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Lunáticos

En este ensayo, el filósofo Diego Singer reflexiona sobre el lugar de la filosofía y los modos de narrar y conceptualizar el viaje a la Luna, a partir de un cruce original entre el cínico Menipo de Gádara, Luciano de Samósata y Donna Haraway.

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Trent Parke

 

1.

No se conserva ningún escrito de Menipo de Gádara, pero se dice que era un maestro en el arte de la sátira y que los filósofos estoicos y epicúreos eran blancos favoritos de sus burlas. Diógenes Laercio le dedica unas pocas líneas en Vida de los filósofos más ilustres, allí lo incluye entre los cínicos. Nos cuenta que Menipo fue esclavo y que terminó suicidándose luego de haber perdido una importante fortuna que había acumulado mediante la “usura marítima”. Muchos dudan de la veracidad de este final, ya que no se cree digno de un cínico tomar una decisión de ese tipo como consecuencia de una pérdida material. Pero sobre Menipo se cuentan muchas historias y las menos verídicas puede que sean las más interesantes.

Luciano de Samósata, escritor sirio del siglo II, fue uno de sus grandes admiradores y, además de desplegar en sus textos un estilo satírico que debe mucho a su antecesor, lo incluye como personaje en uno de sus relatos más celebres, titulado “Ícaromenipo o por encima de las nubes”. En esta historia es Menipo en primera persona quien dialogando con un amigo cuenta su viaje por los cielos. Como el título de la obra da a entender, la manera que encontró Menipo para lograr el vuelo hasta grandes alturas estuvo inspirada en las alas que Dédalo creó para escapar de la isla de Creta junto a su hijo Ícaro. Para evitar el trágico final que hizo que Ícaro se precipitara al mar luego de que se derritiera la cera con que estaban pegadas sus alas, Menipo optó por tomar un ala de águila y otra de buitre y las ató entre ellas para luego ajustarlas con correas a su cuerpo. Pero, ¿qué fue lo que llevó a Menipo a emprender esta aventura por encima de las nubes?

“Tan pronto como yo, en mi investigación sobre la vida, comencé a descubrir que todas las empresas humanas eran ridículas, mezquinas e inseguras –me refiero a las riquezas, cargos y poderes-, optando por despreciarlas al considerar que el esfuerzo para conseguirlas era un obstáculo para lograr las verdaderamente serias, traté de alzar la mirada y contemplar el Universo.”[1] Si esa mirada se transformó en un viaje, fue porque ante las preguntas sobre la composición de los astros y los fenómenos celestes Menipo no encontró más que respuestas absurdas y contradictorias entre los filósofos. “Desconcertado por todo ello, desesperaba de oír en la tierra alguna verdad sobre estas cuestiones, al tiempo que creía que únicamente la liberación de mi total perplejidad sería posible si yo en persona, dotado de alas, ascendía al cielo.”[2] Alzar la mirada para vislumbrar en lo lejano aquello que espeje la solidez que precisa la vida. Remontar el vuelo porque la mirada está ella misma presa de la ignorancia y los prejuicios de los que se pretende escapar. Este vuelo es entonces consecuencia de la pobreza de la filosofía y es, a la vez, una burla hacia las pretensiones de los sabihondos de la época.

¿Menipo emprende el viaje para constituir finalmente algún tipo de saber o para reconfirmar la ignorancia reinante? Una vez que llega a la Luna, lo primero que le llama la atención es lo que sucede en la Tierra. Es que avanzar en la comprensión del Cosmos es antes que nada ganar una nueva perspectiva sobre nuestra existencia. Y aunque nos encontremos en un lugar imposible de alcanzar para el resto de los mortales, nuestra mirada se dirige indefectiblemente hacia el mundo que habitamos. Lo que atestigua Menipo desde las alturas no es nada sorprendente: engaños, violencias, traiciones, robos, hipocresías y disensiones de todo tipo y, por supuesto, la pequeñez de todos los que se creen grandes, que sólo se aprecia desde los cielos y concuerda con esa mirada que ya se había  dirigido hacia lo alto despreciando las riquezas y los honores.

Cuando está por abandonar la Luna para seguir con su vuelo, es ella misma la que lo detiene para pedirle que interceda ante Zeus en su favor: “Estoy ya cansada, Menipo, de oír continuos y tremendos disparates de labios de los filósofos, que no tienen otra cosa que hacer sino entrometerse en mis asuntos, discutiendo quién soy, qué tamaño tengo y por qué causa me torno semicircular o de cuarto creciente”.[3] Claro está que cuando Menipo llega allí donde habitan los dioses y es interpelado por Zeus, éste confirma su desdén por los filósofos: su infatuación, inutilidad y confusión, así como todos los vicios que practican mientras predican la virtud. Los dioses y los astros confirman los juicios que Menipo tenía: los filósofos siguen siendo, a pesar de sus pretensiones, humanos, demasiado humanos. Todo lo que queda es reírse de sus pretendidos saberes y de su pomposa solemnidad.

