FacebookFacebookTwitterTwitter

No había glorietas ni senderos para los amantes

Tres poemas de Elizabeth Bishop traducidos por Eugenia Santana Goitia, licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y miembro del equipo de dirección de la revista Hablar de poesía.

diane arbus

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diane Arbus

 

 

 

Llegada a Santos

 

Acá hay una costa, acá hay un puerto;

acá, tras una exigua dieta de horizonte, hay algo de paisaje;

montañas de forma impráctica y (¿quién sabe) autocompasivas

tristes y austeras bajo su frívolo verdor,

 

con una diminuta iglesia arriba. Y almacenes,

pintados de color rosa pálido, o de azul,

y algunas altas, inciertas palmeras. Oh, turista,

¿así responderá este país

 

a tus impúdicas demandas de un mundo diferente,

y de una vida mejor, y de completa comprensión de

los dos al fin, y de inmediato,

después de un alto de dieciocho días?

 

Terminá tu desayuno. La falúa está viniendo,

una extraña y antigua nave, ondeando un extraño y brillante trapo.

Así que esa es la bandera. Nunca la había visto.

Nunca pensé que hubiera una bandera

 

pero por supuesto, siempre hubo una. Y monedas, supongo,

y billetes de papel; queda por verse.

Y ahora bajamos del revés y con cautela por la escalera,

yo, y otra pasajera, la señorita Breen.

 

descendiendo en medio de veintiséis buques mercantes

que esperan a ser cargados con granos verdes de café.

Por favor, muchacho, ¡sé más cuidadoso con ese arpón!

¡Atención! ¡Ay! Se enganchó la pollera de la señorita Breen,

 

¡Ahí! La señorita Breen debe rondar los setenta,

es una teniente jubilada de la policía, mide dos metros,

tiene ojos azules brillantes y de expresión amable.

Su casa, cuando está en casa, es en Glens Falls,

 

Nueva York. Listo. Ya estamos.

Los oficiales de la aduana sabrán inglés, esperamos,

y nos devolverán nuestro bourbon y nuestros cigarrillos.

Los puertos son necesidades, como las estampillas, o el jabón,

 

pero rara vez se preocupan por la impresión que causan,

o, como este, sólo intentan, ya que no tiene importancia,

los tímidos colores del jabón, o las estampillas:

se gastan como el primero, se resbalan como estas últimas

cuando mandamos las cartas que escribimos en el barco

porque el pegamento es de peor calidad

o porque hace calor. En seguida nos vamos de Santos,

vamos a manejar hacia el interior.

 

Original: https://www.poetryfoundation.org/poems/57361/arrival-at-santos

 

 

 

Brasil, 1 de enero, 1502

. . . naturaleza bordada . . . paisaje tapizado.

––Landscape Into Art, Sir Kenneth Clark

 

Eneros, la Naturaleza nos recibe

cómo ha de haberlos recibido a ellos:

cada centímetro se colma de follaje;

hojas grandes, chiquitas, gigantescas,

de color verde, verde-azul, oliva,

con venas ocasionales y márgenes más claros,

o un envés satinado dado vuelta;

el relieve de plata del helecho monstruoso,

y también flores, como nenúfares gigantes,

surcan el aire (o más bien las hojas)

de color amarillo, otro amarillo, rosa, púrpura

rojo oxidado y blanco verdoso;

sólidas pero etéreas, frescas como recién

hechas y despojadas de su marco.

 

Un cielo azul y blanco, un simple lienzo,

da al detalle plumoso su respaldo:

arcos breves, un timón roto apenas verde

pocas palmeras negras, robustas, pero delicadas;

y allí, posados de perfil con los picos abiertos,

callan los grandes pájaros simbólicos

y muestran la mitad mullida e inflada

del pecho de color puro o tiznado.

Pero en primer lugar está el Pecado:

cinco dragones negros cerca de enormes rocas.

Las rocas se trabajan con líquenes, destellos grisáceos de luna

que se solapan y se desparraman,

amenazados desde abajo por el musgo

de afables llamas de un verde infernal

atacadas arriba

por viñas trepadoras, oblicuas y prolijas

“una hoja sí y una hoja no” (en portugués).

Los lagartos apenas si respiran; todos los ojos

se vuelven hacia la hembra más pequeña, de espaldas,

con su cola pérfida hacia arriba y tiesa,

roja como un alambre al rojo vivo.

 

Y mientras los cristianos, duros como clavos,

mínimos como clavos, con los ojos brillando

y sus chirriantes armaduras, llegaron y pensaron que todo

era bastante familiar:

no, no había glorietas ni senderos para los amantes,

menos aún cerezas para cosechar o el canto del laúd,

pero todo era acorde, sin embargo,

a un viejo sueño de riqueza y lujo

ya obsoleto hasta cuando se fueron de casa––

riqueza, y descubrir un placer nuevo.

Justo después de misa, tal vez tarareando

L’Homme armé o algunas de esas melodías,

rasgaron el tejido que colgaba

mientras salían a atrapar a las indias:

esas pequeñas y enloquecedoras mujeres que no dejaban

de llamarse (¿o era que se habían despertado los pájaros?)

siempre retrocediendo y retrocediendo hacia atrás de todo.

 

Original: https://voetica.com/voetica.php?collection=1&poet=13&poem=2759

 

 

 

Cuestiones de viaje

 

Acá hay demasiadas cascadas; los ríos bulliciosos

fluyen demasiado rápido hacia el mar,

y la presión de las nubes en las cumbres

los hace derramarse por los costados en suave cámara lenta,

y se convierten en cascadas delante de nuestros ojos.

