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La belleza del rincón inesperado

En estas notas, el poeta Patricio Foglia, autor de Todo lo que sabemos del cielo (Caleta Olivia, 2018), entre otros libros, revisita la obra de Antonio Porchia y Edgardo Zotto para reflexionar acerca de las fronteras de lo poético y discutir los límites y potencias de nuestra propia tradición.

Camilo

Camilo José Vergara 

 

 

I.

Pasajero en trance – Antonio Porchia

 

 

Extraños, extraños, extraños, un infinito de extraños. Y yo, un extraño solo.

 

 

Rara avis. Amigo de pintores (Xul, Quinquela, Petorutti) y de activistas (colaborador de La Protesta, afiliado a FORA) pero esencialmente en su propia nube y ajeno al ambiente literario de su época, Antonio Porchia es una rara avis de la poesía argentina. Y es, a la vez, un poeta central de nuestra tradición.

Si sus poemas llegan a publicarse en Sur, lo hacen por mediación de Roger Caillois, crítico y colaborador francés de la revista. E incluso si Borges lo menciona en una cena, lo levanta primero para luego dejarlo caer.

De Borges a Bioy: “Si Porchia fuera un autor antiguo sería uno de los mejores poetas del mundo. Le ganaría a Heráclito en su terreno. Pero no es antiguo. Si te preguntan por los mejores escritores argentinos, la lista olvida a Porchia”.

 

 

El dolor está arriba, no abajo. Y todos creen que el dolor está abajo. Y todos quieren subir.

 

 

Extracción de la piedra de la locura. Tampoco se trata de un outsider total, o de un iluminado en su torre de marfil, de lo cual es prueba su cercanía con Roberto Juarroz y su correspondencia con Alejandra Pizarnik.

El recorrido de Pizarnik puede leerse así. Desde Orozco y los simbolistas hacia su propia voz, pasando por la lectura de Porchia. En esa trayectoria, lo antes desplegado hasta el misticismo, lo encarnado en símbolos y cifras esotéricas logra en Pizarnik condensarse al máximo. Para que alcance ya con unas pocas palabras, precisas; para intentar la expresión de lo indecible. Para indicar el abismo, la totalidad. Dicho de otra forma, leer un libro como Árbol de Diana es también leer las Voces de Porchia, resonando.

De Pizarnik a Porchia: “Su libro es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo y no obstante, me sentí acompañada, o mejor dicho amparada. Y también asegurada, tranquilizada, como si me hubieran dado la razón en la única cosa que yo deseaba tenerla”.

 

 

Un poco de ingenuidad nunca se aparta de mí. Y es ella la que me protege.

 

 

Porchia y el sobre de azúcar. La sociedad del cansancio es también sociedad del sobrecito de azúcar, sociedad del like y corre el riesgo de ajustar el discurso poético al imperio del Me gusta. Involuntarios continuadores de un legado, el de José Narovsky, acumulan certezas comprimidas. Para el bolsillo del caballero, la cartera de la dama y el celular de todxs. Ediciones de bolsillo. Y todo el misterio y el secreto de la poesía, resueltos en las filminas de una PPT. Pocket poetry, poesía de redes sociales, instapoesía.

Es cierto que comparten con Porchia la brevedad como formato y horizonte, aunque la propuesta sea radicalmente opuesta. Porchia se parece más bien a un niño de espaldas al mundo, sumergido en sí. Encandilado por la palabra, los bloques diminutos, extraños, de sonido y sentido. Desde su soledad nos entrega sus Legos, aforismos, epigramas, opacos o clarísimos, pero siempre deslumbrantes; los restos extraviados del lenguaje y del mundo que creemos conocer.

 

 

Quien dice la verdad, casi no dice nada.

 

 

Cuando no ando en las nubes, ando como perdido. Por supuesto que hay lectura y trabajo con la palabra, pero hay, sobre todo, otras cosas: olvido y distancia, por ejemplo. Olvido de las obligaciones, distancia del mundo; nunca mejor dicho: como si se tratara de un simple juego de palabras. Abierto al azar, al repliegue fortuito. Como con el Tao o el I-Ching, es posible abrir Voces para recibir su oráculo.