 

2.

Donna Haraway abre su texto “Las promesas de los monstruos: Una política regeneradora para otros inapropiados/bles” con un epígrafe que toma de un artículo de William Plank.[4] Lo que hace a continuación es ciertamente difícil de describir, a fin de cuentas, ninguna de las formas de la representación le haría justicia. Se trata, aquí también, de una suerte de viaje, pero se emprende en este caso con una maquinita estructuralista, haciendo un uso non sancto del dispositivo significante. Ante todo, disolviendo algunas oposiciones: el espacio exterior no es lo contrario del espacio interior, ni el espacio real se contrapone al virtual. La perversión predilecta de los monstruos es arruinar las fronteras, aun cuando acontezca como una forma de juego.

Durante la Guerra Fría, en medio de la amenaza nuclear latente, el espacio exterior era concebido como un lugar abstracto en el que se proyectaba el futuro de la humanidad. Aún hoy, inmersos en lo que a veces entendemos como una catástrofe ecológica, el espacio exterior sigue siendo sobre todo una temporalidad. Un porvenir venturoso en el que hay quienes sueñan continuar con una lógica de expansión y crecimiento económico-tecnológico propios del imaginario masculinista dominante. Ese espacio de conquista es resultado de una articulación: no es simplemente real, pero tampoco puede reducirse a pura virtualidad.

Es prácticamente imposible pensar en los modos de narrar y conceptualizar el espacio exterior, incluyendo sus exploraciones, sin referirnos al universo de la ciencia ficción como el ámbito en el que imaginación y técnica articulan un futuro para lo humano y para aquello que, a la vez, deja ya de serlo o encuentra que nunca lo fue completamente. Las siglas que componen “ciencia ficción” en inglés (SF) le permiten a Haraway multiplicar los artefactos de difracción monstruosa: science-fiction, speculative factual, speculative futures, science fantasy, speculative fiction. Existen dos ideas que pecan de simplismo respecto a la ciencia ficción: en la primera se supone que se trata de anticipar lo que sucederá cuando la técnica finalmente lo permita; en la segunda, por el contrario, la ciencia ficción no sería más que una forma de escapar del mundo real hacia un mundo de fantasías motorizadas técnicamente. Lo que se intenta evitar comprender así es que narrar es algo más que escapar y que el futuro no es un momento que se encuentra más adelante en una progresión temporal ya dada en determinada dirección.

No se trata de la necesidad siempre renovada de redefinir los géneros de la escritura, sino del tejido propio de nuestra existencia involucrada en narrarse e inventarse a sí misma. Volvamos a pensar en Luciano de Samósata y sus influencias no sólo en Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro, también en Rabelais y Cyrano de Bergerac, en Cervantes y Voltaire, en Jonathan Swift y en Wieland. Quien no puede reír y tomar distancia de lo humano, no puede figurarse lo porvenir.

¿Qué tipo de narraciones de ficción/futuro/fantasía/factualidad somos capaces de componer? ¿Cuáles serán los actores involucrados en la producción de las historias y las vidas por venir? ¿Quiénes pueden formar parte de ese “nosotros” y qué tipo de disposiciones afectivas, qué formas de mirar podrán reescribirse sin pretender recorrer límpidamente el camino que lleva de un mito de origen a un futuro totalizante?

 

3.

La ironía de los textos de Luciano de Samósata deja traslucir la herencia de la escuela cínica, ejerciendo un efecto corrosivo sobre las pretensiones de verdad y seriedad de los poetas y filósofos más afamados. Pero, al mismo tiempo, ese juego habilita un despliegue imaginario que no es meramente negativo. Su obra presenta de modo absolutamente lúcido este problema, sin ahorrarse señalar sus diferentes niveles: “Y, como nada verídico podía referir, por no haber vivido hecho alguno digno de mencionarse, me orienté a la ficción, pero mucho más honradamente que mis predecesores, pues al menos diré una verdad al confesar que miento. Y, así, creo librarme de la acusación del público al reconocer yo mismo que no digo ni una verdad. Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir. Por ello, mis lectores no deberán prestarles fe alguna”.[5]