Porque si esos hilos, kilométricos, brillantes, como rastros de lágrimas

todavía no son cascadas,

en una era rápida, o algo así, viendo como avanzan las eras acá,

seguro van a serlo.

Pero si las corrientes y las nubes siguen viajando, viajando,

las montañas parecen cascos de barcos naufragados,

llenos de limo y bálanos.

 

Pensá en el largo viaje a casa.

¿Tendríamos que habernos quedado en casa y pensado en este lugar?

¿Dónde tendríamos que estar hoy?

¿Está bien estar observando a extraños en una obra

en el más extraño de los teatros?

¿Qué infantilismo es este de tener que salir corriendo,

mientras nos quede algo de vida en el cuerpo,

a ver el sol del otro lado del mundo?

¿El colibrí verde más chiquito del mundo?

¿Mirar fijo alguna obra de piedra inexplicable,

inexplicable e impenetrable,

desde cualquier ángulo,

visible al instante y siempre, siempre encantadora?

Ay, ¿tenemos que soñar nuestros sueños

y también cumplirlos?

¿Tenemos lugar

para otro atardecer plegado, todavía un poco tibio?

 

Pero seguro sería una pena

no haber visto los árboles de este camino,

con su belleza exagerada,

no haberlos visto gesticular

como mimos nobles, vestidos de rosa.

–No haber parado para cargar nafta y escuchado

la melodía triste, de dos notas,

de zuecos de madera dispares

repiqueteando despreocupados

sobre el piso manchado de grasa de la estación de servicio

(En otros países hubieran probado los zuecos

Cada par daría la misma nota)

–Una pena no haber escuchado

la otra música, menos primitiva, del pájaro marrón gordo

que canta arriba de la bomba de nafta rota

en una iglesia de bambú del barroco Jesuita:

tres torres, cinco cruces de plata.

 

Sí, una pena no haber reflexionado,

de forma difusa y no concluyente,

sobre qué conexión puede existir por siglos

entre el calzado de madera más crudo

y, esmeradas y puntillosas,

las fantasías talladas en jaulas de madera

–Nunca haber estudiado historia

en la caligrafía diluida de las jaulas de los pájaros.

–Y nunca haber tenido que escuchar la lluvia

tan parecida a los discursos de los políticos:

dos horas de oratoria implacable

y después un súbito silencio de oro

durante el cual el viajero saca un cuaderno y escribe:

 

¿Es la falta de imaginación lo que nos hace venir

a lugares imaginados, y no  sólo quedarnos en casa?

¿O puede que Pascal no haya acertado del todo

con eso de quedarnos tranquilos en nuestros cuartos?

 

Continente, ciudad, país, sociedad:

La elección  nunca es amplia y nunca es libre.

Y acá, o allá… No ¿Tendríamos que habernos quedado en casa,

donde sea que esté?

 

Original: https://www.poemhunter.com/poem/questions-of-travel/

 

 

 

 

Notas relacionadas

En estas notas, el poeta Patricio Foglia, autor de Todo lo que sabemos del cielo (Caleta Olivia, 2018), entre otros libros, revisita la obra de Antonio Porchia y Edgardo Zotto para reflexionar acerca de las fronteras de lo poético y discutir los límites y potencias de nuestra propia tradición.

Tres poemas de El imposible lacerado (Nuevo hacer, 2020), último libro de Luis O. Tedesco, acompañados de un posfacio de Perla Sneh, escritora y psicoanalista.

Sebastián Bianchi, autor de El imán (La carretilla roja, 2016) y Poemas Inc. (1998-2016) (Liliputienses, 2019), comparte con nosotros algunos poemas de su último libro, Lalamatic y otros versos (Caleta Olivia, 2019), más dos inéditos.

Flavia Calise, poeta y performer, autora de Beso las flores antes de tirarlas (Concreto editorial, 2018) y qué es la ternura? (Concreto editorial, 2019), entre otras obras, comparte con nosotros tres poemas de su último libro la violencia de una estatua (Hexágono Editoras, 2020), más dos inéditos.

Daniel Lipara, traductor de los libros de poesía Aprender a dormir, de John Burnside (2017), y Memorial, de Alice Oswald (en colaboración con Mirta Rosenberg), comparte con nosotros poemas de su primer libro Otra vida (Bajo la Luna, 2018).

Carlos Battilana, autor de Una mañana boreal (Club Hem, 2018) y Ramitas. Poesía reunida (Caleta Olivia, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros algunos poemas de Luz de invierno, reciente antología de su poesía publicada por Vera Cartonera (Universidad Nacional del Litoral, 2020).

Juan Fernando García, autor de Morón (Muchos libros felices, 2014) y Sobre el Carapachay (Leviatán, 2017), entre otros libros, comparte con nosotros una notable selección de poemas sobre fotografías.

Yamila Transtenvot, dramaturga y poeta, compiladora del poemario Territorixs (Tipas Móviles, 2019), comparte con nosotros fragmentos de su libro inédito Caminar Sola.

Tres poemas de Mary Oliver pertenecientes a su libro Dream work (1986), traducido por Natalia Leiderman y Patricio Foglia, y próximo a publicarse por la editorial Caleta Olivia.

Tres poemas de Anne Carson, pertenecientes a su libro Men in the Off Hours (Vintage, 2001), traducidos por Mariana Amato, escritora y docente.