 

 

Te depuras, te depuras… ¡Cuidado! Podría no quedar nada.

 

 

Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos. Como Luca Prodan o Billy Bond, también Porchia es un ítalo-argentino. Migrante radicado, pasajero en trance y en tránsito perpetuo: el exilio como una odisea fijada, una forma de leer el mundo. Escuchar su voz es escuchar parte de ese recorrido, la bruma de lo desconocido presente, las espléndidas partículas del lenguaje como una espuma que nos recuerda que un náufrago jamás se seca.

 

 

Cuando observo este mundo, no soy de este mundo; me asomo a este mundo.

 

 

 

II.

En estado de escritura – Edgardo Zotto

 

Comulgar, estar en éxtasis. Año 2014. Edgardo Zotto se siente cercano a Héctor Viel Temperley y, también como él, se encuentra trepanado por las circunstancias. Desde su propia internación en el hospital, Zotto escribe su último poemario Diario de regreso, con la ayuda de Sonia Scarabelli. Ya en sus inicios, meticuloso de la forma, Zotto se declaraba próximo a Joseph Brodsky. Viel, Scarabelli, Brodsky, ¿qué forma tiene esa comunión cuando acerca a poetas con poetas?

La escena parece siempre la misma, como si, a la vera de una isla desierta, llegara una botella. Otra vez, otro náufrago la recibe desde el mar y piensa entonces hay alguien como yo, y se siente menos solo.

 

 

Imagen de una mujer al lado de la cama

Nada de lo que fue, hizo, será o ha de hacer

hubiera sido ni será posible

sin ella como esa noche,

una vez más, de pie, a su lado.

 

 

Diario del regreso. Zotto tuvo, primero, una extensa carrera política. Fue subsecretario, secretario, ministro, casi juez de la Corte provincial, etcétera. El regreso, en Zotto, se recorre a partir de la senda clásica de la poesía. Como un recorrido paralelo o al menos contradictorio, digamos, respecto de la ancha avenida de lo político. Lenin termina las anotaciones de su ¿Qué hacer? diciendo para toda la Histora: Dejo esto acá porque tengo que hacer la revolución. En vez de aquel despliegue militante, un repliegue. Hacia la obsesión personal, el absurdo, la búsqueda de una forma. Una inversión del paradigma Rodolfo Walsh. La infancia por otros medios.

 

 

Estado

Vivo en estado de escritura.

¿Será el efecto de las cirugías,

de las drogas legales que se fueron

acumulando o del paciente

trabajo de la escritora que me ayuda,

en estas tardes,

a curar lo que estoy viviendo,

lo que escribo?

 

 

Márgenes de la poesía. El desplazamiento de Zotto, su recorrido hacia la poesía, va desde un discurso ya consolidado, el de su propia carrera, el de la Política como narrativa del poder, hacia el margen. Un taller de poesía, lecturas, poemas pequeños y trabajados. En un principio, esos poemas son más metódicos, disciplinados. Cerebrales. Agua, tierra, fuego, un poemario dedicado para cada elemento. Hasta que algo se acelera, se vuelve urgente. Y, a la velocidad de los acontecimientos, en el deseo imperioso de rescatar algo antes de que el Titanic se hunda, los elementos ya descontrolados dejan en este último Zotto el despliegue final de su pulsión. Desde la inestabilidad, la incomodidad, excavando, buscando, anhelando que algo quede.

 

 

Nunca tuve un cuarto propio.

No porque no lo necesitara:

escribía en los bares, en la cama,

en la mesa de la cocina.

Tuve un escritorio en Funes,

frente a los jazmines azulados,

otro, frente al río,

en la ventana del este,

desde donde se puede ver

el fuego de las islas.

Pero no los usé,

escribo mejor en la inestabilidad,

en lugares incómodos,

en la belleza del rincón inesperado.

 

 

 

 

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