Estas palabras preliminares de sus Relatos verídicos continúan pocas páginas después con otro viaje a la Luna, a la que llega el mismo Luciano junto a su tripulación luego de que una gran tormenta elevara su barco hasta los cielos. Allí se ven envueltos en una batalla contra los habitantes del Sol, que disputaban con los selenitas la colonización de una estrella cercana. En el transcurso de la guerra se cruzaron con criaturas de todo tipo: “cabalgabuitres”, “plumaverdes” y “ajoguerreros”. La historia se detiene especialmente en la descripción de los extraños modos de sexualidad y reproducción que allí encuentran lugar: “Durante mi estancia en la Luna, observé muchas rarezas y curiosidades, que quiero relatar. En primer lugar, no nacen de mujeres, sino de hombres: se casan con hombres, y ni siquiera conocen la palabra «mujer». Hasta los veinticinco años actúan como esposas y, a partir de esa edad, como maridos. Y no quedan embarazados en el vientre, sino en la pantorrilla”.[6]

Si bien el viaje hacia los cielos no necesitó de artificios técnicos, esto no implica que la obra esté exenta de fantasías que sin dudas denominaríamos tecnológicas y podríamos señalar como predecesoras de la ciencia ficción moderna. Hay algunos “descubrimientos prodigiosos” que son, a un tiempo, sofisticados dispositivos de comunicación y, como no puede ser de otra manera, de reflexividad: “Vi también otra maravilla en el palacio real. Un enorme espejo está situado sobre un pozo no muy profundo. Quien desciende al pozo oye todo cuanto se dice entre nosotros, en la Tierra; y si mira al espejo ve todas las ciudades y todos los pueblos, como si se alzara sobre ellos”.[7]

Los mixtos que produce la imaginación de Luciano no terminan en la combinación de distintos reinos: a las mezclas de animales y humanos o de vegetales y animales se yuxtapone la descripción de una sexualidad marcadamente homoerótica: “partes pudendas artificiales” hechas de marfil o de madera, como prótesis pasibles de ser adquiridas de acuerdo al rango social de los habitantes de la Luna. Las diferentes piezas intercambiables de los cuerpos selenitas no son solamente sexuales y permiten vislumbrar un panorama en el que el concepto de naturaleza debe ser redefinido: “Tienen los ojos desmontables, y quien lo desea puede quitárselos y guardarlos hasta que necesite ver; entonces se los coloca y ve. Muchos, al perder los propios, los piden prestados a otros y ven. Los ricos suelen tener muchos en reserva”.[8]

 

4.

La ciencia ficción, tal como la conocemos por ejemplo en Julio Verne, tiene uno de sus núcleos centrales en la proliferación de nuevos y poderosos medios de transporte: antigravitatorios, submarinos o supralunares que le permiten al hombre ser cada vez más amo y señor de la naturaleza, en el sentido en que el siglo XIX se lo figuraba: viajar más lejos y más rápido con medios mecánicos. En Luciano de Samósata, en cambio, las partes humanas intercambiables y los dispositivos para verse a la distancia, ponen a temblar la misma idea de lo humano y se insertan a un tiempo en una mixtura con lo divino y lo animal. Del mismo modo, la seriedad de las aventuras de exploración de Verne se contrapone a la distancia irónica de las fantasías de Luciano. En este último parece haber mayor conciencia de lo que implica esa postulación de lo que somos o podemos ser.

Puede suceder que estos cruces entre Donna Haraway, Menipo y Luciano de Samósata sean demasiado monstruosos, que no hagamos proliferar más que mixturas sin sentido junto a categorías anacrónicas. Sin embargo, el esfuerzo quizás valga la pena si retomamos un espíritu en común que seguramente sea el fundamental. El modo en que, con diferentes estrategias se intenta atacar a los mitos de origen, se los desfonda a fuerza de mostrar su carácter contingente, su historicidad y, sobre todo, la rigidez cadavérica de su pretendida solemnidad. La Luna no es simplemente un espacio neutral y vacante, objeto de una carrera entre las grandes potencias y los nuevos multimillonarios. Es un punto de vista, una crisis de la vida contemplativa, una manera de figurarnos transportados y de volver a nosotros de otra manera.

El epígrafe que Haraway toma del ensayo de William Plank decía así: “Si los primates tienen sentido del humor, no hay razón para que los intelectuales no puedan compartirlo”.[9]

 

 

 


Notas

[1] de Samósata, Luciano, Obras I, Madrid, RBA-Gredos, 2017, p. 247.

[2] Ibídem, p. 251.

[3] Ibídem, p. 260.

[4] https://mtprof.msun.edu/Spr1992/Plank.html

[5] de Samósata, op. cit., p 52.

[6] Ibídem, p. 62.

[7] Ibídem, p. 65.

[8] Ibídem.

[9] Haraway, Donna, “Las promesas de los monstruos” en Revista Política y Sociedad N° 30, Madrid, 1999.

 

 

 

 

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