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Días de Nápoles. 2015, 2020.

Estos apuntes de viaje todavía inéditos del escritor Edgardo Cozarinsky, que serán parte de un libro de próxima aparición Días nómades (Pre-textos), son los de un viajero literato cuyas impresiones se encuentran filtradas por sus lecturas.

napoli

 

 

Camino sin rumbo, tratando de perderme, por la ciudad imaginada con retazos de lecturas y películas.

Es la ciudad de Vico y de Croce, me digo cada tanto, pero como buen “intoxicado de literatura”, me acompañan otras lecturas: Raffaele La Capria (Ferito a morte, L’armonia perduta) y Anna Maria Ortese. También la celebrada teatralidad de la vida cotidiana más allá de las familias de “grandes de la escena”, De Filippo y Barra.  Y el Viaggio in Italia de Rossellini, y alguna canción de Pino Daniele.

Mezcla de estímulos e intuiciones dispares, donde reconozco palabras de Pasolini: “Napóles, una tribu que rechazó cierta idea de la modernidad, y ese rechazo es sacrosanto”.

 

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Las motos pasan a gran velocidad por las estrechas calles de los Quartieri Spagnoli, donde elegí instalarme. Tienen una destreza incomparable para esquivar al transeúnte. Es mejor no intentar evitarlas, no vacilar ni disminuir el paso; la moto entiende cuál será mi recorrido y lo circunda sin rozarme.

Como todo visitante, he oído anécdotas sobre los peligros del barrio. Sin reloj en la muñeca ni mochila al hombro, sin bermudas ni sandalias, me paseo por él con mi aspecto anónimo habitual, menos atento al pintoresquismo de la ropa tendida entre balcones de un lado a otro de las calles que interesado, por ejemplo, en una pequeña capilla donde una anciana reza temprano a la mañana. Está en uno de esas habitaciones de planta baja abiertas a la calle. Es la de una santa barrial, protectora en momentos aciagos de la segunda guerra mundial: “S. M. Francesca delle cinque piaghe. I suoi fedeli campati dalla immane guerra posero ricordo di grande protezione, auspicio di ulterori favori. VI-X-MCMXLV.”

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Tipos. Las mujeres jóvenes y las no tanto, pulposas sin adiposidad en su mayoría; las ancianas, sumidas, reducidas a su mínima expresión. Los hombres, delgados, muy “producidos” de ropa y pelo los jóvenes; entre los mayores, muchos ejemplos del tipo chupado, asciutto, napolitano.

 

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La vida social de barrio no se ha extinguido, lo demuestran en las paredes los avisos fúnebres de vecinos, redactados con retórica y sintaxis heredadas del latín. Momento de incredulidad ante el que invita al funeral de una “nonna essemplare” llamada Concetta Cadavere… Otro invita a la cremación de un perro, Cucciolo, cachorro muerto “a seguito delle torture umane”; sus cenizas serán custodiadas en el cementerio de animales Il Reposo di Snoopy.

 

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Los mendigos, menos frecuentes que en París, saben ser insistentes con suavidad. Los hay discretamente histriónicos.

Se me acerca uno con un cartel colgado sobre el pecho que lo declara “venditore di emozioni autorizzato”. Le pregunto quién autoriza esa venta. “L’al di sopra” responde alzando la mirada con un amplio ademán. Las emociones que vende son poemas de su inspiración. Me propone recitar uno en napolitano, en italiano, en mi idioma. Le digo que soy argentino e inmediatamente arranca en castellano con una oda al Diez. Uno de los versos declara que gracias a Maradona el número diez ha pasado a ser parte de la smorfia napolitana.  Me explica que la palabra, cuyo significado llano es mueca, designa en la ciudad una forma de numerología, sistema de predicción del futuro a partir de números soñados.

El culto al Diego, lejos de amainar por culpa de sus conflictos legales, sigue vivísimo en Nápoles. Me explican que el hecho de haber evadido millones en impuestos lo ha consagrado como héroe popular.

 

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Spaccanapoli. Hasta esta visita, solo el título de un libro de Domenico Rea.

Visito, obediente, el Cristo velado de Sammartino en la capilla Sansevero. Una vez más me impresiona el esfuerzo por trasmutar la materia en lo más opuesto, en este caso dar al mármol una impresión de delgada transparencia: algo propio del barroco pero que asocio con las prácticas ocultistas del alquimista Raimondo di Sangro, príncipe de Sansevero, comanditario de la obra.

Paseo, flânerie, pesebres en via San Gregorio Armeno. El sentimiento de que podría quedarme, como ya me ha ocurrido antes en distintos lugares donde descubro una imprevista, deseada afinidad.

Monasterio Santa Chiara. Me vuelve la melodía que escuché ¿a los catorce, quince años? llevado por mi padre, aficionado a la revista, en el teatro Nacional de Buenos Aires en voz de tres negras gordas que dominaban el escenario: las Peters Sisters. Como tantos otros entertainers norteamericanos, en la segunda posguerra mundial encontraron en Europa un público y una vida menos discriminada. Más tarde iba a enterarme de que la canción, popularísima, fue cantada por Buti y De Sica entre muchos otros. Ahora visito el monasterio, el jardín con los azulejos famosos, y en el museo los documentos de la destrucción por la aviación norteamericana. No solo hay fotografías de “antes y después”; en vitrinas se exhiben fragmentos salvados de arquitectura y decoración.

