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Disidencias barrocas

La filósofa María José Rossi reflexiona sobre los barrocos nuestroamericanos, esa rara perla que se apropia de la lengua del conquistador y hace filigrana de la palabra prestada.

Caravaggio, La incredulidad de Santo Tomás

 

 

En términos de una “micropolítica de resistencia” pensó Roberto Echavarren las prácticas “fuera de género” que se inspiran en disidencias barrocas americanas: Lezama Lima, Marosa di Giorgio. Nombres para una escritura en guardia contra todo intento normalizador, contra los disciplinamientos que organizan el deseo.

Pero acaso este tiempo demande algo más que resistencia, algo más que una micro-física desdeñada por la macro-política que se escribe con mayúscula. Un activo hacer común a contrapelo de sospechosos republicanismos, una rebelión contra la policía de la lengua que decreta uniformidades nuevas. Un neobarroco plebeyo, quizá, amante de los laberintos de la lengua y sus enigmas.

No obstante, por más esfuerzos que Severo Sarduy haya hecho por cortar amarras con el barroco áureo que desembarca en América, no es fácil echar por la borda el lastre que mantiene al neobarroco obstinadamente anclado a las manías del viejo continente. Frívolo o artificial, no es fácil eximirlo tampoco de su asociación maldita al momento posmoderno que lo ungió en los ochenta con el agua bendita del pop, ni absolverlo del estrago que la máquina imperial contrarreformista operó a largo plazo sobre la memoria de los vencidos —si bien es imperioso reconocer en los númenes sagrados introducidos de contrabando en la materia por los trabajadores de la piedra, un primer gesto de resistencia, de salvaje rebelión: la memoria nunca logra ser del todo administrada. No es fácil remontar la carga de Sísifo cuando el culto hacia los Maestros insiste en volver a los sutiles artificios del ingenio de Gracián para reponer la ética de la corte y los reales interdictos de la Academia. No hay barroco sin ritualismo protocolar o hermetismo cortesano. No por nada Spinoza opone a las hueras maneras del formalismo vacío la afectiva corporalidad que deshace jerarquías.

Sin embargo, aún con su jerga vertical y recargada, hay algo en el barroco que lo convierte en atractor. Algo que escapa a la máquina formidable que coloniza, oblitera la imaginación y obtura la creatividad. Hay elementos, recursos, procedimientos que desarman desde dentro las presunciones del artefacto real: el infinito se cuela cuando los espejos se enfrentan, el abismo asoma cuando el teatro se representa a sí mismo, el serpenteo vegetal de la rama hace oscilar las fronteras entre géneros, los cuerpos abandonan su plana existencia y se convierten en masas compactas y radiantes cuando los modela la luz y emergen de la sombra. Torso, manos, rostro, dedos que penetran la carne y hacen pliegue en la célebre tela son esculpidos por la tenue luz cenital sobre un fondo oscuro. Ese fondo oscuro arrebata las presunciones de lo evidente, carcome los bordes de las cosas horadando su nitidez.

Una letra amotinada, calificativo feliz si los hay, se las rebusca para burlar las regulaciones y sortear las barreras aduaneras que cierran el paso. De esa ranura que el propio barroco habilita —merece subrayarse—, sale el hijo esquivo, renuente a la Ley del Padre, insumiso a las demandas del Amo insatisfecho. Del estrépito de los mundos que chocan entre sí emerge victoriosa la perla berrueca.

Esa rara perla: los barrocos nuestroamericanos. Los que se apropian la lengua del conquistador y hacen filigrana de la palabra prestada. Ellos, los raros, los que metamorfosean las identidades tornándose otros en disfraz ajeno (Cobra se retuerce sobre sí, se recobra de desmayos y fijezas, se desdobla). Ellas, las del disfrute eufórico por el encuentro causal de homofonías que destruye apareamientos demasiado evidentes (La flor de lis deja por fin los blasones entre los papeles salvajes). Los que desafectan las palabras de toda afectación y las saborean hasta deshacerlas del metro, de la rima, de todo lo que las aprisiona o las encorseta, menú goloso y trasgresor que sólo cabe ofrecer en el Paradiso. Y entonces no es que caen los disfraces sino que se superponen. Traje sobre traje el emperador no es ya desnudo sino engalanado, no hay cuerpo que en adelante no sea tatuado, trajeado, vestido, tajeado.

¿Podrá el neobarroco desde esta modalidad tan suya aspirar a algo más que a ocupar un lugar en la biblioteca de los raros? ¿Podrá ofrecer un atajo, ya no sólo seductor (el barroco es histérico), sino emancipatorio, a la devastación que nos sujeta al hambre, la dependencia y el hastío?

Contraconquista, arte de la discusión y el destronamiento. Truenan las palabras de los artífices y “precursores”. Claman en el sertón las voces de los desheredados de la tierra. Algo hay ahí. La perla. No es que esté oculta (no es deus absconditus): se muestra sin pudor en la bizarrería chocante de los poetas nuevos, ofrece por igual su encanto y su excrecencia en las páginas de nuestras ensayistas. Pero es la tendencia ciega a la especialización —que acorta la mirada— a la fragmentación de los estudios —que inhibe la formación de lazos— la que la hace pasar desapercibida. Y es sobre todo la aridez y el ascetismo mortífero de la docta discursividad la que, por sobre todo, reduce la sensibilidad al punto de que ya no se la convoca para pensar, para producir con ella otro destino posible.

El clamor por experiencias estéticas que resguarden la subjetividad del arrasamiento simbólico producido por la ferocidad del capital, que despierten una imaginación adormecida por los clisé de las imágenes y de la lengua, invoca la experiencia de la escritura neobarroca para el simple placer de merodear, para el retorno de esa clase de fruición que acomete súbitamente cuando el color y la letra están de fiesta.

 

 

 

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