino Abelardo Castillo, Paola Kaufmann fue también creadora de numerosos “mundos reales”, donde la realidad es una figurita intercambiable que podemos encontrar dentro de una revista Cosmo, en la sabiduría milenaria de algún sabio oriental, en las profundidades de una mina americana o en la mirada de una araña asustada.

En este sentido, El salto es un libro múltiple, pleno de matices, de guiños tan cordiales como simpáticos. Un libro donde no hay tristeza, donde todos los temas, incluso la muerte, están rodeados por una bruma de colores, por una especie –permítaseme el oxímoron– de silencio musical, a pesar de la atmósfera agobiante, casi kafkiana, de algunos de sus cuentos.

Entre “El salto” (que da nombre e inaugura el libro) y “El visitante” (que lo cierra aunque sin clausurarlo), las distintas historias se tejen a través de una escritura precisa, fluida en imágenes y recursos narrativos. Cómo conviven esas historias, cómo se vinculan sus realidades, tan disímiles entre sí, haciendo de El salto un libro de una destacable unidad, es el gran secreto de la autora. No es necesario mencionar sus lecturas, sus influencias –donde sin duda encontramos a Cortázar, Poe, Kafka– porque Paola Kaufmann supo dotarlas de una mirada especial, despegarlas del suelo literario y hacerlas levantar vuelo en su propia dirección.

Es por ello que, al terminar de leer El salto, el lector puede ver claramente, como si estuviera frente a un escenario atemporal, al Señor Farshad, a Arlene la ninfómana –que no logra hablar en primera persona– y a Félix, el trepanador. A Narváez frente a su cadáver y a Bruno en su traje de baño. Personajes que llegaron a nuestra mejor literarura para quedarse.

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