 

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Sé que es un lujo de visitante que no se quiere turista caminar por los Quartieri Spagnoli. Este no es mi mundo, ilusión que pude entretener caminando por Spaccanapoli, pero la vecindad, la posibilidad del diálogo me hacen bien. El viajero literato no recibe impresiones frescas sino filtradas por sus lecturas. Hay reconocimiento antes que conocimiento, confirmación antes que sorpresa. En esta Nápoles, donde las flamantes estaciones de metro asombran por el lujo y la imaginación, oigo sin embargo el eco de la miseria descrita por Anna Maria Ortese. Si contemplo el Palazzo Donn’Anna, imponente edificio en interminable abandono y siempre habitado, que parece avanzar hacia el mar desde un promontorio de Possilipo, oigo a Raffaele LaCapria.

 

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Esta tarde visité el Museo Archeologico. Al salir me asaltó una sensación extraña, que no sabría definir. Me siento en los escalones de entrada al museo, miro pasar transeúntes con prisa, via Forio a las 6 de la tarde.

Anteayer, por la mañana las catacumbas de San Gennaro; luego, en las alturas del Vomero, la cartuja de San Martino. Tenía previsto visitar mañana el palacio de Capodimonte. Empiezo a sentir que me supera la sobredosis de Historia y de Arte. En el Museo Archeologico, omití por higiene la lectura de las tarjetas que explican origen y fechas, preferí pasear una mirada hedonista tanto sobre los bajorrelieves de sarcófagos como sobre la pornografía pompeyana del “Gabinetto segreto”.

         ¿Podré definir como náusea cultural lo que siento?

En algún momento noté que luz se había hecho suave. Antes de que anochezca, me dije, prefiero dar una vuelta detrás del museo, por el barrio, éste sí mal famado, de la Sanità. Estaban levantando los puestos del mercado delle Vergine, y me animé a pedir una indicación. Quiero ver la casa donde nació Totò, dije. La señora que me escuchó, incrédula -de dónde salió este extranjero que se interesa por el más grande capocomico del siglo pasado, y príncipe de Curtis-, se secó las manos en el delantal, gritó una orden a una chica que atiendía el puesto vecino y me dice, imperiosa: “Venga con me”.

En la fachada de la casa donde nació Totò, una imagen en blanco y negro lo retrata en una de sus inagotables muecas, la mandíbula torcida, la mirada escéptica. El edificio no es tan pobre como la leyenda lo proclama. Está en una esquina, y a la vuelta varios containers rebosan de basura no recogida.

Al agradecerle a mi inesperada guía, vi que asomaba una breve sonrisa satisfecha, tal vez orgullo ante el reflejo en un visitante extranjero de la gloria menos turística de la ciudad. Me preguntó de dónde es mi acento. Cuando le dije que soy argentino me ahorró la mención a Maradona y se limitó a comentar: “credevo fosse valdostano”.

 

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En una de las calles de los Quartieri Spagnoli, casi en la esquina de la via Toledo, leo una placa reciente:

“In questa strada visse Emanuele de Deo, torturato e impiccato a soli 22 anni il 18 attobre 1794, Primo Martire della Rivoluzione Napoletana sofocata nel sangue il 1799”.

De Deo no habló bajo la tortura. Fue ahorcado y no decapitado, como correspondía a su rango, porque su apoyo a las ideas republicanas implicaba la pérdida de su condición nobiliaria.

Como todos los inspirados en Italia por las ideas de la Revolución Francesa, De Deo era un aristócrata,. (En Venecia, durante la ocupación de la ciudad por las tropas napoleónicas, una de las amantes de Byron, la condesa Marina Querini-Benzoni bailó en compañía del poeta Ugo Foscolo, apenas cubierta por una túnica griega, alrededor de un “árbol de la libertad” levantado en medio de la Piazza San Marco.)

Lo que la placa llama “revolución napolitana” tuvo vida breve, apenas seis meses entre enero y junio de 1799, con la declaración de una República Partenopea. La condesa Eleonora Fonseca Pimentel, poeta y editora del Monitore Napoletano, también pidió ser decapitada y se le negó por las mismas razones aducidas, cinco años antes, para el primer precursor de la efímera república. Subió erguida al cadalso y como última voluntad pidió una taza de café. Susan Sontag imaginó las que hubieran sido sus últimas palabras, de haberse rebajado a hablar, en el capítulo final de su novela The Volcano Lover.

La plebe (utilizo la palabra de La Capria al referirse a la población de desheredados de la ciudad) apoyó con entusiasmo la restauración borbónica. Entre el público que asistía a las ejecuciones se escuchó el grito “evviva la Regina Carolina, a morte la giacobina!”

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